Ha Muerto Fidel: Viva la Revolución Cubana

por Gustavo Burgos

Para quienes militamos en las filas de la revolución socialista, despertar esta mañana con la noticia de la muerte de Fidel Castro, es un golpe, una llamada de atención y una advertencia. La prensa burguesa –hacemos abstracción de la prensa gusana que celebra- se ha solazado haciendo panegíricos al otrora líder de la guerrilla y figura señera de aquél proceso revolucionario que pariera la primera revolución latinoamericana, el primer territorio libre de nuestro continente americano.

Un resumen de esta apropiación de la figura de Castro por parte de la burguesía lo sintetiza el twitter de Guillermo Teillier: “Sincero pesar por fallecimiento de compañero Fidel. Tras su muerte su figura se engrandece. Nadie puede desconocer su aporte histórico”. Textual, he citado completamente, al pie de la letra, lo expresado por la máxima autoridad del PC chileno: lo lamenta, la figura se engrandece, “nadie” puede desconocer su “aporte”. Esta necrológica, coherente con la banalidad y vulgaridad de su autor, sería perfectamente aplicable a Patricio Aylwin o al Sapo Livingstone y es una expresión sintética de lo que propala El País de España, la BBC, La Tercera y el conjunto de los medios que durante décadas han hecho profesión del combate a la revolución cubana. Se significa la muerte de Fidel como si se tratase de la muerte de la revolución y el último estertor del siglo XX.

En la figura de Castro, como la de todos los individuos a los que les ha tocado encabezar procesos revolucionarios, concurren la revolución y la contrarrevolución. Hace poco más de un año pudimos ver por televisión la espeluznante conferencia de prensa que dieran conjuntamente Barack Obama y Raúl Castro. Fue un acto televisivo de la restauración del capitalismo. Lo que no lograron los esbirros de Kennedy en Bahía Cochinos, lo materializó el propio Partido Comunista de Cuba sirviendo de puente para la llegada del capital imperialista a la isla, siguiendo el modelo chino de restauración. Con este hecho se zanjó el debate que durante los 60 y bien avanzados los 70 atravesó a la izquierda mundial sobre la posibilidad de la construcción del socialismo en las acotadas fronteras de cuba, debate que estuvo marcado por la idea de hacer “un, dos, tres Vietnam” del Che Guevara y que terminara inclinándose a favor de la concepción stalinista del “socialismo en un solo país” que se expresara en el Pacto de Esquípulas que terminó estrangulando a la revolución sandinista.

El castroguevarismo -aún vivo en muchos lugares del mundo- es una corriente política que emerge del triunfo de la revolución cubana y que se sella con la muerte del Che en Bolivia a manos del fascismo, con la connivencia del PC boliviano. Ella tuvo entre sus filas a buena parte lo mejor de la vanguardia revolucionaria chilena del siglo pasado. A pesar de su condición minoritaria y de la incapacidad de esta corriente (encarnada principalmente por el MIR) de romper con su edípica visión de Salvador Allende, no puede negarse que estuvieron en primera fila y que contribuyeron al desarrollo del proceso revolucionario, afirmando la voluntad de combate de los explotados y que se esforzaron por desarrollar una política que ponía a la revolución socialista como estrategia para la resolución de la crisis en Chile. Miles, no sólo en Chile sino que en toda Latinoamérica, pagaron con su vida la lealtad a esta concepción, también llamada “foquista” por quienes somos sus detractores.

Pero la figura de Fidel Castro, en el día de hoy, es más que las limitaciones PC cubano y el castroguevarismo. Hablar de Fidel es, escencialmente, hablar de la revolución latinoamericana, del derrocamiento del orden capitalista y la expulsión del imperialismo. Cuando se enarbola su figura, como lo hacemos en estos momentos rindiéndole homenaje, lo hacemos con la explícita voluntad de afirmar la urgencia y la necesidad de luchar por la victoria de los explotados y que esto es posible y que Cuba lo demostró. Se demostró en Bahía Cochinos, en Playa Girón, que si hay voluntad política de vencer esto necesariamente se expresa como capacidad militar y que ese el terreno en el que en definitiva se dilucidarán los destinos de nuestros pueblos. No en el plano electoral e institucional –en el que está demostrado siempre seremos vencidos- sino que en la capacidad insurreccional de los trabajadores, el de la acción directa.

Estos conceptos parecen –en apariencia- extraños al debate político actual y –por supuesto- al tenor necrológico, hagiográfico y conciliatorio con el que se pretende revestir la figura del líder revolucionario. Desde las guerras de la independencia, a principios del siglo XIX, que un movimiento político había sido capaz de expresarse militarmente y vencer. No se trata de reeditar el frustrado y derrotado camino del foquismo, sino que de superarlo. Superarlo formando parte del levantamiento que protagonizan las masas en Chile desde el 2011, construyendo en su interior una dirección política capaz de romper con el cretinismo electoral, capaz de romper con la idea de que el único camino para resolver los conflictos sociales es el institucional. Romper con ello, por cuanto no importa si se nos llama a ponernos detrás de una candidatura o de una asamblea constituyente, el llamado siempre es el mismo: votar.

Resuena en la distancia la letanía de Fidel, la del último romántico, el de la verdad y la razón. El maniqueo, blanco sobre negro. Cuba sí, yankee no. Resuenan las palabras del joven abogado y su célebre alegato “La Historia me Absolverá”. Las palabras del que se declara culpable y se sabe un instrumento del proceso histórico. Honor y gloria al Fidel de la Revolución.

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