LA INEVITABILIDAD DEL FANTA

por Gustavo Burgos//

EL FANTA, historia de una traición, de Nancy Guzmán, Ediciones Ceibo, es un valioso texto que aborda un tema difícil para el periodismo político chileno. Hablar de delatores y de traición es un camino complejo, moral y políticamente.

El libro, de nutridas 380 páginas, trata el caso de Miguel Estay Reyno (el Fanta), destacado militante de las JJCC, responsable del aparato de inteligencia del PC, con formación en Moscú, en la propia KGB y que a partir de 1975, momento de su primera detención, comenzó primero a colaborar activamente con los aparatos de seguridad de la Dictadura, para rápidamente pasar a actuar como agente represivo, analista de inteligencia, feroz torturador y asesino, con la declarada misión de exterminar al Partido en cuyas filas se había formado.

Intencionadamente o no, el libro no hace referencias relevantes respecto del proceso histórico en que se desarrollan la revolución y contrarrevolución chilenas. En realidad, pareciera que su autora hubiese preferido el estilo lacónico de los informes de inteligencia del protagonista de su historia.
En primer lugar, la autora expone el conflicto entre la llamada “Comunidad de Inteligencia” -llamada más adelante Comando Conjunto- que agrupaba a los organismos represivos de las FFAA y Carabineros, de un lado y del otro la DINA/CNI, que respondían directamente a Pinochet. En su estudio, la autora descubre que si bien es cierto ambas alas de la policía política desplegaron una metódica y clandestina represión genocida, lo hicieron de forma distinta.

El Comando Conjunto trató de “extirpar el cáncer marxista” poniendo el horror y brutalidad represivas al servicio del exterminio político de las organizaciones de izquierda que habían sustentado la Unidad Popular. Por su parte, el aparato pinochetista -que fue el que termina imponiéndose- privilegió el terror hacia la población en general mediante acciones metódicas en las que lo que importaba era la estabilidad de la Dictadura.

Es la expresión, a nivel de aparatos represivos, del conflicto entre la línea pro DC de Bonilla y Leigh, con mayor compromiso con la embajada norteamericana y un modelo “argentino”, liviano si se quiere, de Dictadura que entregara el gobierno a Frei Montalva para convocar a elecciones generales, prontamente. Del otro lado, la línea “fundacional” y gremialista de Pinochet, que persigue atesorar la profunda derrota asestada al movimiento obrero y de masas, para construir el régimen que subsiste hasta nuestros días.
La historia le dio la razón a la jauría pinochetista. No alcanzaba con una represión metódica sobre las organizaciones de izquierda. Era necesario golpear además al movimiento de masas, hacer retroceder a todas las organizaciones de trabajadores hasta hacerlas desaparecer y para ello era imprescindible el terror fascista, la humillación de los campos de concentración, abrir las puertas a una democracia protegida y de Seguridad Nacional, el Reich de Jaime Guzmán.

En segundo lugar y quizá la reflexión más lúcida y de mayor significado, es la inevitabilidad del Fanta. Un traidor, por más despreciable y canalla que se nos presente, no es sino expresión de un proceso histórico muy particular. De las decenas de miles de torturados, hubo una cantidad muy menor, ínfima, de sujetos que se transformaron en colaboradores de los aparatos de seguridad. Y muy, pero muy pocos -el libro menciona a René Basoa, Carol Flores y muy pocos más- se transformaron en agentes represivos.
La autora hace referencia a la legendaria novela, La Orquesta Roja, que trata el caso de Leopold Trepper, un judío comunista que dirigió el servicio de espionaje soviético en la Alemania nazi, que prestó invalorables servicios a la de la URSS y que cuando cayó en manos de los alemanes contuvo a sus interrogadores entregando a parte de sus parciales. Terminada la guerra, Trepper regresa a la URSS como héroe nacional y al poco tiempo cae en las purgas de Stalin, acusado de traidor y fusilado por esa causa. La novela era una lectura obligada para los revolucionarios de la década del 60 y era un severo anatema para el stalinismo.
La respuesta a esta observación la encontramos, desordenadamente, en la página 149 del libro. En ella se lee con claridad la caracterización de Nancy Guzmán respecto del Partido Comunista: “Lo real es que el PC era la organización política menos peligrosa para el establishment, nunca tuvo la intención de tomar las armas para asaltar el poder, ni siquiera cuando fue proscrito y surgieron sectores de voces críticas a la pasividad con que asumía la represión. Nunca tuvo la intención política de disputar el poder al Estado para fundar otro orden social u otro Estado por la vía insurreccional. La creación de un organismo con formación militar no tenía como objetivo disputar militarmente el poder para hacer una revolución e imponer un Estado socialista, como la derecha solía acusar. Era un aparato pequeño, con formación básica en el uso de armas tradicionales, formado por hombres mayores, que tenía como curioso fin defender la democracia burguesa”.

Esta caracterización del stalinismo, como una corriente servil al orden burgués, aunque no lo explicita Nancy Guzmán, es determinante, mucho más que la cita reiterada a “La Orquesta Roja”, para comprender el por qué del origen de un monstruo como el Fanta. Estay Reyno no cayó de un platillo volador ni es una mera expresión de la falibilidad humana, como gustaría proclamar a los idealistas y fatalistas. No es así, el Fanta es producto necesario, cuando no inevitable como indicamos en el título de esta nota, del carácter contrarrevolucionario del PC chileno y su orientación stalinista, nacionalista, democratizante y colaboracionista de clases.

Un burócrata como Estay Reyno encontró en el aparato del PC la consumación de sus orígenes y aspiraciones pequeñoburguesas. Enemigo de la lucha ideológica, disciplinado cumplidor de órdenes, forjó su moral en el PC no en torno a la estrategia de la revolución obrera y la insurrección, sino que por el contrario, en la obsecuencia y la subordinación a sus superiores, ante los cuales competía por parecer el más eficiente. Nada, absolutamente nada de la formación política recibida por este cuadro stalinista tenía que ver con la revolución, todo era la puritana, ascética e irreflexiva obediencia al Partido. Un sujeto formado en este contexto, al margen de la lucha de clases y enclaustrado en las necesidades del buró, fue presa fácil de la represión. Fue cosa fácil de cambiarle de amo y el Fanta se transformó en una fría máquina represiva de otro signo, su carácter fue siempre el mismo: servir al orden burgués contra el accionar de las masas.
Interesante libro, una tragedia política cuya lectura es recomendable para todo revolucionario, pero muy especialmente para quienes hayan pasado por las filas del hoy partido de Gobierno, del Partido Comunista de Chile.

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