El análisis de Marx de las leyes del capital y la crisis bursátil

por Nick Beams

A lo largo de los años, uno de los ataques más persistentes contra Karl Marx por los sumos sacerdotes de la economía burguesa –los guardianes ideológicos del sistema de lucro— ha sido contra su argumento de que, en última instancia, el capitalismo depende del empobrecimiento de la clase trabajadora. Seguir leyendo El análisis de Marx de las leyes del capital y la crisis bursátil

Van Heijenoort: el secretario tenaz, el alter ego, el editor.

por Juan Forn //

Jan Van Heijenoort tenía un don para la matemática: podía resolver de un golpe de vista ecuaciones con tres incógnitas. Por esa razón recibió beca completa para el Lycée St-Louis de París, pero no fue por eso que se convirtió en secretario, traductor y guardaespaldas de León Trotsky cuando acababa de cumplir veinte años, aunque la situación que enfrentaba Trotsky en su exilio era una suma de incógnitas casi imposible de resolver para una cabeza normal. Como bien se sabe, Stalin expulsó de la URSS a su archienemigo y casi enseguida decidió enmendar el error a su manera habitual: haciéndolo matar. La tarea le demandó casi diez años y buena parte de esa demora se debió a la silenciosa y fiel presencia de Van Heijenoort junto a Trotsky. Seguir leyendo Van Heijenoort: el secretario tenaz, el alter ego, el editor.

Brasil: rechazar la ocupación militar de Río de Janeiro

Temer presentó el decreto de intervención federal en la seguridad pública de Río de Janeiro como una medida de protección a la población. En realidad, es un paso más en la militarización de la política. A partir de ese momento, el gobernador Luiz Fernando Pezão se subordina al general Walter Braga Netto, que a su vez acata órdenes de Temer. La intervención de las Fuerzas Armadas es el reconocimiento de la quiebra de la seguridad pública de Río de Janeiro, ante el narcotráfico y toda suerte de criminalidad. Este es el aspecto exterior de la creciente anarquía social. Lo fundamental está en la incapacidad de la burguesía de contener el avance a gran escala de la pobreza, el hambre y la miseria, que alcanzan amplias capas de la población. Seguir leyendo Brasil: rechazar la ocupación militar de Río de Janeiro

Castración y sexualidad burguesa: el pubis angelical

por Gustavo Burgos //

Vivencialmente, la medida más intensa de la dominación política se expresa en la sexualidad humana. No es simple perversión que las torturas, perpetradas por los aparatos represivos de los regímenes fascistas, se concentren en los órganos sexuales de sus víctimas. Por lo mismo, el incendio y la violación son actos expresivos de las profundas pulsiones del poder. Seguir leyendo Castración y sexualidad burguesa: el pubis angelical

Héctor Llaitul: “La política actual del Estado capitalista favorece al fascismo en el sur de Chile”

por Andrés Figueroa Cornejo 

Aprovechando una breve visita a Santiago, el vocero de la combativa organización mapuche Coordinadora Arauco Malleco (CAM), Héctor Llaitul, ( http://www.rebelion.org/noticia.php?id=200505 ) se refirió a la contingencia tanto en la región de La Araucanía, como en Chile en general, marcada por la reciente manifestación de los propietarios de camiones del pasado 27 de agosto, la militarización del territorio mapuche, y los fundamentos y claves de la resistencia de los originarios/as. Antes de iniciar la entrevista, Llaitul manifestó su solidaridad profunda con la lucha de los pueblos originarios del Continente, de Ecuador, de Argentina y en especial “con el peñi Félix Díaz” de la comunidad Qom de Formosa, que en estos momentos conduce un acampe desde hace más de 5 meses en el corazón de la Ciudad de Buenos Aires con el propósito de ser escuchado por las autoridades centrales de ese país ( http://www.anred.org/spip.php?article10518 ). Seguir leyendo Héctor Llaitul: “La política actual del Estado capitalista favorece al fascismo en el sur de Chile”

Cincuentenario de 1968: “Debajo de los adoquines, la playa”… ¿o la jacuzzi?

por Hilary Wainwright //

El año 1968 fue histórico, pero no en el sentido de constituir un momento singular en una evolución lineal de la historia. Las experiencias de aquel año –y, de modo significativo, de los años que le precedieron y le siguieron– marcaron a una generación, aunque generaron maneras de pensar que, retrospectivamente, han resultado ser tan ambivalentes como complejas. Seguir leyendo Cincuentenario de 1968: “Debajo de los adoquines, la playa”… ¿o la jacuzzi?

La paradoja global del capitalismo

por Michael Roberts //

A la mayoría de la gente se le ha pasado por alto, pero los servicios de inteligencia de Estados Unidos, también han analizado recientemente la evolución de la economía mundial. La Oficina del Director de Inteligencia Nacional (DNI) ha publicado su última evaluación, denominada Tendencias Globales: La paradoja del progreso, que “explora las tendencias y escenarios de los próximos 20 años” . Seguir leyendo La paradoja global del capitalismo

Darwin, Marx y las dedicatorias de “El Capital”

por Salvador López Arnal //

Aquel que entienda al babuino contribuirá a la metafísica más queJohn Locke”.

Charles Darwin, cuaderno D, agosto de 1838.

Maestro, periodista, compañero y amigo de Marx, miembro del comité de correspondencia comunista de Bruselas entre 1846 y 1847 y de la oficina central de la Liga de los Comunistas, redactor de la Nueva Gaceta Renana entre 1848 y 1849, emigrado a Suiza en 1849 y a Inglaterra en 1851, Wilhelm Friedrich Wolf falleció en 1864. Tres años más tarde, su amigo le dedicaba el libro I de El Capital, la única parte que llegó a publicar en vida, con las siguientes palabras1: Seguir leyendo Darwin, Marx y las dedicatorias de “El Capital”

Ernest Mandel: de la pequeña producción mercantil al modo de producción capitalista

1. Producción para la satisfacción de las necesidades y producción para el cambio

En la sociedad primitiva primero, y después en el seno de la comunidad aldeana nacida de la revolución neolítica, la producción estaba esencialmente basada en la satisfacción de las necesidades de las colectividades productivas. El cambio era algo accidental. No intervenía nada más que sobre una pequeña parte de los bienes de los que disponía la comunidad. Seguir leyendo Ernest Mandel: de la pequeña producción mercantil al modo de producción capitalista

Ted Grant: democracia o bonapartismo en Europa (respuesta a Pierre Frank)

El aforismo de Lenin de que vivimos en una época de guerras y revoluciones, a lo que Trotsky añadió, “y contrarrevoluciones”, se ha visto ampliamente demostrado por la historia de las últimas tres décadas. Pocos períodos en la historia han estado llenos de convulsiones y enfrentamientos tan fantásticos entre las naciones y las clases, de cambios tan calidoscópicos y manipulaciones de regímenes políticos mediante los cuales el capital financiero mantiene su dominio sobre los pueblos. Así, es doblemente importante para aquellos que siguen las enseñanzas científicas del marxismo, que pretenden hacer un análisis teórico de los acontecimientos, hacer un examen cuidadoso y escrupuloso de los cambios que se están produciendo si quieren orientarse correctamente hacia la vanguardia y proporcionar una dirección a las masas. Seguir leyendo Ted Grant: democracia o bonapartismo en Europa (respuesta a Pierre Frank)

Emma Goldman: muerte y funeral de Piotr Kropotkin

Cuando llegué a Moscú en enero de 1921, me enteré de que Piotr Kropotkin estaba aquejado de neumonía. Inmediatamente, me ofrecí a cuidar de él, pero como ya le estaba asistiendo una enfermera y la dacha de Kropotkin era demasiado pequeña como para dar cobijo a visitas extraordinarias, decidimos que Sasha Kropotkin, quien por entonces se hallaba en Moscú, iría a Dmítrov para comprobar si mi presencia allí era realmente necesaria. Mi idea inicial era viajar a Petrogrado al día siguiente. Seguir leyendo Emma Goldman: muerte y funeral de Piotr Kropotkin

Ruy Mauro Marini: similitudes y diferencias

por Claudio Katz

En los últimos trabajos de su intensa trayectoria el principal teórico de la dependencia indagó la dinámica de la mundialización. Observó el inicio de un nuevo periodo asentado en el funcionamiento internacionalizado del capitalismo (Marini, 1996: 231-252). Algunos intérpretes estiman que esa investigación coronó su obra previa e inauguró el estudio de la economía política de la globalización (Martins, 2013: 31-54).

Ese desplazamiento analítico confirmó la enorme capacidad de Marini para abordar los procesos más relevantes de cada coyuntura. Sus señalamientos anticiparon varias características de la etapa que sucedió a su fallecimiento. Evaluar esas observaciones a la luz de lo ocurrido es un buen camino para actualizar su teoría.

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Los animales en la sociedad moderna

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El 68 comenzó en Vietnam: ofensiva del Tet, solidaridad, radicalidad

por Pierre Rousset //

En febrero de 1968, las fuerzas de liberación impulsaron en Vietnam del Sur la ofensiva del Têt (es decir del Año Nuevo). De una enorme amplitud, se desarrolló sobre todo el territorio sud-vietnamita, Saigón incluido. Su trascendencia internacional fue considerable, reactivó el movimiento anti-imperialista, el de liberación nacional y aceleró la radicalización de la juventud en Japón y Estados Unidos, pasando por Europa. Representó un giro en la guerra y en el auge de las resistencia, también en el interior del propio ejército de Estados Unidos. Seguir leyendo El 68 comenzó en Vietnam: ofensiva del Tet, solidaridad, radicalidad

Simone Weil: lucidez y delirio

por Antonio García Vila //

Como a menudo se ha afirmado Simone Weil es una mística del siglo XX. Algo aparentemente contradictorio, pues el pasado siglo ya no parecía una época propicia para tales devaneos con el más allá –o el más acá, según se mire–, pero lo cierto es que Simone Weil tampoco es un personaje “normal”. Seguir leyendo Simone Weil: lucidez y delirio

Bolchevismo, Balfour y sionismo: relato de dos centenarios

por Roger D. Markwick //

En noviembre de 2017 se conmemoró el centenario de dos de los acontecimientos más decisivos del siglo XX: la revolución dirigida por los bolcheviques en Rusia y la declaración Balfour en Gran Bretaña. La Revolución rusa la llevaron a cabo los bolcheviques en nombre de la paz y del socialismo internacional; la declaración Balfour fue un compromiso del gobierno británico de apoyar la creación de un “hogar nacional para el pueblo judío” en Palestina. No fue simplemente una notable coincidencia, sino una contraposición de dos objetivos políticos mutuamente excluyentes: uno para impulsar la revolución mundial antiimperialista; el otro, para reforzar los intereses imperiales británicos en Oriente Medio. Seguir leyendo Bolchevismo, Balfour y sionismo: relato de dos centenarios

Muertes luminosas, vidas en la oscuridad. Heroísmo y traición en la militancia revolucionaria de los setenta en la Argentina y Chile

por María Olga Ruiz*

Introducción

Este artículo se aproxima a la experiencia de tres organizaciones políticas que en la década de los sesenta y setenta de la segunda mitad del siglo XX adoptaron la lucha armada como principal estrategia para conquistar el socialismo: Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile (en adelante MIR) y el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (en adelante PRT-ERP) y Montoneros de la Argentina. Seguir leyendo Muertes luminosas, vidas en la oscuridad. Heroísmo y traición en la militancia revolucionaria de los setenta en la Argentina y Chile

‘Tres anuncios en las afueras’ es una soberbia fábula criminal que rebosa misantropía y humor macabro

por John Tones  //

Es casi un milagro que, con el punto de partida de la historia, esquemática y rotunda, que sostiene ‘Tres anuncios en las afueras’ (‘Three Billboards Outside Ebbing, Missouri’), su director y guionista, el irlandés Martin McDonagh, consiga que el espectador empatice con los personajes, que sus dramas y actitudes importen. Pero lo consigue. Seguir leyendo ‘Tres anuncios en las afueras’ es una soberbia fábula criminal que rebosa misantropía y humor macabro

EEUU: El discurso del estado de la Unión de Trump, un espectáculo de reacción y militarismo

por Patrick Martin //

El primer discurso sobre el estado de la Unión del presidente estadounidense, Donald Trump, pronunciado el martes por la noche, fue un festival de reacción e inmundicia política. El discurso se prolongó durante más de 80 minutos, interrumpido por las ovaciones de los miembros reunidos del Senado y la Cámara de Representantes. Estaba lleno de himnos a la policía y a los militares (que obtuvieron el aplauso particular de los demócratas), ataques fascistas contra los inmigrantes e invocaciones a la religión, al patriotismo y a la bandera estadounidense, que culminaron al cierre en gritos de “¡USA! ¡USA!”. Seguir leyendo EEUU: El discurso del estado de la Unión de Trump, un espectáculo de reacción y militarismo

La burbuja robótica: las nuevas tecnologías preparan una nueva crisis

por Sonja Grusch //

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Cuento de Mauricio Wacquez: El Coreano

Han pasado diez años.
Levanto los ojos y la veo a usted tomada de la barra del troley. Sí, es usted: el mismo peinado, la misma lejanía en la mirada azul, sus olvidados ojos de astígmata. Eso posee vida en usted. Sus ojos brillan como la única zona intacta del rostro. Sin pestañas, sin cejas, aún conservan la dolorida tenacidad de antaño. Esa mirada me subleva por dentro, me crispa, aparto la cara y miro por la ventanilla. Seguir leyendo Cuento de Mauricio Wacquez: El Coreano

Previsiones económicas para 2018: la tendencia y los ciclos

por Michael Roberts //

¿Qué ocurrirá en la economía mundial en 2018?  La economía capitalista global sube y baja en ciclos, es decir, las caídas de la producción, la inversión y el empleo tienen lugar cada 8-10 años. En mi opinión, estos ciclos están fundamentalmente impulsados por los cambios en la tasa de ganancia del capital acumulado invertido en las principales economías capitalistas avanzadas. El ciclo de la rentabilidad es más largo que los 8-10 años del ‘ciclo económico’. Una onda ascendente de rentabilidad puede durar unos 16-18 años y es seguida por una onda descendente de una duración similar. Al menos este es el caso de la economía capitalista de Estados Unidos; la duración del ciclo de rentabilidad varía de un país a otro. Seguir leyendo Previsiones económicas para 2018: la tendencia y los ciclos

Argentina: a 32 años del asesinato del abogado rosarino Mario Armas

por Fernando Gustavo Armas //

A 32 AÑOS DE SU ASESINATO, EN MEMORIA DE MI PADRE

INTRODUCCIÓN

La idea de plasmar en un folleto público el material sustancial acerca de mi memoria sobre mi padre me fue rondando la cabeza desde hace un tiempo, mientras se fue procesando la reapertura de la investigación de su asesinato. Seguir leyendo Argentina: a 32 años del asesinato del abogado rosarino Mario Armas

El darwinismo social recurrente o la propuesta de esterilizar a las personas desempleadas

por Daniel Raventós //

Un amigo me envía una nota periodística sobre las declaraciones de un diputado conservador del Reino Unido en las que propone esterilizar  a los desempleados para que dejen de cobrar ayudas por hijos. El tipo, un tal Ben Bradley, asegura que “Hay cientos de familias en el Reino Unido que ganan más de 60.000 libras en beneficios sin mover un dedo porque tienen tantos hijos (¡y para el resto de nosotros ese es un salario de más de 90.000 libras antes de impuestos!)”. Este simpático pimpollo tiene solamente 28 años. Parece algo horrible y desvergonzado. Pero hay precedentes espectaculares mucho más sonados. La nota enviada por mi amigo me recordó un artículo escrito para Sin Permiso hace casi 8 años al que voy a desempolvar un poco. Seguir leyendo El darwinismo social recurrente o la propuesta de esterilizar a las personas desempleadas

Cuento de Juan Carlos Onetti: El infierno tan temido

La primera carta, la primera fotografía, le llegó al diario entre la medianoche y el cierre. Estaba golpeando la máquina, un poco hambriento, un poco enfermo por el café y el tabaco, entregado con familiar felicidad a la marcha de la frase y a la aparición dócil de las palabras. Estaba escribiendo “Cabe destacar que los señores comisarios nada vieron de sospechoso y ni siquiera de poco común en el triunfo consagratorio de Play Roy, que supo sacar partido de la cancha de invierno, dominar como saeta en la instancia decisiva”, cuando vio la mano roja y manchada de tinta de Partidarias entre su cara y la máquina, ofreciéndole el sobre. Seguir leyendo Cuento de Juan Carlos Onetti: El infierno tan temido

El Foro Económico Mundial se reúne en Davos bajo la sombra de la crisis y la guerra

por Bill Van Auken  //

El martes, el Foro Económico Mundial (WEF) abrió sus puertas en el exclusivo centro turístico alpino suizo de Davos, con unos 3.000 ejecutivos corporativos, funcionarios gubernamentales y famosos convocados con el ostensible propósito de debatir el tema de este año de “crear un futuro compartido en un mundo fracturado”. Seguir leyendo El Foro Económico Mundial se reúne en Davos bajo la sombra de la crisis y la guerra

Virginia Woolf: diario de una escritora

1922

Viernes, 23 Je junio

Jacob está siendo pasado a máquina por la señorita Green, y cruzará el Atlántico el día 14 de julio. Entonces comenzará mi temporada de dudas y de altibajos. Me voy a proteger de la siguiente manera. Procuraré tener adelantado un relato para Eliot, vidas para Squire, y Reading; de manera que pueda darle la vuelta a la almohada, según sea mi suerte. Si dicen que se trata de un inteligente experimento, me dedicaré a producir, en calidad de producto acabado, «La señora Dalloway en Bond Street». Si dicen, su narrativa es inverosímil, yo diré, y qué me dicen de la fantasía de la señorita Ormerod. Si dicen; «Ni uno de sus personajes consigue importarnos un pimiento», les diré que lean mis críticas. Pero ¿qué dirán del Jacob? Una locura, supongo; una rapsodia inconexa; no lo sé. Para formarme una opinión sobre este libro confiaré en volverlo a leer. Sobre volver a leer novelas es el título de un artículo muy trabajado, pero notablemente inteligente, destinado al Supt. Seguir leyendo Virginia Woolf: diario de una escritora

Mario Benedetti entrevista a Nicanor Parra (1969)

En la semana que pasé en Santiago, dos acontecimientos se juntaron para sacudir el territorio cultural chileno: pocos días después de que le fuera otorgado a Nicanor Parra el Premio Nacional de Literatura, Pablo Neruda era proclamado candidato del Partido Comunista a la Presidencia de la República. El poeta de Isla Negra concedió muchas entrevistas, pero la plataforma de su eventual “presidencia en la tierra” produjo algunas sorpresas. De más está decir que la prensa conservadora destacó con particular fruición la formal promesa del informal candidato: en caso de salir triunfante, respetará la industria privada. En vista de lo cual me fui a La Reina, donde Nicanor vive en su cuarta o quinta soledad, pero sin concederle ventajas a la melancolía. La verdad es que el prestigio literario de Parra en las nuevas promociones chilenas, es lo suficientemente firme y creciente, como para que su madurez se agite con un Premio Nacional más o menos; sin embargo, lo hallé más alegre que otras veces, y también más seguro, más tranquilo. Creo que algo de eso se refleja en las respuestas que, durante una hora, le pedí para Marcha. Seguir leyendo Mario Benedetti entrevista a Nicanor Parra (1969)

Gramsci: Dante y Maquiavelo

Hay que limpiar la doctrina política de Dante de todas las construcciones posteriores, reduciéndola a su precisa significación histórica. Una cosa es el que, por la importancia de Dante como elemento de la cultura italiana, sus ideas y sus doctrinas hayan tenido una eficacia sugestiva para estimular y solicitar el pensamiento político nacional; pero hay que excluir que esas doctrinas hayan tenido un valor genético propio, en sentido orgánico. Las soluciones pasadas de determinados problemas ayudan a encontrar la solución de problemas actuales análogos, por la costumbre crítica cultural que se crea en la disciplina del estudio, pero no se puede nunca decir que la solución actual dependa genéticamente de las soluciones pasadas: la génesis de aquélla se encuentra en la situación actual y sólo en ella. Este criterio no es absoluto, o sea, no tiene que llevarse al absurdo: entonces se caería en el empirismo, porque máximo actualismo es empirismo máximo. Seguir leyendo Gramsci: Dante y Maquiavelo

Lenin: Acerca del problema de las nacionalidades o sobre la “autonomización”

En mis obras acerca del problema nacional he escrito ya que el planteamiento abstracto del problema del nacionalismo en general no sirve para nada. Es necesario distinguir entre el nacionalismo de la nación opresora y el nacionalismo de la nación oprimida, entre el nacionalismo de la nación grande y el nacionalismo de la nación pequeña. Seguir leyendo Lenin: Acerca del problema de las nacionalidades o sobre la “autonomización”

Los problemas de la izquierda revolucionaria

por Gustavo Burgos //

El día de ayer los fiscales Gajardo y Norambuena renunciaron al Ministerio Público, en protesta por la política de impunidad que ha caracterizado a su institución respecto de los casos r de corrupción y financiamiento ilegal de la política. El Fiscal Nacional Abbott, en una pobre defensa de su proceder, indicó que su institución era “más que dos fiscales”. Seguir leyendo Los problemas de la izquierda revolucionaria

La derecha chilena gana las elecciones mientras el Frente Amplio de “izquierda” se incorpora a la élite política

por Andrea Lobo //

Desde que el expresidente multimillonario de Chile, Sebastián Piñera (2010-2014) , consiguió su segundo mandato el 17 de diciembre, la prensa burguesa internacional ha aplaudido su victoria contra Alejandro Guillier de la coalición socialdemócrata y estalinista, Nueva Mayoría, como si fuese una necesaria señal de estabilidad del dominio burgués. Seguir leyendo La derecha chilena gana las elecciones mientras el Frente Amplio de “izquierda” se incorpora a la élite política

Theodor Adorno: televisión y cultura de masas

El efecto de la televisión no puede enunciarse debidamente en términos de éxito o fracaso, gusto o rechazo, aprobación o desaprobación. Más bien se debería hacer una tentativa, con ayuda de categorías de la psicología profunda y de un conocimiento previo de los medios para las masas, por concretar cierto número de conceptos teóricos mediante los cuales podría estudiarse el efecto potencial de la televisión, su influencia en diversas capas de la personalidad del espectador. Parece oportuno indagar sistemáticamente los estímulos socio-psicológicos que son típicos del material televisado tanto en un nivel descriptivo como en un nivel psicodinámico, analizar sus supuestos previos así como su pauta total y evaluar el efecto que es posible que produzcan. Cabe esperar que, en última instancia, este procedimiento traiga a luz una serie de recomendaciones sobre el modo de tratar estos estímulos a fin de producir el efecto más conveniente de la televisión. Al revelar las implicaciones socio-psicológicas y los mecanismos de la televisión, que a menudo actúan con el disfraz de un falso realismo, no sólo podrán mejorarse los programas sino que también -y esto es tal vez más importante- podrá sensibilizarse al público en cuanto el efecto inicuo de algunos de estos mecanismos.

La cultura popular más antigua y la reciente

A fin de hacer justicia a todas las complejidades de esta índole es necesario un examen mucho más atento de los antecedentes y el desarrollo de los modernos medios para las masas que el que conoce la investigación sobre comunicaciones, la cual por lo general se limita a las condiciones actuales. Sería necesario establecer qué tiene en común la producción de la industria cultural contemporánea con las formas de arte popular o “inferior” de otros tiempos, así como lo que tiene en común con el arte autónomo y en qué consisten las diferencias. Baste señalar aquí que los arquetipos de la actual cultura popular quedaron establecidos relativamente temprano en el desarrollo de la sociedad de clase media: hacia fines del siglo XVII y comienzos del siglo XVIII en Inglaterra. Conforme a los estudios del sociólogo inglés Ian Watt [Adorno se refiere a las investigaciones del profesor Watt que éste reúne en su obra The Rice of the Novel (Studies in Defoe, Richardson and Fielding), Chatts & Windus, Londres, 1957 (N. de E.)], las novelas inglesas de ese período, en especial, las obras de Defoe y Richardson, señalaron el comienzo de una actitud ante la producción literaria que conscientemente creó, sirvió y por último controló un “mercado”.

Hoy, la producción comercial de artículos de consumo culturales se ha vuelto aerodinámica y coincidentemente ha aumentado la influencia de la cultura popular sobre el individuo. Este proceso no ha quedado limitado a la cantidad sino que ha dado lugar a nuevas cualidades. En tanto que la cultura popular reciente ha absorbido todos los elementos y en particular todas las “prohibiciones” de su predecesora, difiere de ésta decisivamente en la medida en que se ha desarrollado en un sistema. Así, la cultura popular ya no está limitada a ciertas formas como la novela o la música bailable, puesto que se ha apoderado de todos los medios de expresión artística. La estructura y el significado de estas formas presenta un asombroso paralelismo, incluso cuando parecen tener poco en común en la superficie (por ejemplo, en el caso del “jazz” y las novelas policiales). Su producción ha aumentado de modo tal que se ha hecho casi imposible eludirlas; e incluso aquellos que antes se mantenían ajenos a la cultura popular -la pobla-ción rural, por una parte, y los sectores muy cultivados, por la otra- ya están de algún modo afectados.

Cuanto más se expande el sistema de “comercialización” de la cultura, más se tiende asimismo a asimilar el arte “serio” del pasado mediante la adaptación de este arte a los propios requisitos del sistema. El control es tan amplio que cualquier violación de sus reglas es estigmatizada a priori como “pedantería” y tiene pocas posibilidades de llegar al grueso de la población. El esfuerzo concertado del sistema tiene como consecuencia lo que se podría denominar la ideología predominante de nuestra época.

Hay, por cierto, muchos cambios típicos dentro de la pauta de hoy; por ejemplo, antes se presentaba a los hombres como eróticamente agresivos y a las mujeres, ala defensiva, en tanto que esta imagen ha sido en buena medida invertida en la actual cultura de masas, según lo han destacado en especial Wolfenstein y Leites.[ En su obra Movies: A Psy[c]hological Study, The Free Press, Glencoe 1950 (N. del E.)] Sin embargo, más importancia tiene el hecho de que la pauta misma, vagamente perceptible en las antiguas novelas y fundamentalmente conservada hoy, se encuentra, a esta altura, congelada y uniformada. Por sobre todo, esta rígida institucionalización transforma la moderna cultura de masas en un medio formidable de control psicológico. El carácter reiterativo, de ser siempre lo mismo, y la ubicuidad de la moderna cultura de masas tiende a favorecer las reacciones automatizadas y a debilitar las fuerzas de resistencia individual.

Cuando el periodista Defoe y el impresor Richardson calculaban el efecto de sus mercancías sobre el público, tenían que conjeturar, que atenerse a sus “pálpitos” y en razón de esto subsistía cierta latitud para desarrollar desviaciones. En la actualidad, estas desviaciones han quedado reducidas a una suerte de elección múltiple entre muy pocas alternativas. Lo siguiente puede servir de ejemplo. Se suponía que las novelas populares o semipopulares de la primera mitad del siglo XIX, publicadas en grandes tirajes y para satisfacer el consumo de masas, provocaban tensión en el lector. Si bien en general se adoptaban las providencias necesarias para que el bien triunfara sobre el mal, las tramas laberínticas e interminables casi no les permitían a los lectores de Sue y Dumas tener conciencia constantemente de la moraleja. Los lectores podían esperar que ocurriera cualquier cosa. Esto ya no es válido. Todo espectador de una historia de detectives televisada sabe con absoluta certeza cómo va a terminar. La tensión sólo se mantiene superficialmente y es poco probable que tenga todavía un efecto importante. Este anhelo de “sentirse sobre terreno seguro” -que refleja una necesidad infantil de protección más que el deseo de estremecerse- es satisfecho comercialmente. El elemento excitante sólo es conservado de los dientes para afuera. Estos cambios coinciden con el cambio potencial de una sociedad libremente competitiva a una sociedad virtualmente “cerrada” en la que uno quiere ser admitido o de la que uno teme ser rechazado. De algún modo, todo se presenta “predestinado”.

La fuerza creciente de la moderna cultura de masas es realzada más aun por las modificaciones de la estructura sociológica del auditorio.. La antigua elite culta ya no existe; sólo en parte la “intelligentzia” contemporánea corresponde a ella. Al mismo tiempo, enormes estratos de la población que antes no tenían contacto con el arte se han convertido en “consumidores” culturales. Los públicos actuales, si bien probablemente son menos capaces de la sublimación artística generada por la tradición, se han vuelto más listos en cuanto a sus exigencias de perfección técnica y de exactitud en la información, así como en su deseo de “servicios”; y han adquirido una mayor convicción en cuanto al poder potencial de los consumidores sobre los productores, sin que importe que este poder sea esgrimido realmente.

También puede ejemplificarse cómo los cambios experimentados en el seno del público han influido sobre el significado de la cultura popular. El elemento de la internalización desempeñaba un papel decisivo en las primitivas novelas populares puritanas del tipa de las ele Richardson. Este elemento ya no predomina, pues se basaba en el papel fundamental dela “interioridad” tanto en el protestatismo inicial como en la más primitiva sociedad de clase media. A medida que la profunda influencia de los postulados básicos del puritanismo ha disminuido paulatinamente, la pauta se ha vuelto cada vez más opuesta al “introvertido”. Tal como lo dice Riesman: “… La conformidad de anteriores generaciones de norteamericanos del tipo que denomino “intra-dirigidos” estaba asegurada principalmente por su internalización de la autoridad adulta. El actual norteamericano urbano de clase media, el “alter-dirigido”, es, a diferencia del anterior, más el producto de sus pares en un sentido caracterológico; esto es, en términos sociológicos, de sus “grupos pares”, los otros chicos en la escuela o en la manzana.[David Riesman, The Lonely Crowd, New Haven, 1950, p. 5 (Hay traducción castellana: Edit. Paidós, Bs.As. 1964).]

Esto se refleja en la cultura popular. El acento en la interioridad, en los conflictos interiores y la ambivalencia psicológica (que desempeña un papel tan importante en las primeras novelas populares y de las que depende su originalidad) ha cedido su puesto a una caracterización no problemática, estereotipada. Pero el código de decoro que rige los conflictos interiores de las Pamelas, Clarisas y Lovelaces perdura casi literalmente intacto.[ La evolución de la ideología del extrovertido también tiene, probablemente, su larga historia, en especial en los tipos más bajos de literatura popular durante el siglo XIX, cuando el código de decoro quedó divorciado de sus raíces religiosas y adquirió por consiguiente, cada vez más, el carácter de un opaco tabú. Parece probable, empero, que a este respecto el triunfo del cine señalará el paso decisivo. La lectura como acto de percepción y apercepción posiblemente lleva aparejada una determinada clase de internalización; el acto de leer una novela resulta bastante próximo a un monólogo interior. La visualización, en los actuales medios de masas, favorece la externalización. La idea de interioridad, que se conserva aún en la anterior pintura de retratos a través de la expresividad del rostro, cede su puesto a señales ópticas inconfundibles que pueden ser captadas de un vistazo. Incluso si un personaje en una película o un programa de televisión no es lo que parece ser, su apariencia es tratada en forma tal que no quede duda en cuanto a su verdadera naturaleza. Así, un villano que no es presentado como una bestia debe por lo menos ser “suave”, y su melosidad repulsiva y sus pulcros modales indican en forma nada ambigua qué debemos pensar de él.] La “ontología” de la clase media se conserva en una forma casi fosilizada, pero está cercenada de la mentalidad de las clases medias. Al ser superpuesta a seres con cuyas condiciones de vida y con cuya estructura mental ya no está en armonía, esta ontolo-gía de la clase media asume un carácter cada vez más autoritario y al mismo tiempo vacuo.

Se evita la explícita “ingenuidad” de la cultura popular más antigua. La cultura de masas, aunque no sea refinada, debe por lo menos estar al día -es decir, ser “realista” o darse humos de serloa fin de satisfacer las previsiones de un público que se supone desilusionado, astuto y curtido. Las exigencias de la clase media ligadas con la internalización -como ser la concentración, el esfuerzo intelectual y la erudición- tienen que ser aliviadas constantemente. Esto no sólo es válido en el caso de Estados Unidos, donde los recuerdos históricos son más escasos que en Europa; se trata de un fenómeno universal, también válido para Inglaterra y la parte continental de Europa.[ Cabe observar que la tendencia contra la “erudición” ya estaba presente en el comienzo mismo de la cultura popular, particularmente en Defoe, quien se oponía conscientemente a la literatura erudita de su tiempo y que se ha hecho famoso por haber desdeñado todos les refinamientos de estilo y de construcción artística en favor de una aparente fidelidad a la “vida”.]

Sin embargo, este aparente progreso de la ilustración tiene un contrapeso excesivo en ciertos rasgos retrógrados. La anterior cultura popular mantenía cierto equilibrio entre su ideología social y las condiciones sociales concretas en que vivían sus consumidores. Probablemente, esto contribuyó a mantener más impreciso que hoy el límite entre el arte popular y el arte serio en el siglo XVIII. El abate Prévost fue uno de los padres fundadores de la literatura popular francesa; pero su Manon Lescaut está absolutamente exenta de clisés, vulgaridades artísticas y efectos deliberados. Del mismo modo, años después y siempre dentro del siglo XVIII, la Zauberfloete de Mozart estableció un equilibrio entre el estilo “elevado” y el popular que es casi inconcebible hoy.

La maldición de la actual cultura de masas parece ser su adhesión a la ideología casi intacta de la primitiva sociedad de clase media, en tanto que las vidas de sus consumidores están completamente fuera de tono con esa ideología. He aquí tal vez lo que explica el vacío entre el “mensaje” explícito y el culto en el arte popular contemporáneo. Aunque en el nivel explícito se promulgan los valores tradicionales de la sociedad puritana inglesa de clase media, el mensaje oculto se dirige a un ánimo que ya no está obligado por estos valores. Más bien, el ánimo de hoy transforma los valores tradicionales en las normas de una estructura social cada vez más jerárquica y autoritaria. Incluso aquí hay que admitir que también en la ideología anterior estaban presentes elementos autoritarios que, por supuesto, nunca expresaban del todo la verdad. Pero el “mensaje” de adaptación y de obediencia irreflexiva parece dominar hoy e invadirlo todo. Debe examinarse cuidadosamente si los valores mantenidos y que proceden de ideas religiosas adquieren un significado diferente cuando se los separa de su raíz. Por ejemplo, el concepto de la “pureza” (le las mujeres es uno de los elementos invariables de la cultura popular. En la fase primitiva, este concepto es tratado en términos de un conflicto interior entre la concupiscencia y el ideal cristiano internalizado (le castidad, en tanto que en la actual cultura popular se lo postula dogmáticamente como un valor per se.

Por otra parte, incluso los rudimentos de esta pauta son visibles en producciones como Pamela. Sin embargo, en tal nivel aparece un subproducto; en tanto que en la actual cultura popular la idea de que sólo la “buena chica” se casa y que debe casarse a cualquier precio ha llegado a ser aceptada ya antes (le que los conflictos de Richardson empiecen.[ Una de las diferencias significativas parece ser que en el siglo XVIII el propio concepto de cultura popular -que en sí mismo avanzaba hacia una emancipación de la tradición absolutista y semifeudal- tenía un significado progresivo, haciendo hincapié en la autonomía del individuo como ser capaz de adoptar sus propias decisiones. Esto significa, entre otras cosas, que la primitiva literatura popular dejaba espacio para autores que se oponían violentamente a la pauta establecida por Richardson y que, no obstante, obtuvieron su propia popularidad. El caso más destacado de esta índole es el de Fielding, cuya primera novela se inició como una parodia de Richardson. Resultaría interesante comparar la popularidad de Richardson y Fielding en su época. Difícilmente obtuvo Fielding el mismo éxito que Richardson. Pero también resultaría absurdo suponer que la cultura popular de hoy permitiera un equivalente de Tom Jones. Esto puede ejemplificar el enunciado sobre la “rigidez” de la actual cultura popular. Un experimento decisivo sería hacer una tentativa por basar una película en una novela como The Loved One (El amado) de Evelyn Waugh. Es casi seguro que el guión sería corregido y reformado a tal punto que nada remotamente semejante a la idea del original quedaría en él.]

Cuanto más inarticulado y difuso parece ser el público de los actuales medios para las masas, más tienden a lograr su “integración” los medios para las masas. Los ideales de conformidad y concensionalismo eran inherentes alas novelas populares desde el comienzo mismo. Ahora, empero, estos ideales han sido traducidos en prescripciones bastante claras sobre lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer. El desenlace de los conflictos está preestablecido y todos los conflictos son puro simulacro. La sociedad es siempre la que sale ganando y el individuo es tan sólo un títere manipulado a través de normas sociales. A la verdad, los conflictos ole tipo decimonónico -como ser las mujeres que se escapaban de sus maridos, la mediocridad de la vida provinciana y la rutina- se encuentran a menudo en los cuentos que actualmente publican las revistas. Sin embargo, con una regularidad que desafía las posibilidades de un tratamiento cuantitativo, se deciden estos conflictos en favor de las mismísimas condiciones de las que querían liberarse esas mujeres. Los cuentos enseñan a sus lectoras que hay que ser “realistas”, que hay que desecharlas nociones románticas, que hay que adaptarse a cualquier precio y que no puede esperarse nada más de individuo alguno. El perenne conflicto de clase media entre la individualidad y la sociedad ha quedado reducido a un recuerdo indistinto y el mensaje es invariablemente el de identificación con el status quo. Tampoco este tema es nuevo, pero su indefectible universalidad le confiere un significado absolutamente diferente. La reiteración constante de valores convencionales parece significar que estos valores han perdido su sustancia y que se teme que la gente siga realmente sus impulsos instintivos y sus comprobaciones conscientes a menos que se les asegure constantemente desde afuera, que no deben preceder así.

Cuanto menos es creído realmente el mensaje y cuanto menos está en armonía con la existencia concreta de los espectadores, tanto más se lo mantiene en la cultura moderna. Cabe reflexionar sobre si una inevitable hipocresía es concomitante con el afán punitivo y con la dureza sádica.

La estructura de múltiples estratos

Un enfoque psicológico-profundo de la televisión tiene que concentrarse en su estructura de múltiples estratos. Los medios para las masas no son tan sólo la suma total de las acciones que representan o de los mensajes que se irradian desde esas acciones. Los medios para las masas constan asimismo de diversos estratos de significados, superpuestos los unos a los otros y todos los cuales contribuyen al efecto. Cierto es que debido a su naturaleza calculadora estos productos racionalizados parecen ser más nítidos en sus mensajes que las auténticas obras de arte, las cuales no pueden ser reducidas a uno u otro “mensaje” inconfundible. Pero el legado del significado polimorfo ha sido usurpado por la industria cultural en la medida en que lo que trasmite se organiza por su parte con el objeto de dominar el ánimo delos espectadores en diversos niveles psicológicos a la vez. A decir verdad, el mensaje oculto pueda ser más importante que el mensaje explícito, ya que el primero eludirá los controles de la conciencia, no se lo “verá al través”, no será esquivado por la resistencia a las ventas y, en cambio, es posible que se hunda en la mente del espectador.

Posiblemente, los diversos niveles que hay en los medios para las masas implican todos los mecanismos de conciencia e inconsciente en que insiste el psicoanálisis. La diferencia entre el contenido superficial, el mensaje explícito del material televisado y su significado oculto es en general marcado y más bien nítido. La rígida superposición de diversos estratos es probablemente uno de los rasgos en virtud de los cuales los medios para las masas son diferenciables de los productos integrados del arte autónomo, en el que los diversos estratos están fusionados de un modo mucho más cabal. El efecto pleno del material sobre el espectador no puede ser estudiado sin prestar atención al significado oculto conjuntamente con el significado explícito y es precisamente la interacción de diversos estratos lo que hasta ahora se ha descuidado y lo que constituirá el centro de nuestra atención. Esto está en armonía con el supuesto, compartido por gran número de especialistas en las ciencias sociales, según el cual ciertas tendencias políticas y sociales de nuestra época, en particular aquellas de naturaleza totalitaria, se nutren en buena medida de motivaciones irracionales y a menudo inconscientes. Resulta difícil predecir si el mensaje consciente o el mensaje inconsciente de nuestro material es el más importante y esto sólo puede evaluarse después de un cuidadoso análisis. Reconocemos, empero, que el mensaje explícito puede ser interpretado con más eficacia a la luz de la psicodinámica -es decir, en su relación con impulsos instintivos así como con el control- que si se considera este mensaje explícito en forma ingenua y se hace caso omiso de sus implicaciones y supuestos previos.

En la práctica se verá que la relación entre el mensaje explícito y el mensaje oculto es sumamente compleja. Así, el mensaje oculto tiende a menudo a reforzar actitudes convencionalmente rígidas y “pseudo- realistas”, análogas a las ideas aceptadas que propaga en forma más racionalista el mensaje superficial. Y a la inversa, se permite que cierto número de gratificaciones reprimidas que desempeñan un papel importante en el nivel oculto se manifiesten en la superficie en forma de chistes, observaciones de subido tono, situaciones sugestivas y otros artificios semejantes. Sin embargo, toda esta interacción de diversos niveles apunta en una dirección definida: la tendencia a canalizar la reacción del público. Esto concuerda con la sospecha tan difundida, si bien difícil de corroborar mediante datos precisos, de que en la actualidad la mayoría de los programas de televisión se propone producir, o por lo menos reproducir, las mismas notas de presunción, pasividad intelectual y credulidad que parecen ajustarse a los credos totalitarios, por más que el mensaje superficial explícito de los programas televisados sea antitotalitario.

Con los medios de la psicología moderna trataremos de determinar los requisitos previos y primordiales para programas que susciten reacciones maduras y responsables; de programas que impliquen no sólo por su contenido sino por el modo mismo en que las cosas son consideradas la idea de individuos autónomos en una sociedad democrática libre. Nos olamos cuenta con toda claridad de que cualquier definición de un individuo de esta naturaleza será peligrosa; pero sabemos muy bien cómo no debe ser un ser humano que merezca la designación de “individuo autónomo”. Y este “no” constituye el punto central de nuestra consideración. Cuando hablemos de la estructura de múltiples estratos de los programas de televisión, pensamos en diversos estratos superpuestos de grados diferentes de explicitud u ocultamiento que son utilizados por la cultura de masas como un medio tecnológico para “manipular” el auditorio. Esto fue expresado muy acertadamente por Leo Lowenthal cuando acuñó la expresión “psicoanálisis al revés”. Con lo cual se está diciendo que de algún modo el concepto psicoanalítico de una personalidad de múltiples estratos ha sido tomado en préstamo por la industria cultural y que el concepto es utilizado a fin de atrapar al consumidor tan cabalmente cuanto sea posible y a fin de ponerlo psicodinámicamente al servicio de efectos premeditados. Se lleva a cabo una nítida división en gratificaciones permitidas, gratificaciones prohibidas y repetición de las gratificaciones prohibidas, en una forma algo modificada y desviada.

Para aclarar el concepto de la estructura de múltiples estratos consideremos el siguiente ejemplo: la heroína de una comedia sumamente ligera y traviesa es una joven maestra que no sólo recibe muy poco sueldo sino que también es incesantemente multada por su directora de escuela, personaje caricaturescamente pomposo y autoritario. Debido a esto, la muchacha no tiene el dinero necesario para pagarse sus comidas y de hecho pasa hambre. Las situaciones que se suponen graciosas consisten principalmente en sus tentativas por conseguir dile la inviten a comer diversos conocidos suyos, pero regularmente sin éxito. La mención de alimentos y del acto de comer parece producir risa; observación que puede hacerse a menudo y que incita a un estudio por separado.[ Cuanto más se lleva al extremo la racionalidad (el principio de realidad), más tiende, paradojalmente, a aparecer su fin último (la gratificación efectiva) como algo “inmaduro” y ridículo. No sólo el acto de comer sino también las manifestaciones no controladas de los impulsos sexuales tienden a provocar la risa en los auditorios: en las películas, por lo general ocurre que hay que llegar gradualmente a los besos, preparar el escenario para ellos, a fin de evitar las risas. Pero la cultura de masas no consigue nunca del todo eliminar la risa potencial. Provocada, desde luego, por el supuesto infantilismo del placer sensual, la risa puede ser explicada en gran parte por el mecanismo de represión. La risa es una defensa contra el fruto prohibido.]

Explícitamente, la pieza sólo constituye una diversión ligera que es proporcionada ante todo por las penosas situaciones en que caen constante la heroína y su archienemiga. E1 libreto no trata de “vender” ninguna idea. El “significado oculto” surge, simplemente, por la forma en que el argumento considera los seres humanos; así, se incita al público a considerar los personajes de la misma manera, sin dejarles darse cuenta de que está presente un adoctrinamiento. E1 personaje de la maestrita mal pagada y maltratada s una tentativa por llegar a una transacción entre: el desdén predominante hacia los intelectuales y el respeto igualmente convencionalizado por la “cultura”. La heroína muestra tal superioridad intelectual y un ánimo tan elevado que se incita al público a identificarse con ella y se brinda una compensación por la inferioridad de su posición y la de sus pares en la estructura social. No sólo se supone que el personaje centrales una muchacha muy encantadora sino que también esta muchacha hace chistes constantemente. En términos de una pauta establecida de identificación, el guión implica lo siguiente: “Si eres tan divertido, bondadoso, listo y encantador como esta chica, no te importe que te paguen un sueldo de hambre. Puedes hacer frente a tus frustraciones en forma humorística; y la superioridad que te confieren tu ingenio y tu agudeza no sólo te ponen por encuna de las privaciones materiales sino que también te ponen por encima del resto de la humanidad”. En otras palabras, el guión constituye un procedimiento astuto para fomentar la adaptación a condiciones humillantes, a tal fin presentándolas como objetivamente cómicas y presentando la imagen de una persona que experimenta incluso su propia posición desmedrada como algo cómico, libre de todo resentimiento.

Por supuesto, este mensaje latente no puede ser considerado inconsciente en un sentido psicológico estricto sino, más bien, “callado”; este mensaje sólo está oculto por un estilo que no pretende rozar nada serio y que aspira a ser considerado tan leve como una pluma. No obstante, hasta un entretenimiento de esta naturaleza tiende a establecer pautas para los integrantes del público sin que éstos lo adviertan.

Otra comedia con la misma tesis traca la memoria las tiras cómicas. Una vieja chiflada redacta el testamento de su gato (Mr. Casey) y declara herederas a algunas de las maestras de escuela que figuran en el reparto permanente. Luego se descubre que en realidad la herencia consiste en los mezquinos juguetes del gato. La trama está elaborada de modo tal que cada una de las herederas, al leerse el testamento, se siente tentada a actuar como si hubiera conocido a esa persona (Mr. Casey). El punto culminante es que la propietaria del gato había puesta un billete de cien dólares adentro de cada uno de los juguetes; y las herederas corren hacia el horno incinerador a fin de recuperar su herencia. Al auditorio se le da a entender lo siguiente: “No esperes lo imposible, no sueñes despierto, hay que ser realistas”. La denuncia de ese ensueño arquetípico es acentuada por la asociación del deseo de dones inesperados e irracionales con la deshonestidad, la hipocresía y, en general, una actitud exenta de dignidad. Al espectador se le da a entender esto: “Los que se atreven a soñar despiertos, los que esperan que les caiga dinero del cielo y olvidan toda cautela para aceptar un testamento absurdo son al mismo tiempo aquellos de quienes uno podría esperar que fueran capaces de trampear”.

A esta altura, tal vez se formulará una objeción: tan siniestro efecto del mensaje oculto de la televisión ¿es conocido por aquellos que controlan, organizan, escriben y dirigen los programas? O bien puede incluso preguntarse el lector si son esos rasgos posibles proyecciones del inconsciente de las propias mentes de los que toman las decisiones, conforme a la muy difundida hipótesis de que las obras de arte pueden ser interpretadas debidamente en términos de proyecciones psicológicas de sus autores. A decir verdad, este tipo de razonamiento es lo que ha dado lugar a que se propusiera la realización de un estudio socio-psicológico especial sobre las personas que deciden las cosas en el campo de la televisión. No creemos que con tal estudio se pueda ir muy lejos. Al concepto de proyección se le ha atribuido excesiva importancia, incluso en el dominio del arte autónomo. Pues si bien las motivaciones de los autores -no cabe duda de ello- entran en sus obras, de ningún modo son tan omnideterminantes como se supone a menudo. No bien un artista se ha planteado su problema, éste adquiere cierta clase de influencia que le es propia; en la mayoría de los casos, tiene que adecuarse a las exigencias objetivas de su producto mucho más que a sus propios impulsos de expresión, cuando traduce su concepción primordial en una realidad artística. Por cierto, estas exigencias objetivas no desempeñan un papel de importancia decisiva c n los medios para las masas, en los que se acentúa el efecto sobre el espectador en una forma que excede de lejos todo problema artístico. Sin embargo, aquí el mecanismo total tiende a limitar drásticamente las oportunidades de las proyecciones del artista.

Quienes producen el material siguen, a menudo a regañadientes, innumerables exigencias normas empíricas pautas establecidas y mecanismos de controles que necesariamente reducen a un mínimo el margen de cualquier clase de auto-expresión artística. El hecho de que la mayor parte de los productos de los medios para las masas no son producidos por un individuo sino mediante una colaboración colectiva -corno es el caso de la mayoría de los ejemplos que se ha examinado hasta ahora- es sólo un factor contribuyente a esta condición reinante en general. Estudiar programas de televisión en términos de la psicología de los autores sería casi equivalente a estudiar los autos Ford en términos del psicoanálisis del difunto Mr. Ford. Presuntuosidad

Los mecanismos psicológicos típicos utilizados por los programas de televisión y los procedimientos por los que son automatizados, funcionan solamente dentro de un pequeño número de puntos de refere ncia determinados que son válidos en la comunicación por televisión, y el efecto socio-psicológico depende, en gran parte, de ellos. Todos estamos familiarizados con la división del contenido de los programas de televisión en diversas clases, como ser comedias livianas, historias de vaqueros, historias de detectives, piezas a las que se las llama “sofisticadas” y otras más. Estos tipos se han consolidado en fórmulas que, hasta cierto punto, preestablecen la pauta actitudinal del espectador ya antes de que éste se vea confrontado con uno u otro contenido específico y que en gran parte determina el modo de que un contenido específico es percibido.

No basta, por lo tanto, para comprender la televisión con destacar las implicaciones de diversos programas y tipos de programas. Es necesario llevar a cabo un examen de los supuestos previos conforme a los cuales funcionan las implicaciones ya antes de que se haya dicho una sola palabra. De suma importancia es el hecho de que la tipificación de los programas ha ido tan lejos que el espectador se acerca a uno u otro con una pauta establecida de previsiones antes de hallarse frente al programa mismo; exactamente en la misma forma en que el radioescucha al que le llega el comienzo del concierto para piano de Tchaikowsky se dice “¡Hola, he aquí música seria!”, o cuando escucha música de órgano reacciona en forma igualmente automática con un “¡Hola, he aquí algo religioso!”. Estos efectos de halo de experiencias previas pueden ser psicológicamente tan importantes como las implicaciones de los propios fenómenos para los que han preparado el escenario; y, por lo tanto, estos supuestos previos deben ser considerados con igual atención.

Cuando un programa de televisión lleva como título “El infierno de Dante”, cuando la primera toma es la de un club nocturno de este nombre y cuando encontramos acodado contra la barra a un hombre con el sombrero puesto y a cierta distancia de él a una mujer de mirada triste y muy pintarrajeada que pide otra copa, tenemos casi la certeza de que pronto va a cometerse un crimen. La situación aparentemente individualizada sólo actúa en realidad como una señal que orienta nuestras previsiones en una dirección precisa. Si nunca hubiéramos visto otro programa que “El infierno de Dante”, probablemente no estaríamos seguros de lo que va a ocurrir; pero, en los hechos, concretamente se nos da a entender mediante recursos sutiles (y otros no son tan sutiles) que se trata de una historia de crímenes, que tenemos derecho a esperar algunos actos de violencia siniestros y probablemente horrendos y sádicos, que el héroe se salvará de una situación de la que apenas cabe esperar que se salve, que la mujer que. está sentada en el taburete junto a la barra no es, probablemente, el delincuente principal pero que es posible que pierda su vida como hembra de un pistolero, etc., etc. Sin embargo, este condicionamiento a estas pautas universales, apenas si se detiene en el estudio de televisión.

La manera en que se hace que el espectador considere cosas aparentemente corrientes, como ser un club nocturno, y en que se hace que interprete escenarios de su vida diaria como lugares sospechosos donde pueden cometerse crímenes, induce al espectador a contemplar la vida misma como si ella y sus conflictos pudieran en general ser interpretadas en tales términos.[ Tampoco esta relación debe ser simplificada en exceso. Por mucho que los actuales medios para las masas tiendan a volver borrosa la diferencia entre la realidad y lo estético, nuestros espectadores realistas tienen con todo conciencia de que las cosas “van en broma”. No es posible suponer que la percepción primaria directa de la realidad tenga lugar dentro del marco de referencias de la televisión, por más que muchos espectadores de cine recuerdan la alienación de espectáculos familiares cuando salen de la sala: todo tiene todavía la apariencia de formar parte de la trama de la película. Lo que es más importante es la interpretación de la realidad en términos de “traslados” psicológicos, la preparación para ver los objetos corrientes como si algún misterio amenazador se ocultara tras ellos. Semejante actitud parece ser sintónica con espejismos de las masas como la sospecha de peculados, corrupción y conspiraciones omnipresentes.] Parece bastante convincente la preposición según la cual esto puede set el núcleo de verdad en los anticuados argumentos contra todo tipo de medios para las masas porque incitan al auditorio a la criminalidad. El hecho decisivo es que esta atmósfera de normalidad del crimen, su presentación en términos de una previsión promedio basada en situaciones de la vida, no se expresa nunca con toda claridad pero está establecida por la apabullante riqueza de material. Puede afectar a determinados grupos de espectadores más profundamente que la moraleja explícita del crimen y el castigo que por lo regular se saca de esos programas. Lo que cuenta no es la importancia del crimen como expresión simbólica de impulsos sexuales o agresivos que de otro modo están controlados, sino la confusión de este simbolismo con un realismo mantenido pedantescamente en todos los casos de percepción sensorial directa. Así, la vida empírica queda embebida de una suerte de significado que excluye la experiencia adecuada, por más que obstinadamente se trate de reforzar la apariencia de tal “realismo”. Esto influye sobre la función social y psicológica del teatro.

Resulta difícil establecer si los espectadores de la tragedia griega experimentaban realmente La catarsis que describió Aristóteles; en realidad, esta teoría, desarrollada cuando ya había pasado la época de la tragedia, parece haber sido una racionalización en sí misma, un intento por exponer el propósito de la tragedia en términos pragmáticos, cuasi científicos. Sea como sea, parece bastante seguro que quienes asistían a la representación de la Orestíada de Esquilo o del Edipo de Sófocles no tendían a traducir estas tragedias (cuyo tema era conocido de todos y el interés en las cuales se centraba en el tratamiento artístico) directamente en términos de vida cotidiana. Ese auditorio no esperaba que a la vuelta de la esquina, en Atenas, ocurrieran cosas análogas. A decir verdad, el pseudo-realismo permite la identificación directa y sumamente primitiva alcanzada por la cultura popular; y presenta una fachada de edificios, habitaciones, vestidos y caras triviales corno si constituyeran la promesa de que algo emocionante y estremecedor puede tener lugar en cualquier momento.

Con el objeto de establecer este marco de referencias socio- psicológico sería necesarios seguir sistemáticamente categorías -como serla normalidad del delito os el pseudo-realismo y muchas otras- a fin de determinar su unidad estructural y de interpretar artificios, símbolos y clisés específicos en relación con este contexto. En esta etapa, es nuestra hipótesis que los contextos y los artificios particulares tenderán en la misma dirección.

Sólo contra telones psicológicos como el del pseudo-realismo y contra supuestos implícitos como el de la normalidad del delito pueden interpretarse los clisés específicos de las piezas de televisión. La misma uniformación que indican los contextos estables produce automáticamente una serie de clisés. Asimismo, la tecnología de la producción para la televisión hace casi inevitable el clisé. El poco tiempo con que se cuenta para la preparación de los guiones y el enorme material que hay que producir continuamente exige el establecimiento de ciertas fórmulas. Por otra parte, en piezas que sólo duran entre un cuarto de hora y media hora parece inevitable que crudamente se indique mediante luces rojas y verdes cuál es la clase de persona que se le presenta al auditorio. No nos interesa aquí el problema de la existencia del clisé en sí mismo. Como los clisés constituyen un elemento indispensable de la organización y previsión de la experiencia, que nos impide caer en la desorganización mental y el caos, no hay arte alguno que pueda pasarse absolutamente sin ellos.

También aquí lo que nos interesa es el cambio funcional. Cuanto más se cosifican y endurecen los clisés en la actual organización de la industria cultural, tanto menos es probable que las personas cambien sus ideas preconcebidas con el progreso de su experiencia. Más opaca y compleja se vuelve la vida moderna y más se siente tentada la gente a aferrarse desesperadamente a clisés que parecen poner algún orden en lo que de otro modo resulta incomprensible. De este modo los seres humanos no sólo pierden su auténtica capacidad de comprensión de la realidad sino que también, en última instancia, su misma capacidad para experimentar la vida puede embotarse mediante el uso constante de anteojos azules y rosados.

La conversión en clisé

Al ocuparnos de este peligro es posible que no hagamos justicia plenamente al significado de algunos de los clisés sobre los que hay que tratar. No debemos olvidar en ningún momento que todo fenómeno psicodinámico tiene dos caras, a saber, el elemento inconsciente o del Ello y la racionalización. Si bien a este último se lo define psicológicamente como un mecanismo de defensa, es muy posible que encierre una verdad objetiva, no psicológica, que no se puede dejar de lado sencillamente fundándose en la función psicológica de la racionalización. Así, algunos de los mensajes clisés, dirigidos a puntos particularmente débiles en la mentalidad de grandes sectores de la población, pueden resultar perfectamente legítimos. Sin embargo, cabe decir con ecuanimidad que los discutibles beneficios de las moralejas, como la de que “no se debe ir en pos de un arco iris”, quedan ampliamente tapados por la amenaza de inducir a la gente a adoptar simplificaciones mecánicas mediante modos de deformación del mundo que dejan la impresión de que éste puede distribuirse en casilleros preestablecidos.

El ejemplo aquí elegido ha cíe indicar, no obstante, en forma bastante drástica, el peligro de los clisés. Una pieza de televisión relativa a un dictador fascista, una especie de híbrido entre Mussolini y Perón, muestra al dictador en un momento de crisis; y el contenido de la pieza consiste en su colapso interior y exterior. En ningún momento se deja en claro si la causa de su colapso es un levantamiento popular o una rebelión militar. Pero ni esta cuestión ni otra alguna de naturaleza social o política entra en el argumento. El curso de los acontecimientos tiene lugar exclusivamente en un nivel privado. El dictador es simplemente un villano que trata con sadismo a su secretaria y a su “bondadosa y adorable esposa”. Su antagonista, que es un general, estuvo antes enamorado de la esposa; y general y esposa se siguen amando, por más que la esposa se mantiene fielmente el lado de su marido. Forzada por la brutalidad del marido, la esposa huye, y es interceptada por el general, quien quiere salvarla. El punto culminante se alcanza cuando los guardias rodean el palacio para proteger a la popular esposa del dictador. No bien se enteran de que ella ha partido, los guardias se marchan; y el dictador, cuyo “yo inflado” explota al mismo tiempo, se rinde. El dictador no es nada más que un mal hombre, pomposo y cobarde. Parece proceder con suma estupidez; no sale a flote nada relativo a la dinámica objetiva de la dictadura.

Se crea la impresión de que el totalitarismo surge de desórdenes caracterológicos en políticos ambiciosos y de que es derrocado por la honradez, el coraje y la calidez humana de aquellas figuras con que se supone que se identificará el auditorio. El recurso estándar que se utiliza es el de la personalización espuria de cuestiones objetivas. Los representantes de las ideas atacadas, como sucede aquí en el caso de los fascistas, son presentados como villanos en un ridículo estilo “de capa y espada”, en tanto que aquellos que combaten por la “buena causa” son idealizados personalmente. Esto no sólo aleja de toda cuestión social concreta sino que afianza la división del mundo, psicológicamente tan peligrosa, en negro (el grupo de afuera) y blanco (el grupo de adentro). Por cierto, ninguna producción artística puede ocuparse de ideas o credos políticos in abstracto, pues tiene que presentarlos en términos de su impacto concreto sobre seres humanos, pese a lo cual sería fútil presentar individuos como meros especimenes de una abstracción, como títeres representativos de una idea. A fin de ocuparse del impacto concreto de los sistemas totalitarios resultaría más recomendable mostrar cómo la vida de gente común es afectada por el terror y la impotencia, en vez de encarar la psicología falseada de los figurones, cuyo rol heroico es calladamente reconocido en semejante tratamiento por más que se los represente como villanos. Al parecer no hay casi otro problema de tanta importancia como un análisis de la pseudo-personalización y sus efectos, el cual no se limita en modo alguno a la televisión.

Si bien la pseudo-personalización denota el modo estereotipado de “considerar las cosas” en la televisión, también debemos destacar determinados clisés en el sentido más estricto. A muchas piezas de televisión se las podría caracterizar mediante este lema: “una chica linda no puede hacer nada malo”. La heroína de una comedia liviana es, para emplear la expresión de George Legman, una “heroína puta” (a bitch heroine) [Véase el estudio Love and Death. A Study in Censorship, por G. Legman, Nueva York, 1949 (N. del D.)]. Se comporta hacia su padre en una forma increíblemente inhumana y cruel, que sólo levemente se racionaliza como “alegres jugarretas”. Pero se la castiga muy ligeramente, en el caso de que se la castigue. A decir verdad, en la vida real las malas acciones son rara vez castigadas, pero esto no puede aplicarse a la televisión. En este caso, quienes desarrollaron el código de producción para el cine parecen estar en lo cierto: lo que cuenta en los medios para las masas no es lo que sucede en la vida real sino, en cambio, los “mensajes” positivos y negativos, las prescripciones y los tabúes que el espectador absorbe por medio de la identificación con el material que está contemplando. El castigo infligido a la bonita heroína sólo satisface nominalmente las exigencias convencionales de la conciencia moral durante un segundo. Pero se le da a entender al espectador que a la bonita heroína en realidad se le perdona cualquier cosa por el solo hecho de que es bonita.

La actitud en cuestión parece indicar una proclividad universal. En otro sketcht que corresponde a una serie relativa a los cuenteros del tío, la chica atrayente que es activa participante en la pandilla de estafadores no sólo obtiene su libertad provisional tras haber sido condenada a prisión por un largo período sino que también parece tener bastante posibilidades de contraer enlace con su víctima. Por supuesto, su moral sexual es impecable. Se espera que el espectador guste de ella a primera vista, considerándola un personaje pulcro y modesto, y al espectador no hay que desilusionarlo. Si bien queda al descubierto que se trata de una tramposa, hay que restablecer o, mejor dicho, mantener la identificación inicial. El clisé de la buena chica es tan resistente que ni siquiera la prueba de su delincuencia puede destruirlo; y, con mafia o con fuerza, debe ser lo que parece ser. De más está decir que tales modelos psicológicos tienden a confirmar las actitudes de explotación, imposición y agresión en las jovencitas, o sea, esa estructura de carácter que en psicoanálisis se conoce hoy con el nombre de agresividad oral.

A veces se disfrazan estos clisés como rasgos nacionales norteamericanos, como parte del escenario norteamericano en el que la imagen de la chica altanera y egoísta pero irresistible que le saca canas verdes a su pobre papá ha llegado a constituir una institución pública. Este modo de razonar es un insulto al espíritu norteamericano. La publicidad con alta presión y la constante tentativa por popularizar e institucionalizar determinado tipo odioso no hace del tipo un símbolo sagrado del folklore. Muchas consideraciones de naturaleza aparentemente antropológica sólo tienden en la actualidad a velar tendencias objetables, como si fueran de un carácter etnológico, cuasi natural. De paso, es asombroso hasta qué punto el material de la televisión, incluso en un examen superficial, trae a la mente conceptos psicoanalíticos, pero con la particularidad de que se trata de un psicoanálisis al revés. El psicoanálisis ha descrito el síndrome oral que reúne las tendencias antagónicas de rasgos de agresión y dependencia. Este síndrome del carácter está indicado de cerca por la chica bonita que no puede hacer cosas malas y que, si bien es agresiva frente a su padre, lo explota al mismo tiempo, dependiendo tanto de éste cuanto, en el nivel superficial, adopta una actitud de oposición a él. La diferencia entre el sketch y el psicoanálisis consiste sencillamente en que el sketch exalta el mismísimo síndrome que es considerado por el psicoanálisis como un retorno a fases infantiles de desarrollo que el psicoanalista trata de disolver. Queda por verse si algo análogo se aplica igualmente a ciertos tipos de héroes masculinos, en particular al supermacho. Bien podría suceder, asimismo, que el supermacho no pueda hacer daño.

Por último, debemos referirnos a un clisé bastante difundido que, en tanto que se da por sentado en la televisión, resulta más acentuado. Al mismo tiempo, el ejemplo puede servir para mostrar que ciertas interpretaciones psicoanalíticas de clisés culturales no son en realidad demasiado descabelladas; las ideas latentes que el psicoanálisis atribuye a determinados clisés salen a la superficie. Existe una idea muy popular de que el artista no sólo es inadaptado, introvertido y a priori un poco ridículo sino que también es en realidad un “esteta”, raquítico y “afeminado”. En otras palabras, el folklore sintético contemporáneo tiende a identificar al artista con el homosexual y a respetar solamente al “hombre de acción” como hombre real, como hombre fuerte. Esta idea se expresa en forma asombrosamente directa en uno de los guiones de comedia que tenemos a nuestra disposición. Retrata a un jovencito que no sólo es el “opio” que aparece tan a menudo en la televisión sino que también es un poeta tímido, retraído y debidamente exento de talento cuyos poemas idiotas son ridiculizados.[ Podría argumentarse que esta misma ridiculización expresa que este muchacho no está destinado a representar al artista sino simplemente al “opio”. Pero posiblemente esta respuesta es demasiado racionalista. También en este caso, como en el de la maestra de escuela, el respeto oficial por la cultura impide caricaturizar al artista en cuanto tal. Sin embargo, al caracterizar al muchacho como autor de poemas, entre otras cosas, se llega indirectamente a que las actividades artísticas y la tontería están asociadas entre sí. En muchos aspectos la cultura de masas está organizada mucho más mediante estas asociaciones que en términos estrictamente lógicos. Cabe añadir que muy a menudo los ataques contra cualquier tipo social tratan de protegerse presentando aparentemente al objeto del ataque como una excepción, si bien por las indirectas debe entenderse que se lo considera un ejemplar del concepto en su totalidad.] Está enamorado de una chica pero es demasiado débil e inseguro para entregarse a los “toqueteos” que ella le sugiere con bastante crudeza; a la chica, por su parte, se la caricaturiza como una cazadora de pantalones. Como ocurre con frecuencia en la cultura de masas, los roles de los sexos están invertidos: la chica es abiertamente agresiva y el muchacho, absolutamente temeroso de ella, se describe a sí mismo como un ser “manejado por las mujeres” cuando la chica consigue besarlo. Aparecen insinuaciones groseras de homosexualidad, una de las cuales corresponde mencionar: la heroína le dice a su amiguito que otro muchacho esta enamorado de alguien y el amiguito le pregunta: “¿De qué está enamorado?”. Ella le contesta: “De una chica, por supuesto”, y el amiguito le responde: “¿Por qué por supuesto? En otra ocasión fue la tortuga de un vecino y, más todavía, se llamaba Samuelito”. Esta interpretación del artista como un ser de innata incompetencia y como descastado social (a través de la insinuación de inversión sexual) es digna de ser examinada.

No pretendemos que los casos y ejemplos particulares ni las teorías según las cuales se los interpreta sean básicamente nuevos. Pero, en vista del problema cultural y pedagógico que presenta la televisión, no pensamos que la novedad de las conclusiones específicas deba constituir tina consideración primordial. A través del psicoanálisis sabemos que el razonamiento que termina con un “¡Pero a todo eso ya lo sabemos!”, es a menuda una defensa. Se lleva a cabo esta defensa a fin de hacer caso omiso de nociones que en realidad incomodan y que nos hacen la vida más difícil de lo que ya es porque agitan nuestra conciencia moral en momentos en que se supone que gocemos de los “sencillos placeres de la vida”. La indagación sobre los problemas de la televisión que aquí hemos señalado y ejemplificado con unos cuantos casos elegidos al azar exige, más que nada, tomar en serio nociones que para la mayor parte de nosotros nos resultan vagamente familiares; y esto se consigue poniendo esas nociones en el contexto y la perspectiva adecuados, y verificándolas con un material apropiado. Proponemos que se concentre la atención en cuestiones de las que tenemos conciencia vagamente, pero también con cierto fastidio, incluso a expensas de que nuestro fastidio aumente mientras avancen más y más sistemáticamente nuestros estudios. El esfuerzo que al respecto se requiere es en sí mismo de naturaleza moral, pues consiste en encarar a sabiendas mecanismos psicológicos que actúan en diversos niveles a fin de no convertirnos en víctimas ciegas y pasivas. Podemos cambiar este medio de vastísimas posibilidades con tal que lo consideremos con el mismo espíritu que, según esperamos, se expresará algún día a través de sus imágenes.

 

(Escrito: En 1953 ó 1954. Según tenemos conocimiento, se publicó por vez primera en el Quarterly of Film, Radio, and Television, v. 8 (1954).  Fuente digital de la version al español: Archivo Omegalfa.esHTML: Rodrigo Cisterna, 2014// Foto: Theodor Adorno joven)

La alerta de misil en Hawái: treinta y ocho minutos de caos

por Patrick Martin //

La falsa alarma sobre un inminente ataque de misil balístico el sábado hizo que más de un millón de personas buscaran refugio, con muchos creyendo que tenían tan solo minutos de vida antes de ser incinerados por un impacto nuclear. Las personas buscaron refugio en los túneles de las autopistas, en parqueos subterráneos, sótanos e incluso bajaron a sus niños por pozos de cloacas. Las conversaciones por teléfono eran desgarradoras, con los presentes pensando que podía ser su última llamada a sus seres queridos.

La alerta fue emitida por la Agencia de Manejo de Emergencias de Hawái, que envió un impactante mensaje a la mayoría de los celulares en las islas: “Alerta de emergencia: AMENAZA DE MISIL BALÍSTICO EN DIRECCIÓN A HAWÁI. BUSQUE REFUGIO DE INMEDIATO. ESTO NO ES UN SIMULACRO”. La alerta fue retransmitida inmediatamente por los canales de televisión y las estaciones de radio locales, de acuerdo con viejos convenios que ponen a los medios de comunicación al servicio del ejército en caso de guerra.

Según los oficiales estatales, la alarma fue el resultado de un empleado de emergencia apretando el botón equivocado en un ejercicio que se lleva a cabo durante el cambio de turno cada ocho horas. El Gobierno de Trump buscó restarle importancia al evento, describiéndolo como un “ejercicio estatal” que no involucra a las fuerzas armadas federales, mientras que la prensa estadounidense lo desestimó como un mero accidente.

Este supuesto accidente está bajo investigación y es muy improbable que los detalles reales se hagan públicos. Sin embargo, la información disponible ya suscita interrogantes políticas críticas.

Si un técnico encargado del manejo de emergencias presionó el botón equivocado, es posible que haya estado utilizando un equipo nuevo y poco familiar. El simulacro en sí fue puesto a prueba hace apenas unas cuantas semanas. Los oficiales estatales han estado realizando preparativos frenéticamente ante la posibilidad de un ataque nuclear sobre Hawái, a medida que se empeoran las tensiones entre el Gobierno de Trump y Corea del Norte. La legislatura estatal ordenó en abril la restauración de los refugios nucleares construidos durante la Guerra Fría, y las sirenas por ataques aéreos fueron puestas a prueba el mes pasado por primera vez en más de 70 años.

Bajo otras circunstancias, una alerta sin sirenas de emergencia habría sido reconocida como una equivocación y descartada por la población. Sin embargo, hoy día, ese no es el caso, particularmente después de que el presidente Trump amenazara varias veces con arrasar a Corea del Norte con “fuego y furia”, y en medio de advertencias de que el territorio estadounidense, particularmente Hawái, podría ser blanco de un ataque nuclear norcoreano.

Tan solo la semana pasada, el exjefe del Estado Mayor Conjunto, el almirante retirado Michael Mullen, dijo en televisión nacional que el mundo estaba “más cerca, desde mi punto de vista, a una guerra nuclear con Corea del Norte y en esa región de lo que jamás habíamos estado”. El mismo Trump incitó al líder norcoreano, Kim Jong-un, a comparar el tamaño de sus “botones nucleares”, jactándose de que el estadounidense “es mucho más grande y poderoso que el suyo, y ¡mi Botón funciona!”.

Cuando los residentes de Hawái recibieron la alerta estatal, asumieron que la guerra que Trump amenazaba estaba comenzando.

Quizás el aspecto más perturbador del incidente en Hawái es que pasaron 38 minutos entre la alarma inicial, a las 8:07 a.m. hora local, y el mensaje de texto oficial cancelándola.

Según la cronología de los eventos presentada por las autoridades estatales, el Comando del Pacífico de EUA, cuya sede se encuentra en Pearl Harbor, le comunicó al servicio de emergencia a las 8:10 a.m., tres minutos después de la alerta, que no hubo ningún lanzamiento de misil. La agencia de emergencias se lo comunicó inmediatamente al Departamento de Policía de Honolulu y canceló la alerta a las 8:13 a.m., comunicándolo por Twitter y Facebook a las 8:20 a.m. Sin embargo, no se envió un mensaje de texto hasta las 8:45 a.m. para informarle al más de un millón de personas que recibió la advertencia inicial de que era una falsa alarma.

Los oficiales estatales todavía no han explicado este retraso, pero un reporte en la prensa sugiere la respuesta. El Los Angeles Times, citando al portavoz de la agencia de emergencias estatal, Richard Rapoza, escribió, “Tomó 38 minutos para cancelar la alerta porque… la agencia tuvo que recibir la autorización de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias [FEMA, siglas en inglés] para poder dar la señal de que había pasado el peligro y poder utilizar el sistema de alerta civil para enviar el mensaje de que había sido una falsa alarma”.

Esto sugiere que el Gobierno federal pudo haber retrasado la cancelación de la alerta deliberadamente, quizás para aprovechar la ocasión y probar la respuesta pública al posible desastre.

La cobertura mediática del incidente ignoró completamente el impacto alrededor del mundo de la alerta en Hawái. ¿Cuál fue la respuesta de Rusia, China y Corea del Norte a un anuncio transmitido alrededor del mundo de que se había disparado la alerta de un misil balístico en un estado de EUA? ¿Se pusieron en contacto Washington, Beijing y Moscú? ¿Hubo órdenes en preparación para una anticipada represalia nuclear estadounidense contra Pyongyang? ¿Fueron alistadas las fuerzas nucleares de estos países para tomar acción?

Cabe plantear otras preguntas. Si tal “error” hubiese ocurrido dentro del comando militar, en vez de una agencia de emergencias civil, ¿cuánto habrían tardado en ser lanzados los misiles estadounidenses en dirección a Corea del Norte en respuesta al supuesto ataque contra suelo americano? También, si hubiese ocurrido algo similar en Corea del Norte o Rusia, ¿cómo habría respondido EUA a tal alerta?

Los acontecimientos en Hawái dan muestra de los primeros minutos de una guerra nuclear. Pese a toda la bravuconería de la Casa Blanca, el Pentágono y la prensa, el anuncio de la eventual llegada de un misil resultaría inmediatamente en pánico y un resquebrajamiento generalizado de la sociedad. Un país cuya infraestructura no puede soportar una tormenta de nieve, no puede hacer frente a un ataque nuclear.

Sobre todas las cosas, los 38 minutos de terror en Hawái comprueban que el peligro de una guerra nuclear es real y está aumentando. Este peligro no es simplemente un producto de la imprudencia personal y el belicismo chauvinista del presidente Trump. Si Hillary Clinton hubiese sido elegida en el 2016, el lugar de la crisis militar podría ser otro —Siria o talvez Ucrania, en vez de Corea del Norte—, pero la campaña del imperialismo estadounidense a recurrir a su poderío militar para contrarrestar su declive económico y estratégico seguiría en marcha.

Fue el presidente Obama que aprobó la renovación de $1,3 billones del arsenal nuclear estadounidense, el más intimidante del mundo. Además, el Partido Demócrata se ha dedicado a promover una campaña antirrusa a fin de crear un ambiente político propicio para una confrontación militar con Moscú, la cual colocaría una guerra nuclear de una vez en la agenda.

El 13 de enero en Hawái marca un antes y un después. Independientemente del consuelo y las garantías de la Casa Blanca y la propaganda mediática, la población mundial verá ahora la cuestión de la guerra bajo otra luz. La mayor urgencia consiste en construir un movimiento de las masas obreras internacionales contra la guerra, basado en el entendimiento de que la fuerza subyacente al peligro de la guerra es la crisis global del capitalismo. Solo la abolición del sistema de lucro y el establecimiento de una sociedad socialista a nivel global puede prevenir una catástrofe nuclear.

La visita de Bergoglio y los mercaderes

por Paul Walder //

La corrupción con rasgos sistémicos, los escándalos sexuales, el descarado lobby , el financiamiento ilegal de parlamentarios han sido algunos de los factores que han obligado a una mayor discreción en las acciones de no pocas instituciones. Es el caso de la Iglesia Católica, no sólo en permanente observación pública tras bullados escándalos sexuales de circulación local y planetaria, sino también por la fuente y uso de sus bienes y otros activos. El lujo excesivo, así como dudosas inversiones y fuentes de ingresos, están bajo la mirada ciudadana global y nacional. Seguir leyendo La visita de Bergoglio y los mercaderes

Cuento de Antonio Di Benedetto: “Pero uno pudo”

Sabemos de esto por la tradición oral que viene de nuestros remotos antepasados, pues ocurrió hace diez o más años.

Hemos de advertir, asimismo, que si al expresarnos prescindimos de todas las formas del singular no es porque asumamos rango de majestades, sino porque todo lo nuestro es plural. Por lo menos, así lo entendemos nosotros. Ésta es una diferencia con los hombres, porque, sin dejar de creer que sea posible, nos parece harto difícil la individualidad. El repetirse de las acciones y los pensamientos, el encontrar que ya hubo quien lo haga o en otra parte hay quien lo hace o puede hacerlo idénticamente es tan depresivo que sólo la vanidad puede impedir el suicidio. No negamos, no, que de esta manera constituimos lo que el hombre puede llamar una sociedad estacionaria o retrógrada; pero es que estamos cansados de seguir ciegamente su ejemplo. Eso conduce periódicamente a la muerte en masa, a la angustia constante de los esclarecidos y al dolor de los vencidos y los menos dotados. Nosotros sólo queremos vivir, vivir en paz.

Se nos dirá, tal vez, que nuestra paz viene a ser semejante a la de las araucarias petrificadas. Tal vez. Después de todo, nosotros somos animales. Ni siquiera sabemos nuestro nombre; no ya, por la abolición de lo personal, el de cada uno, sino el de la especie. Se nos llama, a veces, piojillos de las plantas, y éste no ha de ser el nombre científico, ni siquiera el que se nos dé en otros países. Pero tampoco eso puede preocuparnos. Ni aunque se nos llamase elefantes o monos sabios conseguirían algo de nosotros, ni siquiera una excitación orgullosa. El bien y el mal, lo bueno y lo malo son fatales e incontrastables. Distribuidos por partes iguales se sufren menos y se gozan más.

Lo único que deseamos es vivir, y no la muerte. Por eso somos tan diferentes de los seres humanos, claro está que no de todos, siendo como es posible que sólo seamos distintos de algunos determinados.

Algo de esto contiene, precisamente, lo que ocurrió en los lejanos tiempos.

Temblaban nuestros abuelos porque la dueña de casa anunciaba, de día en día, la desinsectización de las plantas. No lo hacía, no, pero al marido y a todas las visitas les decía que iba a hacerlo. Una corriente inmigratoria dotada de alguna experiencia de otros mundos nos hizo notar que, siendo para una mujer la desinsectización sinónimo de limpieza, no era preciso asustarse de esa mujer, por ser ella poco y nada higiénica. Como respondiéramos que mujeres hay que no son limpias ellas mismas pero sin embargo viven afanadas limpiando el hogar, la corriente inmigratoria -que a poco se asimilaría al nosotros genérico- nos hizo observar que esa mujer no sólo no se limpiaba ella sino que nunca limpiaba los pisos y que los pañales de la hija eran repugnantes.

Quizás esto mismo fue lo que decidió al marido. Muchas veces escuchamos sus amenazas, sordas o francas, pero jamás nos atrevimos a contarlas en nuestro tesoro de esperanzas. Hasta que el marido procedió un día, memorable para nuestra familia, a la desinsectización de su matrimonio.

Después, con el consiguiente traslado de él a una casa inhabitable, porque es de piedra y carece de plantas, vino para la nuestra, aunque no el abandono total, un prolijo descuido a cargo de los parientes. De tal modo llegó para nosotros la era próspera.

* * *

Pero él ha vuelto y la hija, que ya, es claro, no usa pañales, también está aquí, de regreso del colegio religioso.

Ha vuelto hace días y está de reparaciones, de ordenamiento, denodada, fiera, egoístamente, con su concepción tan distinta de la nuestra, buscando por si solo, como olvidado de que no se puede y bien pudo aprenderlo cuando por sí mismo buscó mujer.

Ha vuelto y está allí, ahora, con unas piedras azules, engañosas como su aparente transparencia. Las coloca en la tierra de los cancos, las rocía con agual y va así de planta en planta, disponiendo la muerte para nosotros y conversando descuidadamente con la niña.

-Hago mi felicidad, hija. Así como curo las plantas, curé mi vida y la tuya. . .

Nosotros, sintiendo que el veneno viene, que la muerte viene, como un curso de lava ascendente, gritamos, le gritamos, despavoridos, enfrentándolo con su crimen de hoy y con su crimen del pasado:

-Asesino!

Pero él continúa, absorto y radiante a la vez, en su error, sin que, por suerte, para gloria de nuestro credo, generalice diciendo que todos, como él, pueden hacerlo:

-Hago, hija, la belleza de la vida; la belleza de nuestra vida.

Y nosotros, acusadores y clamantes:

-Asesino! Asesino! Asesino. . . !

Pero nuestra voz, quizás, se oye menos que el choque del viento en una nube.

 

 

(Imagen: Antonio di Benedetto)

Rosa de Luxemburgo: en defensa de la nacionalidad

1.

¿Cómo se lleva a cabo el proceso de desnacionalización?

El Gobierno prusiano ha cometido un nuevo atentado contra el pueblo polaco. El ministro de cultura, Conrad von Studt, implantó un decreto que pedía que se eliminase de las escuelas de la ciudad de Poznan lo poco que quedaba del idioma polaco. Solo quedaba ya una clase de religión que se impartía en polaco, ¡que de ahora en adelante se impartirá en alemán! Nuestros hijos, que pasan la mitad del día en el colegio, deberían poder escuchar durante más tiempo el idioma de sus padres, de sus madres, de su pueblo. ¡La formación y el enriquecimiento mental que deberían adquirir en el colegio y que les sirve de por vida se les transmite en un idioma totalmente ajeno a ellos y que no entienden del todo! ¿No es increíble? Los colegios están para que los niños puedan aprender de los avances de la Ciencia y puedan crecer como individuos instruidos y con capacidad de razonar. Aquí es donde van convirtiéndose en ciudadanos de provecho para sí mismos y en un orgullo para su país. Sin embargo, en Poznan, el colegio no ayuda a la educación de los niños, sino que más bien pretende crear seres sin capacidad intelectual, hacerlos unos reales desconocedores de su propia nacionalidad y de su propia lengua, alejarlos de las raíces del conocimiento y de la civilización, y además, inculcarles de forma violenta la manera en la que los alemanes difunden su nacionalidad.

muerte Rosa Luxemburg

Rosa Luxemburg

Este no es el primer ataque que cometen las autoridades prusianas contra nuestro idioma y nuestra nacionalidad. Desde hace más de veinte años, el Gobierno ha ido exterminando poco a poco la lengua polaca de los colegios de Poznan, ha ido eliminando el componente polaco de los cargos políticos y de la vida pública, ha ido utilizando a miles de millones de personas para la “colonización”, es decir, para la “germanización” de nuestra región. Para ello, se dedicaron a traer aquí a Polonia ciudadanos alemanes – tanto campesinos como artesanos – con una obstinación y empeño que ya podrían haber utilizado para otra cosa mejor.

¿Qué pretenden con eso? ¡Claramente, buscan eliminar el idioma y la nacionalidad de los polacos en Prusia, que ellos mismos se olviden de sus orígenes, de la nacionalidad que los vio nacer, y ahora pretenden convertirlos en alemanes! Los niños olvidarán el idioma de sus padres y los nietos olvidarán que, antes, sus abuelos vivían en suelo polaco.

A una se le pone los pelos de punta cuando piensa en esto y se desespera terriblemente cuando ve que estas cosas tienen lugar todos los días desde hace décadas ante la mirada de toda Europa y de todo el mundo civilizado y que todos hacen caso omiso, nadie hace retroceder al poder germanizante; los hakatistas se ríen de nuestra debilidad y llevan a cabo con una mayor tranquilidad su labor de desarraigo de la identidad polaca ya que piensan que hacen la tarea más honorable y legítima del mundo. Es un crimen hablar en el idioma que se ha mamado en el seno materno y un delito pertenecer a la nación que te vio nacer.

Ya es hora de que el pueblo polaco se deshaga de su situación de tristeza y abandono, que se subleve, que se imponga y luche contra este proceso de germanización. ¿De qué manera hay que llevar a cabo la lucha? ¿Cuál es el camino para lograr la defensa de la nacionalidad polaca de manera efectiva? Todas estas son cuestiones sobre las que merece la pena reflexionar seriamente.

2.

¿Quién fue el responsable?

Ante todo tendríamos que preguntarnos: ¿quiénes son los verdaderos culpables de esta represión que están sufriendo los polacos en Prusia? ¿A quién tenemos que responsabilizar de este proceso violento de germanización? Normalmente decimos que la culpa es de los alemanes, que nos están reprimiendo. Eso es lo que al menos escriben siempre nuestros periódicos polacos de la provincia de Poznan. Sin embargo, ¿podríamos también culpar a todo el pueblo alemán, a esos cincuenta millones de personas? Eso sería una verdadera injusticia y, sobre todo, sería un gran error que sobre todo nosotros sufriríamos. Es absolutamente necesario que nos hagamos una idea de cuál es el motivo de nuestra represión si queremos ponernos realmente a defender con éxito nuestra nacionalidad que se ve amenazada.

Es evidente que el principal promotor de esta germanización es el Gobierno prusiano, que desde hace décadas está llevando a cabo una política basada en la represión contra el pueblo polaco. Los ministros de Cultura de Prusia han seguido aprobando decretos con los que se elimina de las escuelas el idioma polaco. Por otro lado, los ministros del Interior ordenan a la policía que se encargue de disolver las asambleas populares en la Alta Silesia y otras provincias. En Prusia, los presidentes y los jefes administrativos de la circunscripción deciden hacerles la vida imposible y agredir al pueblo polaco mediante múltiples métodos. Pero el Gobierno del Imperio alemán respalda al Gobierno prusiano. Su canciller es a la vez presidente del Gobierno de Prusia. Por tanto, siempre reina la más exquisita armonía entre el Gobierno prusiano y el alemán, especialmente cuando se trata de perseguir a los polacos.

Aunque dispongan de numerosos medios de control, las autoridades gubernamentales no tendrían ningún poder si el sector influyente de la sociedad alemana les opusiera resistencia. Ni el Gobierno alemán ni todavía menos los prusianos se atreverían a perseguir a los polacos con tanta tenacidad si este grupo de la sociedad se les enfrentara. Ningún Gobierno se prolonga mucho en el tiempo si toda la sociedad está rotundamente en contra de la política que está ejerciendo. Por lo tanto, la política de germanización de las autoridades gubernamentales debe buscar el respaldo de cierta parte del pueblo alemán, que de hecho ya lo tienen. Conocemos bien a los señores hakatistas, que ponen a la opinión pública en contra de los polacos, como si de un perro que persigue a una liebre se tratara. Por iniciativa propia, como tienen maldad en su interior, fundan asociaciones cuyo objetivo es el exterminio de la identidad polaca. Estos señores, que son los agitadores más enérgicos del proceso de germanización, pertenecen, la mayor parte de ellos, a la clase de los terratenientes y dueños de fábrica alemanes. También es cierto que solo una pequeña parte de los terratenientes y empresarios industriales colaboraba con la vergonzosa institución del hakatismo. Sin embargo, habría que preguntarse: ¿cómo actúa el sector más amplio ante el asalto del hakatismo y los decretos de la germanización impuestos por el Gobierno? ¿Se manifiestan? ¿Se sienten ofendidos? ¿Buscan impedir esta política? La mejor respuesta se da en la prensa alemana y en el comportamiento de los diferentes partidos del Reichstag alemán y del Landtag prusiano.

Rosa Luxemburg defiende la nacionalidad polacaEn la prensa y en ambos Parlamentos, casi todos los partidos alemanes o son francamente benévolos con el hakatismo o reaccionan con indiferencia ante la persecución que sufre el pueblo polaco. En el mejor de los casos, se molestan en refunfuñar entre dientes sobre estos hechos que crisparían a cualquier persona decente. Tanto el Partido Conservador como el Nacional Liberal, partidos de los latifundistas y potentados de la industria, están que rechinan con los polacos y celebran cualquier intento de germanización que lleve a cabo el Gobierno. La llamada Unión librepensadora, representante de las finanzas y los negocios, presentan una doble cara: por una parte, apoya en cierta medida el exterminio de la identidad polaca y por otro lado, para preservar su honor, ¡ya que se llaman a sí mismos librepensadores!, protesta contra el hakatismo de vez en cuando en cualquier periodicucho. El Gobierno, naturalmente, hace caso omiso de estas protestas, como si escuchara llover. Finalmente, el partido católico, el llamado Partido de Centro, al que se aferran los polacos de Prusia desde hace décadas como un borracho a una farola, tampoco hace mucho a favor de la defensa del pueblo polaco, solo escribe de vez en cuando en sus periódicos, algunos comentarios aparentemente malvados sobre este intento de germanización por parte del Gobierno y de los hakatistas. Si lo miramos bien, estos normalmente no son más que cobardes y el Gobierno se ríe de ellos a sus espaldas. ¡Si el Partido de Centro realmente defendiera de manera sincera a los polacos, encontrarían una manera de ayudarlos! Es el partido con más poder en el Parlamento. Cuenta con 107 diputados entre sus filas. No se puede aprobar ninguna ley importante en el Parlamento si este partido se opone. Eso ocurrió, por ejemplo, con el último Proyecto sobre el Refuerzo de la Flota, del que tanto dependía el Gobierno. Mientras que el Partido de Centro parecía oponerse y fingía que no estaba de acuerdo con este nuevo ataque contra el pobre pueblo polaco, les bastó que el proyecto gubernamental pendiera de un hilo y que los ministros se rindieran ante el Partido de Centro, para hacer todo lo posible para llegar a un acuerdo y calmar los ánimos de todos. Si el Partido de Centro hubiese afirmado que no iban a dar su aprobación al Proyecto de Refuerzo de la Flota hasta que el Gobierno prometiese formalmente dejar de perseguir a los polacos, el Gobierno habría tenido que darse por vencido y el partido católico habría demostrado que se preocupa realmente por la cuestión polaca.

Pero no solo ignoró de nuevo al pueblo polaco, sino que impuso otra condición más. Daría su consentimiento para la duplicación de la flota con la condición de que el Gobierno garantizase un aumento de los impuestos de aduana para el cereal y otros productos alimenticios. Por tanto, el Partido de Centro demostró también que a este partido “católico” no le preocupaba ni la libertad de conciencia ni la nacionalidad de tres millones de católicos polacos, sino que lo que le importaba era los intereses económicos de algunos latifundistas alemanes, a los que el encarecimiento de los productos agrícolas por el aumento de los precios aduaneros les traía grandes beneficios económicos. Sin embargo, el partido no tiene en cuenta que la inflación supone una gran desgracia para los miles de padres y madres pobres.

De hecho, ¿cómo se puede esperar que exista una posible amistad entre este partido y el pueblo polaco? ¿Cómo se puede esperar que defiendan sinceramente la identidad polaca oprimida si este partido, especialmente en Prusia, se compone en su mayor medida de latifundistas y de los llamados “barones del carbón”, que provienen de la nobleza y potentados industriales, de partidos como el Conservador y el Nacional Liberal? Sería absurdo esperar que la nobleza alemana y los potentados industriales defendieran al pueblo polaco oprimido. Como ya se sabe, la mayoría de los diputados del Partido de Centro se eligen en la Alta Silesia, Renania y en Westfalia, es decir, en todas aquellas regiones donde se encuentran las grandes minas de carbón y plantas siderúrgicas. Estos aristócratas “católicos” ganan millones gracias a las minas pero, ¿quiénes son los que trabajan día y noche, en condiciones precarias sin luz ni ventilación, para multiplicar el oro que luego los aristócratas de los partidos de centro reciben? ¡Pues el pobre pueblo polaco! En la Alta Silesia trabajan como mulas cientos de miles de obreros metalúrgicos y mineros polacos para darles los beneficios a los señores de las familias Ballestrem o Donnersmarck entre muchas otras. En Westfalia y en Renania, miles de ciudadanos polacos viven en condiciones de miseria, soportando el yugo del trabajo en minas y en fábricas metalúrgicas.

Los aristócratas católicos acumulan millones gracias al trabajo, a la miseria y a la discriminación del pueblo polaco y al pobre minero solo le dan un mísero sueldo con el que alimentarse, teniendo este que soportar una pobreza y suciedad horribles, peor que las vacas y los cerdos en establos. ¿Cómo podemos esperar que estos católicos miren por el bien del pueblo polaco oprimido cuando ellos mismos viven de la injusticia que cometen contra este pueblo? ¿Cómo van a asegurarse estos aristócratas de que los niños polacos puedan rezar en su propia lengua si incluso mantienen a los polacos en tal miseria que estos no tienen ni un trozo de pan que darles a sus hijos ni un pedazo de tela con la que vestirlos?

La esperanza que tienen los polacos en la ayuda por parte del Partido de Centro proviene de tiempo atrás cuando Bismarck perseguía al catolicismo desesperadamente en el Imperio alemán, y por tanto, los católicos se veían obligados a agruparse para defender sus ideas. Durante la llamada Kulturkampf hace unos 10 o 15 años, el Partido de Centro no era tan popular como lo es hoy y no ejercía tanta influencia en el Parlamento como los nacional liberales, es decir, los capitalistas protestantes. La persecución de Bismarck unió en el seno del Partido de Centro a católicos de varias clases sociales: tanto magnates de Silesia y de la alta Silesia, artesanos de la zona del Rin, agricultores de Baviera, y también una parte de la clase trabajadora. Por tanto, el partido católico se convirtió, en cierto modo, en representante de la clase trabajadora y, bajo la presión de esta, se constituyó como una institución progresista y democrática.

En aquel entonces, el partido católico también se oponía al Gobierno, a la opresión del pueblo mediante el establecimiento de altos impuestos, aduanas y el reclutamiento para el servicio militar, y también contra todo tipo de ataque a la libertad de conciencia, lengua, y nacionalidad. En aquel entonces, el Partido de Centro también defendió con más ahínco la cuestión polaca pues, como solemos decir, la mejor manera de entender la situación del prójimo es cuando uno se pone en la piel del otro. Cuando los alemanes católicos experimentaron en su propia piel lo que suponía la persecución, la represión y la injusticia por parte del Gobierno, se compadecieron también con la opresión que sufrían los polacos.

Sin embargo, los tiempos han cambiado y ahora a la Kulturkampf, junto a Bismarck, su iniciador, se los ha llevado el diablo. El Gobierno comprendió que mediante la persecución a los católicos solo conseguía unirlos más, hacerlos más fuertes y conseguir su enemistad. Hoy día, el partido católico, como dijimos anteriormente, es el más fuerte dentro del Parlamento, y por lo tanto el Gobierno tiene que bailarle el agua. Ya se ha acabado la persecución contra el catolicismo y los periódicos incluso rumorean que pronto se va a autorizar la vuelta de los jesuitas a Alemania. Pero, ¡cómo ha cambiado el partido católico ante estas circunstancias! Cuando terminó la opresión contra el catolicismo y por tanto ya no dolía la piel de uno, terminaron también de interesarles al partido las injusticias que sufrían los demás. En ese desorden de clases y niveles sociales que el partido católico representa, los magnates y potentados industriales, que en resumidas cuentas son parásitos y reaccionarios, están asumiendo el poder. También toda la política de centro toma otra forma. Han desaparecido la compasión y la preocupación por el pobre pueblo trabajador, ya nadie se preocupa por los polacos. Hoy día el partido católico defiende en el Parlamento la subida de los precios de aduana, que se traduce en un encarecimiento de los productos alimenticios. Establece también nuevos impuestos para el pueblo, vota a favor del aumento del ejército y de la flota en la “madre patria alemana”. A los polacos casi los han olvidado y les ponen de vez en cuando buena cara para poder llevarlos atados corto y que los diputados polacos del Parlamento hagan caso a las órdenes del Partido de Centro, como sucedía antes. Ahora el Partido de Centro ya no defiende tanto al catolicismo, ya es como un cartel despintado, una frase vacía. Finalmente ha salido a la luz que un partido que se compone de magnates, aristócratas y potentados industriales no puede ser el defensor de los oprimidos y de los pobres. Antes, el Partido de Centro era enemigo del Gobierno alemán y amigo del pueblo. Hoy, es el enemigo del pueblo y amigo del Gobierno. Nuestros ciudadanos polacos deberían entender esto de una vez y, dejando atrás el pasado, deberían dejar de aferrarse al partido católico.

No vamos a encontrar protección en ninguno de estos partidos alemanes. Todas las clases sociales del pueblo alemán son responsables de la persecución. Si el Gobierno alemán o los ministros prusianos deciden directamente perseguir al pueblo polaco y la gentuza de los hakatistas se atreve a atacarnos, la responsabilidad recae en todo el pueblo alemán que apoya directa o indirectamente la opresión de la germanización pues o bien dieron su aprobación, no se manifestaron al respecto o bien defendieron la identidad polaca de manera poco sincera.

Son culpables, por tanto, de que el Gobierno se atreva a tratar a tres millones de personas como ciudadanos de segunda clase, a los que se les prohíbe hasta hablar en su propio idioma o rezarle a su Dios a su propia manera. Se unieron contra el pueblo polaco tanto el Gobierno alemán como la nobleza, los magnates, los dueños de fábricas, los banqueros y los propietarios de las minas de carbón, en definitiva, toda esta clase de ricos y acomodados, que viven a costa de la mano de obra externa y la explotación del pueblo pobre. Tanto los protestantes como los católicos o los judíos son todos iguales con nosotros, al igual que el Gobierno prusiano que nos desnacionaliza.

Esto tampoco nos asombra. Algunos como los nobles, empresarios industriales y capitalistas solo ven un objetivo en la política que es el beneficio económico. Su ídolo es el becerro de oro y su religión se basa en la explotación. Todos los lemas y frases hechas que proclaman los diferentes partidos, como “patriotismo”, “religión católica”, “liberalismo”, “antisemitismo”, “progreso”, son tapaderas de diferentes colores y formas que esconden detrás de sí un único objetivo: codicia y ansias de enriquecimiento. Si en Prusia los conservadores y los librepensadores son tan patriotas con Alemania y quieren transformar a los polacos en alemanes de forma violenta, esto solo es porque el negocio de la germanización tiene un claro beneficio. ¿No es beneficioso para la burguesía alemana que miles de sus hijitos se coloquen en puestos de trabajo en la provincia de Poznan como funcionarios del estado, profesores, escritorzuelos de periódicos, comerciantes y artesanos y que por fin puedan alimentar a una parte de sus campesinos con suelo polaco? Todo esto se perdería, y se tendría que quedar en manos polacas si no se hubieran inventado la necesidad de germanizar a los polacos. Así que ¡que viva la madre patria alemana!, que de nuevo ha servido de vaca lechera de la que sacar provecho. ¡A por los polacos!

Cuando el patriotismo alemán no les compensa, los prusianos conservadores giran como veletas. Por ejemplo, se sabe que los peones alemanes están huyendo en tropel de Prusia hacia el oeste, a las ciudades industriales, porque no quieren soportar más el hambre y el maltrato de los prusianos. Pero los pobres agricultores polacos, del otro lado de la frontera, del Reino de Polonia, están de acuerdo con todo, son ignorantes y por tanto mansos como corderos.

Y estos mismos magnates alemanes, que en Prusia quieren eliminar todo rastro de la identidad polaca y que tienen el patriotismo en la boca a cada instante dejan venir a miles de peones polacos del Reino de Polonia porque son mano de obra más barata y más fáciles de manejar: son más fáciles de engañar y no se enfadan si se les da con el látigo. Cuando les conviene el exterminio de la población polaca, entonces proclaman ¡que viva el hakatismo! Pero cuando la difusión de la identidad polaca es imprescindible para mantener la finca l economía, ¡que sean bienvenidos todos los peones polacos fáciles de manejar! Siempre y cuando fluya el dinero…

Ya mencionamos anteriormente que el Partido de Centro, los católicos alemanes que proclaman a boca llena la defensa de la religión y de la amistad con el pueblo polaco, se ha enriquecido al mismo tiempo a costa del trabajo de los mineros y obreros metalúrgicos polacos católicos en la Alta Silesia. El beneficio es su único credo, mientras que la justicia, la defensa de los oprimidos, la libertad de expresión y de conciencia son solo lemas que dar a conocer o pisotear, según lo que el negocio requiera.

Así es la alta clase dirigente de la sociedad alemana. No es mejor o peor que en otros países solo que hoy día no existe en ningún otro país gente tan ingenua como aquí en Poznan, que esperan de esta clase social protección para los oprimidos y los débiles, que esperan que los lobos protejan a los corderos (como si el lobo le fuera a prestar ayuda al cordero.)

3.

Nuestros aliados

En el pueblo alemán, solo hay un partido que se nos ha unido y que no solo alzan la voz sino que también levantan el puño tanto contra la germanización como contra cualquier tipo de injusticia. Este partido es la Socialdemocracia, el partido de los obreros alemanes.

Este partido no saca ningún beneficio para sí mismo de la persecución de los polacos, como sí ocurría con las clases más altas de la sociedad alemana, que nos perseguían porque esto les daba poder y buenos puestos. El obrero alemán, al igual como nuestros obreros o artesanos polacos, nunca vive de la injusticia que les causa a otros, sino que viven de su propio trabajo duro y sincero. No es el opresor de nadie, sino que – ciertamente – es él el oprimido y, por lo tanto, siente y entiende también nuestra opresión porque él mismo ha sido el dominado. Nosotros los polacos hemos sido torturados por el Gobierno alemán y por los partidos de los que hemos previamente hablado.

Por lo tanto, así como en los últimos veinte años se ha decretado una ley tras otra contra los polacos, el Gobierno alemán ha llevado a cabo desde hace décadas una cacería contra los obreros alemanes. Desde el momento en el que estos empezaron a levantar la cabeza, a construirse a sí mismos y a perseguir la injusticia y la explotación. Sí, contra nosotros también luchan, sobre todo por la vía administrativa, sin embargo al pueblo obrero alemán se lo declaró fuera de la ley hace 22 años, cuando en el 1878 entró en vigor la llamada Ley de Excepción contra los Socialistas.

Aunque supuestamente la Constitución alemana garantice a toda la ciudadanía alemana igualdad ante la ley, libertad de prensa, de expresión, de conciencia y asociación, los obreros socialistas no tenían permiso para publicar periódicos que tuvieran como fin su propia educación, ni podían constituir asambleas o instituciones para hablar de sus asuntos pues todo esto podía suponer una pena de cárcel. Esta privación de derechos duró once años. En este tiempo miles de ellos se consumían entre los muros de la cárcel y cientos tenían que dejar su país, su patria, para protegerse de las persecuciones. Tenían que abandonar a sus mujeres y a sus hijos al hambre y a la miseria. Mientras tanto, se dedicaban a buscar en otros países un techo acogedor, libertad civil e igualdad ante la ley.

¿Quién fue el mayor culpable de las persecuciones? El propio Bismarck, que comenzó el exterminio del pueblo polaco a través de la creación de un fondo para la colonización alemana , y a través de un proceso de germanización en las escuelas de Poznan. También eran culpables los propios nobles y propietarios de fábrica alemanes que apoyaban de manera directa o indirecta al hakatismo. ¿Y quién ha traicionado finalmente al pueblo obrero alemán? El Partido de Centro católico que dejó caer en el olvido la cuestión polaca, que se ha convertido en un luchador de la igualdad burguesa y que apoya al Gobierno en su represión.

El pueblo obrero alemán tiene también muchos enemigos en su propio territorio, sufre de su propia represión, por lo que es nuestro aliado natural, nuestro amigo. El Partido Socialdemócrata no hace ninguna distinción entre lengua y creencias. Todos los oprimidos y desafortunados son sus hermanos. Persigue cada una de las injusticias e intenta erradicarlas. Es el único partido que protege al pueblo de la nobleza y de los capitalistas. Además, es el protector de las naciones oprimidas ante sus perseguidores.

En los periódicos polacos se escriben cada cierto tiempo cosas absurdas sobre la socialdemocracia. La critican porque supone un gran peligro –todavía más terrible que los hakatistas– ya que supuestamente imponen la anarquía, pretenden poner el mundo entero patas arriba, quieren suprimir la religión, introducir la inmoralidad general entre las mujeres, dividir el patrimonio del estado entre todos ellos, etc. Todo es una palabrería ridícula. Aquellos que difunden esto, son necios o infames mentirosos que intentan confundir al pueblo con falsas apariencias.

Los socialistas no piensan que haya que poner el mundo patas arriba, simplemente porque ya está patas arriba. Millones de ciudadanos del pueblo llano trabajan de noche y de día con el sudor de su frente – tanto en el campo como en talleres, fábricas o minas de carbón – y encima no tienen casi ni un trozo de pan que llevarse a la boca ni un mísero rincón donde vivir, ¿no se está haciendo entonces todo lo contrario a lo que se debería hacer? Los nobles y dueños de fábricas, por el contrario, que no han sabido lo que es el trabajo en toda su vida, se meten el beneficio en sus bolsillos, se pasean en coches de caballo, beben champán y viven en palacios.

Ahora los socialistas quieren reestablecer de nuevo la igualdad e introducir un nuevo reglamento para que todos los que trabajen honestamente reciban para ellos y para sus familias un ingreso suficiente. Los holgazanes en cambio, que se benefician del trabajo de los otros, no recibirán nada.

Del mismo modo, son muy graciosos los que dicen que los socialistas quieren acabar con la vida familiar y que quieren introducir una inmoralidad general. ¿No está ya destrozada la vida familiar de millones de familias trabajadoras, de manera que la mujer y madre tiene que ganar dinero y, por tanto, no tiene tiempo para cuidar de los niños y a veces no sabe de dónde va a sacar el dinero para alimentarlos y vestirlos? ¿No está pasando ya que cientos de pobres costureras de Poznan están viéndose forzadas a dedicarse a la prostitución por falta de recursos? ¿Y de quién es la culpa de esto? No de los socialistas, desde luego. Es de los dueños de las fábricas y los confeccionistas que no les pagan a las pobres chicas lo suficiente –que de hecho ni siquiera les alcanza para vivir– por estar todo el día delante de una aguja. Ciertamente los socialistas quieren acabar con esta explotación de inmediato y pretenden asegurarle a cada mujer un salario digno para que no tengan que llegar a la prostitución.

Finalmente, dicen que otro objetivo de los socialistas es la supresión de la religión. Quien se crea ese cuento, debe ser bastante necio, pues nadie elimina la religión como Bismarck o este tipo de gente que declararon junto con él, la guerra a los católicos. Los socialistas, en cambio, eran, por esta y por otras injusticias, los enemigos a muerte de Bismarck y de sus compinches y siempre y en todas las partes proclamaban: Cada uno se aferra a las creencias y a las convicciones que considera correctas y nadie tiene la razón absoluta, ni tiene el derecho de violar la concienciade los otros. La mejor prueba de como los socialistas defienden la libertad de religión y las creencias de cada uno sea cual sea, es que la Socialdemocracia en el Parlamento vota siempre a favor de la vuelta de los jesuitas a Alemania.

Del mismo modo, la Socialdemocracia aboga como primero y hasta ahora único partido por nuestra nacionalidad, que se ha visto perseguida, como nunca antes había sucedido. Inmediatamente después del último ataque del ministro [de Cultura] Studt, los socialdemócratas fueron los primeros que convocaron una gran asamblea popular en la sala Lambertsaal (Poznan) el 15 de agosto de 1900 para protestar contra este nuevo proceso de germanización. La burguesía polaca, avergonzada por esa energía de los socialistas, convocó a duras penas una asamblea propia para el 8 de septiembre.

La Socialdemocracia alemana también se preocupó por el asunto de la cuestión polaca en el seno del congreso del partido que tuvo lugar en Mainz en septiembre de 1900. Mostró su indignación sobre la manera de actuar del Gobierno y aprobó por unanimidad la siguiente propuesta que los delegados desde Polonia habían pedido:

La convención del partido encarga al grupo parlamentario sacar a colación la nueva medida que ha llevado el Gobierno prusiano al Parlamento sobre el uso del idioma polaco en las escuelas de la provincia de Poznan y sobre todo, luchar con todas las fuerzas contra el trato que reciben los polacos como ciudadanos de segunda clase.

De todos los partidos políticos, la Socialdemocracia es el primero y hasta ahora el único que ha decidido criticar duramente en el Parlamento al sistema de Gobierno del hakatismo y exigir un ajuste de cuenta a sus dirigentes.

Este partido es el único de la sociedad alemana que nos apoya y con el podemos contar con su ayuda y su amistad. Y no es precisamente una ayuda pequeña, pues los socialdemócratas cuentan con 56 en el Parlamento y son el partido más fuerte del estado. La última vez obtuvieron 2 ¼ millones de los votos. Este partido ha crecido como la espuma en el último año. Todos los explotados, oprimidos y desfavorecidos se arremolinaron en torno a él mientras que el Gobierno, la nobleza y los capitalistas miraban horrorizados el poder creciente del pueblo trabajador. El pueblo trabajador polaco también debe recurrir a este partido. Solo de él se puede esperar ayuda fraternal y protección contra la violencia que está ejerciendo el Gobierno alemán.

4.

La nobleza, la burguesía y el pueblo llano en Poznan

Los socialdemócratas fueron los primeros en defender en Poznan la enseñanza de la religión impartida en polaco, que el señor Studt había eliminado, y los primeros en llamar al pueblo a una gran asamblea e incitarlos a una lucha defensiva. ¿Qué hicieron al respecto los otros partidos de nuestra sociedad? La élite nacional, es decir la nobleza y los terratenientes, ni siquiera se pronunciaron. Ellos, que son considerados siempre y en todo lugar los líderes y la cabeza de la nación, los supuestos defensores de los intereses nacionales que anuncian por todos lados su patriotismo, ¿dónde estaban ellos antes y dónde están ahora cuando hay que defender al pueblo y su lengua materna? Simplemente, no están. Cuando se trata de conseguir escaños en el Parlamento estatal o en el Parlamento regional, a todas familias de la nobleza como los Kwilecki, Chlapowski, Czartoryski, Radziwill y Koscielski les viene de perlas estar allí, pronunciando discursos “patrióticos” y “burgueses”. ¡Cuando se trata de las labores de representación en la capital berlinesa, eso sí que pueden soportarlo! Pero, ¿dónde dejan estos señores sus valores de “conciencia cívica” y “patriotismo” cuando, elegidos por el pueblo, se sientan en sus butacas de diputados en el Parlamento? ¿Qué beneficio han aportado ellos hasta ahora al pueblo polaco con sus actividades parlamentarias? Nada de nada. Los diputados polacos se sientan tanto en el Parlamento alemán como en el regional como si fueran momias egipcias. No han sido capaces ni de conseguir poder ni de ejercer influencia ni de ganarse una reputación. Mientras los diputados de varios partidos luchan encarnizadamente durante todo el año en el Parlamento por las cuestiones vitales del pueblo, por las leyes de protección de los peones y por los derechos de aduana de la carne y el cereal, los diputados polacos no hacen ni dicen absolutamente nada. Cuando se trata de defender al pueblo de los impuestos, de la inflación y de la opresión del Gobierno, entonces a nuestras queridas familias Czarlinski, Radziwill y Kwilecki se les come la lengua el gato. Una vez al año, dicen alguna que otra cosa contra el proceso de germanización, pero lo hacen sin fuerza y sin ganas, así que los ministros ni siquiera dirijen la atención hacia ellos. Sin embargo, los diputados socialdemócratas adoptan una actitud totalmente diferente en lo que respecta a la defensa del pueblo polaco, aunque hasta ahora no haya ningún polaco entre ellos. Gracias a su influencia, consiguieron, en aquel entonces, que todo aquel que declare en juicio y que no sepa hablar suficiente alemán, tenga que ser asistido por un intérprete del estado. Una vez al año, además, le reprochan al Gobierno que los niños de la Alta Silesia no tienen escuelas.

Sin embargo, eso no es todo. El gran patriotismo hipócrita de estos ilustres diputados parlamentarios se manifiesta, en primer lugar, cuando votan a favor del aumento del ejército y la marina. Nuestros diputados polacos votaron en 1893 a favor del fortalecimiento del ejército alemán, de las fuerzas armadas del mismo Gobierno, con las que torturaban al pueblo polaco, y a favor también del endurecimiento del lazo que estrangulaba al pueblo polaco. Teniendo esto en cuenta, ¿no debe burlase el Gobierno del grito patriótico de los diputados polacos? ¿No es evidente que, hasta el día de hoy, el pueblo polaco siga enviando a sus enemigos al Parlamento como representantes y no a sus protectores? Incluso en el último aumento de la flota alemana este año, que no tenía otro objetivo que someter y presionar a los chinos, como hacen con nosotros. Incluso aquí, apenas la mitad de nuestros diputados se animaron a votar contra la ley del Gobierno. ¡La otra mitad de estos “polacos” desaparecieron del Parlamento, como suele sucederles a los hombres valientes, y se escondieron en ratoneras, pues así no tendrían que votar en contra del Gobierno, [Dios no lo quiera]!

¿Quién podría haber esperado otra cosa viniendo de ellos? Los diputados polacos son altos magnates, nobles, sobre los que el pueblo ya ha cantado una canción hace cientos de años: “Gloria a vosotros, príncipes, prelados, por nuestra esclavitud y nuestras cadenas. Gloria a vosotros, condes, príncipes y canallas, por manchar a nuestro país con sangre de hermanos” Al igual que la patria para ellos solo era un beneficio personal y el pueblo solo era un banquillo en el que poner los pies para escalar a posiciones más altas, así mismo se comporta hoy día. Casi todos son propietarios de grandes haciendas y viven del esfuerzo de los peones polacos como hacen los terratenientes alemanes. Casi todos alimentan a sus “hermanos, los pobres campesinos” peor que a los cerdos, como es el caso de los magnates alemanes. Su objetivo principal es vender a buen precio el cereal, el ganado y el aguardiente que ellos destilan. Por tanto, reclaman altos impuestos aduaneros incluso si esto hace que la población sufra por la inflación y el alcoholismo. En el fondo, ellos pertenecen exactamente a la misma clase de gente que la nobleza y los capitalistas alemanes. Se sirven los unos otros. Aunque los alemanes favorezcan a los hakatistas y los polacos supuestamente defiendan su identidad, el vínculo de la avaricia común es más fuerte que el de la unión por el odio nacional.

Al igual que los alemanes, el principal interés de los terratenientes y fabricantes polacos en la “patria alemana” es explotar al pueblo trabajador. Dios los cría y ellos solos se juntan. Eso es lo que ocurre con nuestros diputados, que están en el Parlamento para supuestamente defender al pueblo polaco de nuestros peores enemigos, el Gobierno y los señores de la clase alemana pudiente. Por tanto, ¿es una sorpresa que el hakatismo se haga cada vez más fuerte y que el pueblo polaco sufra derrota tras derrota?

El llamado Partido Popular Alemán, es decir, el de nuestra burguesía, tampoco ha hecho mucho para proteger al pueblo polaco. Este partido está activo en la provincia de Poznan desde hace ya bastantes años. Controla varios periódicos, puede convocar asambleas públicas porque los propietarios del lugar no lo rechazan como hacen con los socialistas. ¿Y cuáles son los resultados? Pues que estos aristócratas se sientan en el Parlamento e ignoran las protestas sociales del pueblo. Mientras que el hakatismo avanza a pasos agigantados, el pueblo polaco se sume en su propia pobreza e ignorancia, como pasaba antes.

El Partido Popular podría tener buena voluntad pero ¡qué incompetentes son! Son un verdadero caos. Tienen una mentalidad política realmente atrasada. La mejor imagen que este partido dio fue gracias a su comportamiento después del último ataque del ministro Studt. En su torpeza, aplazaron cualquier movimiento de protesta hasta que los socialdemócratas se les adelantaron y convocaron por primera vezasamblea popular en Poznan. Avergonzados por este ejemplo, se animaron finalmente a convocar una asamblea pero ¿qué a punto común llegaron en esta? En lugar de criticar el torpe comportamiento de los diputados polacos en el Parlamento, en vez de denunciar al partido de los católicos por su hipocresía en lo que respecta a la defensa de la identidad polaca, en vez de desenmascarar la verdadera naturaleza del Gobierno y de sus aliados y llamar al pueblo a una lucha encarnizada contra ellos, la asamblea envió una petición llorándole al arzobispo para que protegiera a nuestros hijos y defendiera las clases de religión en las escuelas. La verdadera sabiduría de este “Partido Popular” es aferrarse con ambas manos a la sotana sacerdotal. Todo se hace con el sacerdote y a través de él: esa es la antigua política que la aristocracia implantó en la antigua República polaca hasta que la misma los llevó a la ruina.

Lo que mejor demuestra la torpeza y la mentalidad atrasada del Partido Popular es que fingen luchar contra la aristocracia y fingen animar al pueblo para que desarrollen su propia vida política mientras que siguen llevando a cabo, punto por punto, políticas clericales, al igual que hace la nobleza.

Y con razón este partido se llama a sí mismo Partido Popular, aunque en realidad no le importa mucho el bienestar del pueblo, de la gente trabajadora, los artesanos, obreros y peones polacos. Este partido no quiere abrirle los ojos a la gente y enseñarles a sus verdaderos enemigos: la explotación capitalista, el poder de la aristocracia y la parcialidad del Gobierno. Cuando hace ya varios años, los trabajadores y artesanos de Poznan comenzaron a organizarse en agrupaciones profesionales para luchar contra el Capital, por un salario mejor y una vida mejor para sus mujeres e hijos, entonces el “Partido Popular” puso mala cara y buscó la manera, a través de sus periódicos propios, de disuadirlos de estos planes. Los miembros de este partido inventan todo lo que pueden sobre los opresores alemanes, sin embargo no les gusta escuchar verdades amargas sobre los opresores y explotadores polacos. Tienen miedo de que el pueblo pueda ser más inteligente y quieren, por tanto, tenerlos atados con la ayuda de los curas. Pero de esta manera toda la defensa de la identidad polaca se torna totalmente ineficaz porque, si se tiene que poner fin a la lucha contra el hakatismo mediante la distribución de pequeños calendarios y mediante delegados del arzobispado, a nuestra nación le aguarda un futuro muy negro. Al fin y al cabo, ni el clero ni nuestra burguesía están interesados en la defensa del pueblo polaco ante la germanización, sino más bien en la defensa de los dueños de fábrica polacos, los maestros de los gremios artesanos y los terratenientes ante las justas demandas de los trabajadores desheredados. No están por la labor de frenar la ignorancia de los hakatistas, sino que más bien pretenden hacer retroceder las luces del Socialismo. Es interesante y significativo que el arzobispo, en su larga respuesta a los delegados y a la “humilde petición” de la asamblea burguesa del 8 de septiembre, hablara tanto sobre la defensa de la religión pero no dijera ni una palabra sobre la defensa de la lengua polaca que, como si no tuviera nada que ver una cosa con la otra. Advirtió a los delegados que hay que “resistir a la tentación”: “Con las palabras del redentor, me dirijo a vosotros, despertad y orad para que no caigáis en la tentación pues el enemigo de nuestras almas quiere servirse del arrebato y del dolor. El enemigo trata de seduciros y engañaros para revolucionar el orden social y divino” (revista Goniec Wielkopolski, Nº. 207)

Rosa Luxemburg caía asesinada en Berlín

Este es su primer lema ante la inminente avalancha del hakatismo – estar en alerta y tener miedo a la Socialdemocracia, que es el único partido que defiende sinceramente al pueblo polaco y es un irreconciliable enemigo del Gobierno y del hakatismo. Esto muestra lo que vale el patriotismo de este “Partido Popular”. Vemos ahora claramente que no podemos esperar apoyo eficaz contra la germanización ni de la nobleza polaca ni de sus diputados parlamentarios, ni del partido burgués, el Partido Popular, ni de los curas. Nuestra burguesía se esfuerza, tanto como la nobleza, en tratar de convencer al pueblo trabajador de que la opresión contra el pueblo polaco es nuestra desgracia particular, que los germanizadores son nuestros únicos enemigos y que la batalla contra el hakatismo es nuestra única tarea política. Entretanto, los artesanos, trabajadores y peones polacos sufren otras miles de discriminaciones y les atormentan otras miles de preocupaciones.

El Capital explota a los artesanos y agricultores. El obrero está explotado por la nobleza y los terratenientes. Toda la población trabajadora está arruinada por las altas tasas aduaneras de alimentos impuestas por el Gobierno y por la inflación que se deriva de estos aranceles. Este Gobierno nos empobrece a través de los impuestos, nos oprime a través del reclutamiento para el servicio militar obligatorio y comete injusticias contra nosotros como cuando por ejemplo se niega a dar dinero público para los colegios o para el bienestar del pueblo y se lo gasta, sin embargo, en cañones y barcos de guerra. Este es nuestro mayor sufrimiento, estos son nuestros mayores enemigos: la explotación por parte de los capitalistas, de los aristócratas y de un Gobierno que está totalmente al servicio de estos y que le ordena al pueblo de solo “pagar impuestos, prestar servicio militar y, encima, cerrar el pico.”

Como hemos dicho, en esta explotación y esta política participa nuestra burguesía y terratenientes polacos, que tienen tanta culpa como los alemanes. Entonces, ¿el fabricante o el terrateniente polaco le paga mejor y trata mejor al trabajador polaco que un fabricante alemán? ¿El confeccionista polaco explota a los artesanos polacos o las costureras polacas menos que un confeccionista alemán? Son tan idénticos como dos gotas de agua. Da igual que su apellido termine con berg o ski. No existe entre ellos la más mínima diferencia con respecto a la relación que mantienen con los trabajadores polacos.

Por tanto, la burguesía compite con la nobleza para tratar de convencernos de que nada nos oprime excepto la germanización, que no tenemos otros enemigos que los hakatistas. Esto no es otra cosa que una maniobra, una política para cegar al pueblo trabajador con falsas apariencias, desviar su atención sobre el enemigo alemán y apartarlos del enemigo que tiene en su propia casa. Estos líderes quieren que la gente solo se preocupe por su idioma y por la fe católica, pero no porque su estómago esté vacío. Quieren que piensen que solo luchan contra los hakatistas y no contra la explotación de sus propios parásitos, contra la opresión en el marco político, y contra opresión aduanera y militar del Gobierno.

Por eso tenemos que considerar el patriotismo de las capas más altas de la sociedad polaca como un infame engaño al pueblo. No tenemos que ir tras los latifundistas y burgueses sino contra ellos. No tenemos que proteger nuestra nacionalidad en comunidad con ellos, sino luchar para defender nuestro bienestar y nuestra lengua materna contra ellos. El pueblo polaco solo cuenta con él mismo y con los únicos cuya desgracia se le parece: el pueblo obrero alemán. Que el artesano, el obrero, el minero polaco se lancen a la lucha, que unan sus esfuerzos con los esfuerzos de sus compañeros de desgracias, y de esta manera, el Gobierno alemán y los hakatistas tendrán que reconocer su fuerza. El pueblo obrero polaco debe situarse bajo el lema de la Socialdemocracia, que es el único refugio de la justicia y de la libertad. Aquí encuentra la protección de su bienestar, de la vida familiar, de los derechos civiles y de su lengua materna.

El terrateniente, el fabricante, el capitalista, tanto si es alemán como polaco, es nuestro enemigo. Sin embargo, el obrero alemán es nuestro aliado, que bajo la explotación capitalista y la opresión de la clase dominante, sufre como nosotros. Tomando como ejemplo al pueblo obrero alemán, ahora nuestro pueblo polaco debe también retomar la lucha por su vida física y mental. A este efecto, deben organizarse, afiliarse a los sindicatos, para así juntos hacer frente a los capitalistas. Deben leer periódicos y folletos del movimiento obrero para formarse y comprender sus necesidades y deberes.

Pero sobre todo, el pueblo trabajador solo debería votar en las elecciones al Parlamento a sus propios candidatos trabajadores del Partido Socialdemócrata para que así no se siente en el Parlamento ningún enemigo más del pueblo que venga de Poznan, de Prusia Occidental, Masuria o Alta Silesia, ningún parásito aristócrata o inútiles burgueses. ¡Por la unión con el pueblo trabajador alemán contra la explotación por las clases dirigentes de Alemania y Polonia y contra la opresión por el Gobierno! Ese es nuestro lema.

Facebook anuncia un importante plan para censurar las noticias

por Andre Damon //

El CEO de Facebook Mark Zuckerberg anunció el viernes que la mayor red social del mundo estará iniciando cambios importantes para relegar los contenidos políticos y de noticias en el muro de publicaciones y, en su lugar, priorizar los “momentos personales”. Este cambio constituye el paso más grande tomado hasta la fecha para censurar la información en línea.

Facebook es actualmente la principal fuente de noticias de cientos de millones de personas alrededor del mundo. El número de usuarios aumentó de 100 millones a 2.000 millones desde el 2008. Según una encuesta de Pew Research en noviembre, el 45 por ciento de los estadounidenses utiliza Facebook para leer noticias, más que cualquier otra plataforma social. Ha sido utilizado como un mecanismo importante para organizar protestas y divulgar información que usualmente no cubren los conglomerados mediáticos. Es precisamente esto con lo que Facebook, colaborando estrechamente con los Estados de las principales potencias capitalistas, quiere acabar.

En su anuncio de la decisión, Zuckerberg dijo que la compañía estará “realizando un cambio importante en cómo construimos Facebook… de enfocarnos en ayudarte a encontrar contenidos relevantes a ayudarte a tener interacciones sociales más significativas”.

El manifiesto está lleno de un lenguaje orwelliano propio de un régimen autoritario. Los cambios fueron motivados, según explica Zuckerberg, por un sentido “de responsabilidad para asegurarnos de que nuestros servicios no sean solo para diversión, sino que también sean positivos para el bienestar de las personas”. Al enterrar las noticias y, en cambio, enfatizar las publicaciones de amigos y familia, Facebook se asegurará de que los usuarios “se sientan más conectados y menos solos”, siendo su efecto subyacente “positivo para nuestro bienestar”.

En otras palabras, Facebook sabe qué es lo mejor para cada persona, y no son ni las noticias ni la información sobre la situación global. Tal “contenido público” dejará de aparecer gradualmente, mientras que las nuevas publicaciones “serán evaluadas bajo el mismo rubro —deberán promover interacciones significativas entre las personas—”.

En la dictadura prevista por Orwell en su libro 1984, el Gran Hermano y sus apologistas en la prensa utilizan la neolengua para encubrir el estado perpetuo de guerra y la dictadura refiriéndose a las cosas por su contrario: la guerra es paz. En la “lengua divertida” de Zuckerberg, la supresión de la habilidad de las personas a transmitir información es descrita como un esfuerzo para “acercar a las personas que nos importan más”. La censura en la forma de una tarjeta de felicitaciones de Hallmark.

Más allá, Zuckerberg indica que Facebook “comenzó los cambios en esta dirección el año pasado”, lo que es decir que la censura ya ha comenzado. El World Socialist Web Site ha observado durante los últimos seis meses que el contenido en Facebook, particularmente los videos, tienen un alcance mucho menor que anteriormente, mientras que los lectores han reportado que sus publicaciones con artículos del WSWS han sido marcadas como “no deseadas”.

El motivo político detrás de tal decisión —un giro de 180 grados en la estrategia de presentación de contenido de la empresa— es evidenciado por el hecho de que probablemente vaya a perjudicar sus ingresos. Zuckerberg reconoció que “el tiempo que las personas pasan en Facebook y otras formas de interacción caerán”. Esto, en combinación con una caída en los ingresos publicitarios, redujo el precio de las acciones de Facebook un 9 por ciento el viernes.

Sin embargo, hay cuestiones más importantes. Esta acción ejemplifica la estrecha relación entre las principales compañías tecnológicas y la censura corporativa-estatal. Han pasado de ser empresas cuyo principal servicio era propagar, compartir y diseminar información a ser instrumentos de supresión y control.

Hace un año, Zuckerberg habría tomado orgullo de que “los videos y otros contenidos públicos han estallado en Facebook durante el último par de años”. Ahora, como lo hace su comunicado, lo trata como algo peligroso.

Este giro es el resultado de la campaña encabezada por el Partido Demócrata y las agencias de inteligencia de EUA. En coordinación con los principales medios de comunicación como el New York Times y el Washington Post, han avanzado el argumento neomccarthista de que la influencia rusa en la política estadounidense, principalmente por medio de las redes sociales, ha corrompido la “democracia estadounidense” y “sembrado discordia” en el país, un argumento que Alemania, Francia y otros Gobiernos han reproducido.

En una serie de audiencias a fines del año pasado, los legisladores estadounidenses precisaron que esperan que Facebook, Twitter y Google implementen medidas amplias para atacar el discurso político en línea. La semana pasada, los demócratas en el Senado estadounidense publicaron un importante informe sobre la presunta intervención rusa en la política estadounidense y europea que concluye que “las plataformas de redes sociales son un medio clave para las campañas de desinformación que socavan las democracias”.

La verdadera inquietud de la burguesía no es la “injerencia” rusa, sino el crecimiento de la oposición social y política, tanto en Estados Unidos como internacionalmente. A medida que el Gobierno de Trump persigue su agenda reaccionaria, militarista y antidemocrática —que ha incluido la abolición de la neutralidad de la red— a los demócratas les aterra que las guerras interminables y los niveles insostenibles de desigualdad social produzcan una explosión social.

Hace cinco meses, el World Socialist Web Site advirtió que Google procuraba censurar los sitios web izquierdistas, progresistas y contra la guerra, como parte de un giro más amplio de las principales empresas tecnológicas hacia la censura. La ofensiva contra los derechos democráticos y la libertad de expresión han avanzado rápidamente en este último año. La velocidad de estas acciones de la clase gobernante corresponde a la anticipación de una gran guerra y la erupción del malestar social este año.

Ante este contexto, el seminario en línea “Organizando una resistencia a la censura del Internet”, con el presidente del WSWS y el periodista Chris Hedges, es sumamente oportuno. La transmisión en línea tendrá lugar el martes, 16 de enero, de las 7:00 a las 8:30 pm (horario del este de Norteamérica; EDT). Llamamos a nuestros lectores a registrarse hoy a través de endcensorship.org y a hacer planes para participar en este crítico evento internacional.

José Carlos Mariategui: el problema de la tierra (III Ensayo)

EL PROBLEMA AGRARIO Y EL PROBLEMA DEL INDIO

 

Quienes desde puntos de vista socialistas estudiamos y definimos el problema del indio, empezamos por declarar absolutamente superados los puntos de vista humanitarios o filantrópicos, en que, como una prolongación de la apostólica batalla del padre de Las Casas, se apoyaba la antigua campaña pro-indígena. Nuestro primer esfuerzo tiende a establecer su carácter de problema fundamentalmente económico. Insurgimos primeramente, contra la tendencia instintiva –y defensiva– del criollo o “misti”, a reducirlo a un problema exclusivamente administrativo, pedagógico, étnico o moral, para escapar a toda costa del plano de la economía. Por esto, el más absurdo de los reproches que se nos pueden dirigir es el de lirismo o literaturismo. Colocando en primer plano el problema económico-social, asumimos la actitud menos lírica y menos literaria posible. No nos contentamos con reivindicar el derecho del indio a la educación, a la cultura, al progreso, al amor y al cielo. Comenzamos por reivindicar, categóricamente, su derecho a la tierra. Esta reivindicación perfectamente materialista, debería bastar para que no se nos confundiese con los herederos o repetidores del verbo evangélico del gran fraile español, a quien, de otra parte, tanto materialismo no nos impide admirar y estimar fervorosamente.

Y este problema de la tierra -cuya solidaridad con el problema del indio es demasiado evidente-, tampoco nos avenimos a atenuarlo o adelgazarlo oportunistamente. Todo lo contrario. Por mi parte, yo trato de plantearlo en términos absolutamente inequívocos y netos.

El problema agrario se presenta, ante todo, como el problema de la liquidación de la feudalidad en el Perú. Esta liquidación debía haber sido realizada ya por el régimen demo-burgués formalmente establecido por la revolución de la independencia. Pero en el Perú no hemos tenido en cien años de república, una verdadera clase burguesa, una verdadera clase capitalista. La antigua clase feudal –camuflada o disfrazada de burguesía republicana– ha conservado sus posiciones. La política de desamortización de la propiedad agraria iniciada por la revolución de la Independencia –como una consecuencia lógica de su ideología–, no condujo al desenvolvimiento de la pequeña propiedad. La vieja clase terrateniente no había perdido su predominio. La supervivencia de un régimen de latifundistas produjo, en la práctica, el mantenimiento del latifundio. Sabido es que la desamortización atacó más bien a la comunidad. Y el hecho es que durante un siglo de república, la gran propiedad agraria se ha reforzado y engrandecido a despecho del liberalismo teórico de nuestra Constitución y de las necesidades prácticas del desarrollo de nuestra economía capitalista.

Las expresiones de la feudalidad sobreviviente son dos: latifundio y servidumbre. Expresiones solidarias y consustanciales, cuyo análisis nos conduce a la conclusión de que no se puede liquidar la servidumbre, que pesa sobre la raza indígena, sin liquidar el latifundio.

Planteado así el problema agrario del Perú, no se presta a deformaciones equívocas. Aparece en toda su magnitud de problema económico-social –y por tanto político– del dominio de los hombres que actúan en este plano de hechos e ideas. Y resulta vano todo empeño de convertirlo, por ejemplo, en un problema técnico-agrícola del dominio de los agrónomos.

Nadie ignora que la solución liberal de este problema sería, conforme a la ideología individualista, el fraccionamiento de los latifundios para crear la pequeña propiedad. Es tan desmesurado el desconocimiento, que se constata a cada paso, entre nosotros, de los principios elementales del socialismo, que no será nunca obvio ni ocioso insistir en que esta fórmula –fraccionamiento de los latifundios en favor de la pequeña propiedad– no es utopista, ni herética, ni revolucionaria, ni bolchevique, ni vanguardista, sino ortodoxa, constitucional, democrática, capitalista y burguesa. Y que tiene su origen en el ideario liberal en que se inspiran los Estatutos constitucionales de todos los Estados demo-burgueses. Y que en los países de la Europa Central y Oriental –donde la crisis bélica trajo por tierra las últimas murallas de la feudalidad, con el consenso del capitalismo de Occidente que desde entonces opone precisamente a Rusia este bloque de países anti-bolcheviques–, en Checoslovaquia, Rumania, Polonia, Bulgaria, etc., se ha sancionado leyes agrarias que limitan, en principio, la propiedad de la tierra, al máximum de 500 hectáreas.

Congruentemente con mi posición ideológica, yo pienso que la hora de ensayar en el Perú el método liberal, la fórmula individualista, ha pasado ya. Dejando aparte las razones doctrinales, considero fundamentalmente este factor incontestable y concreto que da un carácter peculiar a nuestro problema agrario: la supervivencia de la comunidad y de elementos de socialismo práctico en la agricultura y la vida indígenas.

Pero quienes se mantienen dentro de la doctrina demo-liberal –si buscan de veras una solución al problema del indio, que redima a éste, ante todo, de su servidumbre–, pueden dirigir la mirada a la experiencia checa o rumana, dado que la mexicana, por su inspiración y su proceso, les parece un ejemplo peligroso. Para ellos es aún tiempo de propugnar la fórmula liberal. Si lo hicieran, lograrían, al menos, que en el debate del problema agrario provocado por la nueva generación, no estuviese del todo ausente el pensamiento liberal, que, según la historia escrita, rige la vida del Perú desde la fundación de la República.

COLONIALISMO = FEUDALISMO

El problema de la tierra esclarece la actitud vanguardista o socialista, ante las supervivencias del Virreinato. El “perricholismo” literario no nos interesa sino como signo o reflejo del colonialismo económico. La herencia colonial que queremos liquidar no es, fundamentalmente, la de “tapadas” y celosías, sino la del régimen económico feudal, cuyas expresiones son el gamonalismo, el latifundio y la servidumbre. La literatura colonialista –evocación nostálgica del Virreinato y de sus fastos –, no es para mí sino el mediocre producto de un espíritu engendrado y alimentado por ese régimen. El Virreinato no sobrevive en el “perricholismo” de algunos trovadores y algunos cronistas. Sobrevive en el feudalismo, en el cual se asienta, sin imponerle todavía su ley, un capitalismo larvado e incipiente. No renegamos, propiamente, la herencia española; renegamos la herencia feudal.

España nos trajo el Medioevo: inquisición, feudalidad, etc. Nos trajo luego, la Contrarreforma: espíritu reaccionario, método jesuítico, casuismo escolástico. De la mayor parte de estas cosas, nos hemos ido liberando, penosamente, mediante la asimilación de la cultura occidental, obtenida a veces a través de la propia España. Pero de su cimiento económico, arraigado en los intereses de una clase cuya hegemonía no canceló la revolución de la independencia, no nos hemos liberado todavía. Los raigones de la feudalidad están intactos. Su subsistencia es responsable, por ejemplo, del retardamiento de nuestro desarrollo capitalista.

El régimen de propiedad de la tierra determina el régimen político y administrativo de toda nación. El problema agrario –que la República no ha podido hasta ahora resolver– domina todos los problemas de la nuestra. Sobre una economía semifeudal no pueden prosperar ni funcionar instituciones democráticas y liberales.

En lo que concierne al problema indígena, la subordinación al problema de la tierra resulta más absoluta aún, por razones especiales. La raza indígena es una raza de agricultores. El pueblo inkaico era un pueblo de campesinos, dedicados ordinariamente a la agricultura y el pastoreo. Las industrias, las artes, tenían un carácter doméstico y rural. En el Perú de los Inkas era más cierto que en pueblo alguno el principio de que “la vida viene de la tierra”. Los trabajos públicos, las obras colectivas más admirables del Tawantinsuyo, tuvieron un objeto militar, religioso o agrícola. Los canales de irrigación de la sierra y de la costa, los andenes y terrazas de cultivo de los Andes, quedan como los mejores testimonios del grado de organización económica alcanzado por el Perú inkaico. Su civilización se caracterizaba, en todos sus rasgos dominantes, como una civilización agraria. “La tierra –escribe Valcárcel estudiando la vida económica del Tawantinsuyo– en la tradición regnícola, es la madre común: de sus entrañas no sólo salen los frutos alimenticios, sino el hombre mismo. La tierra depara todos los bienes. El culto de la Mama Pacha es par de la heliolatría, y como el sol no es de nadie en particular, tampoco el planeta lo es. Hermanados los dos conceptos en la ideología aborigen, nació el agrarismo, que es propiedad comunitaria de los campos y religión universal del astro del día” (l).

Al comunismo inkaico –que no puede ser negado ni disminuido por haberse desenvuelto bajo el régimen autocrático de los Inkas–, se le designa por esto como comunismo agrario. Los caracteres fundamentales de la economía inkaica –según César Ugarte, que define en general los rasgos de nuestro proceso con suma ponderación–, eran los siguientes: “Propiedad colectiva de la tierra cultivable por el ‘ayllu’ o conjunto de familias emparentadas, aunque dividida en lotes individuales intransferibles; propiedad colectiva de las aguas, tierras de pasto y bosques por la marca o tribu, o sea la federación de ayllus establecidos alrededor de una misma aldea; cooperación común en el trabajo; apropiación individual de las cosechas y frutos” (2).

La destrucción de esta economía -y por ende de la cultura que se nutría de su savia- es una de las responsabilidades menos discutibles del coloniaje, no por haber constituido la destrucción de las formas autóctonas, sino por no haber traído consigo su sustitución por formas superiores. El régimen colonial desorganizó y aniquiló la economía agraria inkaica, sin reemplazarla por una economía de mayores rendimientos. Bajo una aristocracia indígena, los nativos componían una nación de diez millones de hombres, con un Estado eficiente y orgánico cuya acción arribaba a todos los ámbitos de su soberanía; bajo una aristocracia extranjera, los nativos se redujeron a una dispersa y anárquica masa de un millón de hombres, caídos en la servidumbre y el “felahísmo”.

El dato demográfico es, a este respecto, el más fehaciente y decisivo. Contra todos los reproches que –en el nombre de conceptos liberales, esto es modernos, de libertad y justicia– se puedan hacer al régimen inkaico, está el hecho histórico –positivo, material– de que aseguraba la subsistencia y el crecimiento de una población que, cuando arribaron al Perú los conquistadores, ascendía a diez millones y que, en tres siglos de dominio español, descendió a un millón. Este hecho condena al coloniaje y no desde los puntos de vista abstractos o teóricos o morales –o como quiera calificárseles– de la justicia, sino desde los puntos de vista prácticos, concretos y materiales de la utilidad.

El coloniaje, impotente para organizar en el Perú al menos una economía feudal, injertó en ésta elementos de economía esclavista.

LA POLÍTICA DEL COLONIAJE: DESPOBLACIÓN
Y ESCLAVITUD

Que el régimen colonial español resultara incapaz de organizar en el Perú una economía de puro tipo feudal se explica claramente. No es posible organizar una economía sin claro entendimiento y segura estimación, si no de sus principios, al menos de sus necesidades. Una economía indígena, orgánica, nativa, se forma sola. Ella misma determina espontáneamente sus instituciones. Pero una economía colonial se establece sobre bases en parte artificiales y extranjeras, subordinada al interés del colonizador. Su desarrollo regular depende de la aptitud de éste para adaptarse a las condiciones ambientales o para transformarlas.

El colonizador español carecía radicalmente de esta aptitud. Tenía una idea, un poco fantástica, del valor económico de los tesoros de la naturaleza, pero no tenía casi idea alguna del valor económico del hombre.

La práctica de exterminio de la población indígena y de destrucción de sus instituciones -en contraste muchas veces con las leyes y providencias de la metrópoli- empobrecía y desangraba al fabuloso país ganado por los conquistadores para el Rey de España, en una medida que éstos no eran capaces de percibir y apreciar. Formulando un principio de la economía de su época, un estadista sudamericano del siglo XIX debía decir más tarde, impresionado por el espectáculo de un continente semidesierto: “Gobernar es poblar”. El colonizador español, infinitamente lejano de este criterio, implantó en el Perú un régimen de despoblación.

La persecución y esclavizamiento de los indios deshacía velozmente un capital subestimado en grado inverosímil por los colonizadores: el capital humano. Los españoles se encontraron cada día más necesitados de brazos para la explotación y aprovechamiento de las riquezas conquistadas. Recurrieron entonces al sistema más antisocial y primitivo de colonización: el de la importación de esclavos. El colonizador renunciaba así, de otro lado, a la empresa para la cual antes se sintió apto el conquistador: la de asimilar al indio. La raza negra traída por él le tenía que servir, entre otras cosas, para reducir el desequilibrio demográfico entre el blanco y el indio.

La codicia de los metales preciosos -absolutamente lógica en un siglo en que tierras tan distantes casi no podían mandar a Europa otros productos-, empujó a los españoles a ocuparse preferentemente en la minería. Su interés pugnaba por convertir en un pueblo minero al que, bajo sus inkas y desde sus más remotos orígenes, había sido un pueblo fundamentalmente agrario. De este hecho nació la necesidad de imponer al indio la dura ley de la esclavitud. El trabajo del agro, dentro de un régimen naturalmente feudal, hubiera hecho del indio un siervo vinculándolo a la tierra. El trabajo de las minas y las ciudades, debía hacer de él un esclavo. Los españoles establecieron, con el sistema de las mitas, el trabajo forzado, arrancando al indio de su suelo y de sus costumbres.

La importación de esclavos negros que abasteció de braceros y domésticos a la población española de la costa, donde se encontraba la sede y corte del Virreinato, contribuyó a que España no advirtiera su error económico y político. El esclavismo se arraigó en el régimen, viciándolo y enfermándolo.

El profesor Javier Prado, desde puntos de vista que no son naturalmente los míos, arribó en su estudio sobre el estado social del Perú del coloniaje a conclusiones que contemplan precisamente un aspecto de este fracaso de la empresa colonizadora: “Los negros -dice- considerados como mercancía comercial, e importados a la América, como máquinas humanas de trabajo, debían regar la tierra con el sudor de su frente; pero sin fecundarla, sin dejar frutos provechosos. Es la liquidación constante siempre igual que hace la civilización en la historia de los pueblos: el esclavo es improductivo en el trabajo como lo fue en el Imperio Romano y como lo ha sido en el Perú; y es en el organismo social un cáncer que va corrompiendo los sentimientos y los ideales nacionales. De esta suerte ha desaparecido el esclavo en el Perú, sin dejar los campos cultivados; y después de haberse vengado de la raza blanca, mezclando su sangre con la de ésta, y rebajando en ese contubernio el criterio moral e intelectual, de los que fueron al principio sus crueles amos, y más tarde sus padrinos, sus compañeros y sus hermanos” (3).

La responsabilidad de que se puede acusar hoy al coloniaje, no es la de haber traído una raza inferior -éste era el reproche esencial de los sociólogos de hace medio siglo-, sino la de haber traído con los esclavos, la esclavitud, destinada a fracasar como medio de explotación y organización económicas de la colonia, a la vez que a reforzar un régimen fundado sólo en la conquista y en la fuerza.

El carácter colonial de la agricultura de la costa, que no consigue aún librarse de esta tara, proviene en gran parte del sistema esclavista. El latifundista costeño no ha reclamado nunca, para fecundar sus tierras, hombres sino brazos. Por esto, cuando le faltaron los esclavos negros, les buscó un sucedáneo en los culis chinos. Esta otra importación típica de un régimen de “encomenderos” contrariaba y entrababa como la de los negros la formación regular de una economía liberal congruente con el orden político establecido por la revolución de la independencia. César Ugarte lo reconoce en su estudio ya citado sobre la economía peruana, afirmando resueltamente que lo que el Perú necesitaba no era “brazos” sino “hombres”(4).

EL COLONIZADOR ESPAÑOL

La incapacidad del coloniaje para organizar la economía peruana sobre sus naturales bases agrícolas, se explica por el tipo de colonizador que nos tocó. Mientras en Norteamérica la colonización depositó los gérmenes de un espíritu y una economía que se plasmaban entonces en Europa y a los cuales pertenecía el porvenir, a la América española trajo los efectos y los métodos de un espíritu y una economía que declinaban ya y a los cuales no pertenecía sino el pasado. Esta tesis puede parecer demasiado simplista a quienes consideran sólo su aspecto de tesis económica y, supérstites, aunque lo ignoren, del viejo escolasticismo retórico, muestran esa falta de aptitud para entender el hecho económico que constituye el defecto capital de nuestros aficionados a la historia. Me complace por esto encontrar en el reciente libro de José Vasconcelos Indología, un juicio que tiene el valor de venir de un pensador a quien no se puede atribuir ni mucho marxismo ni poco hispanismo. “Si no hubiese tantas otras causas de orden moral y de orden físico -escribe Vasconcelos- que explican perfectamente el espectáculo aparentemente desesperado del enorme progreso de los sajones en el Norte y el lento paso desorientado de los latinos del Sur, sólo la comparación de los dos sistemas, de los dos regímenes de propiedad, bastaría para explicar las razones del contraste. En el Norte no hubo reyes que estuviesen disponiendo de la tierra ajena como de cosa propia. Sin mayor gracia de parte de sus monarcas y más bien en cierto estado de rebelión moral contra el monarca inglés, los colonizadores del norte fueron desarrollando un sistema de propiedad privada en el cual cada quien pagaba el precio de su tierra y no ocupaba sino la extensión que podía cultivar. Así fue que en lugar de enco-miendas hubo cultivos. Y en vez de una aristocracia guerrera y agrícola, con timbres de turbio abolengo real, abolengo cortesano de abyección y homicidio, se desarrolló una aristocracia de la aptitud que es lo que se llama democracia, una democracia que en sus comienzos no reconoció más preceptos que los del lema francés: libertad, igualdad, fraternidad. Los hombres del norte fueron conquistando la selva virgen, pero no permitían que el general victorioso en la lucha contra los indios se apoderase, a la manera antigua nuestra, ‘hasta donde alcanza la vista’. Las tierras recién conquistadas no quedaban tampoco a merced del soberano para que las repartiese a su arbitrio y crease nobleza de doble condición moral: lacayuna ante el soberano e insolente y opresora del más débil. En el Norte, la República coincidió con el gran movimiento de expansión y la República apartó una buena cantidad de las tierras buenas, creó grandes reservas sustraídas al comercio privado, pero no las empleó en crear ducados, ni en premiar servicios patrióticos, sino que las destinó al fomento de la instrucción popular. Y así, a medida que una población crecía, el aumento del valor de las tierras bastaba para asegurar el servicio de la enseñanza. Y cada vez que se levantaba una nueva ciudad en medio del desierto no era el régimen de concesión, el régimen de favor el que privaba, sino el remate público de los lotes en que previamente se subdividía el plano de la futura urbe. Y con la limitación de que una sola persona no pudiera adquirir muchos lotes a la vez. De este sabio, de este justiciero régimen social procede el gran poderío norte-americano. Por no haber procedido en forma semejante, nosotros hemos ido caminando tantas veces para atrás”(5).

La feudalidad es, como resulta del juicio de Vasconcelos, la tara que nos dejó el coloniaje. Los países que, después de la Independencia, han conseguido curarse de esa tara son los que han progresado; los que no lo han logrado todavía, son los retardados. Ya hemos visto cómo a la tara de la feudalidad, se juntó la tara del esclavismo.

El español no tenía las condiciones de colonización del anglosajón. La creación de los EE. UU. se presenta como la obra del pioneer. España después de la epopeya de la conquista no nos mandó casi sino nobles, clérigos y villanos. Los conquistadores eran de una estirpe heroica; los colonizadores, no. Se sentían señores, no se sentían pioneers. Los que pensaron que la riqueza del Perú eran sus metales preciosos, convirtieron a la minería, con la práctica de las mitas, en un factor de aniquilamiento del capital humano y de decadencia de la agricultura. En el propio repertorio civilista encontramos testimonios de acusación. Javier Prado escribe que “el estado que presenta la agricultura en el virreinato del Perú es del todo lamentable debido al absurdo sistema económico mantenido por los españoles”, y que de la despoblación del país era culpable su régimen de explotación (6).

El colonizador, que en vez de establecerse en los campos se estableció en las minas, tenía la psicología del buscador de oro. No era, por consiguiente, un creador de riqueza. Una economía, una sociedad, son la obra de los que colonizan y vivifican la tierra; no de los que precariamente extraen los tesoros de su subsuelo. La historia del florecimiento y decadencia de no pocas poblaciones coloniales de la sierra, determinados por el descubrimiento y el abandono de minas prontamente agotadas o relegadas, demuestra ampliamente entre nosotros esta ley histórica.

Tal vez las únicas falanges de verdaderos colonizadores que nos envió España fueron las misiones de jesuitas y dominicos. Ambas congregaciones, especialmente la de jesuitas, crearon en el Perú varios interesantes núcleos de producción. Los jesuitas asociaron en su empresa los factores religioso, político y económico, no en la misma medida que en el Paraguay, donde realizaron su más famoso y extenso experimento, pero sí de acuerdo con los mismos principios.

Esta función de las congregaciones no sólo se conforma con toda la política de los jesuitas en la América española, sino con la tradición misma de los monasterios en el Medioevo. Los monasterios tuvieron en la sociedad medioeval, entre otros, un rol económico. En una época guerrera y mística, se encargaron de salvar la técnica de los oficios y las artes, disciplinando y cultivando elementos sobre los cuales debía constituirse más tarde la industria burguesa. Jorge Sorel es uno de los economistas modernos que mejor remarca y define el papel de los monasterios en la economía europea, estudiando a la orden benedictina como el prototipo del monasterio-empresa industrial. “Hallar capitales -apunta Sorel-era en ese tiempo un problema muy difícil de resolver; para los monjes era asaz simple. Muy rápidamente las donaciones de ricas familias les prodigaron grandes cantidades de metales preciosos; la acumulación primitiva resultaba muy facilitada. Por otra parte los conventos gastaban poco y la estricta economía que imponían las reglas recuerda los hábitos parsimoniosos de los primeros capitalistas. Durante largo tiempo los monjes estuvieron en grado de hacer operaciones excelentes para aumentar su fortuna”. Sorel nos expone, cómo “después de haber prestado a Europa servicios eminentes que todo el mundo reconoce, estas instituciones declinaron rápidamente” y cómo los benedictinos “cesaron de ser obreros agrupados en un taller casi capitalista y se convirtieron en burgueses retirados de los negocios, que no pensaban sino en vivir en una dulce ociosidad en la campiña” (7).

Este aspecto de la colonización, como otros muchos de nuestra economía, no ha sido aún estudiado. Me ha correspondido a mí, marxista convicto y con-feso, su constatación. Juzgo este estudio, fundamental para la justificación económica de las medidas que, en la futura política agraria, concernirán a los fun-dos de los conventos y congregaciones, porque establecerá concluyentemente la caducidad práctica de su dominio y de los títulos reales en que reposaba.

LA “COMUNIDAD” BAJO EL COLONIAJE

Las Leyes de Indias amparaban la propiedad indígena y reconocían su organización comunista. La legislación relativa a las “comunidades” indígenas, se adaptó a la necesidad de no atacar las instituciones ni las costumbres indiferentes al espíritu religioso y al carácter político del Coloniaje. El comunismo agrario del “ayllu”, una vez destruido el Estado Inkaico, no era incompatible con el uno ni con el otro. Todo lo contrario. Los jesuitas aprovecharon precisamente el comunismo indígena en el Perú, en México y en mayor escala aún en el Paraguay, para sus fines de catequización. El régimen medioeval, teórica y prácticamente, conciliaba la propiedad feudal con la propiedad comunitaria.

El reconocimiento de las comunidades y de sus costumbres económicas por las Leyes de Indias, no acusa simplemente sagacidad realista de la política colonial sino se ajusta absolutamente a la teoría y la práctica feudales. Las disposiciones de las leyes coloniales sobre la comunidad, que mantenían sin inconveniente el mecanismo económico de ésta, reformaban, en cambio, lógicamente, las costumbres contrarias a la doctrina católica (la prueba matrimonial, etc.) y tendían a convertir la comunidad en una rueda de su maquinaria administrativa y fiscal. La comunidad podía y debía subsistir, para la mayor gloria y provecho del Rey y de la Iglesia.

Sabemos bien que esta legislación en gran parte quedó únicamente escrita. La propiedad indígena no pudo ser suficientemente amparada, por razones dependientes de la práctica colonial. Sobre este hecho están de acuerdo todos los testimonios. Ugarte hace las siguientes constataciones: “Ni las medidas previsoras de Toledo, ni las que en diferentes oportunidades trataron de ponerse en práctica, impidieron que una gran parte de la propiedad indígena pasara legal o ilegalmente a manos de los españoles o criollos. Una de las instituciones que facilitó este despojo disimulado fue la de las ‘Encomiendas’. Conforme al concepto legal de la institución, el encomendero era un encargado del cobro de los tributos y de la educación y cristianización de sus tributarios. Pero en la realidad de las cosas, era un señor feudal, dueño de vidas y haciendas, pues dis-ponía de los indios como si fueran árboles del bosque y muertos ellos o ausentes, se apoderaba por uno u otro medio de sus tierras. En resumen, el régimen agrario colonial determinó la sustitución de una gran parte de las comunidades agrarias indígenas por latifundios de propiedad individual, cultivados por los indios bajo una organización feudal. Estos grandes feudos, lejos de dividirse con el transcurso del tiempo, se concentraron y consolidaron en pocas manos a causa de que la propiedad inmueble estaba sujeta a innumerables trabas y gravámenes perpetuos que la inmovilizaron, tales como los mayorazgos, las capellanías, las fundaciones, los patronatos y demás vinculaciones de la propiedad” (8).

La feudalidad dejó análogamente subsistentes las comunas rurales en Rusia, país con el cual es siempre interesante el paralelo porque a su proceso histórico se aproxima el de estos países agrícolas y semifeudales mucho más que al de los países capitalistas de Occidente. Eugéne Schkaff, estudiando la evolución del mir en Rusia, escribe: “Como los señores respondían por los impuestos, quisieron que cada campesino tuviera más o menos la misma superficie de tierra para que cada uno contribuyera con su trabajo a pagar los impuestos; y para que la efectividad de éstos estuviera asegurada, establecieron la responsabilidad solidaria. El gobierno la extendió a los demás campesinos. Los repartos tenían lugar cuando el número de siervos había variado. El feudalismo y el absolutismo transformaron poco a poco la organización comunal de los campesinos en instrumento de explotación. La emancipación de los siervos no aportó, bajo este aspecto, ningún cambio”(9). Bajo el régimen de propiedad señorial, el mir ruso, como la comunidad peruana, experimentó una completa desnaturalización. La superficie de tierras disponibles para los comuneros resultaba cada vez más insuficiente y su repartición cada vez más defectuosa. El mir no garantizaba a los campesinos la tierra necesaria para su sustento; en cambio garantizaba a los propietarios la provisión de brazos indispensables para el trabajo de sus latifundios. Cuando en 1861 se abolió la servidumbre, los propietarios encontraron el modo de subrogarla reduciendo los lotes concedidos a sus campesinos a una extensión que no les consintiese subsistir de sus propios productos. La agricultura rusa conservó, de este modo, su carácter feudal. El latifundista empleó en su provecho la reforma. Se había dado cuenta ya de que estaba en su interés otorgar a los campesinos una parcela, siempre que no bastara para la subsistencia de él y de su familia. No había medio más seguro para vincular el campesino a la tierra, limitando al mismo tiempo, al mínimo, su emigración. El campesino se veía forzado a prestar sus servicios al propietario, quien contaba para obligarlo al trabajo en su latifundio -si no hubiese bastado la miseria a que lo condenaba la ínfima parcela- con el dominio de prados, bosques, molinos, aguas, etc.

La convivencia de comunidad y latifundio en el Perú, está, pues, perfectamente explicada, no sólo por las características del régimen del Coloniaje sino también por la experiencia de la Europa feudal. Pero la comunidad, bajo este régimen, no podía ser verdaderamente amparada sino apenas tolerada. El latifundista le imponía la ley de su fuerza despótica sin control posible del Estado. La comunidad sobrevivía, pero dentro de un régimen de servidumbre. Antes había sido la célula misma del Estado que le aseguraba el dinamismo necesario para el bienestar de sus miembros. El coloniaje la petrificaba dentro de la gran propiedad, base de un Estado nuevo, extraño a su destino.

El liberalismo de las leyes de la República, impotente para destruir la feudalidad y para crear el capitalismo, debía, más tarde, negarle el amparo formal que le había concedido el absolutismo de las leyes de la Colonia.

LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA Y LA PROPIEDAD AGRARIA

Entremos a examinar ahora cómo se presenta el problema de la tierra bajo la República. Para precisar mis puntos de vista sobre este período, en lo que concierne a la cuestión agraria, debo insistir en un concepto que ya he expresado respecto al carácter de la revolución de la independencia en el Perú. La revolución encontró al Perú retrasado en la formación de su burguesía. Los elementos de una economía capitalista eran en nuestro país más embrionarios que en otros países de América donde la revolución contó con una burguesía menos larvada, menos incipiente.

Si la revolución hubiese sido un movimiento de las masas indígenas o hubiese representado sus reivindicaciones, habría tenido necesariamente una fisonomía agrarista. Está ya bien estudiado cómo la revolución francesa benefició particularmente a la clase rural, en la cual tuvo que apoyarse para evitar el retorno del antiguo régimen. Este fenómeno, además, parece peculiar en general así a la revolución burguesa como a la revolución socialista, a juzgar por las consecuencias mejor definidas y más estables del abatimiento de la feudalidad en la Europa central y del zarismo en Rusia. Dirigidas y actuadas principalmente por la burguesía urbana y el proletariado urbano, una y otra revolución han tenido como inmediatos usufructuarios a los campesinos. Particularmente en Rusia, ha sido ésta la clase que ha cosechado los primeros frutos de la revolución bolchevique, debido a que en ese país no se había operado aún una revolución burguesa que a su tiempo hubiera liquidado la feudalidad y el absolutismo e instaurado en su lugar un régimen demo-liberal.

Pero, para que la revolución demo-liberal haya tenido estos efectos, dos premisas han sido necesarias: la existencia de una burguesía consciente de los fines y los intereses de su acción y la existencia de un estado de ánimo revolucionario en la clase campesina y, sobre todo, su reivindicación del derecho a la tierra en términos incompatibles con el poder de la aristocracia terrateniente. En el Perú, menos todavía que en otros países de América, la revolución de la independencia no respondía a estas premisas. La revolución había triunfado por la obligada solidaridad continental de los pueblos que se rebelaban contra el dominio de España y porque las circunstancias políticas y económicas del mundo trabajaban a su favor. El nacionalismo continental de los revolucionarios hispanoamericanos se juntaba a esa mancomunidad forzosa de sus destinos, para nivelar a los pueblos más avanzados en su marcha al capitalismo con los más retrasados en la misma vía.

Estudiando la revolución argentina y por ende, la americana, Echeverría clasifica las clases en la siguiente forma: “La sociedad americana -dice- estaba dividida en tres clases opuestas en intereses, sin vínculo alguno de sociabilidad moral y política. Componían la primera los togados, el clero y los mandones; la segunda los enriquecidos por el monopolio y el capricho de la fortuna; la tercera los villanos, llamados ‘gauchos’ y ‘compadritos’ en el Río de la Plata, ‘cholos’ en el Perú, ‘rotos’ en Chile, ‘leperos’ en México. Las castas indígenas y africanas eran esclavas y tenían una existencia extrasocial. La primera gozaba sin producir y tenía el poder y fuero del hidalgo. Era la aristocracia compuesta en su mayor parte de españoles y de muy pocos americanos. La segunda gozaba, ejerciendo tranquilamente su industria o comercio, era la clase media que se sentaba en los cabildos; la tercera, única productora por el trabajo manual, componíase de artesanos y proletarios de todo género. Los descendientes americanos de las dos primeras clases que recibían alguna educación en América o en la Península, fueron los que levantaron el estandarte de la revolución” (10).

La revolución americana, en vez del conflicto entre la nobleza terrateniente y la burguesía comerciante, produjo en muchos casos su colaboración, ya por la impregnación de ideas liberales que acusaba la aristocracia, ya porque ésta en muchos casos no veía en esa revolución sino un movimiento de emancipación de la corona de España. La población campesina, que en el Perú era indígena, no tenía en la revolución una presencia directa, activa. El programa revolucionario no representaba sus reivindicaciones.

Mas este programa se inspiraba en el ideario liberal. La revolución no podía prescindir de principios que consideraban existentes reivindicaciones agrarias, fundadas en la necesidad práctica y en la justicia teórica de liberar el dominio de la tierra de las trabas feudales. La República insertó en su estatuto estos principios. El Perú no tenía una clase burguesa que los aplicase en armonía con sus intereses económicos y su doctrina política y jurídica. Pero la República -porque este era el curso y el mandato de la historia- debía constituirse sobre principios liberales y burgueses. Sólo que las consecuencias prácticas de la revolución en lo que se relacionaba con la propiedad agraria, no podían dejar de detenerse en el límite que les fijaban los intereses de los grandes propietarios.

Por esto, la política de desvinculación de la propiedad agraria, impuesta por los fundamentos políticos de la República, no atacó al latifundio. Y -aunque en compensación las nuevas leyes ordenaban el reparto de tierras a los indígenas- atacó, en cambio, en el nombre de los postulados liberales, a la “comunidad”.

Se inauguró así un régimen que, cualesquiera que fuesen sus principios, empeoraba en cierto grado la condición de los indígenas en vez de mejorarla. Y esto no era culpa del ideario que inspiraba la nueva política y que, rectamente aplicado, debía haber dado fin al dominio feudal de la tierra convirtiendo a los indígenas en pequeños propietarios.

La nueva política abolía formalmente las “mitas”, encomiendas, etc. Comprendía un conjunto de medidas que significaban la emancipación del indígena como siervo. Pero como, de otro lado, dejaba intactos el poder y la fuerza de la propiedad feudal, invalidaba sus propias medidas de protección de la pequeña propiedad y del trabajador de la tierra.

La aristocracia terrateniente, si no sus privilegios de principio, conservaba sus posiciones de hecho. Seguía siendo en el Perú la clase dominante. La revolución no había realmente elevado al poder a una nueva clase. La burguesía profesional y comerciante era muy débil para gobernar. La abolición de la servidumbre no pasaba, por esto, de ser una declaración teórica. Porque la revolución no había tocado el latifundio. Y la servidumbre no es sino una de las caras de la feudalidad, pero no la feudalidad misma.

POLÍTICA AGRARIA DE LA REPÚBLICA

Durante el período de caudillaje militar que siguió a la revolución de la independencia, no pudo lógicamente desarrollarse, ni esbozarse siquiera, una política liberal sobre la propiedad agraria. El caudillaje militar era el producto natural de un período revolucionario que no había podido crear una nueva clase dirigente. El poder, dentro de esta situación, tenía que ser ejercido por los militares de la revolución que, de un lado, gozaban del prestigio marcial de sus laureles de guerra y, de otro lado, estaban en grado de mantenerse en el gobierno por la fuerza de las armas. Por supuesto, el caudillo no podía sustraerse al influjo de los intereses de clase o de las fuerzas históricas en contraste. Se apoyaba en el liberalismo inconsistente y retórico del demos urbano o el conservantismo colonialista de la casta terrateniente. Se inspiraba en la clientela de tribunos y abogados de la democracia citadina o de literatos y rétores de la aristocracia latifundista. Porque, en el conflicto de intereses entre liberales y conservadores, faltaba una directa y activa reivindicación campesina que obligase a los primeros a incluir en su programa la redistribución de la propiedad agraria.

Este problema básico habría sido advertido y apreciado de todos modos por un estadista superior. Pero ninguno de nuestros caciques militares de este período lo era.

El caudillaje militar, por otra parte, parece orgánicamente incapaz de una reforma de esta envergadura que requiere ante todo un avisado criterio jurídico y económico. Sus violencias producen una atmósfera adversa a la experimentación de los principios de un derecho y de una economía nuevos. Vasconcelos observa a este respecto lo siguiente: “En el orden económico es constantemente el caudillo el principal sostén del latifundio. Aunque a vcces se proclamen enemigos de la propiedad, casi no hay caudillo que no remate en hacendado. Lo cierto es que el poder militar trae fatalmente consigo el delito de apropiación exclusiva de la tierra; llámese el soldado, caudillo, Rey o Emperador: despotismo y latifundio son términos correlativos. Y es natural, los derechos económicos, lo mismo que los políticos, sólo se pueden conservar y defender dentro de un régimen de libertad. El absolutismo conduce fatalmente a la miseria de los muchos y al boato y al abuso de los pocos. Sólo la democracia a pesar de todos sus defectos ha podido acercarnos a las mejores realizaciones de la justicia social, por lo menos la democracia antes de que degenere en los imperialismos de las repúblicas demasiado prósperas que se ven rodeadas de pueblos en decadencia. De todas maneras, entre nosotros el caudillo y el gobierno de los militares han cooperado al desarrollo del latifundio. Un examen siquiera superficial de los títulos de propiedad de nuestros grandes terratenientes, bastaría para demostrar que casi todos deben su haber, en un principio, a la merced de la Corona española, después a concesiones y favores ilegítimos acordados a los generales influyentes de nuestras falsas repúblicas. Las mercedes y las concesiones se han acordado, a cada paso, sin tener en cuenta los derechos de poblaciones enteras de indígenas o de mestizos que carecieron de fuerza para hacer valer su dominio” (11).

Un nuevo orden jurídico y económico no puede ser, en todo caso, la obra de un caudillo sino de una clase. Cuando la clase existe, el caudillo funciona como su intérprete y su fiduciario. No es ya su arbitrio personal, sino un conjunto de intereses y necesidades colectivas lo que decide su política. El Perú carecía de una clase burguesa capaz de organizar un Estado fuerte y apto. El militarismo representaba un orden elemental y provisorio, que apenas dejase de ser indispensable, tenía que ser sustituido por un orden más avanzado y orgánico. No era posible que comprendiese ni considerase siquiera el problema agrario. Problemas rudimentarios y momentáneos acaparaban su limitada acción. Con Castilla rindió su máximo fruto el caudillaje militar. Su oportunismo sagaz, su malicia aguda, su espíritu mal cultivado, su empirismo absoluto, no le consintieron practicar hasta el fin una política liberal. Castilla se dio cuenta de que los liberales de su tiempo constituían un cenáculo, una agrupación, mas no una clase. Esto le indujo a evitar con cautela todo acto seriamente opuesto a los intereses y principios de la clase conservadora. Pero los méritos de su política residen en lo que tuvo de reformadora y progresista. Sus actos de mayor significación histórica, la abolición de la esclavitud de los negros y de la contribución de indígenas, representan su actitud liberal.

Desde la promulgación del Código Civil se entró en el Perú en un período de organización gradual. Casi no hace falta remarcar que esto acusaba entre otras cosas la decadencia del militarismo. El Código, inspirado en los mismos principios que los primeros decretos de la República sobre la tierra, reforzaba y continuaba la política de desvinculación y movilización de la propiedad agraria. Ugarte, registrando las consecuencias de este progreso de la legislación nacional en lo que concierne a la tierra, anota que el Código “confirmó la abolición legal de las comunidades indígenas y de las vinculaciones de dominio; innovando la legislación precedente, estableció la ocupación como uno de los modos de adquirir los inmuebles sin dueño; en las reglas sobre sucesiones, trató de favo-recer la pequeña propiedad” (12).

Francisco García Calderón atribuye al Código Civil efectos que en verdad no tuvo o que, por lo menos, no revistieron el alcance radical y absoluto que su optimismo les asigna: “La constitución -escribe- había destruido los privilegios y la ley civil dividía las propiedades y arruinaba la igualdad de derecho en las familias. Las consecuencias de esta disposición eran, en el orden político, la condenación de toda oligarquía, de toda aristocracia de los latifundios; en el orden social, la ascensión de la burguesía y del mestizaje”. “Bajo el aspecto económico, la partición igualitaria de las sucesiones favoreció la formación de la pequeña propiedad antes entrabada por los grandes dominios señoriales” (13).

Esto estaba sin duda en la intención de los codificadores del derecho en el Perú. Pero el Código Civil no es sino uno de los instrumentos de la política liberal y de la práctica capitalista. Como lo reconoce Ugarte, en la legislación peruana “se ve el propósito de favorecer la democratización de la propiedad rural, pero por medios puramente negativos aboliendo las trabas más bien que prestando a los agricultores una protección positiva”(14). En ninguna parte la división de la propiedad agraria, o mejor, su redistribución, ha sido posible sin leyes especiales de expropiación que han transferido el dominio del suelo a la clase que lo trabaja.

No obstante el Código, la pequeña propiedad no ha prosperado en el Perú. Por el contrario, el latifundio se ha consolidado y extendido. Y la propiedad de la comunidad indígena ha sido la única que ha sufrido las consecuencias de este liberalismo deformado.

LA GRAN PROPIEDAD Y EL PODER POLÍTICO

Los dos factores que se opusieron a que la revolución de la independencia planteara y abordara en el Perú el problema agrario -extrema incipiencia de la burguesía urbana y situación extrasocial, como la define Echeverría, de los indígenas-, impidieron más tarde que los gobiernos de la República desarrollasen una política dirigida en alguna forma a una distribución menos desigual e injusta de la tierra.

Durante el período del caudillaje militar, en vez de fortalecerse el demos urbano, se robusteció la aristocracia latifundista. En poder de extranjeros el comercio y la finanza, no era posible económicamente el surgimiento de una vigorosa burguesía urbana. La educación española, extraña radicalmente a los fines y necesidades del industrialismo y del capitalismo, no preparaba comerciantes ni técnicos sino abogados, literatos, teólogos, etc. Estos, a menos de sentir una especial vocación por el jacobinismo o la demagogia, tenían que constituir la clientela de la casta propietaria. El capital comercial, casi exclusivamente extranjero, no podía a su vez hacer otra cosa que entenderse y asociarse con esta aristocracia que, por otra parte, tácita o explícitamente, conservaba su predominio político. Fue así como la aristocracia terrateniente y sus ralliés resultaron usufructuarios de la política fiscal y de la explotación del guano y del salitre. Fue así también como esta casta, forzada por su rol económico, asumió en el Perú la función de clase burguesa, aunque sin perder sus resabios y prejuicios coloniales y aristocráticos. Fue así, en fin, como las categorías burguesas urbanas -profesionales, comerciantes- concluyeron por ser absorbidas por el civilismo.

El poder de esta clase -civilistas o “neogodos”- procedía en buena cuenta de la propiedad de la tierra. En los primeros años de la Independencia, no era precisamente una clase de capitalistas sino una clase de propietarios. Su condición de clase propietaria -y no de clase ilustrada- le había consentido solidarizar sus intereses con los de los comerciantes y prestamistas extranjeros y traficar a este título con el Estado y la riqueza pública. La propiedad de la tierra, debida al Virreinato, le había dado bajo la República la posesión del capital comercial. Los privilegios de la Colonia habían engendrado los privilegios de la República.

Era, por consiguiente, natural e instintivo en esta clase el criterio más conservador respecto al dominio de la tierra. La subsistencia de la condición extrasocial de los indígenas, de otro lado, no oponía a los intereses feudales del latifundismo las reivindicaciones de masas campesinas conscientes.

Estos han sido los factores principales del mantenimiento y desarrollo de la gran propiedad. El liberalismo de la legislación republicana, inerte ante la propiedad feudal, se sentía activo sólo ante la propiedad comunitaria. Si no podía nada contra el latifundio, podía mucho contra la “comunidad”. En un pueblo de tradición comunista, disolver la “comunidad” no servía a crear la pequeña propiedad. No se transforma artificialmente a una sociedad. Menos aún a una sociedad campesina, profundamente adherida a su tradición y a sus instituciones jurídicas. El individualismo no ha tenido su origen en ningún país ni en la Constitución del Estado ni en el Código Civil. Su formación ha tenido siempre un proceso a la vez más complicado y más espontáneo. Destruir las comunida-des no significaba convertir a los indígenas en pequeños propietarios y ni siquiera en asalariados libres, sino entregar sus tierras a los gamonales y a su clientela. El latifundista encontraba así, más fácilmente, el modo de vincular el indígena al latifundio.

Se pretende que el resorte de la concentración de la propiedad agraria en la costa ha sido la necesidad de los propietarios de disponer pacíficamente de suficiente cantidad de agua. La agricultura de riego, en valles formados por ríos de escaso caudal, ha determinado, según esta tesis, el florecimiento de la gran propiedad y el sofocamiento de la media y la pequeña. Pero esta es una tesis especiosa y sólo en mínima parte exacta. Porque la razón técnica o material que superestima, únicamente influye en la concentración de la propiedad desde que se han establecido y desarrollado en la costa vastos cultivos industriales. Antes de que estos prosperaran, antes de que la agricultura de la costa adquiriera una organización capitalista, el móvil de los riegos era demasiado débil para decidir la concentración de la propiedad. Es cierto que la escasez de las aguas de regadío, por las dificultades de su distribución entre múltiples regantes, favorece a la gran propiedad. Mas no es cierto que ésta sea el origen de que la propiedad no se haya subdividido. Los orígenes del latifundio costeño se remontan al régimen colonial. La despoblación de la costa, a consecuencia de la práctica colonial, he ahí, a la vez que una de las consecuencias, una de las razones del régimen de gran propiedad. El problema de los brazos, el único que ha sentido el terrateniente costeño, tiene todas sus raíces en el latifundio. Los terratenientes quisieron resolverlo con el esclavo negro en los tiempos de la colonia, con el culi chino en los de la república. Vano empeño. No se puebla ya la tierra con esclavos. Y sobre todo no se la fecunda. Debido a su política, los grandes propietarios tienen en la costa toda la tierra que se puede poseer; pero en cambio no tienen hombres bastantes para vivificarla y explotarla. Esta es la defensa de la gran propiedad. Mas es también su miseria y su tara.

La situación agraria de la sierra demuestra, por otra parte, lo artificioso de la tesis antecitada. En la sierra no existe el problema del agua. Las lluvias abundantes permiten, al latifundista como al comunero, los mismos cultivos. Sin embargo, también en la sierra se constata el fenómeno de concentración de la propiedad agraria. Este hecho prueba el carácter esencialmente político-social de la cuestión.

El desarrollo de cultivos industriales, de una agricultura de exportación, en las haciendas de la costa, aparece íntegramente subordinado a la colonización económica de los países de América Latina por el capitalismo occidental. Los comerciantes y prestamistas británicos se interesaron por la explotación de estas tierras cuando comprobaron la posibilidad de dedicarlas con ventaja a la producción de azúcar primero y de algodón después. Las hipotecas de la propiedad agraria las colocaban, en buena parte, desde época muy lejana, bajo el control de las firmas extranjeras. Los hacendados, deudores a los comerciantes, prestamistas extranjeros, servían de intermediarios, casi de yanacones, al capitalismo anglosajón para asegurarle la explotación de campos cultivados a un costo mínimo por braceros esclavizados y miserables, curvados sobre la tierra bajo el látigo de los “negreros” coloniales.

Pero en la costa el latifundio ha alcanzado un grado más o menos avanzado de técnica capitalista, aunque su explotación repose aún sobre prácticas y principios feudales. Los coeficientes de producción de algodón y caña corresponden al sistema capitalista. Las empresas cuentan con capitales poderosos y las tierras son trabajadas con máquinas y procedimientos modernos. Para el beneficio de los productos funcionan poderosas plantas industriales. Mientras tanto, en la sierra las cifras de producción de las tierras de latifundio no son generalmente mayores a las de tierras de la comunidad. Y, si la justificación de un sistema de producción está en sus resultados, como lo quiere un criterio económico objetivo, este solo dato condena en la sierra de manera irremediable el régimen de propiedad agraria.

LA “COMUNIDAD” BAJO LA REPÚBLICA

Hemos visto ya cómo el liberalismo formal de la legislación republicana no se ha mostrado activo sino frente a la “comunidad” indígena. Puede decirse que el concepto de propiedad individual casi ha tenido una función antisocial en la República a causa de su conflicto con la subsistencia de la “comunidad”. En efecto, si la disolución y expropiación de ésta hubiese sido decretada y realizada por un capitalismo en vigoroso y autónomo crecimiento, habría aparecido como una imposición del progreso económico. El indio entonces habría pasado de un régimen mixto de comunismo y servidumbre a un régimen de salario libre. Este cambio lo habría desnaturalizado un poco; pero lo habría puesto en grado de organizarse y emanciparse como clase, por la vía de los demás proletariados del mundo. En tanto, la expropiación y absorción graduales de la “comunidad” por el latifundismo, de un lado lo hundía más en la servidumbre y de otro destruía la institución económica y jurídica que salvaguardaba en parte el espíritu y la materia de su antigua civilización (15).

Durante el período republicano, los escritores y legisladores nacionales han mostrado una tendencia más o menos uniforme a condenar la “comunidad” como un rezago de una sociedad primitiva o como una supervivencia de la organización colonial. Esta actitud ha respondido en unos casos al interés del gamonalismo terrateniente y en otros al pensamiento individualista y liberal que dominaba automáticamente una cultura demasiado verbalista y estática.

Un estudio del doctor M. V. Villarán, uno de los intelectuales que con más aptitud crítica y mayor coherencia doctrinal representa este pensamiento en nuestra primera centuria, señaló el principio de una revisión prudente de sus conclusiones respecto a la “comunidad” indígena. El doctor Villarán mantenía teóricamente su posición liberal, propugnando en principio la individualización de la propiedad, pero prácticamente aceptaba la protección de las comunidades contra el latifundismo, reconociéndoles una función a la que el Estado debía su tutela.

Mas la primera defensa orgánica y documentada de la comunidad indígena tenía que inspirarse en el pensamiento socialista y reposar en un estudio concreto de su naturaleza, efectuado conforme a los métodos de investigación de la sociología y la economía modernas. El libro de Hildebrando Castro Pozo, Nuestra Comunidad Indígena, así lo comprueba. Castro Pozo, en este interesante estudio, se presenta exento de preconceptos liberales. Esto le permite abordar el problema de la “comunidad” con una mente apta para valorarla y entenderla. Castro Pozo, no sólo nos descubre que la “comunidad” indígena, malgrado los ataques del formalismo liberal puesto al servicio de un régimen de feudalidad, es todavía un organismo viviente, sino que, a pesar del medio hostil dentro del cual vegeta sofocada y deformada, manifiesta espontáneamente evidentes posibilidades de evolución y desarrollo.

Sostiene Castro Pozo, que “el ayllu o comunidad, ha conservado su natural idiosincrasia, su carácter de institución casi familiar en cuyo seno continuaron subsistentes, después de la conquista, sus principales factores constitutivos”(16).

En esto se presenta, pues, de acuerdo con Valcárcel, cuyas proposiciones respecto del ayllu, parecen a algunos excesivamente dominadas por su ideal de resurgimiento indígena.

¿Qué son y cómo funcionan las “comunidades” actualmente? Castro Pozo cree que se les puede distinguir conforme a la siguiente clasificación: “Primero.­p;Comunidades agrícolas; Segundo.­p; Comunidades agrícolas ganaderas; Tercero.­p; Comunidades de pastos y aguas; y Cuarto.­p; Comunidades de usufructuación. Debiendo tenerse en cuenta que en un país como el nuestro, donde una misma institución adquiere diversos caracteres, según el medio en que se ha desarrollado, ningún tipo de los que en esta clasificación se presume se encuentra en la realidad, tan preciso y distinto de los otros que, por sí solo, pudiera objetivarse en un modelo. Todo lo contrario, en el primer tipo de las comunidades agrícolas se encuentran caracteres correspondientes a los otros y en éstos, algunos concernientes a aquél; pero como el conjunto de factores externos ha impuesto a cada uno de estos grupos un determinado género de vida en sus costumbres, usos y sistemas de trabajo, en sus propiedades e industrias, priman los caracteres agrícolas, ganaderos, ganaderos en pastos y aguas comunales o sólo los dos últimos y los de falta absoluta o relativa de propiedad de las tierras y la usufructuación de éstas por el “ayllu” que, indudablemente, fue su único propietario”(17).

Estas diferencias se han venido elaborando no por evolución o degeneración natural de la antigua “comunidad”, sino al influjo de una legislación dirigida a la individualización de la propiedad y, sobre todo, por efecto de la expropiación de las tierras comunales en favor del latifundismo. Demuestran, por ende, la vitalidad del comunismo indígena que impulsa invariablemente a los aborígenes a variadas formas de cooperación y asociación. El indio, a pesar de las leyes de cien años de régimen republicano, no se ha hecho individualista. Y esto no proviene de que sea refractario al progreso como pretende el simplismo de sus interesados detractores. Depende, más bien, de que el individualismo, bajo un régimen feudal, no encuentra las condiciones necesarias para afirmarse y desarrollarse. El comunismo, en cambio, ha seguido siendo para el indio su única defensa. El individualismo no puede prosperar, y ni siquiera existe efectivamente, sino dentro de un régimen de libre concurrencia. Y el indio no se ha sentido nunca menos libre que cuando se ha sentido solo.

Por esto, en las aldeas indígenas donde se agrupan familias entre las cuales se han extinguido los vínculos del patrimonio y del trabajo comunitarios, subsisten aún, robustos y tenaces, hábitos de cooperación y solidaridad que son la expresión empírica de un espíritu comunista. La comunidad corresponde a este espíritu. Es su órgano. Cuando la expropiación y el reparto parecen liquidar la comunidad, el socialismo indígena encuentra siempre el medio de rehacerla, mantenerla o subrogarla. El trabajo y la propiedad en común son reemplazados por la cooperación en el trabajo individual. Como escribe Castro Pozo: “la costumbre ha quedado reducida a las “mingas” o reuniones de todo el ayllu para hacer gratuitamente un trabajo en el cerco, acequia o casa de algún comunero, el cual quehacer efectúan al son de arpas y violines, consumiendo algunas arrobas de aguardientes de caña, cajetillas de cigarros y mascadas de coca”. Estas costumbres han llevado a los indígenas a la práctica -incipiente y rudimentaria por supuesto- del contrato colectivo de trabajo, más bien que del contrato individual. No son los individuos aislados los que alquilan su trabajo a un propietario o contratista; son mancomunadamente todos los hombres útiles de la “parcialidad”.

LA “COMUNIDAD” Y EL LATIFUNDIO

La defensa de la “comunidad” indígena no reposa en principios abstractos de justicia ni en sentimentales consideraciones tradicionalistas, sino en razones concretas y prácticas de orden económico y social. La propiedad comunal no representa en el Perú una economía primitiva a la que haya reemplazado gradualmente una economía progresiva fundada de la propiedad individual. No; las comunidades han sido despojadas de sus tierras en provecho del latifundio feudal o semifeudal, constitucionalmente incapaz de progreso técnico (18).

En la costa, el latifundio ha evolucionado -desde el punto de vista de los cultivos-, de la rutina feudal a la técnica capitalista, mientras la comunidad indígena ha desaparecido como explotación comunista de la tierra. Pero en la sierra, el latifundio ha conservado íntegramente su carácter feudal, oponiendo una resistencia mucho mayor que la “comunidad” al desenvolvimiento de la economía capitalista. La “comunidad”, en efecto, cuando se ha articulado, por el paso de un ferrocarril, con el sistema comercial y las vías de transporte centrales, ha llegado a transformarse espontáneamente, en una cooperativa. Castro Pozo, que como jefe de la sección de asuntos indígenas del Ministerio de Fomento acopió abundantes datos sobre la vida de las comunidades, señala y destaca el sugestivo caso de la parcialidad de Muquiyauyo, de la cual dice que presenta los caracteres de las cooperativas de producción, consumo y crédito. “Dueña de una magnífica instalación o planta eléctrica en las orillas del Mantaro, por medio de la cual proporciona luz y fuerza motriz, para pequeñas industrias a los distritos de Jauja, Concepción, Mito, Muqui, Sincos, Huaripampa y Muquiyauyo, se ha transformado en la institución comunal por excelencia; en la que no se han relajado sus costumbres indígenas, y antes bien han aprove-chado de ellas para llevar a cabo la obra de la empresa; han sabido disponer del dinero que poseían empleándolo en la adquisición de las grandes maquinarias y ahorrado el valor de la mano de obra que la parcialidad ha ejecutado, lo mismo que si se tratara de la construcción de un edificio comunal: por mingas en las que hasta las mujeres y niños han sido elementos útiles en el acarreo de los materiales de construcción” (19).

La comparación de la “comunidad” y el latifundio como empresa de producción agrícola, es desfavorable para el latifundio. Dentro del régimen capitalista, la gran propiedad sustituye y desaloja a la pequeña propiedad agrícola por su aptitud para intensificar la producción mediante el empleo de una técnica avanzada de cultivo. La industrialización de la agricultura, trae aparejada la concentración de la propiedad agraria. La gran propiedad aparece entonces justificada por el interés de la producción, identificado, teóricamente por lo menos, con el interés de la sociedad. Pero el latifundio no tiene el mismo efecto, ni responde, por consiguiente, a una necesidad económica. Salvo los casos de las haciendas de caña -que se dedican a la producción de aguardiente con destino a la intoxicación y embrutecimiento del campesino indígena-, los cultivos de los latifundios serranos son generalmente los mismos de las comunidades. Y las cifras de la producción no difieren. La falta de estadística agrícola no permite establecer con exactitud las diferencias parciales; pero todos los datos disponibles autorizan a sostener que los rendimientos de los cultivos de las comunidades, no son, en su promedio, inferiores a los cultivos de los latifundios. La única estadística de producción de la sierra, la del trigo, sufraga esta conclusión. Castro Pozo, resumiendo los datos de esta estadística en 1917­p;18, escribe lo siguiente: “La cosecha resultó, término medio, en 450 y 580 kilos por cada hectárea para la propiedad comunal e individual, respectivamente. Si se tiene en cuenta que las mejores tierras de producción han pasado a poder de los terratenientes, pues la lucha por aquéllas en los departamentos del Sur ha llegado hasta el extremo de eliminar al poseedor indígena por la violencia o masacrándolo, y que la ignorancia del comunero lo lleva de preferencia a ocultar los datos exactos relativos al monto de la cosecha, disminuyéndola por temor de nuevos impuestos o exacciones de parte de las autoridades políticas subalternas o recaudadores de éstos; se colegirá fácilmente que la diferencia en la producción por hectárea a favor del bien de la propiedad individual no es exacta y que razonablemente, se la debe dar por no existente, por cuanto los medios de producción y de cultivo, en una y otras propiedades, son idénticos”(20).

En la Rusia feudal del siglo pasado, el latifundio tenía rendimientos mayores que los de la pequeña propiedad. Las cifras en hectolitros y por hectárea eran las siguientes: para el centeno: 11.5 contra 9.4; para el trigo: 11 contra 9.1; para la avena: 15.4 contra 12.7; para la cebada: 11.5 contra 10.5; para las patatas: 92.3 contra 72 (2l).

El latifundio de la sierra peruana resulta, pues, por debajo del execrado latifundio de la Rusia zarista como factor de producción.

La “comunidad”, en cambio, de una parte acusa capacidad efectiva de desarrollo y transformación y de otra parte se presenta como un sistema de producción que mantiene vivos en el indio los estímulos morales necesarios para su máximo rendimiento como trabajador. Castro Pozo hace una observación muy justa cuando escribe que “la comunidad indígena conserva dos grandes principios económico sociales que hasta el presente ni la ciencia sociológica ni el empirismo de los grandes industrialistas han podido resolver satisfactoriamente: el contrato múltiple del trabajo y la realización de éste con menor desgaste fisiológico y en un ambiente de agradabilidad, emulación y compañerismo” (22).

Disolviendo o relajando la “comunidad”, el régimen del latifundio feudal, no sólo ha atacado una institución económica sino también, y sobre todo, una institución social que defiende la tradición indígena, que conserva la función de la familia campesina y que traduce ese sentimiento jurídico popular al que tan alto valor asignan Proudhon y Sorel (23).

EL RÉGIMEN DE TRABAJO.

-SERVIDUMBRE Y SALARIADO

El régimen de trabajo está determinado principalmente, en la agricultura, por el régimen de propiedad. No es posible, por tanto, sorprenderse de que en la misma medida en que sobrevive en el Perú el latifundio feudal, sobreviva también, bajo diversas formas y con distintos nombres, la servidumbre. La diferencia entre la agricultura de la costa y la agricultura de la sierra, aparece menor en lo que concierne al trabajo que en lo que respecta a la técnica. La agricultura de la costa ha evolucionado con más o menos prontitud hacia una técnica capitalista en el cultivo del suelo y la transformación y comercio de los productos. Pero, en cambio, se ha mantenido demasiado estacionaria en su criterio y conducta respecto al trabajo. Acerca del trabajador, el latifundio colonial no ha renunciado a sus hábitos feudales sino cuando las circunstancias se lo han exigido de modo perentorio.

Este fenómeno se explica, no sólo por el hecho de haber conservado la propiedad de la tierra los antiguos señores feudales, que han adoptado, como intermediarios del capital extranjero, la práctica, mas no el espíritu del capitalismo moderno. Se explica además por la mentalidad colonial de esta casta de propietarios, acostumbrados a considerar el trabajo con el criterio de esclavistas y “negreros”. En Europa, el señor feudal encarnaba, hasta cierto punto, la primitiva tradición patriarcal, de suerte que respecto de sus siervos se sentía naturalmente superior, pero no étnica ni nacionalmente diverso. Al propio terrateniente aristócrata de Europa le ha sido dable aceptar un nuevo concepto y una nueva práctica en sus relaciones con el trabajador de la tierra. En la América colonial, mientras tanto, se ha opuesto a esta evolución, la orgullosa y arraigada convicción del blanco, de la inferioridad de los hombres de color.

En la costa peruana el trabajador de la tierra, cuando no ha sido el indio, ha sido el negro esclavo, el culi chino, mirados, si cabe, con mayor desprecio. En el latifundista costeño, han actuado a la vez los sentimientos del aristócrata medioeval y del colonizador blanco, saturados de prejuicios de raza.

El yanaconazgo y el “enganche” no son la única expresión de la subsistencia de métodos más o menos feudales en la agricultura costeña. El ambiente de la hacienda se mantiene íntegramente señorial. Las leyes del Estado no son válidas en el latifundio, mientras no obtienen el consenso tácito o formal de los grandes propietarios. La autoridad de los funcionarios políticos o administrativos, se encuentra de hecho sometida a la autoridad del terrateniente en el territorio de su dominio. Este considera prácticamente a su latifundio fuera de la potestad del Estado, sin preocuparse mínimamente de los derechos civiles de la población que vive dentro de los confines de su propiedad. Cobra arbitrios, otorga monopolios, establece sanciones contrarias siempre a la libertad de los braceros y de sus familias. Los transportes, los negocios y hasta las costumbres están sujetos al control del propietario dentro de la hacienda. Y con frecuencia las rancherías que alojan a la población obrera, no difieren grandemente de los galpones que albergaban a la población esclava.

Los grandes propietarios costeños no tienen legalmente este orden de derechos feudales o semifeudales; pero su condición de clase dominante y el acaparamiento ilimitado de la propiedad de la tierra en un territorio sin industrias y sin transportes les permite prácticamente un poder casi incontrolable. Mediante el “enganche” y el yanaconazgo, los grandes propietarios resisten al establecimiento del régimen del salario libre, funcionalmente necesario en una economía liberal y capitalista. El “enganche”, que priva al bracero del derecho de disponer de su persona y su trabajo, mientras no satisfaga las obligaciones contraídas con el propietario, desciende inequívocamente del tráfico semiesclavista de culis; el “yanaconazgo” es una variedad del sistema de servi-dumbre a través del cual se ha prolongado la feudalidad hasta nuestra edad capitalista en los pueblos política y económicamente retardados. El sistema peruano del yanaconazgo se identifica, por ejemplo, con el sistema ruso del polovnischestvo dentro del cual los frutos de la tierra, en unos casos, se dividían en partes iguales entre el propietario y el campesino y en otros casos este último no recibía sino una tercera parte (24).

La escasa población de la costa representa para las empresas agrícolas una constante amenaza de carencia o insuficiencia de brazos. El yanaconazgo vincula a la tierra a la poca población regnícola, que sin esta mínima garantía de usufructo de tierra, tendería a disminuir y emigrar. El “enganche” asegura a la agricultura de la costa el concurso de los braceros de la sierra que, si bien encuentran en las haciendas costeñas un suelo y un medio extraños, obtienen al menos un trabajo mejor remunerado.

Esto indica que, a pesar de todo y aunque no sea sino aparente o parcialmente (25), la situación del bracero en los fundos de la costa es mejor que en los feudos de la sierra, donde el feudalismo mantiene intacta su omnipotencia. Los terratenientes costeños se ven obligados a admitir, aunque sea restringido y atenuado, el régimen del salario y del trabajo libres. El carácter capitalista de sus empresas los constriñe a la concurrencia. El bracero conserva, aunque sólo sea relativamente, su libertad de emigrar así como de rehusar su fuerza de trabajo al patrón que lo oprime demasiado. La vecindad de puertos y ciudades; la conexión con las vías modernas de tráfico y comercio, ofrecen, de otro lado, al bracero, la posibilidad de escapar a su destino rural y de ensayar otro medio de ganar su subsistencia.

Si la agricultura de la costa hubiera tenido otro carácter, más progresista, más capitalista, habría tendido a resolver de manera lógica, el problema de los brazos sobre el cual tanto se ha declamado. Propietarios más avisados, se habrían dado cuenta de que, tal como funciona hasta ahora, el latifundio es un agente de despoblación y de que, por consiguiente, el problema de los brazos constituye una de sus más claras y lógicas consecuencias (26).

En la misma medida en que progresa en la agricultura de la costa la técnica capitalista, el salariado reemplaza al yanaconazgo. El cultivo científico -empleo de máquinas, abonos, etc.- no se aviene con un régimen de trabajo peculiar de una agricultura rutinaria y primitiva. Pero el factor demográfico -el “problema de los brazos”-, opone una resistencia seria a este proceso de desarrollo capitalista. El yanaconazgo y sus variedades sirven para mantener en los valles una base demográfica que garantice a las negociaciones el mínimo de brazos necesarios para las labores permanentes. El jornalero inmigrante no ofrece las mismas seguridades de continuidad en el trabajo que el colono nativo o el yanacón regnícola. Este último representa, además, el arraigo de una familia campesina, cuyos hijos mayores se encontrarán más o menos forzados a alquilar sus brazos al hacendado.

La constatación de este hecho, conduce ahora a los propios grandes propietarios a considerar la conveniencia de establecer muy gradual y prudentemente, sin sombra de ataque a sus intereses, colonias o núcleos de pequeños propietarios. Una parte de las tierras irrigadas en el Imperial han sido reservadas así a la pequeña propiedad. Hay el propósito de aplicar el mismo principio en las otras zonas donde se realizan trabajos de irrigación. Un rico propietario inteligente y experimentado que conversaba conmigo últimamente, me decía que la existencia de la pequeña propiedad, al lado de la gran propiedad, era indispensable a la formación de una población rural, sin la cual la explotación de la tierra, estaría siempre a merced de las posibilidades de la inmigración o del “enganche”. El programa de la Compañía de Subdivisión Agraria, es otra de las expresiones de una política agraria tendiente al establecimiento paulatino de la pequeña propiedad (27).

Pero, como esta política evita sistemáticamente la expropiación, o, más precisamente, la expropiación en vasta escala por el Estado, por razón de utilidad pública o justicia distributiva, y sus restringidas posibilidades de desenvolvimiento, están por el momento circunscritas a pocos valles, no resulta probable que la pequeña propiedad reemplace oportuna y ampliamente al yanaconazgo en su función demográfica. En los valles a los cuales el “enganche” de braceros de la sierra no sea capaz de abastecer de brazos, en condiciones ventajosas para los hacendados, el yanaconazgo subsistirá, pues, por algún tiempo, en sus diversas variedades, junto con el salariado.

Las formas de yanaconazgo, aparcería o arrendamiento, varían en la costa y en la sierra según las regiones, los usos o los cultivos. Tienen también diversos nombres. Pero en su misma variedad se identifican en general con los métodos precapitalistas de explotación de la tierra observados en otros países de agricultura semifeudal. Verbigracia, en la Rusia zarista. El sistema del otrabotkiruso presentaba todas las variedades del arrendamiento por trabajo, dinero o frutos existentes en el Perú. Para comprobarlo no hay sino que leer lo que acerca de ese sistema escribe Schkaff en su documentado libro sobre la cuestión agraria en Rusia: “Entre el antiguo trabajo servil en que la violencia o la coacción juegan un rol tan grande y el trabajo libre en que la única coacción que subsiste es una coacción puramente económica, aparece todo un sistema transitorio de formas extremadamente variadas que unen los rasgos de la barchtchina y del salariado. Es el otrabototschnaia sistema. El salario es pagado sea en dinero en caso de locación de servicios, sea en productos, sea en tierra; en este último caso (otrabotki en el sentido estricto de la palabra) el propietario presta su tierra al campesino a guisa de salario por el trabajo efectuado por éste en los campos señoriales”. “El pago del trabajo, en el sistema de otrabotki, es siempre inferior al salario de libre alquiler capitalista. La retribución en productos hace a los propietarios más independientes de las variaciones de precios observadas en los mercados del trigo y del trabajo. Encuentran en los campesinos de su vecindad una mano de obra más barata y gozan así de un verdadero monopolio local”. “El arrendamiento pagado por el campesino reviste formas diversas: a veces, además de su trabajo, el campesino debe dar dinero y productos. Por una deciatina que recibirá, se comprometerá a trabajar una y media deciatina de tierra señorial, a dar diez huevos y una gallina. Entregará también el estiércol de su ganado, pues todo, hasta el estiércol, se vuelve objeto de pago. Frecuentemente aún el campesino se obliga ‘a hacer todo lo que exigirá el propietario’, a transportar las cosechas, a cortar la leña, a cargar los fardos” (28).

En la agricultura de la sierra se encuentran particular y exactamente estos rasgos de propiedad y trabajo feudales. El régimen del salario libre no se ha desarrollado ahí. El hacendado no se preocupa de la productividad de las tierras. Sólo se preocupa de su rentabilidad. Los factores de la producción se reducen para él casi únicamente a dos: la tierra y el indio. La propiedad de la tierra le permite explotar ilimitadamente la fuerza de trabajo del indio. La usura practicada sobre esta fuerza de trabajo -que se traduce en la miseria del indio-, se suma a la renta de la tierra, calculada al tipo usual de arrendamiento. El hacendado se reserva las mejores tierras y reparte las menos productivas entre sus braceros indios, quienes se obligan a trabajar de preferencia y gratuitamente las primeras y a contentarse para su sustento con los frutos de las segundas. El arrendamiento del suelo es pagado por el indio en trabajo o frutos, muy rara vez en dinero (por ser la fuerza del indio lo que mayor valor tiene para el propietario), más comúnmente en formas combinadas o mixtas. Un estudio del doctor Ponce de León, de la Universidad del Cuzco, que entre otros informes tengo a la vista, y que revista con documentación de primera mano todas las variedades de arrendamiento y yanaconazgo en ese vasto departamento, presenta un cuadro bastante objetivo -a pesar de las conclusiones del autor, respetuosas a los privilegios de los propietarios- de la explotación feudal. He aquí algunas de sus constataciones: “En la provincia de Paucartambo el propietario concede el uso de sus terrenos a un grupo de indígenas con la condición de que hagan todo el trabajo que requiere el cultivo de los terrenos de la hacienda, que se ha reservado el dueño o patrón. Generalmente trabajan tres días alternativos por semana durante todo el año. Tienen además los arrendatarios o ‘yanaconas’ como se les llama en esta provincia, la obligación de acarrear en sus propias bestias la cosecha del hacendado a esta ciudad sin remuneración; y la de servir de pongos en la misma hacienda o más comúnmente en el Cuzco, donde preferentemente residen los propietarios”. “Cosa igual ocurre en Chumbivilcas. Los arrendatarios cultivan la extensión que pueden, debiendo en cambio trabajar para el patrón cuantas veces lo exija. Esta forma de arrendamiento puede simplificarse así: el propietario propone al arrendatario: utiliza la extensión de terreno que ‘puedas’, con la condición de trabajar en mi provecho siempre que yo lo necesite”. “En la provincia de Anta el propietario cede el uso de sus terrenos en las siguientes condiciones: el arrendatario pone de su parte el capital (semilla, abonos) y el trabajo necesario para que el cultivo se realice hasta sus últimos momentos (cosecha). Una vez concluido, el arrendatario y el propietario se dividen por partes iguales todos los productos. Es decir que cada uno de ellos recoge el 50 por ciento de la producción sin que el propietario haya hecho otra cosa que ceder el uso de sus terrenos sin abonarlos siquiera. Pero no es esto todo. El aparcero está obligado a concurrir personalmente a los trabajos del propietario si bien con la remuneración acostumbrada de 25 centavos diarios”(29).

La confrontación entre estos datos y los de Schkaff, basta para persuadir de que ninguna de las sombrías faces de la propiedad y el trabajo precapitalistas falta en la sierra feudal.

“COLONIALISMO” DE NUESTRA AGRICULTURA COSTEÑA

El grado de desarrollo alcanzado por la industrialización de la agricultura, bajo un régimen y una técnica capitalistas, en los valles de la costa, tiene su principal factor en el interesamiento del capital británico y norteamericano en la producción peruana de azúcar y algodón. De la extensión de estos cultivos no es un agente primario la aptitud industrial ni la capacidad capitalista de los terratenientes. Estos dedican sus tierras a la producción de algodón y caña financiados o habilitados por fuertes firmas exportadoras.

Las mejores tierras de los valles de la costa están sembradas de algodón y caña, no precisamente porque sean apropiadas sólo a estos cultivos, sino porque únicamente ellos importan, en la actualidad, a los comerciantes ingleses y yanquis. El crédito agrícola -subordinado absolutamente a los intereses de estas firmas, mientras no se establezca el Banco Agrícola Nacional-, no impulsa ningún otro cultivo. Los de frutos alimenticios, destinados al mercado interno, están generalmente en manos de pequeños propietarios y arrendatarios. Sólo en los valles de Lima, por la vecindad de mercados urbanos de importancia, existen fundos extensos dedicados por sus propietarios a la producción de frutos alimenticios. En las haciendas algodoneras o azucareras, no se cultiva estos frutos, en muchos casos, ni en la medida necesaria para el abastecimiento de la propia población rural.

El mismo pequeño propietario, o pequeño arrendatario, se encuentra empujado al cultivo del algodón por esta corriente que tan poco tiene en cuenta las necesidades particulares de la economía nacional. El desplazamiento de los tradicionales cultivos alimenticios por el del algodón en las campiñas de la costa donde subsiste la pequeña propiedad, ha constituido una de las causas más visibles del encarecimiento de las subsistencias en las poblaciones de la costa.

Casi únicamente para el cultivo del algodón, el agricultor encuentra facilidades comerciales. Las habilitaciones están reservadas, de arriba a abajo, casi exclusivamente al algodonero. La producción de algodón no está regida por ningún criterio de economía nacional. Se produce para el mercado mundial, sin un control que prevea en el interés de esta economía, las posibles bajas de los precios derivados de períodos de crisis industrial o de superproducción algodonera.

Un ganadero me observaba últimamente que, mientras sobre una cosecha de algodón el crédito que se puede conseguir no está limitado sino por las fluctuaciones de los precios, sobre un rebaño o un criadero, el crédito es completamente convencional o inseguro. Los ganaderos de la costa no pueden contar con préstamos bancarios considerables para el desarrollo de sus negocios. En la misma condición, están todos los agricultores que no pueden ofrecer como garantía de sus empréstitos, cosechas de algodón o caña de azúcar.

Si las necesidades del consumo nacional estuviesen satisfechas por la producción agrícola del país, este fenómeno no tendría ciertamente tanto de artificial. Pero no es así. El suelo del país no produce aún todo lo que la población necesita para su subsistencia. El capítulo más alto de nuestras importaciones es el de “víveres y especias”: Lp. 3’620,235, en el año 1924. Esta cifra, dentro de una importación total de dieciocho millones de libras, denuncia uno de los problemas de nuestra economía. No es posible la supresión de todas nuestras importaciones de víveres y especias, pero sí de sus más fuertes renglones. El más grueso de todos es la importación de trigo y harina, que en 1924 ascendió a más de doce millones de soles.

Un interés urgente y claro de la economía peruana exige, desde hace mucho tiempo, que el país produzca el trigo necesario para el pan de su población. Si este objetivo hubiese sido alcanzado, el Perú no tendría ya que seguir pagando al extranjero doce o más millones de soles al año por el trigo que consumen las ciudades de la costa.

¿Por qué no se ha resuelto este problema de nuestra economía? No es sólo porque el Estado no se ha preocupado aún de hacer una política de subsistencias. Tampoco es, repito, porque el cultivo de la caña y el de algodón son los más adecuados al suelo y al clima de la costa. Uno solo de los valles, uno solo de los llanos interandinos -que algunos kilómetros de ferrocarriles y caminos abrirían al tráfico- puede abastecer superabundantemente de trigo, cebada, etc., a toda la población del Perú. En la misma costa, los españoles cultivaron trigo en los primeros tiempos de la colonia, hasta el cataclismo que mudó las condiciones climáticas del litoral. No se estudió posteriormente, en forma científica y orgánica, la posibilidad de establecer ese cultivo. Y el experimento practicado en el Norte, en tierras del “Salamanca”, demuestra que existen variedades de trigo resistentes a las plagas que atacan en la costa este cereal y que la pereza criolla, hasta este experimento, parecía haber renunciado a vencer (30).

El obstáculo, la resistencia a una solución, se encuentra en la estructura misma de la economía peruana. La economía del Perú es una economía colonial. Su movimiento, su desarrollo, están subordinados a los intereses y a las necesidades de los mercados de Londres y de Nueva York. Estos mercados miran en el Perú un depósito de materias primas y una plaza para sus manufacturas. La agricultura peruana obtiene, por eso, créditos y transportes sólo para los productos que puede ofrecer con ventaja en los grandes mercados. La finanza extranjera se interesa un día por el caucho, otro día por el algodón, otro día por el azúcar. El día en que Londres puede recibir un producto a mejor precio y en cantidad suficiente de la India o del Egipto, abandona instantáneamente a su propia suerte a sus proveedores del Perú. Nuestros latifundistas, nuestros terratenientes, cualesquiera que sean las ilusiones que se hagan de su independencia, no actúan en realidad sino como intermediarios o agentes del capitalismo extranjero.

PROPOSICIONES FINALES

A las proposiciones fundamentales, expuestas ya en este estudio, sobre los aspectos presentes de la cuestión agraria en el Perú, debo agregar las siguientes:

1º- El carácter de la propiedad agraria en el Perú se presenta como una de las mayores trabas del propio desarrollo del capitalismo nacional. Es muy elevado el porcentaje de las tierras, explotadas por arrendatarios grandes o medios, que pertenecen a terratenientes que jamás han manejado sus fundos. Estos terratenientes, por completo extraños y ausentes de la agricultura y de sus problemas, viven de su renta territorial sin dar ningún aporte de trabajo ni de inteligencia a la actividad económica del país. Corresponden a la categoría del aristócrata o del rentista, consumidor improductivo. Por sus hereditarios derechos de propiedad perciben un arrendamiento que se puede considerar como un canon feudal. El agricultor arrendatario corresponde, en cambio, con más o menos propiedad, al tipo de jefe de empresa capitalista. Dentro de un verdadero sistema capitalista, la plusvalía obtenida por su empresa, debería beneficiar a este industrial y al capital que financiase sus trabajos. El dominio de la tierra por una clase de rentistas, impone a la producción la pesada carga de sostener una renta que no está sujeta a los eventuales descensos de los productos agrícolas. El arrendamiento no encuentra, generalmente, en este sistema, todos los estímulos indispensables para efectuar los trabajos de perfecta valorización de las tierras y de sus cultivos e instalaciones. El temor a un aumento de la locación, al vencimiento de su escritura, lo induce a una gran parsimonia en las inversiones. La ambición del agricultor arrendatario es, por supuesto, convertirse en propietario; pero su propio empeño contribuye al encarecimiento de la propiedad agraria en provecho de los latifundistas. Las condiciones incipientes del crédito agrícola en el Perú impiden una más intensa expropiación capitalista de la tierra para esta clase de industriales. La explotación capitalista e industrialista de la tierra, que requiere para su libre y pleno desenvolvimiento la eliminación de todo canon feudal, avanza por esto en nuestro país con suma lentitud. Hay aquí un problema, evidente no sólo para un criterio socialista sino, también, para un criterio capitalista. Formulando un principio que integra el programa agrario de la burguesía liberal francesa, Edouard Herriot afirma que “la tierra exige la presencia real(31). No está demás remarcar que a este respecto el Occidente no aventaja por cierto al Oriente, puesto que la ley mahometana establece, como lo observa Charles Gide, que “la tierra pertenece al que la fecunda y vivifica”.

2º- El latifundismo subsistente en el Perú se acusa, de otro lado, como la más grave barrera para la inmigración blanca. La inmigración que podemos esperar es, por obvias razones, de campesinos provenientes de Italia, de Europa Central y de los Balcanes. La población urbana occidental emigra en mucha menor escala y los obreros industriales saben, además, que tienen muy poco que hacer en la América Latina. Y bien. El campesino europeo no viene a América para trabajar como bracero, sino en los casos en que el alto salario le consiente ahorrar largamente. Y éste no es el caso del Perú. Ni el más miserable labrador de Polonia o de Rumania aceptaría el tenor de vida de nuestros jornaleros de las haciendas de caña o algodón. Su aspiración es devenir pequeño propietario. Para que nuestros campos estén en grado de atraer esta inmigración es indis-pensable que puedan brindarle tierras dotadas de viviendas, animales y herramientas y comunicadas con ferrocarriles y mercados. Un funcionario o pro-pagandista del fascismo, que visitó el Perú hace aproximadamente tres años, declaró en los diarios locales que nuestro régimen de gran propiedad era incompatible con un programa de colonización e inmigración capaz de atraer al campesino italiano.

3º- El enfeudamiento de la agricultura de la costa a los intereses de los capitales y los mercados británicos y americanos, se opone no sólo a que se organice y desarrolle de acuerdo con las necesidades específicas de la economía nacional -esto es asegurando primeramente el abastecimiento de la población- sino también a que ensaye y adopte nuevos cultivos. La mayor empresa acometida en este orden en los últimos años -la de las plantaciones de tabaco de Tumbes- ha sido posible sólo por la intervención del Estado. Este hecho abona mejor que ningún otro la tesis de que la política liberal del laisser faire, que tan pobres frutos ha dado en el Perú, debe ser definitivamente reemplazada por una política social de nacionalización de las grandes fuentes de riqueza.

4º- La propiedad agraria de la costa, no obstante los tiempos prósperos de que ha gozado, se muestra hasta ahora incapaz de atender los problemas de la salubridad rural, en la medida que el Estado exige y que es, desde luego, asaz modesta. Los requerimientos de la Dirección de Salubridad Pública a los hacendados no consiguen aún el cumplimiento de las disposiciones vigentes contra el paludismo. No se ha obtenido siquiera un mejoramiento general de las rancherías. Está probado que la población rural de la costa arroja los más altos índices de mortalidad y morbilidad del país. (Exceptúase naturalmente los de las regiones excesivamente mórbidas de la selva). La estadística demográfica del distrito rural de Pativilca acusaba hace tres años una mortalidad superior a la natalidad. Las obras de irrigación, como lo observa el ingeniero Sutton a propósito de la de Olmos, comportan posiblemente la más radical solución del problema de las paludes o pantanos. Pero, sin las obras de aprovechamiento de las aguas sobrantes del río Chancay realizadas en Huacho por el señor Antonio Graña, a quien se debe también un interesante plan de colonización, y sin las obras de aprovechamiento de las aguas del subsuelo practicadas en Chiclín y alguna otra negociación del Norte, la acción del capital privado en la irrigación de la costa peruana resultaría verdaderamente insignificante en los últimos años.

5º- En la sierra, el feudalismo agrario sobreviviente se muestra del todo inepto como creador de riqueza y de progreso. Excepción hecha de las negociaciones ganaderas que exportan lana y alguna otra, en los valles y planicies serranos el latifundio tiene una producción miserable. Los rendimientos del suelo son ínfimos; los métodos de trabajo, primitivos. Un órgano de la prensa local decía una vez que en la sierra peruana el gamonal aparece relativamente tan pobre como el indio. Este argumento -que resulta completamente nulo dentro de un criterio de relatividad- lejos de justificar al gamonal, lo condena inapelablemente. Porque para la economía moderna -entendida como ciencia objetiva y concreta- la única justificación del capitalismo y de sus capitanes de industria y de finanza está en su función de creadores de riqueza. En el plano económico, el señor feudal o gamonal es el primer responsable del poco valor de sus dominios. Ya hemos visto cómo este latifundista no se preocupa de la productividad sino de la rentabilidad de la tierra. Ya hemos visto también cómo, a pesar de ser sus tierras las mejores, sus cifras de producción no son mayores que las obtenidas por el indio, con su primitivo equipo de labranza, en sus magras tierras comunales. El gamonal, como factor económico, está, pues, completamente descalificado.

6º- Como explicación de este fenómeno se dice que la situación económica de la agricultura de la sierra depende absolutamente de las vías de comunicación y transporte. Quienes así razonan no entienden sin duda la diferencia orgánica, fundamental, que existe entre una economía feudal o semifeudal y una economía capitalista. No comprenden que el tipo patriarcal primitivo de terrateniente feudal es sustancialmente distinto del tipo del moderno jefe de empresa. De otro lado el gamonalismo y el latifundismo aparecen también como un obstáculo hasta para la ejecución del propio programa vial que el Estado sigue actualmente. Los abusos e intereses de los gamonales se oponen totalmente a una recta aplicación de la ley de conscripción vial. El indio la mira instintivamente como una arma del gamonalismo. Dentro del régimen inkaico, el servicio vial debidamente establecido sería un servicio público obligatorio, del todo compatible con los principios del socialismo moderno; dentro del régimen colonial de latifundio y servidumbre, el mismo servicio adquiere el carácter odioso de una “mita”.

 

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1. Luis E. Valcárcel, Del Ayllu al Imperio, p. 166.

2. César Antonio Ugarte, Bosquejo de la Historia Económica del Perú, p. 9.

3. Javier Prado, “Estado Social del Perú durante la dominación española”, en Anales Universitarios del Perú, tomo XXII, pp. 125 y 126.

4. Ugarte, ob. citada, p. 64.

5. José Vasconcelos, Indología.

6. Javier Prado, ob. citada, p. 37.

7. Georges Sorel, Introduction à l’economie moderne, pp. 120 y 130.

8. Ugarte, ob. citada, p. 24.

9. Eugéne Schkaff, La Question Agraire en Russie, p. 118.

10. Esteban Echeverría, Antecedentes y primeros pasos de la revolución de Mayo.

11. Vasconcelos, conferencia sobre “El Nacionalismo en la América Latina”, en Amauta Nº 4, p. 15. Este juicio, exacto en lo que respecta a las relaciones entre caudillaje militar y propiedad agraria en América, no es igualmente válido para todas las épocas y situaciones históricas. No es posible suscribirlo sin esta precisa reserva.

12. Ugarte, ob. citada, p. 57.

13. Le Pérou Contemporain, pp. 98 y 99.

14. Ugarte, ob. citada, p. 58

15. Si la evidencia histórica del comunismo inkaico no apareciese incontestable, la comunidad, órgano específico de comunismo, bastaría para despejar cualquier duda. El “despotismo” de los inkas ha herido sin embargo, los escrúpulos liberales de algunos espíritus de nuestro tiempo. Quiero reafirmar aquí la defensa que hice del comunismo inkaico objetando la tesis de su más reciente impugnador, Augusto Aguirre Morales, autor de la novela El Pueblo del Sol.
El comunismo moderno es una cosa distinta del comunismo inkaico. Esto es lo primero que necesita aprender y entender, el hombre de estudio que explora el Tawantinsuyo. Uno y otro comunismo son un producto de diferentes experiencias humanas. Pertenecen a distintas épocas históricas. Constituyen la elaboración de disímiles civilizaciones. La de los inkas fue una civilización agraria. La de Marx y Sorel es una civilización industrial. En aquélla el hombre se sometía a la naturaleza. En ésta la naturaleza se somete a veces al hombre. Es absurdo, por ende, confrontar las formas y las instituciones de uno y otro comunismo. Lo único que puede confrontarse es su incorpórea semejanza esencial, dentro de la diferencia esencial y material de tiempo y de espacio. Y para esta confrontación hace falta un poco de relativismo histórico. De otra suerte se corre el riesgo cierto de caer en los clamorosos errores en que ha caído Víctor Andrés Belaunde en una tentativa de este género.
Los cronistas de la conquista y de la colonia miraron el panorama indígena con ojos medioevales. Su testimonio indudablemente no puede ser aceptado, sin beneficio de inventario.
Sus juicios corresponden inflexiblemente a sus puntos de vista españoles y católicos. Pero Aguirre Morales es, a su turno, víctima del falaz punto de vista. Su posición en el estudio del Imperio Inkaico no es una posición relativista. Aguirre considera y examina el Imperio con apriorismos liberales e individualistas. Y piensa que el pueblo inkaico fue un pueblo esclavo e infeliz porque careció de libertad.
La libertad individual es un aspecto del complejo fenómeno liberal. Una crítica realista puede definirla como la base jurídica de la civilización capitalista, (Sin el libre arbitrio no habría libre tráfico, ni libre concurrencia, ni libre industria). Una crítica idealista puede definirla como una adquisición del espíritu humano en la edad moderna. En ningún caso, esta libertad cabía en la vida inkaica. El hombre del Tawantinsuyo no sentía absolutamente ninguna necesidad de libertad individual. Así como no sentía absolutamente, por ejemplo, ninguna necesidad de libertad de imprenta. La libertad de imprenta puede servirnos para algo a Aguirre Morales y a mí; pero los indios podían ser felices sin conocerla y aun sin concebirla. La vida y el espíritu del indio no estaban atormentados por el afán de especulación y de creación intelectuales. No estaban tampoco subordinados a la necesidad de comerciar, de contratar, de traficar. ¿Para qué podría servirle, por consiguiente, al indio esta libertad inventada por nuestra civilización? Si el espíritu de la libertad se reveló al quechua, fue sin duda en una fórmula o, más bien, en una emoción diferente de la fórmula liberal, jacobina e individualista de la libertad. La revelación de la libertad, como la revelación de Dios, varía con las edades, los pueblos y los climas. Consustanciar la idea abstracta de la libertad con las imágenes concretas de una libertad con gorro frigio -hija del protestantismo y del renacimiento y de la revolución francesa- es dejarse coger por una ilusión que depende tal vez de un mero, aunque no desinteresado, astigmatismo filosófico de la burguesía y de su democracia.
La tesis de Aguirre, negando el carácter comunista de la sociedad inkaica, descansa íntegramente en un concepto erróneo. Aguirre parte de la idea de que autocracia y comunismo son dos términos inconciliables. El régimen inkaico -constata- fue despótico y teocrático; luego -afirma- no fue comunista. Mas el comunismo no supone, históricamente, libertad individual ni sufragio popular. La autocracia y el comunismo son incompatibles en nuestra época; pero no lo fueron en sociedades primitivas. Hoy un orden nuevo no puede renunciar a ninguno de los progresos morales de la sociedad moderna. El socialismo contemporáneo -otras épocas han tenido otros tipos de socialismo que la historia designa con diversos nombres- es la antítesis del liberalismo; pero nace de su entraña y se nutre de su experiencia. No desdeña ninguna de sus conquistas intelectuales. No escarnece y vilipendia sino sus limitaciones. Aprecia y comprende todo lo que en la idea liberal hay de positivo: condena y ataca sólo lo que en esta idea hay de negativo y temporal.
Teocrático y despótico fue, ciertamente, el régimen inkaico. Pero este es un rasgo común de todos los regímenes de la antigüedad. Todas las monarquías de la historia se han apoyado en el sentimiento religioso de sus pueblos. El divorcio del poder temporal y del poder espiritual es un hecho nuevo. Y más que un divorcio es una separación de cuerpos. Hasta Guillermo de Hohenzollern los monarcas han invocado su derecho divino.
No es posible hablar de tiranía abstractamente. Una tiranía es un hecho concreto. Y es real sólo en la medida en que oprime la voluntad de un pueblo o en que contraría y sofoca su impulso vital. Muchas veces, en la antigüedad, un régimen absolutista y teocrático ha encarnado y representado, por el contrario, esa voluntad y ese impulso. Este parece haber sido el caso del imperio inkaico. No creo en la obra taumatúrgica de los Inkas. Juzgo evidente su capacidad política, pero juzgo no menos evidente que su obra consistió en construir el Imperio con los materiales humanos y los elementos morales allegados por los siglos. El ayllu -la comunidad-, fue la célula del Imperio. Los Inkas hicieron la unidad, inventaron el Imperio; pero no crearon la célula. El Estado jurídico organizado por los Inkas reprodujo, sin duda, el Estado natural pre-existente. Los Inkas no violentaron nada. Está bien que se exalte su obra; no que se desprecie y disminuya la gesta milenaria y multitudinaria de la cual esa obra no es sino una expresión y una consecuencia.
No se debe empequeñecer, ni mucho menos negar, lo que en esa obra pertenece a la masa. Aguirre, literato individualista, se complace en ignorar en la historia a la muchedumbre. Su mirada de romántico busca exclusivamente al héroe.
Los vestigios de la civilización inkaica declaran unánimemente, contra la requisitoria de Aguirre Morales. El autor de El Pueblo del Sol invoca el testimonio de los millares de huacos que han desfilado ante sus ojos. Y bien. Esos huacos dicen que el arte inkaico fue un arte popular. Y el mejor documento de la civilización inkaica es, acaso, su arte. La cerámica estilizada sintetista de los indios no puede haber sido producida por un pueblo grosero y bárbaro.
James George Frazer -muy distante espiritual y físicamente de los cronistas de la colonia-, escribe: “Remontando el curso de la historia, se encontrará que no es por un puro accidente que los primeros grandes pasos hacia la civilización han sido hechos bajo gobiernos despóticos y teocráticos como los de la China, del Egipto, de Babilonia, de México, del Perú, países en todos los cuales el jefe supremo exigía y obtenía la obediencia servil de sus súbditos por su doble carácter de rey y de dios. Sería apenas una exageración decir que en esa época lejana el despotismo es el más grande amigo de la humanidad y por paradojal que esto parezca, de la libertad. Pues después de todo, hay más libertad, en el mejor sentido de la palabra -libertad de pensar nuestros pensamientos y de modelar nuestros destinos-, bajo el despotismo más absoluto y la tiranía más opresora que bajo la aparente libertad de la vida salvaje, en la cual la suerte del individuo, de la cuna a la tumba, es vaciada en el molde rígido de las costumbres hereditarias” (The Golden Bough, Part. I ).
Aguirre Morales dice que en la sociedad inkaica se desconocía el robo por una simple falta de imaginación para el mal. Pero no se destruye con una frase de ingenioso humorismo literario un hecho social que prueba, precisamente, lo que Aguirre se obstina en negar: el comunismo inkaico. El economista francés Charles Gide piensa que más exacta que la célebre fórmula de Proudhon, es la siguiente fórmula: “El robo es la propiedad”. En la sociedad inkaica no existía el robo porque no existía la propiedad. O, si se quiere, porque existía una organización socialista de la propiedad.
Invalidemos y anulemos, si hace falta, el testimonio de los cronistas de la colonia. Pero es el caso que la teoría de Aguirre busca amparo, justamente, en la interpretación, medioeval en su espíritu, de esos cronistas de la forma de distribución de las tierras y de los productos.
Los frutos del suelo no son atesorables. No es verosímil, por consiguiente, que las dos terceras partes fuesen acaparadas para el consumo de los funcionarios y sacerdotes del Imperio. Mucho más verosímil es que los frutos que se supone reservados para los nobles y el Inka, estuviesen destinados a constituir los depósitos del Estado.
Y que representasen, en suma, un acto de providencia social, peculiar y característico en un orden socialista.

16. Castro Pozo, Nuestra Comunidad Indígena.

17. Ibíd., pp. 16 y 17.

18. Escrito este trabajo, encuentro en el libro de Haya de la Torre Por la emancipación de la América Latina, conceptos que coinciden absolutamente con los míos sobre la cuestión agraria en general y sobre la comunidad indígena en particular. Parti-mos de los mismos puntos de vista, de manera que es forzoso que nuestras conclusiones sean también las mismas.

19. Castro Pozo, ob. citada, pp. 66 y 67.

20. Ibíd., p. 434.

21. Schkaff, ob. citada, p. 188.

22. Castro Pozo, ob. citada, p. 47. El autor tiene observaciones muy interesantes sobre los elementos espirituales de la economía comunitaria. “La energía, perseverancia e interés -apunta- con que un comunero siega, gavilla el trigo o la cebada, quipicha(Quipichar: cargar a la espalda. Costumbre indígena extendida en toda la sierra. Los cargadores, fleteros y estibadores de la costa, cargan sobre el hombro) y desfila, a paso ligero, hacia la era alegre, corriéndole una broma al compañero o sufriendo la del que va detrás halándole el extremo de la manta, constituyen una tan honda y decisiva diferencia, comparados con la desidia, frialdad, laxitud del ánimo y, al parecer, cansancio, con que prestan sus servicios los yanaconas, en idénticos trabajos u otros de la misma naturaleza; que a primera vista salta el abismo que diversifica el valor de ambos estados psico-físicos, y la primera interrogación que se insinúa al espíritu, es la de ¿qué influencia ejerce en el proceso del trabajo su objetivación y finalidad concreta e inmediata?”

23. Sorel, que tanta atención ha dedicado a los conceptos de Proudhon y Le Play sobre el rol de la familia en la estructura y el espíritu de la sociedad, ha considerado con buida y sagaz penetración “la parte espiritual del medio económico”. Si algo ha echado de menos en Marx, ha sido un insuficiente espíritu jurídico, aunque haya convenido en que este aspecto de la producción no escapaba al dialéctico de Tréveris. “Se sabe -escribe en su Introduction a l’economie moderne– que la observación de las costumbres de las familias de la plana sajona impresionó mucho a Le Play en el comienzo de sus viajes y ejerció una influencia decisiva sobre su pensamiento. Me he preguntado si Marx no había pensado en estas antiguas costumbres cuando ha acusado al capitalismo de hacer del proletario un hombre sin familia”. Con relación a las observaciones de Castro Pozo, quiero recordar otro concepto de Sorel: “El trabajo depende, en muy vasta medida, de los sentimientos que experimentan los obreros ante su tarea”.

24. Schkaff, ob. citada, p. 135.

25. No hay que olvidar, por lo que toca a los braceros serranos, el efecto extenuan-te de la costa cálida e insalubre en el organismo del indio de la sierra, presa segura del paludismo, que lo amenaza y predispone a la tuberculosis. Tampoco hay que olvidar el profundo apego del indio a sus lares y a su naturaleza. En la costa se siente un exiliado, un mitimae.

26. Una de las constataciones más importantes a que este tópico conduce es la de la íntima solidaridad de nuestro problema agrario con nuestro problema demográfico. La concentración de las tierras en manos de los gamonales constituye un freno, un cáncer de la demografía nacional. Sólo cuando se haya roto esa traba del progreso peruano, se habrá adoptado realmente el principio sudamericano: “Gobernar es poblar”.

27. El proyecto concebido por el Gobierno con el objeto de crear la pequeña propiedad agraria se inspira en el criterio económico liberal y capitalista. En la costa su aplicación, subordinada a la expropiación de fundos y a la irrigación de tierras eriazas, puede corresponder aún a posibilidades más o menos amplias de colonización. En la sierra sus efectos serían mucho más restringidos y dudosos. Como todas las tentativas de dotación de tierras que registra nuestra historia republicana, se caracteriza por su prescindencia del valor social de la “comunidad” y por su timidez ante el latifundista cuyos intereses salvaguarda con expresivo celo. Estableciendo el pago de la parcela al contado o en 20 anualidades, resulta inaplicable en las regiones de sierra donde no existe todavía una economía comercial monetaria. El pago, en estos casos, debería ser estipulado no en dinero sino en productos. El sistema del Estado de adquirir fundos para repartirlos entre los indios manifiesta un extremado miramiento por los latifundistas, a los cuales ofrece la ocasión de vender fundos poco productivos o mal explotados, en condiciones ventajosas.

28. Schkaff, ob. citada, pp. 133, 134 y 135.

29. Francisco Ponce de León, Sistemas de arrendamiento de terrenos de cultivo en el departamento del Cuzco y el problema de la tierra.

30. Los experimentos recientemente practicados, en distintos puntos de la costa por la Comisión Impulsora del Cultivo del Trigo, han tenido, según se anuncia, éxito satisfactorio. Se ha obtenido apreciables rendimientos de la variedad “Kappli Emmer” -inmune a la “roya”-, aun en las “lomas”.

31. Herriot, Créer.

 

 

 

El silencio de una generación (tras las huellas de la corriente trotskista de Nahuel Moreno en Chile, 1979-1993)

por Mariano Vega Jara //

Tal como en  la novela de Laura Restrepo, Demasiados Héroes, la investigación-memoria sobre el pasado de una ex militante trotskista colombiana en la última dictadura militar de Argentina –su historia personal—, los orígenes de la tradición fundada por Nahuel Moreno (Hugo Bressano) en Chile han permanecidos velados por los años de la transición pactada con la dictadura militar de Pinochet, mas, fundamentalmente, por la crisis y posterior ruptura con el el trotskismo como una corriente marxista revolucionaria luego de la caída de los Estados obreros y la URSS. El silencio de una generación sobre su experiencia militante se disolvió hacia una fase de subsidencia en sus vidas personales, cotidianas. El pasado militante quedó en ello. Pasado.

Sin embargo, aquel “episodio oscuro” pugnaría, tal vez, en las nuevas generaciones por saber cómo fue dicho pasado, su historia, su procedencia, su experiencia militante en y contra la dictadura de Pinochet. No encontrar puentes, referencias o nudos trans-generacionales sobre una experiencia vivida lleva a seguir validando el silencio y la desmemoria, no reconocerse ni hacerse partícipes de una historia y tradición militante. Luego de más de veinte años del cierre formal de la experiencia morenista (sus continuidades son residuales a aquel proyecto), el silencio se rompe para abrir paso a nuevas investigaciones que ahonden mayormente y en profundidad el morenismo en Chile. Lo aquí presentado es una primaria visión general de una experiencia militante en particular.

La travesía internacional

 La tragedia de la Unidad Popular y la instauración de la dictadura militar generarían un proceso de reflexión sobre la experiencia militante en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), específicamente su regional Valparaíso. Divergencias arrastradas entre el regional y la dirección nacional de Miguel Enríquez se ahondaron con la línea adoptada post-golpe por la dirigencia mirista: “la hora de los revolucionarios”, el “fracaso de los reformistas”, la “dictadura gorilista” serían criticados por los miristas de Valparaíso. Para éstos, se proyectaba un repliegue para salvaguardar la militancia, la unidad de la izquierda contra la dictadura, la caracterización del gobierno de Allende como “Frente Popular” y la convocatoria al IV Congreso.

Sin embargo, la represión militar trastocó las orgánicas regionales, ya que los militantes debieron moverse dentro del territorio de Chile para salvar sus vidas. Es así como en Santiago hacia mediados de 1974 se establecieron varias “colonias” de militantes de regiones, quienes esperaban instrucciones de la dirigencia nacional para enfrentar la represión. La Colonia de Valparaíso (CV) sería crítica a M. Enríquez y compañía, esto les valió ser considerados como “Fracción Disidente” (FD) del MIR porque buscaron poder llevar a cabo la discusión democrática sobre las diferencias en la línea política. Para el MIR, un partido auto-referido como político-militar, su cultura política práctica derivaba en verticalismo, jerárquico y de deliberación excluyente, reservado sólo para la dirección política. Sumado a ello, una dictadura militar en proceso de aniquilación de la orgánica mirista y el carácter clandestino de la militancia, para la dirigencia mirista abrir el debate significaba romper la tradición de su cultura, lo cual atentaría contra ellos mismos por los mecanismos de ascenso y legitimidad interna, ya que liberaría debates considerados del pasado. El rechazo de M. Enríquez y la dirigencia del MIR sería hipotéticamente a cuestionar su calidad de dirigentes revolucionarios y su línea política contra la dictadura militar. El debate no fructificaría y la FD emigraría al exilio para salvar su propia vida.

El exilio en Europa de aquellos miembros de la FD llevaría a sistematizar su experiencia mirista. Los primeros indicios pretenderían disputar la dirección del MIR y reagrupar a los exiliados, pero poco a poco se dejaría de lado aquella tarea por el balance, con las críticas ya reseñadas a la dirigencia mirista, pero sobre todo por el método democrático de deliberación política cercenada en Chile. Embrionariamente era un cuestionamiento a la cultura política del MIR en cuanto a su ser político-militar. Cerrado el camino, la experiencia derivaría en refundar una nueva orgánica, así hacia 1978 aquella FD crearía la Izquierda Socialista (IS), un partido de izquierda chilena en el exilio con intenciones de implantarse y luchar contra la dictadura militar.

En la solidaridad contra la represión política en Chile, aquellos exiliados de la IS se encontrarían con el trotskismo europeo, encaminándose hacia conversaciones sobre un pasado en común. Según un ex militante, el SU (Secretariado Unificado) apoyó activamente al MIR, de ahí que en el regional de Valparaíso las obras de Trotsky circularan entre sus militantes, tomando posturas más críticas hacia su dirección política. Con el bagaje de la experiencia con el mandelismo, la IS coincidió con la “corriente morenista”, concretamente, la Fracción Bolchevique (FB) del SU, que desempeñaba una ácida pugna contra dichos primeros: la concepción vanguardista y pro-guerillera como política de los partidos trotskistas. Las coincidencias de experiencia y política derivarían que hacia mediados de 1979 la IS formalizara su entrada a la FB y al trotskismo, teniendo como eje el “Proyecto Chile”. A esta unidad se agregaría en el transcurso de 1980 un pequeño núcleo de militantes chilenos lambertistas igualmente exiliados en Europa, gracias al trabajo conjunto del Comité Paritario entre la FB y la CORCI, que dio vida a la CI-CI, no sin su cuota de pequeños conflictos ácidos. El viejo continente se enmarcaba en el punto de partida de un nuevo proyecto político para la izquierda chilena.

En el “desierto” nacional

Hacia 1979, la llamada “Liga Comunista de Chile” (LCCh) se solidariza con la FB ante la expulsión de la Brigada Simón Bolívar de Nicaragua por parte de los sandinistas y la entrega de militantes revolucionarios a la policía de Panamá. Este pequeño grupo chileno, originario del MIR poco antes del golpe de Estado, derivó hacia posiciones trotskistas y simpatizó con el SU, mas aquella acción le valió su distanciamiento con la dirección del SU, sobre todo con la prohibición de construir partidos trotskistas en Nicaragua. De esta solidaridad, la FB envía un emisario argentino para entablar relaciones políticas, sin embargo, entre dudas, críticas y desconfianzas de la dirección externa (en el exilio) de la LCCh hacia la FB, el proceso de acercamiento se viciaría con acusaciones de “fraccionalismo” por parte de la FB en la LCCh. Lo concreto es que a principios de 1980, en una reunión de la FB en Bogotá, Colombia, se daría a conocer que la “Fracción Mayoritaria de la LCCh” adhería a la FB como su sección nacional. El 6 de abril de 1980 se establece la fundación de la Izquierda Socialista en Chile, sobre la base de aquellos ex militantes originarios del MIR y la LCCh.

Similar a Europa, la unidad trotskista internacional reflejada en el Comité Paritario y luego la CI-CI, de corta vida, en Chile visibilizó a un pequeño grupo trotskista llamado “Liga Obrera Bolchevique” (LOB) que tenía nexos con su militantes “lambertistas” chilenos en el exilio. Sin embargo, la LOB desacreditaba toda relación con el morenismo y el lambertismo, no se consideraban parte de éste, por lo cual negaban una unidad en Chile con la IS, una concepción nacional-trotskista similar a la dirección externa de la LCCh. A pesar de ello, la LOB entraría a ser parte de la IS al poco tiempo, tal vez, por su extrema debilidad interna y el miedo al aislacionismo, así la unidad trotskista nacional dio pasos a estructurar un heterogéneo equipo de militantes para luchar contra la dictadura de Pinochet.

Cultura política trotskista

 Mas, ¿Quiénes fueron los trotskistas-morenistas? ¿De dónde provienen social y familiarmente? ¿Cómo y por qué ingresar al trotskismo?, ¿Qué prácticas o particularidades los constituyen como un grupo de izquierda? entre otras preguntas. La investigación (aún parcial) nos entrega detalles de quién fue este grupo militante y su acción bajo la dictadura militar de Pinochet y los primeros años del retorno democrático.

En cuanto a edades generacionales, la primera generación fundadora proveniente del MIR-LCCh no pudo ser pesquisada, sin embargo, las referencias de la segunda generación hace énfasis en sujetos ya maduros, de más de 30 años o cercanos a ello, con prácticas propias de su pasado mirista, es decir, clandestinos en un contexto de represión militar pre-1983. La segunda generación la constituirían jóvenes plebeyos y proletarios, una media de 23 años, la cual fue captada gracias a la apertura política con las jornadas nacionales de protesta contra la dictadura, la cual visibilizó al grupo político con sus propuestas. Mayormente estudiantes universitarios, provenientes de familias con pasado militante de izquierda (PC, PS, MIR), levemente predominante la raíz socialista; en menor medida, jóvenes proletarios, igualmente con pasado-tradición familiar de izquierda.

Los motivos para ingresar a la militancia trotskista denotarían el contexto político internacional y nacional según la generación correspondiente. La primera generación fundadora venía de una experiencia-fracaso con la Unidad Popular, sumado a lo heterogéneo de su composición, el aspecto nacional con una discusión y proyecto internacional de militancia los derivaría al trotskismo-morenista. La segunda generación, en torno a experiencias previas, criticaría las prácticas de la izquierda del “socialismo real”, la falta de democracia, libertad sindical y política y derecho a huelga, en la Polonia de Jaruzelsky. Para su representación de militancia de izquierda, estos jóvenes hallaban inconcebible que la representación y práctica del ser de izquierda atentara contra los trabajadores y el pueblo. Palestina y la OLP, la guerra de Afganistán e invasión de la URSS, la guerra de Las Malvinas, igualmente fueron motivos de un eje central en la captación: la discusión política en charlas, de voz e voz o el periódico. La situación internacional constituyó un fuerte atractivo contra una izquierda chilena nacionalista y complaciente con el “socialismo real”.

Derivado de la discusión política, las características propias como cultura política trotskista pasarían por el “fetichismo teórico”, la exaltación de la teoría marxista-militante como compresión de la realidad, previo paso para la práctica cotidiana. La teoría de la revolución permanente y el programa de Transición serían las bases graníticas del trotskismo, pero cómo llevarlo a la práctica en el Chile de Pinochet. En cuanto a la primera, la propuesta morenista fue la “revolución democrática”, una revolución contra y en el régimen que abriría pasos a la movilización social y popular, cuyas consignas centrales eran: ¡Fuera Pinochet! ¡Asamblea Constituyente! ¡Por un gobierno del MDP-CNT!, siendo característica de la identidad política morenista. Y sobre el programa de Transición, la unidad entre reivindicaciones de los frentes sociales donde estaban insertos los militantes y la realidad nacional del país. Ejemplos; en la construcción, elegir un comité de obras por beneficios laborales y, a la vez, transformarse en una conquista democrática ante la ausencia de organización; en la industria, elegir un sindicato en condiciones de clandestinidad y legitimidad hacia los trabajadores para negociar con la empresa. En la Universidad, desde lo gremial-democrático (becas, centros de alumnos a federaciones) para estrecharlo a la oposición y derrocamiento de la dictadura. La teoría política descendía como una “pedagogía de la reinvindicación” en los militantes trotskistas, adaptándolas al nivel de consciencia política de los frentes sociales y uniéndola con la realidad nacional para elevar los grados de maduración y compromiso político para botar la dictadura militar.

Teoría y programa entrelazados como tejido social, expresarían condiciones mínimas y/o objetivas para la lucha y práctica cotidiana. Aquello que los trotskistas consideraron como principios básicos en el ser de izquierda: internacionalismo proletario, democracia obrera e independencia de clase. Esta “tríada principista” ejercería influencia notable en la acción concreta y la relación con la izquierda chilena. En cuanto al internacionalismo proletario, dos fueron sus variantes en un contexto pro-“socialismo real” y su nacionalismo u latinoamericanismo militante-orgánico: para el sector plebeyo, los foros, charlas y discusiones políticos semi-abiertas a jóvenes estudiantes (secundarios y universitarios) sobre las luchas sociales y políticas en el mundo, derivando en campañas políticas de propaganda. Para el sector proletario, aprovechar los espacios y discutir, en la medida de lo posible, las condiciones laborales de los trabajadores de América Latina y el mundo, la imposición de las fronteras o campañas de recolección de firmas por apoyo a luchadores y/o sindicalistas perseguidos en el mundo.

La democracia obrera (o directa) se vería reflejada en los métodos de discusión política y las estructuras sindicales y estudiantiles: la participación desde abajo hacia arriba, las asambleas de base como máximo órgano resolutivo y la revocación de cargos, de esta forma, para enfrentar las tentativas de torcer las resoluciones de base a los beneplácitos de los dirigentes sociales controlados por la izquierda. Por último, la independencia de clase, concretamente,  la inviabilidad a apoyar y votar por candidatos y programas de o con la Democracia Cristiana, como hipotético aliado “antifascista”, por ser un partido golpista, reaccionario, clerical y pro-capitalista que transmitía su influencia por una corriente de trabajadores con el apoyo acrítico de la izquierda. Ni en la obra, la industria y universidad se formaban alianzas, pactos o se llamaba a votar por la DC.

Faltante al tejido de la cultura trotskista, los imaginarios estructurarían una militancia ácida, crítica y polémica, generando anticuerpos. “Stalinismo, burocracia y aparato”, la forma analítica que en la práctica demostraba la izquierda chilena en sus métodos de militancia política. Un stalinismo caracterizado por la obediencia acrítica hacia la dirección del partido, la veneración e infalibilidad de los viejos jerarcas, la concepción etapista de la revolución, el autoritarismo, verticalismo y la democracia mutilada e incapacidad militante de proponer respuestas, sino esperar la orientación desde arriba. Un ejemplo: la política guerillerista con el FPMR[2] y la política pro-transición luego del Plebiscito. Conectado, la burocracia como sector militante obediente de las orientaciones de la dirección, sin capacidad crítica y que sólo reproduce y vive del modelo y las relaciones inter-militantes dada por la estructura jerárquica. Un símil, la creación de aparatos colaterales al partido con la misma estructura jerárquica que él y dependiente de las políticas de la dirección partidaria. Organismos artificiales sin democracia interna.

Dicha tríada imaginaria generaría el rechazo de la izquierda chilena y las acusaciones (heteromiradas) de “agentes del imperialismo”, “agentes de la CNI”, “sectarios”, “ultraizquiedistas”, por parte del eje PC-PS. El encuentro entre militantes sería de dulce y agraz, para los trotskistas el enemigo en la izquierda eran sus direcciones políticas, los militantes medios y de base, compañeros, equivocados, tal vez, pero honestos y potencialmente revolucionarios. En la práctica, la forma de impulsar la lucha consistía en una táctica de emplazamiento/denuncia a que dichas direcciones de la izquierda actuaran en conformidad con su ser y la política mínima que se esperaba de ellas: derribar la dictadura de Pinochet y dar el poder a la clase trabajadora. Por el contrario, si no actuaban conforme a ello, la crítica trotskista se permeaba de su acidez crítica y disruptiva, ya que el trotskismo esperaba construirse cuantitativamente por medio de rupturas de la izquierda histórica.

Asociado a lo anterior, la realización del ser revolucionario en el trotskismo estaría mediado por estos sectores en dicho partido, plebeyos y proletarios, y su capacidad auto-formativa y experiencia con el marxismo y la lucha social. Así, para la gran mayoría, el ser revolucionario era ser trotskista y no comunista como el sector proletario. Antinomias aparentes entre ambos sectores, la tendencia general del período, unido al recuerdo mayoritario y el tratamiento de la izquierda clásica, el ser trotskista era la conceptualización revolucionaria. A esas alturas, según el recuerdo, el trotskismo ya era algo escindido del comunismo internacional, había adquirido identidad propia, ya que el comunismo estaba asociado al stalinismo.

Mas la realización del ser revolucionario fue puesto en práctica, el teoricismo no era garante de crecimiento orgánico, ni tampoco el exceso de juventud universitaria, por lo cual se debatió y ejecutó la necesidad de cambiar la orientación estructural del partido para darle una identidad obrera-proletaria. Así, hacia 1985 se toma la resolución de proletarizar al partido y sus militantes, lo que la memoria reseña como “vuelco a la clase obrera”, cambiando el nombre del partido a “Partido Socialista de los Trabajadores” (PST). Tal vuelco sería para superar ciertas desviaciones vistas en la práctica estudiantil, un “movimientismo” caracterizado como negativo por no crear una estructura ideal al modelo bolchevique, igualmente reseñado en las memorias como “trotskización”. Ambas prácticas debían modificar la dinámica asociativa entre militantes y sus frentes sociales, pero resultó en el gatillante de fuertes debates y pugnas internas.

1986 marcaría una crisis en el trotskismo-morenista, la vieja guardia fundadora impulsada por las grandes protestas nacionales proyectaría la caída de Pinochet como una “salida nicaragüense”, una revolución popular por una derrota militar que necesitaba del FPMR para hacerla efectiva. Por el contrario, una mínima parte de la vieja guardia y el sector proletario, caracterizaban una salida pactada y negociada a la dictadura, donde la clase trabajadora era minoría en las protestas (mayoritariamente de pobladores y estudiantes). Situación revolucionaria (vieja guardia) y situación pre-revolucionaria (vieja guardia minoritaria y proletarios) derivaron en caracterizaciones personales sobre el tipo de salida política, lo que se expresó de hecho en la formación de dos fracciones enemigas entre sí. La discusión se expresó en una ontología del ser proletario y pequeño-burgués, cada quien era juzgado en su condición de clase, mas no por la política, llevando a discordias personales a tres miembros fundadores del morenismo. Dos de ellos e impulsores de la salida nicaragüense fueron juzgados por “pequeño-burgueses” al carecer de estructura orgánica laboral y promotores de la expulsión de la dirección de su contrapartida proletaria.

El sínodo del trotskismo, ya ni siquiera como comedia sino como paroxismo, dos fracciones, plebeyos contra proletarios, ante una distante LIT[3]. (Recordar que el trotskismo en su práctica es parte de un “partido mundial”). Las memorias referencian la poca importancia que tenía Chile para la organización internacional, solo intervino cuando los hechos y el fraccionamiento ya estaba consumado, hacia finales de 1986 para llegar a un equilibrio armónico en un “protocolo de acuerdo”. Un delegado internacional vino, examinó y leyó la situación y respaldó al sector oficial del PST, la Fracción Proletaria, como se denominó, quedó en estatus simpatizante. A pesar de ello, la vieja guardia del PST abandonó el partido o quedó muy menoscabado, subiendo una segunda generación de militantes a la dirección, mientras que la Fracción Proletaria se dio la tarea de hacer su experiencia creando el “Partido de los Trabajadores Socialistas” (PTS). Alrededor de un año duraría la división PST-PTS para luego volver a reunirse en torno al PST, gracias al trabajo de la segunda generación y la salida de los viejos fundadores.

Identidad política morenista

 De la memoria fueron apareciendo algunos conceptos o lógicas de pensamiento que estructuraban su recuerdo en base a ello, denotando un tipo de acción política como corpus morenista. “Aprovechar las oportunidades” y “ocupar los espacios” se constituyeron en una lógica prismática del morenismo, recíprocas entre sí, configurando su identidad política como diferenciación hacia otros trotskismos.

El ejemplo más concreto en esta lógica morenista sería la forma en que el trotskismo chileno en los años ’80 se tuvo que visibilizar. La primera generación, previo a las protestas de 1983, vivía en clandestinidad, en un trabajo gris y cotidiano, no siendo un referente en la izquierda. Una vez abierto el período de las protestas y el cambio de situación política, la entonces IS se criticaba no ser un referente vivo en la izquierda, a pesar del trabajo propagandístico y dinámica de lucha social, seguían en una minoría, peor aún, viendo posibilidades de cristalizar en una secta.

A través de escasos documentos más la memoria, dicha lógica morenista tuvo un cambio drástico para sacar o visibilizar al trotskismo como referente válido. Aun no siendo claro del todo, se atribuye mayoritariamente a Nahuel Moreno como el ejecutor de la nueva política hacia Chile. El partido debía cambiar su inserción según la dinámica social, pasar abiertamente a salir a la calle, siendo el cambio de nombre un preámbulo. De la IS se pasaba a JS, Juventud Socialista, teniendo en cuenta tres referencias –según Moreno—, la clase trabajadora chilena iba a retornar a sus referentes históricos (PC-PS), por lo cual no iba a considerar otro partido que buscara diferenciarse desde el principio. A ello se sumó la intervención hacia la juventud, en primer lugar por la composición etaria del propio partido y, en segundo lugar, por mostrar a dicho sector como el más dinámico y referencia de vanguardia en la lucha anti-dictadura. Y socialista por la referencia histórica y a la táctica entrista hacia el propio Partido Socialista de Chile, ya que estaba dividido en varias fracciones desde socialdemócratas, moscovitas hasta guevaristas, y ello daba el espacio para usufructuar ganancias al trotskismo.

No está ciento por ciento claro aún la correspondencia del entrismo, ya que no todas las memorias lo recuerdan y más bien se caracteriza como “sui generis”, ya que no se entró al PS ni se disciplinó a algún organismo de él o su dirección, sino más bien que se ocupó dicho espacio, ya que la oportunidad lo daba para empalmar la memoria histórica –socialista- con el partido trotskista que se quería construir. Además, la historia del morenismo no había reivindicado en sus proyectos políticos el “comunismo” como referencia partidaria.

Bajo esta lógica prismática, el morenismo se fue haciendo de una identidad política en la praxis cotidiana. La idea central era superar aquella acusación de “teóricos”, la visibilización en la acción vino de la mano de la JS, las protestas nacionales y la influencia de Nahuel Moreno y el trotskismo argentino. Otros componentes de la identidad morenista se pueden encontrar en una colateral de estudiantes (secundarios y universitarios) llamada “Solidaridad Estudiantil”, previo período a la JS, siendo una agrupación de estudiantes de izquierda para acción de propaganda y debate político (charlas) como forma de captación militante. Igualmente, la identidad “socialista” se recalcaba en los periódicos editados (La Verdad Socialista, IS; El Socialista, PST; Lucha Socialista, PTS; Al Socialismo, MAS),  lo mismo que el nombre partidario: Izquierda Socialista, Juventud Socialista, Partido Socialista de los Trabajadores, Movimiento al Socialismo, lo que hablaba de una microidentidad partidaria.

En ese sentido, el ser socialista se definió en base a su contrapartida “stalinista”, el PC, por lo que sus militantes son más críticos, abiertos, dinámicos y receptivos a las transformaciones sociales y de la “estética” de la izquierda clásica: un militante disciplinado, hermético, desconfiado y ortodoxo. Por otro lado, la misma iconografía morenista visibilizaba otra estética alternativa, el puño izquierdo y la hoz, el martillo invertidos y el número cuatro en referencia a la IV Internacional. Las consignas, marcarían una diferenciación con la izquierda: ¡Fuera Pinochet! ¡Asamblea Constituyente! ¡Por un gobierno del MDP[4]-CNT[5]! ¡Juicio y Castigo a los culpables! ¡Por un Chile socialista!

No serían los únicos componentes de la identidad morenista, el periódico como captación política, debatido con los “contactos”, los posibles militantes, por lo cual cada militante trotskista debía tener un padrón o listado de contactos para tratar de captarlos, ya sea debatiendo artículos o invitando a marchas o foros. Por último, la tenencia de un “local”, un lugar físico donde la militancia partidaria se pudiera reunir con su contactos, el centro de operaciones para salir a militar. Denotar la capacidad, según, la memoria de tener locales semi-públicos en plena dictadura, siendo parte de la lógica morenista, se reconoce en Concepción por lo menos 2 aperturas de locales (no coetáneos) y 1 en Santiago hacia 1988.

Moreno
Moreno

Todos los elementos anteriores configuraron la identidad política morenista, una identidad en base al ser socialista y la acción política, a tal punto que costó la vida de dos jóvenes, un militante y una simpatizante: Jorge Fernández y Marisol Vera[6]. Sin embargo, reconociendo su propia marginalidad, el trotskismo-morenista esperaba incrementar sus fuerzas en base a unidades o fusiones con otras organizaciones de izquierda, respondiendo a los análisis y propuestas de Nahuel Moreno. Para éste, la década de los ’80 vislumbraba una ruptura de franjas o corrientes de masas con el “stalinismo”, el cual se encontraba en crisis desde la movilización polaca. El descontento social en Europa del Este y la URSS por crisis económica y social incrementaba tal fuerza de posibles rupturas hacia la izquierda entre la clase trabajadora. El deber de los trotskistas era empalmar con aquel “movimiento de masas” para ofrecer una alternativa de izquierda y recuperar los “Estados obreros degenerados o burocrático” y devolverlo a la senda del socialismo internacional.

En concreto, Moreno propuso el Programa Mínimo Revolucionario (PMR) y el Frente de Unificación Revolucionaria (FUR) como métodos de trabajo y captación militante, constituyéndose igualmente como parte de la identidad morenista. Para Chile, las memorias reconocen poco valor de ello, ya que no había tendencia hacia una ruptura de izquierda. El eje PC- PS Almeyda (pro-Moscú) estaba sólidos, por el contrario, las rupturas de izquierda se habían dado hacia el ámbito “militar”, con el FPMR, el Mapu-Lautaro y el MIR. Rupturas políticas por la izquierda no se veían, siendo un caso aislado que el PST chileno pudo concretar con un grupo de miristas de Valparaíso que venían en discusiones y rechazos a la supremacía militar que daba su dirección a la salida de la dictadura. La memoria no referenció hacia el PMR, sino al FUR, pues el PST se jugó por llevar a cabo la orientación política de Moreno e incentivo el debate y acción para buscar una unidad hacia el trotskismo. En este ámbito, la LIT jugó un papel importante, ya que envío a Ricardo Napurí para ganar a estos disidentes miristas, pues a ambos los unía la experiencia guevarista. Napurí contaría sus historias cuando se negó a bombardear a los apristas peruanos y su camino con el “Che” Guevara. La experiencia se tornó favorable y dichos miristas ingresaron al trotskismo.

Uno de los últimos componentes de la identidad morenista, la mayor propuesta de Moreno, sería la “revolución democrática”, una revolución en el régimen a partir de tomar las reivindicaciones de libertades democráticas, unirles las demandas sociales y proponer una salida revolucionaria de corte socialista. Las memorias tienen diferentes percepciones y apropiaciones de tal propuesta, ya que para el sector plebeyo, esta correspondía a una “categoría de análisis” ex post, no previa, mientras que el sector proletario vagamente o no recuerda tal fórmula como modelo de revolución para Chile. La revolución en Chile pasaba por botar a la dictadura por movilización social y que los trabajadores tomaran el poder por medio de sus organismos de clase, el CNT y el MDP.

El MAS y el cierre de una experiencia

Siguiendo la lógica morenista, hacia 1988 la dictadura llama a Plebiscito para seguir validándose en el poder, siguiendo la hoja de ruta predispuesta en el Plebiscito de 1980 que aprobó su Constitución Política, proyectando ocho años más el régimen si obtenía la victoria. En medio de esta vorágine pro-democrática, el movimiento político-social fue llevado a participar a las elecciones, unido a un agotamiento de la lucha de resistencia, la coyuntura condicionó el reagrupamiento de los partidos políticos y concesiones democráticas mínimas al régimen como el derecho a voto individual. El resultado es sabido, la victoria fue para el NO, bajo la dirección de la Concertación de Partidos por la Democracia que unió desde la Democracia Cristiana hasta socialistas pro-Moscú, dejando por fuera al PC.

El torbellino del Plebiscito no podría no ser considerado por una organización que, más allá de reivindicarse revolucionaria, rechazara cualquier participación en él. Como en el conjunto de la izquierda, los debates enfrascaban dudas y posicionamientos divergentes: participación para no quedar aislados y ser un proceso que va más allá de cualquier crítica o control del trotskismo; rechazo a participar por posibilidad –real- de fraude y ser una afrenta a la lucha de resistencia. El partido se enconaba en estas dos opciones y se veían posibilidades de ruptura, por lo cual desde la LIT enviaría a una delegada para ayudar a caracterizar la situación y cómo enfrentarse en el Plebiscito. La ayuda del MAS argentino fue vital para posicionar una política entre la dirección del partido y convencer a las bases partidarias para participar en dicho Plebiscito. Concretamente, según la memoria, la delegada de la LIT transmitió los análisis hechos por su dirección, señalando las probabilidades: va a ganar el NO;  Pinochet reconocerá la derrota; la inviabilidad de una revolución democrática; la negociación hacia la impunidad de Pinochet y su juicio y castigo, salvo algunas militares menores. Gracias a ese análisis, el trotskismo-morenista, ya encima del Plebiscito, puesto que estuvieron hasta casi último minuto haciendo propaganda por el rechazo y fraude, giraron su política y llamaron a votar que NO, dando libertad a sus militantes más intransigentes para anular su voto o no ir a votar (pocos estaban inscritos en los registros electorales).

Consumada la victoria del NO se abría una nueva dinámica electoral, el llamado a elecciones generales para Presidente, senadores y diputados. En un contexto de masiva participación democrática y reorganizaciones políticas y sindicales, sólo la izquierda armada quedó aislada siguiendo la lógica político-militar para derribar la dictadura. Nuevamente se debatía participar o no en dicho proceso eleccionario, a lo cual, el trotskismo-morenista se presentó como Movimiento Al Socialismo (MAS) para poder participar en las elecciones. En febrero de 1989 realizan una pre-legalización del partido con énfasis en cuatro ejes: Asamblea Constituyente para una nueva Constitución Política; Juicio y Castigo a los violadores de Derechos Humanos; reestatización de las empresas del Estado; no pago a la deuda externa.

La idea original era lograr inscribir al partido y presentarse a las elecciones con una “candidatura de izquierda” en base a unidad con otros grupos políticos, de manera de enfrentarse a las salidas inter-régimen. Sin embargo, el llamado del MAS no fue atendido y la izquierda política giraba su apoyo hacia la candidatura del Patricio Aylwin (DC). El partido no pudo lograr su inscripción y para las elecciones presidenciales llamarían a votar nulo, mientras que para las parlamentarias se apoyaría críticamente a los socialistas de izquierda.

El proceso político chileno decantaría en la asunción de un gobierno democrático-civil, base de una transición pactada y el ocaso de proyectar una revolución en Chile. Mas, la coyuntura internacional sería el ancla para provocar el fin de la experiencia militante. La caída del Muro de Berlín, en un primer momento, mostraría la alegría del partido, se confirmaba la posibilidad de la “revolución política” contra el régimen stalinista del “socialismo real” y la URSS. Una euforia recorrió al trotskismo, llegaba su hora, el movimiento de masas giraría a la izquierda y reencaminaría los Estados Obreros degenerados o burocrático por la senda del socialismo revolucionario, lo que la LIT llamaba “los nuevos octubres” resumidos en las “Tesis del 90”.

Sin embargo, los hechos precipitarían mayores dudas sobre la viabilidad de tal política, hacia octubre-noviembre de 1991 el partido chileno criticaba que no se estaban dando las pautas de la LIT, por el contrario, se iba hacia una restauración capitalista. Las memorias no recordaron este punto, sino que se centraron en los ejes de la crisis y posterior ruptura del (y con) trotskismo. Efectuada la caída de la URSS, tres núcleos serían detonantes de los cuestionamientos hacia el marxismo, el trotskismo y el morenismo en particular: la revolución política; concepción del partido y su rol en la conciencia de clase; desarrollo o no de las fuerzas productivas.

Entre diciembre de 1991 y enero de 1993 el sentido del ser militantes entraría poco o poco en crisis. La caída de la URSS mostraba, según un sector mayoritario de la dirección del partido, la inviabilidad de la cultura política trotskista y su fracaso como alternativa revolucionaria, uniéndose además la pérdida de la identidad morenista al no ser reales las tesis del ’90. La revolución política no iba hacia la izquierda, sino a restaurar el capitalismo; el partido y su modelo bolchevique no era viable por su orgánica y carencia desde el exterior para insertarse en los movimientos políticos y apoyar el desarrollo de la conciencia de clase; el continuum de las fuerzas productivas por la restauración capitalista. Así, la segunda generación que tomó al partido en la crisis de 1987 fue decretando su ruptura y quiebre con el sentido del ser militante: el análisis teórico, propio de la cultura política trotskista, se mostró incorrecto para el grueso del sector plebeyo. No había posibilidad de seguir, era el fin de una experiencia con alrededor de 30 años como promedio de edad.

A enero de 1993 se presentó el Congreso del MAS con posiciones polarizadas y enemigas entre sí, la dirección en pleno del MAS lee una carta y renuncia al partido y abandona a sus ya ex compañeros/as. El partido quedaría en manos de un miembro de la dirección –resistente- al proceso de liquidación con una pequeña base militante, constituida previamente como “Fracción Trotskista Ortodoxa” (FTO), pero al pasar de los años poco a poco se desgranaría. Fiel a la debacle internacional de la LIT, el MAS chileno fue solo un reflejo de un proceso mayor, para 1993 existían cuatro organizaciones trotskistas-morenistas: MAS, PST, JOR, POR.

La crisis internacional en torno al marxismo y la revolución cerraba la época de una “generación dorada” del trotskismo-morenista. El campo de la experiencia condicionó el horizonte de expectativas y el trotskismo quedaría subterfugiamente resguardado en las memorias individuales de quienes algunas vez abrazaron la idea de la revolución socialista mundial. Un partido sin memoria es un barco a la deriva y esa misma memoria la que reconstruirá o no el presente y futuro del trotskismo-morenista en Chile.

Notas:

* Mariano Alejandro Vega Jara es autor de una tesis de doctorado sobre el tema , que puede ser accesada aquí: https://goo.gl/OFaIDj

[1] Laura Restrepo. Demasiados Héroes. Alfaguara, Buenos Aires, 2009, p. 11.

[2] Frente Patriótico Manuel Rodríguez, órgano militar del Partido Comunista creado en 1983 para derrocar a la dictadura, base de su política de “rebelión popular de masas”.

[3] Liga Internacional de los Trabajadores. Órgano mundial  de partidos trotskistas fundado por Nahuel Moreno en 1982 luego de la experiencia con el lambertismo en la CI-CI.

[4] Movimiento Democrático Popular. Frente único de los partidos de izquierda, el PC, el PS Almeyda y el MIR.

[5] Comando Nacional de Trabajadores. Organización sindical que agrupaba a los diversos sindicatos anti-dictadura, liderados por la DC y el PC.

[6] Ver artículo en: <http://blogconvergencia.org/?p=5419>. Consulta Mai./2016.

 

(Tomado de la revista electrónica brasileña Esquerda On Line// Fotografía, lanzamiento campaña de legalización del MAS, 1989)

El cambio de piel de Bergoglio, el Papa delator

por Horacio Verbitsky //

La primera conferencia de prensa del vocero del papa Francisco fue para desprenderse de Jorge Mario Bergoglio, acusado por la entrega de dos sacerdotes a la ESMA. Como los testimonios y los documentos son incontestables, el camino elegido fue desacreditar a quien los difundió, señalando a este diario como izquierdista. Las tradiciones se conservan: es lo mismo que Bergoglio dijo de Jalics y Yorio ante quienes los secuestraron. Seguir leyendo El cambio de piel de Bergoglio, el Papa delator

La diatriba racista de Trump contra los “países agujeros de mierda” expone la conspiración bipartidista contra los inmigrantes

por Barry Grey //

El presidente Donald Trump pronunció el jueves un discurso racista y fascista contra los inmigrantes de los “shithole countries” (países agujeros de mierda), como Haití y los estados de África, durante una reunión bipartidista de la Casa Blanca sobre la “reforma” de la inmigración.

El Washington Post informó por primera vez los comentarios de Trump, citando a dos personas no identificadas que fueron informadas sobre la reunión. Respondiendo a las preguntas más tarde en el día, la Casa Blanca no negó que Trump haya hecho las declaraciones.

El estallido de Trump fue una vergüenza para los demócratas del Congreso, quienes durante la semana pasada se apresuraron a llegar a un acuerdo con Trump que militarizaría aún más la frontera y ampliaría la represión contra los inmigrantes. En un editorial publicado menos de 24 horas antes de la declaración de Trump, el Washington Post alentó a los demócratas a aceptar gran parte de la política de inmigración de Trump, incluida la construcción de un muro a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México.

Trump hizo sus comentarios después de rechazar una propuesta acordada por un grupo de seis senadores republicanos y demócratas. El acuerdo restablecería la protección legal de la era de Obama, cancelada el año pasado por la Casa Blanca, para 800.000 inmigrantes que fueron traídos a los Estados Unidos como hijos por padres indocumentados, proporcionar miles de millones de dólares para contratar a más agentes fronterizos e intensificar la militarización fronteriza, reducir drásticamente visas para familiares de inmigrantes legales y sorteo de visas de diversidad para inmigrantes de África, América Central y otras regiones pobres del mundo.

Una parte del plan restauraría el estado de protección, rescindido por la administración, a los inmigrantes de países devastados por la guerra y devastados como Haití y El Salvador. El lunes, el Departamento de Seguridad Nacional anunció que estaba poniendo fin al estado de protección de más de 250,000 salvadoreños que han vivido en los Estados Unidos durante décadas.

“¿Para qué queremos a los haitianos aquí?”, preguntó Trump. “¿Por qué queremos que toda esta gente de África esté aquí? ¿Por qué queremos a todas estas personas de los países shithole?” Agregó, “Deberíamos tener más gente de lugares como Noruega”.

Estas declaraciones produjeron choques en los medios de información y denuncias indignadas de políticos demócratas. La postura de indignación dentro de los medios y el establecimiento político es hipócrita y deshonesto. El problema para la clase dominante es que, una vez más, Trump ha dicho en público lo que muchos en la oligarquía empresarial-financiera y el aparato estatal piensan y dicen en privado.

El arte de la política imperialista estadounidense es encubrir las actividades criminales de la clase dominante de los Estados Unidos en todo el mundo en una retórica humanitaria. La regla es: puedes matar a tantas personas como quieras, siempre y cuando se haga de una manera que rinda homenaje verbal a los ideales democráticos y humanitarios.

Trump, cuyo ascenso al poder es el producto de una guerra interminable y una desigualdad social masiva, prescinde de todo eso. Articula las políticas del imperialismo estadounidense en un lenguaje francamente fascista.

Estados Unidos está ocupado en todo el mundo invadiendo países, matando a sus habitantes y saqueando sus recursos. Amenaza a los países —China, Rusia, Irán, Corea del Norte— con la aniquilación nuclear. Tiene la abrumadora responsabilidad de aplastar la pobreza y la represión en Haití, ya que ocupó el país entre 1915 y 1934 y lo invadió repetidamente desde la última vez en 1996 (bajo Bill Clinton) y en 2004 (bajo George W. Bush).

Lideró la guerra de bombardeos que destruyó Libia y está librando una guerra de drones y una guerra encubierta en Somalia, Níger y otras partes de África.

Ha traído muerte y destrucción a El Salvador, incluso al respaldar a los escuadrones de la muerte en la guerra civil de 1980-1992 que asesinó a decenas de miles de civiles.

Ahora, los demócratas están uniendo esfuerzos con Trump y los republicanos para enviar a los pocos que escaparon de los campos de asesinatos de estos países y buscaron asilo en Estados Unidos para ser brutalizados y asesinados, mientras que sellan la frontera para bloquear a los muchos nuevos refugiados creados por agresión de Estados Unidos al ingresar al país.

Dos cosas exponen por completo la falsedad de la indignación oficial por el arrebato de Trump. Primero, lo hizo en el transcurso de una reunión a la que asistió el senador Demócrata “Whip” Richard Durbin, quien ha estado liderando a los Demócratas en las conversaciones de inmigración. Justo dos días antes, en las pláticas bipartidistas televisadas presididas por Trump, Durbin había sonado: “Nos sentimos honrados de ser parte de esta conversación”. Luego prometió el apoyo demócrata a “una frontera segura en el período estadounidense”.

Segundo, incluso cuando los conspiradores antiinmigrantes se reunían en la Casa Blanca, el Partido Demócrata estaba proporcionando los votos necesarios en la Cámara de Representantes para bloquear cualquier alteración de la ley FISA y extender su Sección 702, que autoriza a la Agencia de Seguridad Nacional a pinchar el teléfono y las comunicaciones electrónicas de millones de estadounidenses sin una orden judicial. Se espera que la ley de vigilancia masiva nacional e internacional atraviese el Senado con similar apoyo demócrata en los próximos días.

El New York Times, que articula las políticas del Partido Demócrata, alabó la votación de la Cámara, escribiendo:

“Efectivamente, la votación fue casi seguramente el final de un debate sobre la vigilancia y los derechos de privacidad del siglo XXI que estalló en 2013 después de las filtraciones del ex contratista de la NSA Edward J. Snowden

Las divulgaciones del Sr. Snowden en 2013 marcaron el comienzo de un período de intenso interés en la vigilancia. Los libertarios civiles y los escépticos conservadores del poder del gobierno trabajaron juntos para presionar por nuevos límites, mientras que las agencias de inteligencia y aplicación de la ley y sus patrocinadores en el Congreso de todas las líneas partidarias —tanto en las administraciones de Obama como de Trump— intentaron mantener la línea”.

Los medios de comunicación, los Demócratas y la clase gobernante en general están preocupados de que los comentarios de Trump puedan socavar un asqueroso “compromiso” inmigratorio y, en términos más generales, sigan desacreditando a los Estados Unidos a los ojos del mundo y del pueblo estadounidense. Son conscientes de cuán débil e inestable es este gobierno. Todo su enfoque es desviar, disipar y sabotear la oposición popular mediante campañas reaccionarias como la campaña anti-Rusia, la caza de brujas #MeToo y la campaña de “noticias falsas” sobre la libertad de expresión en Internet, de modo que para prevenir un movimiento político contra el capitalismo estadounidense.

Los trabajadores y los jóvenes no deberían apoyar a ninguna de las facciones dentro de la clase dominante y el establecimiento político y, sobre todo, no permitir que su oposición a Trump se canalice detrás del Partido Demócrata de derechas. La lucha contra Trump debe librarse como un movimiento independiente y unido de la clase trabajadora, en unidad con las crecientes luchas de los trabajadores a nivel internacional, contra la fuente de la guerra, la pobreza y el racismo: el sistema capitalista.

Joyce: “triste Trieste”

por Higinio Polo //

De los casi sesenta años que vivió, Joyce escasamente pasó doce en Irlanda, esa Irlanda católica y madrastra que ahogaba a sus hijos. Su vida transcurrió en ciudades distintas, vagabundo como Leopold Bloom, jugando con idiomas y palabras, canciones y sonidos. Una de ellas fue Triestre, esa ciudad híbrida y mestiza, siempre frontera, siempre triste.

Concienzudo biógrafo, Richard Ellmann dedicó muchos años de su vida a documentar la vida de James Joyce en Dublín, Trieste, París y Zúrich, y nos dejó muchas páginas de la relación del autor del Ulises con Pound, Shaw, Hemingway, Yeats, Eliot, Woolf, Proust y Scott Fitzgerald, entre otros. Conocemos los menores movimientos de Joyce, sus temores, su desesperada búsqueda de reconocimiento, su afanosa demanda de la libertad artística, de la patria imaginaria de quienes sitúan la literatura por encima de la vida, como hizo el autor del Ulises. Complicado asunto, sobre todo si se recuerda que el propio Joyce, tal vez con coquetería, llegó a decir que en el Ulises no había ninguna línea escrita con seriedad, tal vez recordando a Shandy.

Hay muchas escenas memorables en la vida de Joyce, según nos cuenta Ellmann, sobre todo cuando recordamos lo que aquél nos ha dejado, y procuramos olvidar sus días tristes, que fueron muchos. Señalaré una de esas escenas, algo arbitraria, como tantas cosas de Joyce, rememorada por el escritor argentino Tomás Eloy Martínez, que nos da cuenta de las diferentes versiones del encuentro: al parecer, Joyce y Marcel Proust se encontraron una sola vez en su vida. La versión que más me gusta afirma que el banquero Edmond de Rothschild quería gozar de la conversación de los dos grandes escritores y, así, a iniciativa de ese barón Rothschild, Proust y Joyce fueron convocados a comer en el hotel Ritz de París, allí al lado de donde los comuneros habían derribado la estatua de julio. Por lo visto el encuentro no dio mucho de sí: se redujo a una pregunta de Proust sobre las trufas del banquete (“¿le gustan a usted?”, le diría a Joyce) y una cortés negación del irlandés. Hay otras versiones del encuentro, cuatro o cinco, recogidas por Ellman, que sitúan el encuentro en el hotel Majestic y no en el Ritz, y, también, alguna que nos muestra a Joyce borracho. No importa mucho, aunque sepamos que Joyce tenía un serio problema con el alcohol. En esa escena del Majestic está recogida su contradicción esencial: el autor del Ulises buscaba el reconocimiento, jugaba con la inmortalidad (¡escribía a sus amigos hablando del asunto!), quería verse reflejado en sus pares, pero apenas se encontraba a sí mismo, porque se reconocía en la oscuridad, en la soledad, y, en cambio, en los salones del mundo, sólo podía mostrar una máscara, una coraza como la que armó en su novela, para ocultarse mostrándose.

Nuestro autor ni siquiera numeró los capítulos de su más célebre novela, aunque nosotros los encontremos hoy debidamente ordenados y comentados en secuencias, siguiendo los pasos (apenas guiños) de la Odisea, en otra de sus bromas, por mucho que se empeñara en jugar con misterios, hasta el punto de que el esquema interpretativo que Joyce escribió para sus amigos (lleno de rasgos absurdos, como ese “pene en el baño”, un símbolo que se supone relevante para el quinto capítulo de la novela) se hizo público casi cuarenta años después de la aparición de la novela, cuando el escritor ya había muerto, y sabemos que apenas aporta nada a la comprensión del Ulises.

De los casi sesenta años que vivió, Joyce escasamente pasó doce en Irlanda, esa Irlanda católica y madrastra que ahogaba a sus hijos. Su vida transcurrió en ciudades distintas, vagabundo como Leopold Bloom, jugando con idiomas y palabras, canciones y sonidos, enseñando a otros en oscuras academias, pasando aprietos, exiliado; viendo de lejos las obsesiones de quienes, como W. B. Yeats, querían recuperar supuestas almas de la nación irlandesa, observando con escepticismo los desvelos de quienes dedicaban su vida a la absurda misión de la exaltación de Irlanda, empeñados en realzar las glorias de todo lo irlandés. Ya se sabe que el mundo está lleno de patriotas. Pero, a despecho de nacionalistas, Joyce se marchó pronto de su pequeño país. Primero, a Zúrich; después, a Trieste; finalmente, a París. En Trieste quedó una parte de su vida que ahora es recordada con interés, a veces mercantil.

* * *

Joyce

Trieste es una ciudad híbrida, mestiza. En ella se hablan dos idiomas, y sigue siendo un puerto de salida del imperio austrohúngaro, aunque ese imperio desapareciese tras la Primera Guerra Mundial. Trieste es, también, al menos en parte, la ciudad de Rilke, de Winckelmann, y, claro, de Italo Svevo (aquel Ettore Schmitz que había publicado un par de novelas, Una vida y Senectud, que pasaron desapercibidas, y a quien Joyce, su profesor de inglés, elogió, gesto que estimuló a Schmitz para volver al ejercicio de la literatura, dejándonos La conciencia de Zeno), y de Umberto Poli, a quien el siglo XX conocería como Umberto Saba. A Trieste llegó Winkelmann (que había nacido en Stendhal, el pueblecito alemán cuyo nombre tomó Henri Beyle dispuesto a entrar con él en la historia de la literatura) para morir, aunque no lo sabía. Winckelmann fue asesinado, en 1768, por un individuo llamado Arcangeli, en una posada de Trieste. Goethe nos cuenta que, en 1786, recorrió Roma con la Historia del arte de Winckelmann en las manos, treinta y un años después de que lo hiciera el historiador, y evoca su muerte al consignar los asesinatos que ocurren en el barrio donde se hospeda. Trieste es una ciudad mediterránea, racional, provinciana, y algo triste. En esa triste Trieste se instala Joyce, casi por casualidad.

Como si fuera una maldición, Joyce vive durante años en esa ciudad, Trieste, que hoy está llena de calles con nombres de patriotas triestinos (que ya es ser patriota): casi huyendo de los nacionalistas irlandeses, se topa con los adriáticos. A Trieste llega con su mujer, Nora Barnacle, con quien viviría toda su vida. Una Nora, mujer limitada y sencilla, que no comprendía la obsesión de su marido por esa entelequia que es la literatura, y cuyas páginas ni siquiera intentó leer. En Trieste, Joyce no consiguió tener nunca una posición desahogada, aunque pudo ir comiendo, y, al menos, puso distancia del catolicismo y del nacionalismo irlandés que todo lo contaminaba (aunque no por ello Joyce dejó de apoyar al Sinn Fein en algunas ocasiones), y se alejó del viejo Dublín donde, como dice Ignatius Gallaher en Dublineses, “nadie sabe nada de nada”, seguramente para entender mejor la ciudad, porque si bien Joyce rehuía el nacionalismo, Dublín fue el centro de su vida, la obsesión de sus páginas, el centro de sus palabras, el objeto con que deformar el mundo para dotarle de un nuevo sentido y una mirada distinta. Casi podemos decir que Dublín existe por Joyce.

De hecho, Joyce fue primero a Zúrich, en septiembre de 1904, donde pensaba trabajar en una academia de idiomas; después, a Pola (una ciudad que tiene la costumbre de cambiar de país: cuando Joyce llegó a ella, era una localidad del imperio austrohúngaro, que después se hizo italiana, más tarde yugoslava, y, en nuestros días, eslovena: hasta nueva orden), y, al fin, a Trieste. Vive en Trieste desde 1905 hasta 1915, y allí nacen sus hijos, Giorgio y Lucia, con quienes hablará siempre en italiano, y después se instala en Zúrich (donde conoce a Lenin, siempre los bolcheviques en medio de todo), durante los años de la gran guerra. En 1914 Joyce había publicado Dublineses, su tercer libro, y empieza a ser conocido, con reparos, y, además, entra en su vida Ezra Pound, que le brindará un estímulo importante para seguir escribiendo, al igual que hizo Harriet Shaw Weaver, una mujer que siempre lo ayudó. Tras la catástrofe de la guerra, Joyce vuelve a Trieste en 1919, pero la ciudad ya no es el principal puerto del Imperio austrohúngaro, sino una ciudad italiana, que el escritor abandona de nuevo en 1920, para no volver. Se instala entonces en París (con algún paréntesis, como su estancia en Londres en 1922), y allí vivió hasta la llegada de los nazis. Quien desdeñaba la política, como Joyce, se vio obligado a huir por ella. En ese 1922 se publica el Ulises, no sin dificultades, como se sabe: incluso Virginia Woolf se negó a participar en la edición y la impresión del libro; aunque finalmente Sylvia Beach se hizo cargo de la publicación.

Así que no es extraño que, mientras yo buscaba el rastro de Joyce en Trieste, callejeando bajo la lluvia, recordase su domicilio de París. Estaba en el número 71 de Cardenal Lemoine, muy cerca de donde vivió Hemingway. Allí, cerca de la plaza Contrescarpe, se inicia un callejón, casi siempre cerrado con una reja que hace la función de puerta. Dentro del callejón se ve un largo muro de piedra, a la izquierda. Cuando termina, se abre una explanada recoleta que cuenta con edificios de distintas alturas. Las casas tienen una letra para que puedan diferenciarse entre sí, y hay un grupo de árboles en el centro. Nada recuerda a Joyce. Pero volvamos a Trieste, para encontrarnos con él. (Los aficionados a la precisión biográfica pueden seguir el itinerario de las casas donde vivió Joyce en la ciudad italiana, censo que elaboró la Università degli Studi di Trieste, a saber: primero, Joyce vive en la Piazza Ponterosso 3, tercer piso, en marzo de 1905; después, en via San Nicolò 30, segundo piso, entre mayo de 1905 y febrero de 1906; luego, en Via Giovanni Boccaccio 1, segundo piso, desde febrero a julio de 1906 -en ese momento se marchó a Roma, donde vivió desde julio de 1906 hasta febrero del año siguiente-; más tarde, en Via San Nicolò 32, tercer piso, entre marzo y noviembre de 1907; aún, en Via Santa Caterina 1, primer piso, desde diciembre de 1907 hasta abril de 1909; y en Via Vincenzo Scussa 8, primer piso, entre marzo de 1909 y agosto de 1910; Via Barriera Vecchia 32, tercer piso, donde vive desde agosto de 1910 a septiembre de 1912; Via Donato Bramante 4, segundo piso, entre septiembre de 1912 y junio de 1915; y, finalmente, en Via della Sanità, 2, tercer piso, entre octubre de 1919 y junio de 1920). Todo está documentado.

Fui primero a ver la calle Armando Díaz, tal vez porque fue su última morada en Trieste. En la Via Armando Díaz, que antes se llamaba Sanità, vivió en el número 2, en el tercer piso, como un oscuro escritor irlandés que mantenía a su familia con clases de idiomas. El de Armando Díaz, o Sanità, es un gran edificio, oscuro, con una enorme puerta de entrada y tres balcones encima, uno en cada piso, excepto en el último. Todos los balcones tienen un mástil, y el edificio parece casi abandonado, o apenas con algunas oficinas enmohecidas, sumergidas en la penumbra y el polvo. Aquí, Joyce compuso los capítulos XIII y XIV del Ulises. ¿Qué dicen esos capítulos? El primero, XIII, transcurre entre las ocho y las nueve de la tarde, cuando anochece en Dublín, habla de una jovencita y, además, seguimos los pensamientos de Leopold Bloom. El segundo, XIV, transcurre entre las diez y las once de la noche en la Maternidad, a donde Bloom llega para ver a una parturienta. Puntilloso en los detalles, Joyce contrajo esa manía de documentar los hechos más nimios, que es antigua. Por eso era capaz de iniciar una correspondencia agotadora para enterarse del color que tenía una puerta de Dublín, o sobre la existencia de una enredadera, o la situación de unos escalones, o cualquier chisme sobre la Maternidad, en ese día de 1904 en que el escritor nos muestra a sus personajes.

Joyce, jugando con el tiempo vital y literario, mezclando todo lo que quiso, recurriendo al cajón de sastre de la memoria caótica y sentimental, construye esa novela que casi estaba terminando en la calle de la Sanità (el Ulises tiene dieciocho capítulos, aunque, como se ha dicho, Joyce no los numeró cuando se publicó el texto), y que iba a publicarse en 1922, en plena resaca de la gran guerra, cuando Joyce vivía ya en París y empezaban a mostrarse los camorristas del fascio y hasta los nazis.

Después siguió viviendo en París, y cuando su hija Lucia ingresó en un manicomio después de la ocupación nazi de la capital francesa, sonó el momento del exilio final: sería en Zúrich, donde Joyce murió en enero de 1941. Su hija Lucia, que había nacido en un pabellón de pobres en un hospital triestino, morirá muchos años después, en 1982. En esos años veinte Trieste ya quedaba lejos para Joyce, pero buena parte de la novela la escribió allí.

Para ir a la calle Bramante, donde también vivió, subí por la Via San Michele, que antes se llamaba Felice Venezian. La calle, que asciende trabajosamente hacia la parte alta de la ciudad, es una vía muy inclinada, fea, oscura, casi sin comercios, apenas con algún negocio de anticuarios, y con los edificios desconchados y sin pintar, igual que debían estar hace un siglo, cuando Joyce la recorría. En el número 4 de Donato Bramante, Joyce vivió durante más tiempo que en ningún otro lugar de Trieste: aquí residió entre 1912 y 1915. Mientras vivía en ese apartamento publicó Gente de Dublín, terminó Dedalus, escribió el drama Esuli, y empezó a escribir el Ulises. La casa tiene una entrada convencional, con unas baldosas en el zaguán que componen un ajedrezado oblicuo, y una modesta escalera. Al lado de la entrada han puesto un bar que se anuncia como buffet y al que han bautizado como A la scaletta Joyce. El espíritu mercantil lo devora todo.

Bramante es una calle concurrida, con tráfico, y, encima del restaurante, vi en una placa una leyenda que recoge una nota escrita por Joyce el 16 de junio de 1915: “He escrito alguna cosa. El primer episodio de mi nueva novela Ulises está escrito.” Para ello, reciclaría algunos materiales, mientras seguía pensando en Dublín. Stephen Dedalus, que aparece en el Retrato del artista joven (o adolescente, como quiso Dámaso Alonso) y en Ulises, es un reflejo distorsionado del propio Joyce, que nos muestra en ese armazón desgarrado de su mayor novela la oscura ciudad irlandesa (“Querida sucia Dublín”, destaca en un fragmento) y su propia vida, utilizando todo tipo de materiales, recursos, amarrando un desfile, ahogando (a veces, en apresuradas y prescindibles líneas) la anatomía incierta de un mundo que cambiaba reflejado en esa ciudad a la que volvía obsesivamente en sus libros, aunque él mismo no regresase nunca, a excepción de algún viaje apresurado. Joyce vivía en el segundo piso de Bramante, justo encima de la placa que hoy nos recuerda al escritor, aunque alguien que pasa me dice que, en realidad, vivía más hacia el centro del edificio. No importa.

En la Via Alfredo Oriani, vivió Joyce en el número 2. Antes se llamaba Barriera Vecchia, y el mismo portal que ahora lleva el número 2 era entonces el 32. El escritor vivió aquí entre 1910 y 1912, en el tercer piso. Tiene una oscura entrada, con la mitad ocupada por una pequeña tienda, como los zaguanes de la posguerra española, con tablas de madera cubriendo los cristales del aparador. Allí mismo, en el número 2, está la farmacia de G. A. Picciola, propietario del apartamento: Joyce no le pagaba el alquiler y Picciola lo desahució. En ese momento, Joyce pudo salir de la difícil situación gracias a la ayuda de su hermano Stanislaus. Triste Trieste, Tristram, de donde saldrá cuando se inicie la guerra en 1914, el mismo año en que publica Dublineses, que tradujo para nosotros Cabrera Infante, y que se convertiría en la última película de John Huston. (Disculpen ustedes, pero es curioso: su primera obra fue El halcón maltés, y la última, Dublineses.)

Después, entré en la pastelería Pirona, en el Largo Barriera Vecchia, 12, uno de los lugares predilectos de Joyce. Dentro, declaran en un diploma que allí hacen el mejor chocolate de Italia. No es poca cosa. Es una agradable pastelería, con estanterías de madera y un reloj incrustado en ellas. Tienen unos cubiertos antiguos, y el lugar obliga a permanecer de pie: no hay mesas, ni sillas, sólo el mostrador de madera y vidrio. Tienen un cartel que prohíbe fumar “para mantener el aroma de la pastelería”. A Joyce le gustaban mucho los pasteles de la tahona, y podemos imaginarlo comprando masitas de harina y crema mientras daba vueltas en el caótico laberinto del Ulises y pensaba en su precaria economía.

Piazza della Borsa, Trieste.

Allí cerca, en Saba 6, está la casa donde vivía el conde Francesco Sordina, que fue discípulo y alumno de Joyce, además de gran admirador suyo. Ahora, en el segundo piso, casi todo el espacio está ocupado por Forza Italia, ese inquietante partido de Berlusconi. En el número 1 de la plaza Carlo Goldoni, en el palacio Tonello, estaba el diario Il Piccolo, tan importante para Trieste y para el propio Joyce. Y en el número 32 de San Nicolò estaba la Academia Berlitz, donde impartía clases de inglés; entre otros alumnos, a Italo Svevo. Allí empezó a trabajar Joyce, en 1905, y pudo ir comiendo, no sin estrecheces. A partir de 1907, el escritor irlandés vivía en el segundo piso del mismo edificio: de manera que ¡iba a trabajar sin salir de su escalera! Hoy es un edificio que alberga una tienda de muebles. También vivió Joyce al lado, en el número 30, en el segundo piso, en un edificio donde trabajó también Umberto Saba.

Fui después a la bolsa. En el número 12 de la Piazza de la Borsa estaba el Cinema Americano, de Giuseppe Caris, de quien salió la idea para crear el cine Volta de Dublín, asunto que entusiasmó a Joyce hasta el punto de convertirse en promotor. El cine Volta fue el primero de la ciudad y de Irlanda (y, en su inauguración, se pasó una película sobre Beatrice Cenci, el personaje de Stendhal: ya ven ustedes que todo encaja, desde Winckelmann a Henri Beyle), y la iniciativa llevó a Joyce a volver a su ciudad, aunque al final el proyecto fracasó. Es probable que el escritor hubiera hecho dinero con el asunto, pero el cine Volta cerró a los pocos meses, no sabemos si porque el catolicismo irlandés era reacio a las novedades. Allí mismo, cerca de donde estaba el Cinema Americano triestino, en la sala de Bolsa, que está en el número 17, Joyce dio en 1907 una conferencia titulada “Irlanda, isla de los santos y de los sabios”.

Me acerqué, incluso, a un lugar más secreto de Trieste: hasta el número 7 de la calle Pescheria, para ver una casa de cuatro plantas, donde había una casa de tolerancia, como las llamaban antes, que frecuentaba Joyce. La vía es un callejón angosto, y, aunque está cerca de la plaza de la Bolsa y del centro elegante de Trieste, es un pasaje sórdido, casi sin luz. Hoy el edificio está arruinado, aunque, al parecer, siguen viviendo algunos vecinos. Tal vez estaba así en los días de Joyce, desconchada y decrépita, adecuada para comercios infames. No era la primera vez, ni mucho menos que el escritor visitaba un lupanar: también lo había hecho en París, cuando todavía era un joven veintiañero. Podemos imaginarlo recorriendo burdeles y esquinas, para después dejarnos sombras y caricias convertidas en expresiones literarias o en miradas estrictas en el Ulises.

* * *

Asqueado del catolicismo, tal vez porque estudió con los jesuitas, ese Joyce que tuvo que escribir un esquema para que sus amigos entendieran el Ulises, y que, ochenta años después, sigue dando trabajo a los especialistas que buscan, que rastrean las menores referencias literarias o los juegos, las bromas y guiños absurdos que introdujo en la novela, a la manera de Sterne, que sigue haciéndonos leer las páginas que sobran en su novela, muy numerosas; que continua jugando con nosotros incluso con su insistencia en el arbitrario parentesco con la Odisea, que ha introducido para siempre el monólogo interior que tomó de Edouard Dujardin; ese Joyce, fue un hombre que se sintió atraído por el movimiento obrerista que preconizaba un nuevo mundo que se iba a verter en el socialismo, aunque después la vida y la experiencia (marcando a fuego y en silencio su propia existencia) le hizo desconfiar de la política y, ay, de los propios seres humanos. Empeñado con el alcohol, progresivamente ciego, soportando intervenciones quirúrgicas que no resolverían sus problemas, murió cuando contaba cincuenta y nueve años, lejos de Irlanda y de sus fantasmas.

El 4 de junio de 1904 (día en que transcurre el Ulises, en Dublín, de la mano de esos tres escuetos personajes: Leopold y Molly Bloom y Stephan Dedalus, y cuya jornada fue considerada obscena en los Estados Unidos, hasta el extremo de prohibir el libro, e incluso de quemar algunas de las ediciones) se ha convertido hoy en ese Bloomsday o excursión para caníbales de la literatura y devoradores de vísceras, y, casi, en el único día de la vida de Joyce. Dublín y la palabra son los grandes protagonistas de sus obras, y, así, Joyce, sigue enredando con un pasado que no puede cambiarse y un futuro que se adivinaba oscuro, porque el presente nunca existe, a pesar de las evidencias, como hizo; soportando su visión del escritor en un mundo capitalista que corrompía y prostituía el arte y la literatura, desconfiando de la capacidad humana para evitar la catástrofe, dejando atrás esa confianza que le llevó a una particular, aunque confusa, defensa del socialismo, basada en la experiencia de quienes como él se veían condenados a la oscuridad y la pobreza; mientras nosotros seguimos viendo a Joyce buscando, rebuscando en la palabra, en la nocturna Dublín empapada en el estanque negro frente al mar de Irlanda, sellando la doliente condición humana en la copiosa jornada a la que dedicó su vida, recorriendo los callejones y deteniéndose en una pastelería, inmerso en la delicada y rota, áspera armadura de su novela, vagando por la triste Trieste.

Texto publicado originalmente en el nº 234-235 de El Viejo Topo, nº 234-235, julio 2007

Los triunfos y derrotas de las izquierdas chilenas

por Ibán de Rementería //

Las pasadas elecciones, con el triunfo parlamentario de las izquierdas en la primera vuelta y su derrota presidencial en la segunda vuelta han generado entre sus dirigentes,  militantes, intelectuales y opinólogos muchos desconciertos y críticas a terceros, así como pocas autocríticas. Seguir leyendo Los triunfos y derrotas de las izquierdas chilenas

El PEM: La esclavitud durante la Dictadura

por Gustavo Burgos //

Se recuerda la expresión PEM (Programa de Empleo Mínimo) como quien recuerda una figura demoniaca de la infancia. Fue un plan creado por el Ministerio del Interior en 1974 en Chile y puesto en práctica en marzo de 1975, bajo la dictadura de Pinochet. Fue considerado como “un subempleo institucionalizado, mediante programas especiales de absorción de mano de obra.” Seguir leyendo El PEM: La esclavitud durante la Dictadura

Ahed Tamimi, el nuevo rostro de la resistencia palestina

Por Ernesto J. Gómez//

Un tribunal militar del régimen sionista imputó 12 delitos a la adolescente tras el incidente en que abofeteó a un terrorista del ejército sionista.

De cabello enrulado, delgada y aguerrida, esa es la imagen de Ahed Tamimi, la joven de 16 años arrestada por el ejército de Israel desde hace dos semanas que se ha convertido en un símbolo de la resistencia palestina.

Un tribunal militar israelí imputó 12 delitos a la adolescente tras el incidente en que abofeteó a un soldado del ejército sionista después de que este entrara al patio de su casa.

Gracias a que su familia filmó los acontecimientos, las imágenes de su resistencia dieron la vuelta al mundo.

Tamimi es una de las tantas menores de edad arrestadas por el ejército sionista con el propósito de ser «interrogadas» sobre supuestas actividades ilegales. Portavoces del ejército confirmaron que sobre Ahed pesa la acusación de «agredir a un soldado».

«Ella discutió con las Fuerzas de Defensa sionistas porque le habían disparado a su primo Mohammad, de 15 años», según contó su padre. La versión israelí es que estaban «tirando piedras».

Según el Comité para Asuntos de los Presos Palestinos, el número de palestinos detenidos por las fuerzas de seguridad israelíes, desde que el presidente estadounidense Donald Trump declarase a Jerusalén como capital de Israel el 6 de diciembre pasado, se elevó a 610, entre ellos 170 menores.

La joven vive en Nabi Saleh, a 20 kilómetros de Ramallah, en la Cisjordania ocupada. Asegura que quiere que los vean como luchadores, no como víctimas. «Ahed dice que hace lo que cualquier niño palestino, pero ella es filmada», expresó su padre a través de una nota en el diario Haaretz.

«Yo no quiero que me identifiquen como víctima, y no le voy a dar a sus acciones el poder de definir quién soy y seré. Yo elijo decidir por mí misma como ustedes me verán. No queremos su apoyo por unas lágrimas fotogénicas, sino porque elegimos la lucha y la lucha es justa. Esta va a ser la única forma que dejaremos de llorar algún día», escribió el padre reproduciendo palabras de Ahed.

Tamimi ya es una heroína internacional de la causa palestina y luego de su detención también apresaron a su madre y prima.

El arresto de la familia Tamimi fue como el fuego que esperaba la pólvora dormida de la comunidad internacional para reaccionar. Desde hace días están inundadas las redes sociales de mensajes que piden la liberación de madre, hija y prima, bajo las etiquetas #FreeAhedTamimi y #LibertadAhedTamimi.

El presidente palestino, Mahmud Abás, llamó al padre de Ahed, Basem Tamimi, y elogió a la familia por «el papel clave» en las protestas que se realizan en su pueblo contra la ocupación israelí y los asentamientos, según un comunicado oficial.

«No puedo pensar en el futuro porque me lo impide la ocupación israelí. Cuando iba a jugar por las calles, el ejército entraba y comenzaba a disparar», expresó la joven.

La campaña internacional por la liberación de Ahed Tamimi es una nueva bandera contra la política imperialista en Medio Oriente y pone en evidencia los crímenes cometidos por el régimen sionista.

Texto completo en: https://www.lahaine.org/ahed-tamimi-el-nuevo-rostro

Del trotskismo peruano: contribución a un balance del Morenismo

por Sergio Bravo // 
El morenismo es una de las principales corrientes centristas tradicionales que se reivindican trotskistas. Aparecida durante los años ‘50, se sumó a la creación oportunista del llamado Secretariado Unificado de la IV Internacional en 1963. Este es un texto acerca del morenismo en los años ’80.
Los años ‘80 y la creación del MAS argentino
Durante los años ‘80, Moreno y el morenismo insistieron en caracterizar la situación en Argentina como revolucionaria, pero sin embargo su política nunca fue coherente con esta caracterización.
Entre 1982 y 1983 se vivía un período de ascenso de masas, que hacía evidente el declive del régimen militar. Cercado por las movilizaciones, el régimen abre la posibilidad de legalización de los partidos políticos. En ese contexto, el PST – LIT, que proclamaba “la revolución socialista está en marcha”, termina definiendo que la participación en las elecciones convocadas es su objetivo principal, y tal como el resto de los partidos del movimiento obrero, hizo de las elecciones el eje de toda su política. 
Para poner en práctica esa línea electoralista, el PST se disuelve en una nueva organización. Una organización no trotskista, sólo “socialista”, con un carácter de frente de todos aquellos que se reivindicaban así. De esta forma nació el Movimiento al Socialismo (MAS). Desde años atrás, el PST llamaba a todos los “socialistas” a unirse en un solo partido y hasta Felipe Gonzáles fue invocado como posible coadyuvante de ese proceso. De hecho el MAS comenzó a publicar su semanario “Solidaridad Socialista” (con el mismo logo que el movimiento “Solidaridad” de Walesa), buscando convencer a figuras socialdemócratas para sumarse a la unidad de los “socialistas”. 
El Primero de Mayo de 1983, el MAS publica su manifiesto programático. El manifiesto se llamaba “Conquistemos nuestra Segunda Independencia”, y hablaba de “…una nueva gesta independentista. Igual que la primera, la de San Martín, Bolívar y Artigas…”, y de “un frente internacional de deudores” para “suspender el pago de la deuda externa”. En cambio, no planteaba la expropiación de la burguesía, ni la destrucción del Estado burgués para reemplazarlo por la dictadura del proletariado. Según su propia definición, el MAS resulta heredero de los fundadores de los estados oligárquicos criollos, pero no de Marx, Engels, Lenin y Trotsky. Coincide con los reformistas en reclamar un estado burgués “independiente” del imperialismo. Se suma a la campaña impulsada por Castro, que no llama a desconocer la deuda externa, sino a exigir su suspensión temporal.
Esas eran las consignas que el MAS levantaba para una “Argentina Socialista”, y no las demandas transicionales anticapitalistas. Un socialismo al que no se avanzaría luchando por el programa revolucionario del trotskismo, sino por demandas como “la inmediata convocatoria al Congreso de 1976, que elija a un gobierno provisional y llame a elecciones sin proscripciones o estado de sitio”. Así el MAS termina siendo un gran defensor de los parlamentarios del que había sido el gobierno reaccionario y masacrador de Isabel Martínez de Perón. En el plano internacional se convierte en ferviente partidario de la política del FMLN, de los ayatolas iraníes, y promotor de la fusión de los estados estalinistas ruso y chino.
En octubre de 1983 es elegido Alfonsín, un representante genuino de la burguesía argentina, que busca estabilizar el país en beneficio del conjunto de su clase. En esas elecciones, el MAS y su política electorera cosechan un descomunal fracaso. A pesar de ello, su caracterización de la situación política no refleja la realidad. Sin poder dual en ciernes, sin que el morenismo dirija a sectores de las masas, y con semejante orfandad electoral, el MAS y la LIT no dudarán en calificar al nuevo gobierno de “kerenskista”, asimilándolo a las circunstancias revolucionarias vividas durante 1917 en Rusia.
Una visión ultraizquierdista de la situación mundial, pero una política oportunista
El fracaso electoral del MAS también se extendió a su condición orgánica, pues las dimensiones del partido no se diferenciaban mayormente de las del primigenio PST. Siendo así, recuperar la identidad “trotskista” fue sencillo, no constituyó un problema, pero la política llevada adelante continuó sin serlo. En las nuevas elecciones de 1985, el MAS no presentó sus propias candidaturas, sino que formó con el PC estalinista y con burócratas y dirigentes peronistas, el “Frente del Pueblo, del peronismo de los trabajadores con la izquierda”, el FREPU. El programa de este Frente sólo planteaba realizar reformas al Estado, como nacionalizaciones sin expropiación, una reforma agraria mediatizada y una moratoria de la deuda externa durante algunos pocos años. Uno de sus lemas era “Democracia con Justicia Social”. Es decir, un programa típico del nacionalismo burgués y del reformismo, para una alianza encabezada por candidatos peronistas.
En 1987, cuando el gobierno de Alfonsín se vio amenazado por el golpismo, recurrió al apoyo de todos los partidos burgueses y pro-burgueses, mediante la firma de “actas democráticas”. En estas actas se defendía al estado burgués y eran una reedición de los acuerdos firmados en 1974 por Perón y la oposición, incluyendo al PST. El MAS firmó algunas de estas actas a nivel provincial, pero finalmente no el Acta nacional. De esta forma el frente con el reformismo y el nacionalismo se deshizo, pero sólo para volver un año más tarde con el nombre de Izquierda Unida.
Mientras tanto, una reunión del Comité Ejecutivo Internacional de la LIT, en abril de 1988, se reafirmaba en que “Argentina era el eje central de la revolución mundial”. Este era, obviamente, un diagnóstico sobredimensionado y nacional-trotskista. Ni en Argentina, ni en gran parte de América Latina, los ascensos de masas de finales de los años 80 tuvieron la envergadura de los de la década anterior, o de los que ocurrían en otros lugares del mundo. El exitismo, el análisis ultra-optimista, ha sido uno de los rasgos del morenismo desde aquella época, simultáneamente al oportunismo electorero. La fraseología ultra-revolucionaria cubría así su política oportunista.
Para Moreno y la LIT, el planeta vivía durante los años 1980 una situación revolucionaria y mientras tanto su corriente aplicaba una política oportunista. Pero esa caracterización de la situación se extendía más allá de sólo lo relativo a la década. El morenismo defendía que desde 1943 se experimentaba una “colosal revolución socialista a escala mundial”, con “grandes triunfos revolucionarios”. Esa era la evaluación que el morenismo hacía de las décadas de creación de los estados estalinistas, de los gobiernos nacionalistas burgueses reaccionarios y de los brutales aplastamientos de los ascensos de masas por el imperialismo y las burguesías semicoloniales. Moreno llega a afirmar que la situación durante los 80 es “una situación revolucionaria más grande que la de 1915”.
 
La Izquierda Unida con el estalinismo argentino   
A pesar de todas esas teorizaciones que deberían haber implicado una política obrera revolucionaria, el 3er. Congreso del MAS sostiene sin embargo, en junio de 1988, que una curiosa “revolución anticapitalista y democrática” se estaría produciendo en Argentina. Por lo tanto, en octubre, el MAS vuelve a levantar otro frente político con el PC: Izquierda Unida. El programa de IU no habla de gobierno obrero, de consejos obreros, ni de socialismo. Tampoco de expropiación sin pago, control obrero, ni siquiera de escala móvil de salarios; pero sí de “política exterior independiente” y de “segunda independencia latinoamericana”, y a pesar de ello, la LIT lo califica de “programa obrero, antiimperialista y anticapitalista”. El candidato presidencial de IU era Néstor Vicente, un izquierdista burgués con larga trayectoria en tales partidos, que hizo su campaña en base a sostener reiteradamente que había que afirmar y democratizar el Estado burgués. Cuando en enero de 1989 un grupo de foquistas asaltó el cuartel militar de La Tablada y fueron aniquilados, Vicente no cejó de equiparar y denunciar por igual a ambos bandos, a los militares y a los guerrilleros.
Izquierda Unida no fue empero un caso argentino aislado. Estas alianzas frentepopulistas se constituyeron también en otros países sudamericanos, siempre con el objetivo de “profundizar la democracia”. En el Perú, donde tuvo gran importancia (el propio mandelismo se disolvió en ella), IU sostuvo al Estado burgués en crisis, saboteó la formación de organismos de poder proletario y apoyó la represión militar contra las guerrillas maoísta y guevarista. El PST peruano llamaba a luchar por un gobierno de Izquierda Unida y a integrar sus listas de candidatos, y también en Bolivia el morenismo llamó a votar por esa misma opción. El PST, que había ignorado la situación revolucionaria vivida en el Perú entre 1977 y 1980, descubrió más tarde que la situación revolucionaria de fines de los años 1970 aún no concluía hasta inicios de los años 1990 (!), y en Colombia hicieron un diagnóstico semejante. 
En mayo de 1989, el peronista de derecha Menem obtiene una aplastante victoria electoral. A fin de mes ocurre en Rosario un desborde de masas empobrecidas, que saquean, destruyen comercios, y se enfrentan a la represión. El espontaneísmo de la LIT califica esto de “insurrección popular victoriosa”, y determina que en Argentina, “la revolución socialista ha empezado”. Otra vez la LIT inventa un “Kerenski”, que en esta oportunidad sería Menem. Para la LIT, la toma del poder por el MAS era inminente, pero sin embargo en la situación argentina ni siquiera se generaban soviets…. 
Ese mismo año, la Conferencia Mundial de la LIT aprueba el documento “La Situación Mundial”, en el que afirma que “el ascenso revolucionario mundial es tan poderoso, que el frente contrarrevolucionario mundial está fracasando. Ya está en crisis económica, política y militar.” Esto se escribía nada menos que luego de una década de derrotas, como la de la revolución política en Polonia, la de los mineros británicos en 1985 o la consolidación de la política imperialista en Centroamérica. En la misma línea de abierta contradicción entre análisis y práctica, ya a inicios de la década el morenismo se había revelado como el campeón del apoyo a la dirección reaccionaria de Solidaridad en Polonia. La consigna agitada fue “Todo el poder a Solidaridad”. En su búsqueda oportunista de sustitutos al partido revolucionario trotskista, la LIT cortejó especialmente a un ala restauracionista como “Solidaridad Combatiente”, y calificó de “trotskizante” al pro-burgués Partido Socialista Polaco por la Revolución Democrática (PSP-RD), que reivindicaba al viejo PSP socialdemócrata. 
Todo su análisis ultraizquierdista no impediría a la LIT sin embargo militar a favor de la reunificación burguesa de Alemania. Al mismo tiempo, en 1990, el Comité Ejecutivo Internacional de la LIT sostenía que en la URSS y Europa del Este, los trabajadores “pronto van a estar en capacidad de imponer su poder”, y su Congreso Mundial de mayo proclamaba “la hora del trotskismo ha llegado”. Al año siguiente (agosto 1991) la dirección morenista considera al movimiento reaccionario de Yeltsin “un gran triunfo revolucionario”; el mismo Yeltsin que dirige la restauración del capitalismo y que meses más tarde, en el Año Nuevo de 1992, lanzaría un aplastante “shock” económico contra las masas. Toda su ilimitada confianza en el proceso objetivo de las masas, su espontanéismo y su visión ultra-exitista de los acontecimientos, sólo llevaron a la LIT a capitular ante cualquier dirección ajena a los objetivos de la revolución política antiburocrática y a los objetivos revolucionarios del proletariado internacional.    
La teoría del “Frente Único Revolucionario” como sustituto del partido revolucionario
La concepción que arrastraba Nahuel Moreno a lo largo de su trayectoria, según la cuál la revolución proletaria requiere de la creación de un gran partido centrista legalizado, finalmente cristaliza en la teoría del FUR. Por propia definición el morenismo entiende el FUR como “una etapa transitoria hacia el partido revolucionario de masas”. Una etapa de “acuerdos organizativos-programáticos” para la construcción de partidos revolucionarios de masas que “puede que no sean trotskistas o donde los trotskistas no tengan la mayoría”, pero que “van a ser organizaciones semi-trotskistas que pueden evolucionar hacia el trotskismo”. En resumen, el morenismo plantea la liquidación estratégica – programática y orgánica – de los trotskistas, en un partido consensuado con el centrismo y el reformismo radical. El FUR no es una táctica de frente único de clase, donde los revolucionarios mantienen su independencia programática y orgánica, ni es tampoco un partido con un programa revolucionario. Es una particular estrategia de capitulación que ya en los años 1960 y 1970 el morenismo había practicado con su orientación hacia el castrismo, hacia el nacionalismo pequeñoburgues y hacia diversos reformismos. La adaptación oportunista a fuerzas ajenas a la revolución proletaria fue siempre una característica morenista.
Algunos casos latinoamericanos fueron ilustrativos del “frente único revolucionario”. En Colombia, la tendencia sindical “A Luchar”, dirigida por el castrismo, fue calificada por Moreno como el “frente sindical revolucionario más acabado y estructurado”. El Congreso Mundial de la LIT, en 1985, determinó que el PST colombiano debía dejar de publicar su prensa y cerrar su local central, con el fin de transformar “A Luchar” en partido revolucionario. Sin embargo las organizaciones guerrilleristas que dirigían esta corriente sindical no lo permitieron, a pesar de todas las ilusiones que la LIT había sembrado en ellas. En México, el morenismo se fusiona con una organización a la que califica de “centrista de izquierda”, para organizar el Partido Obrero Socialista – Zapatista (POS – Z). Nada sorprendente este nuevo zapatismo si en el pasado el morenismo fue peronista en Argentina y sandinista en Nicaragua. 
En Argentina, por los mismos años 1980, Moreno sostenía que las listas sindicales en que participaban el MAS, con militantes del PC, del peronismo y de otro partido burgués como el Intransigente, eran el embrión hacia un partido revolucionario de masas. En Bolivia consideraron FUR a la dirección de la confederación campesina CSUTCB. Cuando esta cúpula sindical proyectó organizar un “partido indio”, el morenismo la apoyó e incluso editó su órgano “Pututu”; pero ya entre 1978 y 1980 el morenismo había sido sucesivamente entusiasta de las organizaciones estalinista, socialdemócrata y nacionalista de Motete Zamora, Marcelo Quiroga y Lechín Oquendo. En 1983 todavía reivindicaba el programa reformista de Quiroga y más adelante llamó a crear un partido de quienes estuvieran “por un gobierno de la COB”, es decir de la burocracia reformista.      
La teoría del FUR llegó como una condensación de la trayectoria oportunista del morenismo. Esta empezó con su militancia de los años 1950 “bajo la disciplina del General Perón” (como proclamaba su periódico Palabra Obrera), compromiso justificado por su caracterización del peronismo como “frente único anti-yanki”; continuó con su afiliación al Secretariado Unificado pablista y sus veleidades pro-maoístas y pro-foquistas de los años 1960; prosiguió en los 1970 con la negativa a caracterizar como frentes populares a la Unidad Popular chilena o al Frente Amplio uruguayo, a fin de insertarse en ellos; y llegó a los 1980 con la cadena de oportunismos ya descritos en este documento. 
Sin embargo, éstas no serán todas las capitulaciones lideradas por Moreno. En sus últimos años, mientras Moreno identificaba “direcciones independientes” con las que había que unificarse, descubría también “naciones independientes” – como Libia o Nicaragua – que jugaban un rol progresivo particular por su enfrentamiento con el imperialismo. Es decir que ciertas burguesías, a fin de cuentas, podían reemplazar al proletariado en su misión revolucionaria histórica. Y más aún, los revolucionarios no debían detenerse ni siquiera ante la posibilidad de practicar un bloque militar con un bando imperialista: Moreno había llegado a la conclusión de que los trotskistas tenían que haber luchado codo a codo con los imperialismos “democráticos” durante la Segunda Guerra Mundial. Nuevas teorías revisionistas venían así a reconfirmar la pulverización de la política de independencia de clase y de la política de construcción del partido obrero revolucionario, por el oportunismo morenista.  

2018: el mundo al revés

por Alan Woods //

Donald Trump dio la bienvenida al Año Nuevo a su manera inimitable: rodeado por su clan social y político en los alrededores opulentos de su exclusivo club Mar-a-Lago en Florida, acompañado por un grupo representativo de todos los segmentos de la sociedad estadounidense, desde estrellas de cine a multimillonarios.

“Será un 2018 fantástico”, aseguró Trump a sus invitados, cuando ingresó en el salón de baile dorado de Mar-a-Lago, escoltado por la sonrisa permanente de la primera dama, Melania Trump, y el muñeco de sastre que es su hijo Barron, y predijo que el mercado de acciones continuaría creciendo y los negocios llegarían a Estados Unidos en “un abrir y cerrar de ojos”.

Todo esto fue música para los oídos de sus adinerados invitados que están babeando ante la perspectiva de las jugosas ganancias y los recortes de impuestos que generosamente su héroe se comprometió a ofrecer. Fue una escena verdaderamente inolvidable digna de una secuencia de El Padrino.

El año 2017

Sin embargo, antes de dar la bienvenida al nacimiento del Año Nuevo, examinemos primero el anterior con rigurosa atención. “Creo que este año es probablemente el año con mayor riesgo político desde el final de la Segunda Guerra Mundial”, declaró Brian Klaas, experto en Política Comparada de la Escuela de Economía de Londres, en una entrevista en la CNBC en enero del año pasado.

No estuvo muy desacertado. Pensemos por un momento en los acontecimientos ocurridos en los últimos 12 meses. El año que acaba de pasar a la historia fue testigo de otro cúmulo de terremotos políticos. Y, a pesar de los alardes del último ocupante de la Casa Blanca, es poco probable que el año 2018 sea mejor para el capitalismo mundial.

Trotsky describió la teoría como la superioridad de la previsión sobre la sorpresa. Pero el año 2017 sembró gran cantidad de sorpresas, y no menos entre los llamados expertos de la burguesía. Hace 12 meses, ¿quién hubiera pensado que los conservadores británicos quedarían tan mal en unas elecciones generales, partiendo de una ventaja de 20 puntos sobre los laboristas; y que el “inelegible” Jeremy Corbyn terminaría el año como el político más popular de Gran Bretaña?

¿Quién hubiera pensado que, para finales de año, los líderes proindependentistas catalanes estarían disputando unas elecciones desde una cárcel española, y que el presidente del gobierno catalán sería un exiliado político en Bruselas.

¿Quién hubiera pensado que los dos principales partidos en Francia ni siquiera estarían presentes en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales? ¿Y quién hubiera pensado que los Republicanos de Estados Unidos perderían una elección en Alabama: un bastión seguro de la derecha religiosa conservadora?

¿Quién hubiera pensado que Mugabe sería arrojado al basurero después de décadas de gobierno dictatorial, y que Jacob Zuma perdería el control del Congreso Nacional Africano?

Estos son sólo algunos de los terremotos políticos que han sacudido al mundo en solo 12 meses. Son sucesos altamente significativos en sí mismos. Pero desde una perspectiva marxista son síntomas de la crisis general del capitalismo mundial, que encuentra su expresión en la inestabilidad política en todas partes, incluida la nación capitalista más poderosa: los Estados Unidos.

Pesimismo de la burguesía

Los estrategas serios del capital a menudo llegan a las mismas conclusiones que los marxistas, aunque naturalmente desde su punto de vista de clase. La imagen de color de rosa pintada por el señor Trump no es compartida por ningún analista burgués serio sino, de hecho, todo lo contrario.

Según el Grupo Eurasia, una respetada consultora que asesora a los capitalistas sobre posibles riesgos a escala mundial, en su evaluación anual recientemente publicada sobre los principales riesgos geopolíticos, advierte de que el mundo se está moviendo hacia una crisis y un estado de “depresión geopolítica” y que la presidencia de Donald Trump está contribuyendo a la inestabilidad: acelerando las divisiones a nivel nacional e internacional, y desentrañando el orden global que se ha construido dolorosamente durante décadas.

El Grupo Eurasia expresa el temor de que las democracias liberales (es decir, burguesas) sufren un “déficit de legitimidad no visto desde la Segunda Guerra Mundial”, que los líderes están fuera de contacto con la realidad y que este colapso político crea condiciones en que cualquier acontecimiento importante podría tener un efecto devastador en la economía y el mercado global.

El informe comienza con una frase que podría verse como una respuesta a la evaluación entusiasta del señor Trump sobre la economía (excepto que debió de haberse escrito antes de su fiesta de Año Nuevo): “Sí, los mercados están subiendo y la economía no está mal, pero los ciudadanos están divididos. Los gobiernos no están gobernando mucho. Y el orden global se está deshaciendo.”

Y su conclusión no podría ser más diferente de la del Hombre de la Casa Blanca: “En los 20 años desde que comenzamos el Grupo Eurasia, el entorno global ha tenido sus altibajos. Pero si tuviéramos que elegir un año para una gran crisis inesperada, el equivalente geopolítico de la crisis financiera de 2008, sería 2018”.

El factor Trump

El año 2017 comenzó con la asunción del cargo como presidente de Donald Trump, el 20 de enero. Eso en sí mismo fue un choque político de enormes dimensiones. Es, por supuesto, incorrecto atribuir todos los males del mundo a un hombre. Si eso fuera cierto, entonces la solución a la crisis actual sería sencilla: deshacerse de Trump y reemplazarlo por un presidente más “responsable” (es decir, Demócrata). Pero no hay ninguna razón para creer que la situación sería mucho mejor bajo Hillary Clinton o cualquiera de los otros héroes del “centro”.

El intento de explicar los grandes procesos históricos en términos individualistas es una trivialización de la historia que no resiste siquiera el escrutinio más superficial. El marxismo busca los fundamentos de la historia humana en los procesos más profundos que se desarrollan muy por debajo de la superficie y constituyen el marco fundamental sobre el cual los actores humanos desempeñan sus roles. Pero este análisis básico, aunque finalmente decisivo, de ninguna manera agota la cuestión.

Si el intento de explicar la historia en términos de protagonistas individuales es demasiado simple para ser tomado en serio, el intento de negar el papel de los individuos en la historia es igualmente simplista y falso. Si seguimos la teoría de Marx, los hombres y las mujeres hacen su propia historia, aunque no actúan con total libertad y están limitados por factores objetivos que están más allá de su control e, incluso, son invisibles para ellos. Con sus acciones, los actores individuales pueden tener un efecto serio sobre las circunstancias, influyendo en el resultado de los acontecimientos de una forma u otra.

Donald Trump es un ejemplo interesante de este fenómeno. La clase dominante estadounidense no estaba satisfecha con Trump. Sigue descontenta e intenta deshacerse de él. Hay un número de razones para esto. Durante más de 100 años, la vida política de EE. UU. se basó en dos pilares fundamentales: los Republicanos y los Demócratas. La estabilidad del sistema dependía de este equilibrio.

Trump es multimillonario, pero también es un ególatra y un hábil demagogo. Paradójicamente, Trump se dirigió específicamente a los sectores más pobres de la sociedad. Habló mucho sobre la clase trabajadora, algo prácticamente inaudito en las campañas electorales de EE. UU. Todo era mentira, por supuesto, pero cuando habló de las fábricas y minas cerradas, despertó la esperanza en las mentes de las personas desesperadas. Esto tocó la fibra sensible de millones de estadounidenses hartos del sistema que los condena a la pobreza y el desempleo.

En realidad, Trump es sólo otro representante de las grandes empresas. De hecho, él es el rostro crudo y feo del capitalismo, mientras que el llamado centro es el capitalismo que intenta disfrazar su esencia detrás de una máscara sonriente. Trump se ha deshecho de la máscara, y es por eso por lo que la clase dirigente lo detesta.

El establishment se preguntó si podrían controlar a este inconformista multimillonario cuya victoria no desearon pero que no pudieron evitar. No tuvieron que preguntarse por mucho tiempo. El 45º presidente de Estados Unidos tenía prisa por dejar su huella. Hizo campaña con la promesa de “hacer las cosas de manera diferente”. Y así ha sido.

Ha logrado exacerbar todas las contradicciones a escala mundial: entre los Estados Unidos y China, entre los Estados Unidos y Europa y entre los Estados Unidos, Canadá y México. Ha intensificado el conflicto entre Israel y los palestinos y ha creado una atmósfera bélica frenética con Corea del Norte, que ha convertido a Corea del Sur y Japón en objetivos para el arsenal nuclear del “Hombre Cohete” de Pyongyang.

Las aventuras de Trump en el campo de los asuntos exteriores, ciertamente, no tienen precedentes en la historia de la diplomacia mundial. Se lo podría comparar a un elefante en una tienda de porcelana. Su continua emisión de escandalosos tweets proporciona una ruidosa música de fondo a la cacofonía de extravagantes, contradictorios y frecuentemente incomprensibles errores en materia de política exterior, que han conmocionado y consternado a grandes sectores de la clase dirigente del país y en el extranjero.

La doctrina de “América primero” es sólo una nueva versión del antiguo aislacionismo, que siempre fue parte de la tradición política estadounidense. Pero los aliados más cercanos de Estados Unidos están preocupados de que la promesa de “hacer a Estados Unidos grande otra vez”, se haga a su costa. Y no están equivocados. Si, previamente, había pequeñas grietas en la llamada alianza occidental, ahora se han ensanchado en un abismo enorme.

Ian Bremmer, presidente del Grupo Eurasia, y su presidente, Cliff Kupchan, advierten de que el poder global de Estados Unidos está “llegando a un punto muerto” y de que la filosofía de Trump de atrincheramiento y vía unilateral siembran confusión tanto entre sus aliados como en sus rivales. “‘América Primero’ y las políticas que se derivan de ello – dice el Grupo Eurasia- han erosionado el orden liderado por Estados Unidos y sus protecciones, mientras que ningún otro país o grupo de países está listo o interesado en reconstruirlo… aumentando significativamente el riesgo global”. Éste es un buen resumen de la situación.

Radicalización en los Estados Unidos

Éstos son logros realmente notables en tan sólo 12 meses en la Casa Blanca. La erupción de Trump en el escenario mundial sería suficiente para causar serias preocupaciones en la clase dirigente de los Estados Unidos e internacional. Pero hay otra razón por la cual la clase dominante no se muestra entusiasta con respecto a Donald Trump. La mecánica elemental nos informa de que cada acción tiene una reacción igual y opuesta. Las líneas de falla en la sociedad y la política estadounidenses ya estaban ahí. No fueron inventadas por Trump. Pero con sus discursos y acciones ha intensificado las divisiones agudas en la sociedad estadounidense y ha provocado un aumento notable de la radicalización.

La llegada de Trump a la Casa Blanca fue la señal de una oleada sin precedentes de manifestaciones masivas en todo el país. Las marchas de las mujeres probablemente representaron la mayor protesta en la historia de los Estados Unidos. Entre 3,3 millones y 4,6 millones de personas se manifestaron en Los Ángeles, Washington D.C., Nueva York, Chicago, Seattle y otras ciudades y pueblos de EE. UU. Ésta fue la primera de muchas más.

El año terminó con una asombrosa derrota Republicana en Alabama: un escaño conservador y fuertemente republicano que Trump había ganado con un margen del 30 por ciento en las elecciones presidenciales. Ése fue otro terremoto político, el cual no fue previsto por los “expertos” o las encuestas de opinión.

Es demasiado pronto para decir cuánto tiempo puede sobrevivir Trump. Su apoyo más importante se encuentra en la bancarrota de los Demócratas y la demora en un movimiento significativo de la clase trabajadora. La actual Administración puede prolongarse, a pesar del espectáculo sin precedentes de una división abierta en la clase dominante. ¿Cuándo en el pasado vimos un conflicto abierto entre un presidente estadounidense y los medios, el FBI, la CIA y todo el cuerpo de los Servicios de Inteligencia de los EE. UU.?

A pesar de las predicciones confiadas del Sr. Trump, el año 2018 verá muchos más trastornos de este tipo, que en el fondo son un reflejo de la inestabilidad que es una característica fundamental del presente período de la crisis capitalista mundial.

Francia y Gran Bretaña

Para los marxistas, el significado de estos trastornos políticos no es difícil de entender. La crisis del capitalismo se manifiesta en una inestabilidad general: económica, social y política. Han transcurrido diez años desde el colapso financiero de 2008 y la burguesía está lejos de resolver la crisis económica. Todos los intentos de los gobiernos para restablecer el equilibrio económico sólo han servido para destruir el equilibrio social y político.

Vemos esto en un país tras otro. Donald Trump y Bernie Sanders, aunque son muy diferentes, son manifestaciones del mismo fenómeno. También lo son Jeremy Corbyn en Gran Bretaña, Jean-Luc Mélenchon en Francia, Syriza en Grecia y Podemos en España. Todas estas cosas son reflejos del descontento general, la ira y la frustración que se agitan debajo de la superficie de la sociedad. Esto está causando alarma en las filas de la burguesía y sus estrategas.

El surgimiento de un “sentimiento antisistema cada vez más tóxico” está erosionando la confianza en las instituciones políticas de los países democráticos, así como en los medios de comunicación y el sistema electoral en los Estados Unidos. La debilidad en estas instituciones puede conducir a la inestabilidad, el autoritarismo, las políticas impredecibles y el conflicto.

Lo que estamos viendo en los Estados Unidos y en todos lados es el colapso del llamado centro. El pequeño grupo de élites no representativas que detentan el poder no está, naturalmente, satisfecho con esto. Ven correctamente la creciente polarización hacia la izquierda y la derecha como una amenaza a sus intereses.

Quedaron, comprensiblemente, encantados el pasado mayo, cuando un candidato poco conocido del ‘centro’, Emmanuel Macron, derrotó a Marine Le Pen para convertirse en el presidente más joven de Francia. Ninguno de los partidos tradicionales llegó a la segunda votación. Los medios hicieron mucho ruido al respecto. Afirmaron que Macron había conseguido una mayoría absoluta. Eso no es verdad. La mayoría absoluta fue, de hecho, el 70 por ciento de las personas que no votaron por él. Tampoco mencionaron los medios el hecho de que el político más popular en Francia era el izquierdista Jean-Luc Mélenchon.

En realidad, el centro político es una ficción. La sociedad se divide cada vez más entre un pequeño grupo de personas que controlan el sistema y una abrumadora mayoría que se está empobreciendo y se encuentra en abierta rebelión contra el sistema. “Conquistar el centro” fue una idea de Tony Blair (fundador del ‘Nuevo Laborismo’ y primer ministro británico de 1997 a 2007).

La idea es puerilmente simple: tratar de encontrar un acuerdo entre los partidos de las diferentes clases. Pero hay un pequeño problema. Tal acuerdo es imposible, porque los intereses de estas clases son completamente antagónicos, de hecho, incompatibles. Este antagonismo se puede disfrazar temporalmente en períodos de auge económico, pero se vuelve notoriamente obvio en situaciones como la actual, cuando el capitalismo se encuentra en una profunda crisis.

El voto a favor del Brexit de junio de 2016 fue el salto de Gran Bretaña a la oscuridad. Ése fue otro terremoto político, cuyos resultados apenas comienzan a sentirse ahora. En un intento desesperado por apuntalar la débil posición de negociación de Gran Bretaña la primavera pasada, Theresa May convocó elecciones anticipadas. Esta decisión fue tomada bajo el supuesto (compartido por todos) de que los conservadores no podrían perder.

Las encuestas de opinión daban a los conservadores una ventaja de 20 puntos sobre los laboristas. La prensa entera fue unánime en que, bajo el liderazgo del izquierdista Jeremy Corbyn, los laboristas nunca podrían ganar unas elecciones. Recordemos que el ala de derecha laborista, que tiene una aplastante mayoría en el grupo parlamentario del Partido Laborista, ha estado tratando de deshacerse de Corbyn de todas las formas posibles en los últimos dos años con el respaldo de los medios, que organizaron una campaña de vilipendio sin precedentes contra este líder laborista.

Sus esfuerzos fracasaron. Pero una vez más se preparaban para expulsarlo tan pronto como se anunciara la derrota del laborismo, que tanto deseaban fervientemente y confiadamente esperaban. Pero para asombro de todos, los laboristas lucharon en las elecciones con un programa de izquierda y avanzaron. El Partido Conservador perdió su mayoría parlamentaria y el presuntamente inelegible Jeremy Corbyn se convirtió en el político más popular de Gran Bretaña.

No hace mucho, Gran Bretaña era uno de los países más estables de Europa. Ahora es uno de los más inestables. El resultado del Brexit y el fermento en Escocia eran síntomas de profundo descontento, que existían pero no encontraban ningún medio para expresarse. En la persona de Jeremy Corbyn, este descontento masivo ha encontrado una expresión política que representa un gran giro hacia la izquierda y presenta grandes oportunidades para organizaciones como la que aquí representamos, la Corriente Marxista británica, que entendió este fenómeno que todos los grupos pseudo-trotskistas se negaron a ver durante décadas.

Cataluña

La crisis en Cataluña es un reflejo del callejón sin salida del capitalismo español y la consecuencia de las traiciones del estalinismo y del reformismo que llevaron al aborto de la Constitución de 1978. Esa traición permitió a la putrefacta clase gobernante española preservar partes importantes del antiguo régimen franquista detrás de una fachada “democrática”.

Ahora, 40 años después, las gallinas vuelven al gallinero. El pueblo de Cataluña experimentó la realidad de la democracia española cuando los golpes de porras policiales cayeron sobre las cabezas de ciudadanos desarmados e indefensos, hombres y mujeres, jóvenes y personas mayores, cuyo único “crimen” fue el deseo de votar sobre el futuro de su país.

Los líderes de este movimiento hicieron todo lo posible por persuadir al gobierno de derecha de Rajoy en Madrid de que, por supuesto, no se tomaban en serio la independencia. “Proclamaron” una Cataluña independiente, pero también declararon que “no se haría efectiva”. Se comportaron como generales que movilizan al ejército, lo colocan en pie de guerra y provocan al enemigo para que pase a la acción, para luego ondear la bandera blanca. No se puede imaginar una manera más segura de desmoralizar a las tropas.

Pero si los líderes catalanes imaginaban que esta maniobra los salvaría de la ira de sus enemigos, estaban tristemente equivocados. La debilidad invita a la agresión. Las fuerzas de Madrid detuvieron a los principales líderes del movimiento independentista, que fueron encarcelados acusados ​​de planear una insurrección, abolieron los poderes del gobierno autónomo catalán e impusieron el gobierno directo para aplastar el movimiento independentista. El presidente catalán, Carles Puigdemont, huyó al exilio en Bélgica.

Los nacionalistas burgueses catalanes imaginaban con seguridad que obtendrían el respaldo de la Unión Europea, pero pronto se curaron de esta ilusión. Bruselas y Berlín les dieron a entender en los términos más inequívocos que un Estado catalán independiente no sería reconocido por Europa. ¡Hasta aquí las credenciales democráticas de los líderes de la UE!

Si el partido gobernante del PP pensó que podría resolver el problema mediante el uso de la fuerza bruta, también se equivocó. Marx explicó que la revolución necesita el látigo de la contrarrevolución. El sábado, 21 de octubre, 450.000 personas se concentraron en Barcelona ​​y decenas de miles se manifestaron en otras ciudades de toda Cataluña para exigir la libertad de los líderes encarcelados.

Las elecciones catalanas del 21 de diciembre representaron una bofetada para el gobierno español. Estas elecciones tuvieron lugar en condiciones excepcionales, comenzando por el hecho de que fueron convocadas por el gobierno español después de inhabilitar al gobierno catalán y disolver su parlamento. Ocho candidatos prominentes de los partidos independentistas están en la cárcel o en el exilio y, por lo tanto, se les impidió participar en la campaña. Incluso fueron castigados por las autoridades de la prisión por enviar mensajes, que se leyeron durante los mítines electorales. Todo esto se hizo utilizando los poderes que se derivan del artículo 155 de la Constitución de 1978.

A pesar de todo, la participación del 81,94 por ciento fue la más alta, no sólo de las elecciones al Parlamento de Cataluña, sino también de las elecciones parlamentarias españolas en Cataluña y en toda España. El partido gobernante español (el PP) quedó reducido a tres escaños en Cataluña y el bloque independentista volvió a conseguir la mayoría absoluta en el Parlamento catalán. Por lo tanto, estamos exactamente en la misma situación que antes.

Pase lo que pase en los próximos meses, nada volverá a ser lo mismo en Cataluña ni en España. Se han desatado fuerzas que desgarrarán el falso e hipócrita “consenso” que engañó al pueblo acerca de una alternativa genuinamente democrática a la odiada dictadura de Franco. Rajoy y el PP son los verdaderos herederos de ese régimen, que pisoteó brutalmente a la gente en el pasado y continúa pisoteándola hoy.

Los movimientos de masas en Cataluña son sólo el primer síntoma de una revuelta contra esa dictadura. El mismo espíritu de rebelión se manifestará tarde o temprano en todo el país.

Riqueza y pobreza

El descontento que crece en todas partes es una expresión de la extrema polarización: la concentración de capital, que Marx predijo hace mucho tiempo y la cual se han empeñado en negar economistas y sociólogos desde entonces.

¿Quién puede hoy negar la verdad de la predicción de Marx? La concentración de capital ha tenido lugar en condiciones de laboratorio. En la actualidad, menos de 200 grandes corporaciones controlan el comercio mundial. La inmensa riqueza se concentra en manos de unos pocos. Sólo en 2017, los multimillonarios del mundo aumentaron su riqueza global combinada en un quinto.

Según Josef Stadler, director global de la división Ultra High Net Worth en UBS, hoy “la desigualdad de la riqueza está en su punto más alto desde 1905”. El 1% más rico del mundo posee la mitad de la riqueza del mundo, según un nuevo informe que destaca la creciente brecha entre los súper ricos y todos los demás.

Un informe del Crédit Suisse mostró que las personas más ricas del mundo vieron aumentar su riqueza del 42 %, en el punto álgido de la crisis financiera de 2008, al 50.1 % en 2017, es decir, 140 billones de dólares. El informe dice:

“La parte del 1% más rico ha seguido una senda ascendente desde [la crisis], pasando el nivel 2000 en 2013 y alcanzando nuevos máximos cada año a partir de entonces”. El banco también dice que “la desigualdad de la riqueza global ha sido ciertamente alta y ha aumentado en el período posterior a la crisis.”

El aumento de la riqueza entre los ya muy ricos llevó a la creación de 2,3 millones de nuevos millonarios durante el año pasado, alcanzando un total de 36 millones. “El número de millonarios, que cayó en 2008, se recuperó rápidamente después de la crisis financiera, y ahora es casi tres veces la cifra de 2000”.

Estos millonarios, que representan el 0,7 por ciento de la población adulta del mundo, controlan el 46 por ciento de la riqueza global total que ahora se ubica en la asombrosa cifra de 280 billones de dólares.

Ése es un lado de la balanza. En el otro extremo del espectro, los 3.500 millones de adultos más pobres del mundo tienen activos de menos de 10.000 dólares. En conjunto, estas personas, que representan el 70 por ciento de la población mundial en edad de trabajar, representan solo el 2,7 por ciento de la riqueza mundial. Para millones de personas, es una cuestión de vida o muerte.

En 2017, en 45 países, se calcula que 83 millones de personas necesitaron asistencia alimenticia de emergencia, más del 70 por ciento más que en 2015. Y en 2018, la cifra podría alcanzar los 76 millones.

Yemen es un caso particularmente escandaloso. Como resultado de la bárbara guerra de agresión librada por Arabia Saudita y sus aliados, 17 millones de yemeníes no tienen lo básico para comer, y más de 3 millones de niños y mujeres embarazadas y lactantes sufren de desnutrición aguda. La hipocresía de los medios occidentales ha hecho que se ignoren en gran medida estas atrocidades perpetradas por los mafiosos sauditas, que deliberadamente usan el hambre como arma de guerra.

Importancia del factor subjetivo

En los últimos años, Oriente Medio ha presentado una imagen de reacción atroz: guerra, guerra civil, derramamiento de sangre, fanatismo religioso, masacres y caos. La clave de esta situación se encuentra en tres países: Egipto, Turquía e Irán. Estos son los países donde el proletariado es más fuerte y tiene tradiciones revolucionarias. Si se hace un análisis superficial, en los tres países existe una reacción férrea. Pero tal evaluación es fundamentalmente defectuosa.

Las masas egipcias hicieron todo lo que estaba en su poder para cambiar la sociedad. Fue la ausencia de dirección, y sólo eso, lo que llevó al magnífico movimiento de 2011 a un callejón sin salida. Y como la naturaleza aborrece el vacío, Sisi y los demás generales del ejército reaccionario ocuparon el espacio vacío. Como resultado, los trabajadores y campesinos egipcios se han visto obligados a pasar una vez más a través de la dura escuela de la reacción. Pero, tarde o temprano, resucitarán. La dictadura de Sisi es una choza desvencijada construida sobre cimientos de barro. Su debilidad fatal es la economía. El pueblo de Egipto necesita pan, trabajo y vivienda, que los generales son incapaces de proporcionar. Las futuras explosiones son inevitables.

En Turquía también, el potencial revolucionario de las masas se demostró con el levantamiento de 2013. Fue finalmente aplastado, y Erdogan logró desviar la atención de las masas al jugar la carta del nacionalismo turco y desencadenar una guerra brutal contra los kurdos. Pero el nacionalismo no puede poner el pan en la mesa de los millones de turcos desfavorecidos. Tarde o temprano comenzará una reacción contra el régimen. Y hay señales de que ya ha comenzado. Debemos observar a Turquía de cerca en el próximo período como una de las claves de Oriente Medio.

La mayoría de la población mundial es joven. Y al menos el 60 por ciento de los jóvenes entre 15 y 24 años de edad están desempleados en todo el mundo. El descontento latente de estos jóvenes fue lo que provocó la revolución árabe hace unos años.

Ahora vemos el mismo fenómeno repetido en las calles de pueblos y ciudades de todo Irán. Como de costumbre, este movimiento surgió de repente, sin previo aviso, como una piedra pesada arrojada a las aguas de un estanque en calma. Sorprendió y asombró a todos los autodenominados expertos, especialmente, a los viejos, cínicos y cansados ​​analistas de la llamada izquierda, cuya principal marca es el escepticismo y una creencia muy arraigada de que nunca pasará nada y de que las masas nunca se moverán. Todas estas personas “inteligentes” se quedaron con la boca abierta ante este movimiento que, según ellos, nunca iba a suceder.

“Pero estas manifestaciones son más pequeñas que las de 2009”, los escépticos se apresuran a tranquilizarnos. Sí, más pequeñas pero mucho más radicales, más impetuosas, más audaces y menos cautelosas. Con la velocidad de la luz, las demandas de los manifestantes pasaron de demandas económicas a políticas, desde el desempleo y el alto costo de la vida hasta exigir el derrocamiento de todo el régimen. Los manifestantes derribaron carteles del Líder Supremo Ayatolá Jamenei, algo extremadamente peligroso y prácticamente inaudito en Irán. Incluso hubo algunos informes de ataques a retratos del difunto ayatolá Jomeini.

¿Quiénes eran estos manifestantes? Eran principalmente jóvenes, pobres, desempleados, no los estudiantes universitarios que predominaron en todas las protestas anteriores. No estaban organizados, no pertenecían a ningún grupo político y no tenían una idea guía, salvo el deseo ardiente de cambio. Ése es el punto de partida de cada revolución.

El régimen fue sacudido hasta sus cimientos. Este movimiento, precisamente por su contenido de clase, representa una amenaza potencialmente mucho más peligrosa que los millones de personas que salieron a las calles de Teherán en 2009. Sus vacilaciones parecen a primera vista incomprensibles. Dado el tamaño relativamente pequeño de las manifestaciones, el poderoso aparato represivo en manos de los mulás seguramente sería más que suficiente para haber sofocado esta protesta, como un hombre apaga una vela con dos dedos.

Y sin embargo, mientras escribo estas líneas, el régimen aún no ha lanzado una campaña seria de represión. El perro ladra pero no muerde. ¿Por qué? Hay dos razones principales. En primer lugar, el régimen está dividido y es mucho más débil de lo que era en el pasado. En segundo lugar, entiende que detrás de los jóvenes que se están manifestando hay millones de iraníes que están cansados ​​de años de pobreza extrema, desempleo y aumento de los precios de los alimentos.

Hace tiempo que perdieron la fe en los mulás que simulaban moralidad y honestidad, pero que son tan corruptos como lo fueron en el pasado los funcionarios del Sha. Cualquier movimiento en contra de los manifestantes provocaría una reacción violenta que volvería a ver a millones en las calles, sólo que esta vez serían trabajadores, no sólo estudiantes y gente de clase media.

En este momento, es difícil predecir exactamente cuál será el futuro de esta rebelión. Su principal debilidad es la falta de organización. Sin un plan de acción claro y una firme comprensión de las tácticas y la estrategia, el movimiento puede disipar sus energías en una serie de acciones descoordinadas que fácilmente pueden degenerar en simples disturbios. Eso es lo que el régimen espera ansiosamente. Una vez más volvemos a la pregunta central: la de la dirección revolucionaria.

En 1938, León Trotsky escribió que se podía reducir la crisis de la humanidad a la crisis de la dirección del proletariado. Ha habido muchos movimientos revolucionarios en el pasado reciente: en Egipto, en Turquía, en Irán, en Grecia. Pero en todos los casos, las masas se vieron frustradas por la falta del factor subjetivo: un partido y una dirección revolucionarios. Si en Egipto, en el momento del derrocamiento de Mubarak, hubiera existido incluso un pequeño partido revolucionario, la situación hubiera sido diferente.

Recordemos que en febrero de 1917 los bolcheviques contaban con tan sólo 8.000 miembros en un país enorme, principalmente campesino, de 150 millones. Sin embargo, en tan sólo nueve meses se transformaron en un poderoso partido capaz de conducir a los obreros y campesinos a la toma del poder.

Al ingresar en el Año Nuevo, podemos estar seguros de que nuevas posibilidades revolucionarias se presentarán en un país tras otro. Irán muestra que los cambios bruscos y repentinos están implícitos en toda la situación. Debemos estar preparados para aprovechar cada oportunidad para difundir las ideas del marxismo, construir nuestras fuerzas, conectarnos con las masas, comenzando por las capas más avanzadas, y construir las fuerzas del marxismo en todas partes.

En cuanto a los cobardes, los apóstatas y los escépticos que niegan la perspectiva de la revolución, sólo podemos encogernos de hombros y repetir las desafiantes palabras pronunciadas por Galileo Galilei: Eppur si muove [“Y sin embargo se mueve”].

Movimiento de trabajadores y jóvenes desafía al régimen iraní

por P. Daryaban //

Las repentinas protestas a gran escala en todo el país han sacudido a Irán. Secciones de las masas han mostrado un desafío total al régimen. Los jóvenes, que enfrentan un desempleo estimado entre el 25% y el 40%, han estado especialmente en primer plano. Las protestas, inicialmente contra el aumento de los precios y la corrupción, casi de inmediato se convirtieron en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad con un creciente número de muertos. En algunas ciudades, las personas atacaron estaciones de policía, cuarteles paramilitares pro régimen y seminarios religiosos. Este rápido desarrollo parecía increíble incluso para los analistas y activistas políticos más optimistas.

La chispa inmediata fue la oposición al anuncio de diciembre de políticas más neoliberales por parte del presidente “moderado”, Hassan Rouhani, así como un fuerte aumento en los precios de los bienes básicos junto con la publicación de detalles de la financiación generosa de los cuerpos religiosos. Con el creciente desempleo y una caída promedio del 15% en los niveles de vida en los últimos años, las protestas se extendieron rápidamente por todo el país.

La crisis económica se ha profundizado en los últimos años. Esto se ve en las enormes deudas del gobierno con los bancos, el agotamiento de los recursos de los fondos de pensiones, la bancarrota de las instituciones financieras y una cantidad increíble de corrupción y malversación, que dañaron directamente las condiciones de vida de la clase trabajadora. Esto, junto con la creciente visibilidad de una élite adinerada, fue otro factor clave en estas protestas, que escucharon llamadas de “¡Abajo los malversadores!”

La administración de Rouhani se jactó de reducir la inflación a un solo dígito y aumentar la tasa de crecimiento al seis por ciento. Sin embargo, lo primero fue logrado parcialmente por medidas neoliberales, mientras que lo segundo fue solo el producto de la capacidad del régimen para exportar petróleo luego de que se levantara una parte de las sanciones impuestas por la ONU.

El régimen también ha agotado sus recursos involucrándose en guerras en Irak, Siria y Yemen. Además, la dirección libanesa de Hezbolá anunció abiertamente que reciben todo el dinero para su partido y para mejorar su infraestructura en el sur del Líbano desde Irán. El régimen también paga enormes fondos a las fuerzas militares que respalda en Iraq. Los ambiciosos planes de política exterior del régimen tienen costos que la clase trabajadora iraní tiene que pagar. El régimen, por un tiempo, buscó la justificación a través del miedo a la aparición del terrorismo dentro de las fronteras iraníes, etc. Sin embargo, con la caída del estado islámico,  el fantasma ha desaparecido en gran medida, al menos por ahora.

La llegada de Trump a la casa blanca agravó la situación y destrozó los sueños del régimen iraní de atraer inversiones extranjeras. Los bancos iraníes no han podido regresar al sistema bancario internacional.

Durante los últimos tres o cuatro años, dos movimientos importantes mantuvieron encendida la llama de la oposición: el movimiento obrero y la campaña de los depositantes en instituciones financieras en bancarrota.

En Arak, en el noroeste de Irán, y en zonas ricas en petróleo y gas en el sur, se produjeron importantes huelgas y piquetes, junto con continuas protestas contra la represión de activistas sindicales, como un líder de los trabajadores de transporte de Teherán y otros de la compañía Haft-Tapeh Sugar  en Khuzestan.

Las instituciones financieras, que en su mayoría fueron fundadas por personas afiliadas al régimen, han robado millones de dólares de los depositantes, que van desde personas de bajos ingresos que depositaron pequeñas cantidades para vivir hasta personas ricas que recibieron enormes pagos de intereses. La historia de estas instituciones, así como colosales malversaciones en el Fondo de pensiones de profesores y la Organización de Seguridad Social, no se trata de simple especulación capitalista, es como una historia de saqueo de la Edad Media. Ninguno de los funcionarios corruptos ha sido castigado.

El presupuesto agrega combustible al fuego

Lo que agregó combustible al fuego fue el anuncio de diciembre del proyecto de ley de Rouhani para el presupuesto 2018 que propuso un aumento en los precios de la gasolina y gas de alrededor del 40%. Al mismo tiempo, los precios de los huevos aumentaron repentinamente en las últimas semanas. Esto significa que los pobres no pueden permitirse incluso alimentos muy básicos. El presupuesto también propuso poner fin a los pagos mensuales de 455,000 riales (7600 pesos) en el marco del Programa de Subsidio en Efectivo a alrededor de 34 millones de personas, alrededor del 40% de los beneficiarios existentes.

Además, la publicación del proyecto de enorme asignaciones de fondos a las instituciones religiosas parásitas enfureció a las personas. Si bien este plan presupuestario hablaba de aumentar los gastos estatales en un 6%, con una inflación oficialmente cercana al 10%, continuó realmente las políticas de recortes neoliberales que Rouhani introdujo después de asumir el cargo en 2013 (las cifras publicadas por los centros estadísticos de Irán son altamente contradictorias, y se espera que las tasas reales de inflación y desempleo sean mucho más altas).

El crecimiento de las redes sociales ha eclipsado por completo los medios de comunicación estatales, lo que permite a las personas compartir más libremente su enojo e insatisfacción. Había alrededor de un millón de teléfonos inteligentes en Irán en el momento de las últimas protestas masivas en 2009, ahora se informa que hay 48 millones.

Las personas, al no contar con sindicatos independientes en Irán, utilizaron cualquier espacio para elevar sus demandas. La profundización de la crisis y la rabia ha aumentado las divisiones y las luchas internas dentro del régimen y el ex presidente, Ahmadinejad, comenzó a atacar con amargura al poder judicial y al poder ejecutivo. Khamenei advirtió a Ahmadinejad en un intento por silenciarlo, pero el llamado líder supremo ha perdido su autoridad incluso dentro del régimen.

En estas circunstancias, las protestas del 28 de diciembre en Mashhad fueron una chispa. En primer lugar, la atención se centró en el aumento de los precios y la corrupción, pero rápidamente se volvió más ampliamente política. La multitud gritó “muerte al dictador” y pidieron la libertad de los presos políticos. Incluso si hubiera temor de que los llamados “intransigentes” del régimen incitaran a las protestas para usarlas como una palanca de presión sobre Rouhani, ¡está claro que perdieron el control de las protestas casi tan pronto como comenzaron!

Al día siguiente, demostraciones similares ocurrieron en Teherán, Rasht, Kermanshah y Ahvaz con consignas  dirigidas a los principales líderes del régimen.

El carácter de este movimiento en su mayoría es espontáneo sin un liderazgo unificado, y se basa principalmente en la iniciativa de las masas sobre el terreno. Los pueblos y ciudades remotos no esperan las grandes ciudades. Se han involucrado en el movimiento de forma completamente independiente.

El régimen estuvo brevemente paralizado y dudó en lanzar una contraofensiva muy violenta, aunque ha arrestado a cientos y matado al menos a 21 hasta el momento. Dondequiera que ha tratado de usar lo que llama su “mano de hierro”, la gente lo castiga severamente. En Malayer y Shahinshahr, personas ocuparon las estaciones de policía y las oficinas del clérigo local. Esto no solo está sucediendo en las zonas de Fars (persa), sino que los kurdos y baluchis también se han unido a las protestas. Las mujeres también han jugado un papel notable en el movimiento.

Nadie podría haber imaginado esta situación incluso hasta hace una semana. Si bien no está claro cómo se desarrollará inmediatamente este movimiento desde abajo, está muy claro que lo que estamos viendo es una valentía sorprendente, una ira tremenda y un enorme deseo de libertad y justicia social.

Características políticas del movimiento

Este movimiento está totalmente basado en la iniciativa de las masas. Muchos han roto completamente con los líderes reformistas del movimiento Verde de 2009, que solo usaron a la gente en las elecciones y para dividirse el poder con la otra facción principal de la elite gobernante. La llamada facción reformista incluso condenó abiertamente las actuales protestas y pidió su supresión. Este movimiento mostró la decepción generalizada con el presidente Rouhani, que fue reelegido por abrumadora mayoría en mayo pasado con más del 57% de los votos,

La mayor parte del movimiento se ha desplazado de una gran capa de la pequeña burguesía y capas intermedias (que predominantemente constituyeron las protestas verdes de 2009), a la clase obrera, los desempleados y capas de la pequeña burguesía media y baja. La ira acumulada ha radicalizado extremadamente el movimiento. Las masas ya no creen en las manifestaciones “no violentas” y “silenciosas” de tipo gandhi. Ellos abiertamente llaman a derrocar al régimen.

Las mujeres, como antes, han desempeñado un papel notable en el movimiento y, a veces se involucran más atrevidamente que los hombres. Esto se debe a la doble opresión que han sufrido bajo las duras reglas islámicas.

Tal es la escala de las protestas que la población de pequeñas ciudades en áreas remotas ya no espera a las grandes ciudades.

Perspectivas

En el momento de escribir este artículo, la sofocante censura del Internet por parte del régimen iraní limita la cantidad de información precisa y actualizada de lo que sucede en el país.

No estamos seguros de cuánto tiempo continuarán estas protestas espontáneas, pero lo cierto es que abrió un nuevo capítulo en la historia revolucionaria iraní posterior a 1979. Podemos dividir esta historia en tres etapas; desde la revolución de febrero de 1979 hasta la represión de junio de 1981, desde la represión hasta diciembre de 2017. En la primera etapa, el régimen podría aplastar la revolución de 1979 y consolidar su posición. Durante el segundo período, el themidor (reacción), sobrevivió a pesar de sus crisis, como el movimiento verde de 2009, ya que la gente aún esperaba reformas por parte del régimen, especialmente las llamadas facciones reformistas. Esta nueva y tercera etapa marca el comienzo de un quiebre total del régimen y sus facciones por capas significativas. El dominio del clero se ve cada vez más como responsable de lo que está sucediendo.

Sin embargo, a pesar de su alto nivel de militancia, este movimiento adolece de serias debilidades. Todavía se encuentra en sus etapas iniciales y, con la ausencia de un partido revolucionario capaz de proponer una estrategia clara, enfrenta el riesgo de perder impulso a pesar de su rápido ascenso. Inevitablemente, esta debilidad, combinada con el hecho de que este movimiento se encuentra en su etapa inicial, produce tendencias mixtas y contradictorias en la conciencia de los participantes. Por lo tanto, a veces incluso se escuchan consignas en apoyo de la monarquía de la revolución anterior a 1979, aunque este no era el estado de ánimo dominante.

La esfera de acción inicial de este movimiento está en las calles, y aún no se ha fusionado con las protestas en los lugares de trabajo. Solo el estar en los espacios abiertos y en las calles no garantiza la supervivencia del movimiento; éste necesita formarse alrededor de las fábricas, lugares de trabajo, comunidades e instituciones educativas.

Si la clase trabajadora en las principales industrias (de petróleo, gas, petroquímica y del automóvil) se involucra en una huelga de 24 horas, eso sellará el movimiento y le dará un gran impulso hacia adelante. Sin embargo, no hemos observado señales para tal avance.

¿Qué se debe hacer?

La izquierda de Irán debe tratar de aprender de las lecciones de la revolución de 1979, las protestas de 2009 y la experiencia de las luchas revolucionarias en el mundo, especialmente en la reciente “Primavera Árabe”. Esto también requiere un mayor sentido de internacionalismo y cooperación con las fuerzas del movimiento socialista internacional.

La izquierda debe reaccionar a estas nuevas oportunidades con propuestas de actividad, formas de organización y métodos prácticos para fortalecer y mejorar este movimiento. La izquierda debe estar equipada con nuevos medios de comunicación que, a pesar de los intentos del régimen de restringir su uso, hoy en día pueden desempeñar un papel crucial para llegar a las masas y utilizar estos medios, incluidas las redes sociales, para diseminar información y propuestas para ayudar a organizar la próximos pasos.

Si bien las protestas actuales pueden decaer, han cambiado fundamentalmente la situación en Irán. Esta experiencia puede sentar las bases para la construcción de un movimiento obrero que pueda desafiar tanto al régimen como al capitalismo. Los primeros pasos deben ser la reunión de activistas en grupos y comités para coordinar las actividades y resolver las demandas y el programa. La izquierda debe comenzar un diálogo para formar un frente unido, como un paso hacia la fundación de un partido de masas de la clase trabajadora que pueda reunir a los trabajadores, los pobres y los jóvenes en la lucha por una alternativa.

Los marxistas abogarían por un programa que vincule las demandas por los derechos democráticos, contra la represión, para defender y mejorar los niveles de vida con la necesidad de un gobierno de representantes genuinos de los trabajadores y los pobres que pueda comenzar la transformación socialista de Irán nacionalizando, bajo control democrático , las principales palancas de la economía. Esto tendría un enorme atractivo para los  trabajadores en Medio Oriente y más allá.

La izquierda debe advertir de la intervención respaldada por el imperialismo para subvertir y desviar el movimiento. La hipocresía de Trump debe quedar al descubierto, mientras profesa “apoyo” para el pueblo iraní, abraza la dictadura de arabia saudita. Al mismo tiempo, cualquier ilusión entre sectores de la población que las alternativas burguesas pro-occidentales puedan traer una vida mejor para la gente, necesita ser combatida con un programa socialista que explique lo que podría lograrse si el capitalismo es derrocado.

Solo una sociedad gobernada por representantes de los trabajadores puede resolver las crisis crónicas en Irán, ganar los derechos democráticos y poner fin a la pobreza y la opresión basada en el género, la religión y la etnia. Una revolución de los trabajadores en Irán estimulará las fuerzas progresistas, democráticas y socialistas en el Medio Oriente y destruiría las ideas y fuerzas reaccionarias islamistas.

(el autor milita en Comité por una Internacional de los Trabajadores, CIT.)

(de Werken Rojo   http://werkenrojo.cl/movimiento-de-trabajadores-y-jovenes-desafia-al-regimen-irani/)

Simone de Beauvoir: la mujer y el materialismo histórico

La teoría del materialismo histórico ha sacado a la luz verdades importantísimas. La humanidad no es una especie animal: es una realidad histórica. La sociedad humana es una anti-physis: no sufre pasivamente la presencia de la naturaleza, la toma por su cuenta. Esta recuperación no es una operación interior y subjetiva, sino que se efectúa objetivamente en la praxis. De este modo, no podría ser considerada la mujer, simplemente, como un organismo sexuado; entre los datos biológicos, tienen importancia sólo los que adquieren en la acción un valor concreto; la conciencia que la mujer adquiere de sí misma no está definida por su sola sexualidad: refleja una situación dependiente de la estructura económica de la sociedad, estructura que traduce el grado de evolución técnica alcanzado por la humanidad. Hemos visto que, biológicamente, los dos rasgos esenciales que caracterizan a la mujer son los siguientes: su aprehensión del mundo es menos amplia que la del hombre; está más estrechamente esclavizada a la especie. Pero estos hechos adquieren un valor del todo distinto según el contexto económico y social. En la historia humana, la aprehensión del mundo no se define jamás por el cuerpo desnudo: la mano, con su pulgar aprehensor, ya se supera hacia el instrumento que multiplica su poder; desde los más antiguos documentos de la historia, el hombre siempre se nos presenta armado. En los tiempos en que se trataba de blandir pesadas clavas, la debilidad física de la mujer constituía una flagrante inferioridad: basta que el instrumento exija una fuerza ligeramente superior a la de la que ella dispone para que aparezca radicalmente impotente. Mas puede suceder, por el contrario, que la técnica anule la diferencia muscular que separa al hombre de la mujer: la abundancia no crea superioridad más que ante la perspectiva de una necesidad; no es preferible tener demasiado a tener suficiente.  Así, el manejo de un gran número de máquinas modernas no exige más que una parte de los recursos viriles: si el mínimo necesario no es superior a la capacidad de la mujer, ésta se iguala en el trabajo con el hombre. En realidad, hoy pueden desencadenarse inmensos despliegues de energía simplemente oprimiendo un botón. En cuanto a las servidumbres de la maternidad, según las costumbres, adquieren una importancia sumamente variable: son abrumadoras si se imponen a la mujer numerosos partos y si tiene que alimentar sin ayuda a los hijos; si procrea libremente, si la sociedad acude en su ayuda durante el embarazo y se ocupa del niño, las cargas maternales son ligeras y pueden compensarse con facilidad en el dominio del trabajo.

En El origen de la familia, Engels rastrea la historia de la mujer de acuerdo con esta perspectiva: dicha historia dependería esencialmente de las de las técnicas. En la Edad de Piedra, cuando la tierra era común a todos los miembros del clan, el carácter rudimentario de la laya y la azada primitivas limitaba las posibilidades agrícolas: las fuerzas femeninas se adecuaban al trabajo exigido por la explotación de los huertos. En esta división primitiva del trabajo, los dos sexos constituyen ya de algún modo dos clases; entre éstas hay igualdad; mientras el hombre caza y pesca, la mujer permanece en el hogar; pero las tareas domésticas entrañan una labor productiva: fabricación de vasijas de barro, tejidos, faenas en el huerto; y por ello la mujer tiene un importante papel en la vida económica. Con el descubrimiento del cobre, el estaño, el bronce y el hierro, y con la aparición del arado, la agricultura extiende su dominio: para desmontar los bosques, para hacer fructificar los campos, es necesario un trabajo intensivo. Entonces, el hombre recurre al servicio de otros hombres, a quienes reduce a esclavitud. Aparece la propiedad privada: dueño de los esclavos y de la tierra, el hombre se convierte también en propietario de la mujer. Es «la gran derrota histórica del sexo femenino». Esta derrota se explica por la convulsión producida en la división del trabajo como consecuencia de la invención de los nuevos instrumentos. «La causa que había asegurado a la mujer su anterior autoridad en la casa (su empleo exclusivo en las labores domésticas) aseguraba ahora la preponderancia del hombre: el trabajo doméstico de la mujer desaparecía desde entonces con el trabajo productivo del hombre; el segundo era todo, y el primero un accesorio insignificante». El derecho paterno sustituye entonces el materno: la transmisión del dominio se efectúa de padre a hijo, y ya no de la mujer al clan. Es la aparición de la familia patriarcal fundada en la propiedad privada. En semejante familia, la mujer está oprimida. El hombre reina como soberano y, entre otros, se permite caprichos sexuales: se acuesta con esclavas o con hetairas; es polígamo. Tan pronto como las costumbres hacen posible la reciprocidad, la mujer se venga por la infidelidad: el matrimonio se completa naturalmente con el adulterio. Es la única defensa de la mujer contra la esclavitud doméstica en que se le mantiene: la opresión social que sufre es consecuencia de su opresión económica. La igualdad puede restablecerse sólo cuando ambos sexos gocen de derechos jurídicamente iguales; pero esta liberación exige la vuelta de todo el sexo femenino a la industria pública. «La emancipación de la mujer no es posible sino cuando ésta puede tomar parte en vasta escala en la producción social, y el trabajo doméstico no la ocupe sino un tiempo insignificante. Y esta condición ha podido realizarse nada más en la gran industria moderna, que no sólo admite el trabajo de la mujer en gran escala sino que hasta lo exige formalmente…»

Así, la suerte de la mujer y la del socialismo están estrechamente ligadas, como se ve también en la vasta obra consagrada por Bebel a la mujer.1 «La mujer y el proletario –dice– son dos oprimidos». El desarrollo mismo de la economía a partir de la revolución provocada por el maquinismo liberará a ambos. El problema de la mujer se reduce al de su capacidad de trabajo. Poderosa en los tiempos en que las técnicas estaban adaptadas a sus posibilidades, destronada cuando se mostró incapaz de explotarlas, la mujer encuentra de nuevo en el mundo moderno su igualdad con el hombre. Las resistencias del viejo paternalismo capitalista impiden en la mayoría de los países que esa igualdad se cumpla concretamente: se cumplirá el día en que esas resistencias sean destruidas. Ya se ha cumplido en la urss, afirma la propaganda soviética. Y cuando la sociedad socialista sea una realidad en el mundo entero, ya no habrá hombres y mujeres sino sólo trabajadores iguales entre sí.

Pese a que la síntesis esbozada por Engels señale un progreso respecto a las que hemos examinado, no por ello deja de decepcionarnos: los problemas más importantes son escamoteados. 2 El pivote de toda la historia es el paso del régimen comunitario a la propiedad privada, y no se nos indica en absoluto cómo ha podido efectuarse. Engels confiesa incluso que «hasta el presente nada sabemos de ello»;3 no sólo ignora el detalle histórico de la cuestión, sino que no sugiere ninguna interpretación.

Del mismo modo, tampoco está claro que la propiedad privada haya comportado fatalmente la servidumbre de la mujer. El materialismo histórico da por supuestos hechos que sería preciso explicar: plantea, sin discutirlo, el lazo de interés que vincula al hombre a la propiedad; pero ¿dónde tiene su origen ese interés, fuente de instituciones sociales? Así, pues, la exposición de Engels es superficial, y las verdades que descubre resultan contingentes. Y es por la imposibilidad de profundizar en ellas sin desbordar el materialismo histórico. Éste no podría aportar soluciones a los problemas que hemos indicado, ya que éstos interesan al hombre todo entero y no a esa abstracción que es el homo oeconomicus.

Está claro, por ejemplo, que la idea misma de posesión singular no puede adquirir sentido más que a partir de la condición originaria del existente. Para que aparezca es preciso, en primer lugar, que haya en el sujeto una tendencia a situarse en su singularidad radical, una afirmación de su existencia en tanto que autónoma y separada. Se comprende que esta pretensión haya permanecido subjetiva, interior, sin veracidad, mientras el individuo carecía de los medios prácticos para satisfacerla objetivamente: a falta de útiles adecuados, no percibió al principio su poder sobre el mundo, se sentía perdido en la naturaleza y en la colectividad, pasivo, amenazado, juguete de oscuras fuerzas; sólo identificándose con el clan todo entero, se atrevía a pensar: el tótem, el maná, la tierra, eran realidades colectivas. Lo que el descubrimiento del bronce ha permitido al hombre ha sido descubrirse como creador en la prueba de un trabajo duro y productivo; al dominar a la naturaleza, ya no le teme; frente a las resistencias vencidas, tiene la audacia de captarse como actividad autónoma, de realizarse en su singularidad.4

Pero esa realización jamás se habría logrado si el hombre no lo hubiese querido originariamente; la lección del trabajo no se ha inscrito en un sujeto pasivo: el sujeto se ha forjado y conquistado a sí mismo al forjar sus útiles y conquistar la Tierra. Por otra parte, la afirmación del sujeto no basta para explicar la propiedad: en el desafío, en la lucha, en el combate singular, cada conciencia puede intentar elevarse hasta la soberanía. Para que el desafío haya adoptado la forma de un potlatch; es decir, de una rivalidad económica, para que a partir de ahí primero el jefe y luego los miembros del clan hayan reivindicado bienes privados, preciso es que en el hombre anide otra tendencia original: hemos dicho que el existente no logra captarse sino alienándose; se busca a través del mundo bajo una figura extraña, la cual hace suya. En el tótem, en el maná, en el territorio que ocupa, su existencia alienada encuentra el clan; cuando el individuo se separa de la comunidad, reclama una encarnación singular: el maná se individualiza en el jefe, luego en cada individuo; y, al mismo tiempo, cada cual trata de apropiarse un trozo de suelo, unos instrumentos de trabajo, unas cosechas. En esas riquezas que son suyas, el hombre se encuentra a sí mismo, pues se ha perdido en ellas: se comprende entonces que pueda concederles una importancia tan fundamental como a su vida. Entonces, el interés del hombre por su propiedad se convierte en una relación inteligible. Pero se ve que no es posible explicarlo solamente por el útil: es preciso captar toda la actitud del hombre armado con un útil, actitud que implica una infraestructura ontológica.

Del mismo modo, resulta imposible deducir de la propiedad privada la opresión de la mujer. También aquí es manifiesta la insuficiencia del punto de vista de Engels. Ha comprendido éste perfectamente que la debilidad muscular de la mujer no se ha convertido en una inferioridad concreta más que en su relación con el útil de bronce y de hierro; pero no ha visto que los límites de su capacidad de trabajo no constituían una desventaja concreta más que en cierta perspectiva. Porque el hombre es trascendencia y ambición proyecta nuevas exigencias a través de todo útil nuevo: una vez que hubo inventado los instrumentos de bronce, no se contentó ya con explotar los huertos sino que quiso desmontar y cultivar extensos campos. Esa voluntad no brotó del bronce mismo. La incapacidad de la mujer ha comportado su ruina, pues el hombre la ha aprehendido a través de un proyecto de enriquecimiento y expansión. Y ese proyecto no basta para explicar que haya sido oprimida: la división del trabajo por sexos podría haber sido una amistosa asociación. Si la relación original del hombre con sus semejantes fuese exclusivamente de amistad, no se explicaría ningún tipo de servidumbre: este fenómeno es consecuencia del imperialismo de la conciencia humana, que trata de cumplir objetivamente su soberanía. Si no hubiese en ella la categoría original del Otro, y una pretensión original de dominar a ese Otro, el descubrimiento del útil de bronce no habría podido comportar la opresión de la mujer. Engels tampoco explica el carácter singular de esta opresión. Ha intentado reducir la oposición entre los sexos a un conflicto de clases; por otra parte, lo ha hecho sin mucha convicción: la tesis no se sostiene. La división del trabajo por sexos y la opresión que de ello resulta evocan en algunos aspectos la división en clases, pero no se deben confundir: no hay ninguna base biológica en la escisión entre las clases; en el trabajo, el esclavo adquiere conciencia de sí mismo frente al amo; el proletario siempre ha comprobado su condición en la revuelta, regresando por ese medio a lo esencial, constituyéndose en una amenaza para sus explotadores; y apunta a su desaparición en tanto que clase. Hemos dicho en la introducción hasta dónde es diferente la situación de la mujer, singularmente a causa de la comunidad de vida y de intereses que la hace solidaria del hombre, así como por la complicidad que éste encuentra en ella: ella no abriga ningún deseo de revolución, no sabría suprimirse en tanto que sexo; únicamente pide que sean abolidas ciertas consecuencias de la especificación sexual. Resulta aún más grave que, sin mala fe, no se podría considerar a la mujer únicamente como trabajadora; tan importante como su capacidad productiva es su función reproductora, en la economía social y en la vida individual; en ciertas épocas resulta más útil engendrar niños que manejar el arado. Engels ha escamoteado el problema; se limita a declarar que la comunidad socialista abolirá la familia, una solución bastante abstracta; se sabe con cuánta frecuencia y tan radicalmente ha tenido que cambiar la URSS su política familiar, según el diferente equilibrio entre las necesidades inmediatas de la producción y las de la repoblación. Por lo demás, suprimir no supone necesariamente liberar a la mujer: los ejemplos de Esparta y del régimen nazi demuestran que no por estar vinculada de modo directo al Estado puede la mujer ser menos oprimida por los varones. Una ética en verdad socialista, es decir, que busque la justicia sin suprimir la libertad, que imponga cargas a los individuos, pero sin abolir la individualidad, se hallará en grave aprieto por los problemas que plantea la condición de la mujer. Es imposible asimilar lisa y llanamente la gestación a un trabajo o a un servicio, como el servicio militar, por ejemplo. Se produce una fractura más profunda en la vida de una mujer al exigirle hijos que al reglamentar las ocupaciones de los ciudadanos: jamás ha habido ningún Estado que osase instituir el coito obligatorio. En el acto sexual, en la maternidad, la mujer compromete no sólo tiempo y energías sino, también, valores esenciales. En vano pretende ignorar el materialismo racionalista este carácter dramático de la sexualidad: no se puede reglamentar el instinto sexual; no es seguro que no lleve en sí mismo un rechazo de su satisfacción, decía Freud; lo seguro estriba en que no se deja integrar en lo social, pues hay en el erotismo una revuelta del instante contra el tiempo, de lo individual contra lo universal; al querer canalizarlo y explotarlo, se corre el riesgo de matarlo, ya que no se puede disponer de la espontaneidad viviente como de la materia inerte; ni se le puede forzar como a una libertad. No se podría obligar directamente a la mujer a dar a luz: todo cuanto se puede hacer es encerrarla en situaciones donde la maternidad sea para ella la única salida; la ley o las costumbres le imponen el matrimonio, se prohíben los procedimientos anticonceptivos, el aborto, el divorcio. Es imposible considerar a la mujer exclusivamente como una fuerza productiva: para el hombre, es una compañera sexual, una reproductora, un objeto erótico, una Otra a través de la cual se busca a sí mismo. Es inútil que los regímenes totalitarios o autoritarios, de común acuerdo, hayan prohibido el psicoanálisis y declarado que, para los ciudadanos lealmente integrados en la colectividad, no tienen lugar los dramas individuales: el erotismo es una experiencia en la que la generalidad siempre es recobrada por una individualidad. Y para un socialismo democrático, en el que las clases serían abolidas, pero no los individuos, la cuestión del destino individual conservaría toda su importancia: la diferenciación sexual mantendría toda su importancia. La relación sexual que une la mujer al hombre no es la misma que la que él mantiene respecto a ella; el lazo que la une al niño es irreducible a cualquier otro. La mujer no ha sido creada por el solo instrumento de bronce: la máquina no basta para abolirla. Reivindicar para ella todos los derechos, todas las oportunidades del ser humano en general, no significa que haya que cerrar los ojos ante lo singular de su situación. Y para conocerla hay que desbordar al materialismo histórico, que no ve en el hombre y la mujer sino entidades económicas.5

* Extracto de “El punto de vista del materialismo histórico”, capítulo III, de El segundo sexo (1949), publicado por Ediciones Siglo Veinte en 1969.

Notas:

  • 1 Auguste Bebel, La mujer y el socialismo, Ediciones de Cultura Popular, Biblioteca Marxista, México, 1978 [nota del editor].
  • 2 Simone de Beauvoir se refiere a los puntos de vista de la biología y del psicoanálisis, dos momentos decisivos en su crítica existencialista al “mito de la feminidad.” Su resultado es la definición de la mujer como anti-physis, concepción antropológica que sustenta el conocido aforismo: “No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana” [nota del editor].
  • 3 El origen de la familia (páginas 209-210 ver. fr).
  • 4 Gaston Bachelard realiza, en La terre et les rêveries de la volonté, entre otros un sugestivo estudio del trabajo del herrero. Muestra cómo, por medio del martillo y el yunque, el hombre se afirma y se separa. «El instante del herrero es un instante a la vez aislado y magnificado. Promueve al trabajador al dominio del tiempo por la violencia de un instante», página 142. Y más adelante: «El ser que forja acepta el desafío del universo alzado contra él».
  • 5 La crítica de Simone de Beauvoir al marxismo se sitúa entre su definición de la mujer como anti-physis y su exposición positiva de la constitución de la “realidad femenina”. Si comparte, con los marxistas, el análisis del trabajo en la dialéctica del reconocimiento, su crítica se singulariza por una perspectiva determinada por la “moral existencialista”. Perspectiva antideterminista que concilia las enseñanzas de Alexandre Kojève con las de Claude Levi-Strauss. “Lo que define de manera singular la situación de la mujer es que, siendo como todo ser humano una libertad autónoma, se descubre y se elige en un mundo donde los hombres le imponen que se asuma como lo Otro: se pretende fijarla en objeto y consagrarla a la inmanencia, ya que su trascendencia será perpetuamente trascendida por otra conciencia esencial y soberana”. Sobre este fondo común de la existencia femenina se eleva una diversidad de modos de frustración, opresión y liberación que forman la materia del segundo tomo de El segundo sexo y que habitan los principales personajes femeninos de Los mandarines [nota del editor].

Fuente: Revista Memoria, nº 262, 2017

La OCDE y de nuevo los sofismas sobre las pensiones

por Juan Francisco Martín //

Me siento incómodo al escribir este artículo. Me resulta imposible decir nada nuevo sobre el tema de las pensiones. Nada que no haya escrito en otras muchas ocasiones. No obstante, el hecho de que por doquier se continúen repitiendo idénticas falacias me justifica de mis reiteraciones. Ante los mismos tópicos, no valen sino los mismos argumentos. Todos los medios de comunicación se han hecho eco la semana pasada de la publicación por parte de la OCDE de un informe acerca de las pensiones en los países que la integran. Es curioso que los organismos internacionales tengan una especial predilección por este asunto, revistiendo siempre sus informes de los tintes más catastrofistas. Digo que es curioso porque los funcionarios de todos estos organismos devengan espléndidas pensiones (esas sí que son generosas), sin que nadie se plantee si son o no sostenibles. Seguir leyendo La OCDE y de nuevo los sofismas sobre las pensiones

Tony Cliff: la clase trabajadora y los oprimidos

¿Por qué Carlos Marx daba tanta importancia al papel de la clase trabajadora? No fue por la cantidad de personas que la componían. De hecho, cuando Marx escribió el Manifiesto Comunista, los únicos dos países donde se había completado la Revolución Industrial eran Inglaterra y Bélgica.

A nivel internacional, la clase trabajadora era pequeña. Sin embargo, hoy en día sólo en Corea del Sur hay más trabajadores de los que había en el mundo entero en los tiempos de Marx. Incluso ahora, a finales del siglo veinte, la clase trabajadora no ha llegado a constituir la mayoría de la humanidad. Esa mayoría la componen los campesinos.

Marx eligió a la clase trabajadora porque decía que es el sujeto de la historia, a consecuencia de encontrarse en una situación colectiva. Según él, la clase trabajadora no es una colección de personas, sino un colectivo. Hay una diferencia enorme entre estas dos condiciones.

En Rusia, por ejemplo, quienes más sufrían antes de 1917 no eran los trabajadores. Los 40.000 trabajadores de la fábrica de Putilov, en Petrogrado, tenían los salarios más altos. Sin embargo, fueron ellos los que constituyeron la base del partido bolchevique. Además, los trabajadores poseían mayor nivel cultural que los campesinos ‹cerca del 80% de trabajadores sabían leer y escribir‹.

De ahí que podamos concluir que el aspecto más importante en cuanto al protagonismo de la clase trabajadora no tiene que ver con las privaciones ni con el sufrimiento, sino con el hecho de que la clase trabajadora constituye un colectivo.

Por este motivo, Marx describió a la clase trabajadora como una clase unificada y universal. De tal forma que será la clase trabajadora la que, a la hora de su autoemancipación, liberará a la vez a toda la humanidad a la vez, porque hay que romper las cadenas del capitalismo allí donde se forgen.

En cambio, si se considera que los liberadores pueden ser el conjunto de los oprimidos, esto nos presenta un problema difícil de resolver. Es verdad que hay muchos más oprimidos en el mundo que trabajadores. Hay miles de millones de mujeres oprimidas, de negros oprimidos, de asiáticos, de gays y de judíos. La cantidad casi no tiene límite.

¿Se les puede considerar un colectivo? De ninguna manera. Los oprimidos no se juntan de forma automática para luchar contra la opresión. Una alianza amplia entre los oprimidos no podría resistir ni cinco minutos la prueba de la lucha.

No es verdad que porque uno sea gay, automáticamente vaya a apoyar la lucha de los negros, o porque uno sea negro vaya a apoyar la lucha de los gays, o porque uno sea gay vaya a apoyar la lucha de los judíos.

Y si alguien tiene alguna duda, sólo hay que ver la realidad cotidiana. Por ejemplo, no es verdad que los que atacaron a los judíos en la Alemania de Hitler fueran exclusivamente heterosexuales. Entre los antisemitas más feroces se contaban los gays alemanes. ¿Por qué? Porque en la mente de los nazis el ser gay equivalía a ser inferior a los demás. Pero si uno llevaba chaqueta y botas de cuero y una esvástica en la solapa, uno se sentía un ser superior en comparación con un judío o con una mujer.

De la misma manera, si se tienen dudas sobre las relaciones entre las mujeres y los negros basta con hacer cola en la parada del autobús. Si el autobús llega con cuarenta minutos de retraso y el conductor es negro, se escucharán comentarios desagradables y sobre todo racistas por parte de las mujeres.

Esto se debe a que, como individuos, esas mujeres sufren terriblemente. Viven en bloques, probablemente no tienen dinero suficiente, o el bebé les ha mantenido despiertas toda la noche. Quizá, ni después de tomar un Valium consiguieron dormir y por eso se descargan con el conductor negro.

Divisiones entre los oprimidos

Mucha gente no parece creer que esto pueda pasar. Dicen, “una mujer está oprimida, un negro está oprimido, así que los dos harán causa común.” Pero la verdad es que no es así. El unirse de esta forma no es en absoluto automático.

No es ni tan siquiera verdad que los que sufren de la misma opresión se unan. Si fuera verdad, Marx no habría escrito, “Proletarios de todos los países, uníos!” Habría escrito, “Oprimidos de todos los países, uníos!”

Al referirse a la clase trabajadora, Marx nunca usó la palabra “oprimidos”, porque en primer lugar sabía que distintos grupos de personas oprimidas no se unen, ni tan siquiera ante la opresión que sufren en común.

Hace miles de años que las mujeres están oprimidas. Pero es ilusorio pensar que exista un nexo entre todas las mujeres. La historia de la esclavitud demuestra que las mujeres han sido tanto dueñas como torturadoras de las mujeres esclavas.

Repetidas veces la historia demuestra que ha habido divisiones entre las mujeres porque pertenecían a distintas clases sociales. La Comuna de París es un buen ejemplo. Las Comuneras eran unas luchadoras excelentes. Según el corresponsal del Times en París, en un artículo sobre la Comuna: “si París hubiera estado lleno de mujeres la revolución habría triunfado”. Aunque sea una exageración, la verdad es que sí que fueron valientes. Sin embargo las mujeres ricas celebraron la llegada de las tropas victoriosas de Versailles pinchándoles los ojos con la punta del paraguas a las mujeres de la Comuna.

Los oprimidos no se unen por la sencilla razón de que ellos mismos están divididos en clases. Las mujeres capitalistas no tienen igualdad de derechos en comparación con los hombres capitalistas. En Gran Bretaña sólo el 40% de las acciones de las compañías británicas pertenecen a mujeres, a pesar de que más del 40% de la población son mujeres. Pero la distancia entre el hombre que es accionista y la mujer que también lo es, es mucho más pequeña que la distancia entre las accionistas y las mujeres que no son dueñas de nada.

El elemento clave en la lucha es la cuestión del poder. La concienciación no surge porque la gente se ponga a pensar: ¿Cómo vamos a concienciarnos? La concienciación surge de que la gente sienta seguridad en sí misma y se encuentre en forma para pelear. Así es como cambia.

La revolución de la conciencia

En Rusia, antes de 1917, los judíos sufrían una fuerte opresión. En 1881 hubo pogromos (matanzas y robos) contra los judíos en cientos de pueblos y aldeas. A los judíos no se les permitía vivir ni en Moscú ni en Petrogrado.

En 1917 todo cambió. El presidente del Soviet de Petrogrado, Trotsky, era judío. El presidente del Soviet de Moscú, Kamenev, también era judío. El presidente de la República Soviética, Sverdlov, también lo era. Y cuando Trotsky se colocó al frente del Ejército Rojo, lo reemplazó como presidente en Petrogrado, otro judío, Zinoviev.

Los millones de personas que los eligieron eran hijos de personas que habían tomado parte en los pogromos. No cambiaron de parecer por haber leído el Manifiesto Comunista, sino porque en el curso de la lucha se enorgullecieron de sí mismos hasta tal punto que no tuvieron necesidad de buscar chivos expiatorios en los demás. En esas circunstancias era absolutamente lógico que eligieran a Trotsky.

La cuestión del poder es la clave. Esa sensación de seguridad es fundamental. Lord Acton dijo que “el poder corrompe y que el poder absoluto corrompe absolutamente”. El refrán debió de decir: “El poder corrompe, y la falta de poder corrompe absolutamente”.

No hay nada peor que la sumisión. No hay nada mejor que la lucha, que la pelea. La lucha genera confianza. El hecho más terrible es que los oprimidos, en tanto que son una colección de individuos, no experimentan la sensación del poder. Por eso no crecen ni emocional, ni intelectualmente.

La mayor hazaña de la Revolución Rusa no fue el realizar huelgas de masas, ni tan siquiera la creación de los Soviets. Lo más grande y maravilloso fue el crecimiento espiritual de los trabajadores rusos. La falta de poder no da lugar a ese crecimiento.

Hay dos ejemplos que lo demuestran.

Sergei Zubatov era jefe de la Okrana (la policía secreta del Zar) en Moscú y decidió organizar a los sindicatos para apoyar al Zar. Zubatov era un hombre muy inteligente y escogió a los trabajadores judíos para organizar estos sindicatos. Según él, los trabajadores judíos eran diferentes de los rusos. Los trabajadores rusos eran antisemitas, lo cual implicaba que los trabajadores judíos tendrían que organizarse por separado.

Los trabajadores judíos hicieron lo que se les pedía porque no se fiaban de los rusos. Pero no eran lo suficientemente fuertes como para sobrevivir por su cuenta. Puesto que no pudieron luchar solos contra el régimen zarista y contra los trabajadores rusos a la vez, terminaron por colaborar con el régimen. El jefe de los colaboracionistas, del lado ruso, fue un hombre llamado Plehve que era ministro del interior en aquel tiempo. Tenía ese mismo puesto cuando en 1881 organizó los pogromos contra los judíos.

El hecho de que los judíos sufrieran terriblemente en el pogromo no los convirtió en antizaristas. Por el contrario, debido a su carencia de poder, muchos colaboraron con el Zar.

El otro ejemplo es el de los Panteras Negras en EEUU, en la década de los ’60.

Los Panteras fueron luchadores tremendamente valientes, pero tenían un problema. Los negros constituyen aproximadamente un 10% de la población de EEUU y no se puede vencer al capitalismo norteamericano con sólo el 10% de la población. Los Panteras Negras lucharon. Muchos murieron asesinados por el Estado. Los que quedaron fueron incorporados al sistema a causa de su falta de poder.

Las consecuencias están a la vista. Hay alcaldes negros en 200 ciudades aproximadamente. Hasta en programas televisivos como Starsky y Hutch el jefe de la policía es interpretado por un negro. Los blancos otorgaron ciertas concesiones a un sector de los negros. Pero para la inmensa mayoría de los negros esto no significaba nada.

Uno de los ejemplos más patéticos hoy día es Eldridge Cleaver, que fue el teórico de los Panteras y que solía definirse como marxista. Cuando apareció en la televisión de Londres, al responder a una pregunta dijo que había dejado de ser marxista porque cuando su mujer le dio un hijo, supo que Dios existía. Como respuesta a la pregunta: “¿Cuándo dejó Vd. de ser leninista?” dijo: “Un día miré hacia las nubes y vi la imagen de Lenin; luego las nubes se dispersaron y comprendí que el leninismo es efímero.” La explicación real era, por supuesto, la carencia de poder. La adaptación al status quo. Esto es lo que pasa con todos los movimientos que no tienen poder.

De modo que para los socialistas el problema clave es muy sencillo. Los oprimidos solamente tendrán poder cuando se unan con el poder decisivo de la clase obrera. Cuando Marx dijo que la historia de la sociedad es la historia de la lucha de clases, quiso decir que hay una postura estratégica y que todo está determinado en relación a esa postura.

Las luchas de las trabajadoras

Las mujeres de Gran Bretaña mostraron mayor confianza en sí mismas en la época de auge de la lucha. El período comprendido entre 1968 y 1974 fue maravilloso. En el ’68 las trabajadoras de la Ford fueron a la huelga y pararon toda la fábrica de Ford en Dagenham, Inglaterra. En 1969 tuvo lugar la primera huelga de profesores, la mayoría de los cuales eran mujeres. Vimos la primera huelga de enfermeras, una gran huelga nacional.

Las mujeres hicieron avances extraordinarios en aquellos momentos. Al mismo tiempo, avanzaban los hombres. Fue el período de la huelga portuaria del ’72 y de las huelgas mineras del ’72 y el ’74.

Mujeres y hombres marchaban juntos como un gran ejército. Cuando ese ejército comenzó a retroceder, todos retrocedieron. Es más, las mujeres retrocedieron más que los hombres. Tenían menos poder y en consecuencia, no podían mantenerse solas.

La batalla no la puede librar un sector sólo. Tenemos que comprender que dependemos los unos de los otros. Los socialistas tenemos que rechazar la idea de que porque la gente sea diferente tiene que estar separada.

El ser marxista implica reconocer que no es lo mismo ser un hambriento en Etiopía que ser un jubilado en Europa. Y que ser un jubilado en Europa es diferente de ser un parado en Europa. Si eres reformista crees que hay una solución para el pueblo de Etiopía, otra solución para los jubilados, y otra para los parados en Gran Bretaña.

Sin embargo, el capitalismo es la causa del desempleo, de la hipotermia * y del hambre en Etiopía. Como todos estamos en el mismo barco (aunque en diferentes lugares y condiciones) no existen soluciones separadas.

Hay cientos de caminos que llevan a Roma, pero hay una sola Roma. Hay cientos de razones para ser socialista, pero sólo hay un socialismo. Por eso, la idea del separatismo es catastrófica.

El separatismo tiene una base muy sencilla. Se basa en un supuesto conflicto de intereses entre todos nosotros. A primera vista parece absolutamente cierto. Mi padre me decía en los años treinta: “Los alemanes y los judíos tienen un conflicto de intereses. Por eso soy sionista.” En cierto modo tenía razón. Los alemanes mataron a los judíos. Los judíos no mataron a los alemanes. Allí sí que hubo un conflicto de intereses.

La mayoría de los alemanes creía que había un conflicto de intereses, porque las ideas dominantes en la sociedad son las ideas de la clase dominante.

La mayoría de los judíos creía sinceramente que había un conflicto de intereses porque si los alemanes te están matando, esto quiere decir que ellos son el verdadero enemigo. Parece completamente lógico. Por eso el sionismo surge como un fenómeno natural.

La organización socialista separatista judía en Rusia, el Bund, solía decir: “nosotros no odiamos a los rusos, pero los rusos no nos entienden.” La respuesta de Lenin fue que si los trabajadores rusos no podían unirse a ellos, no había esperanza para el socialismo.

En 1903, cuando el Bund reivindicaba la idea de la autonomía de los trabajadores judíos, Lenin ‹consciente del riesgo de que le llamaran antisemita‹ hizo que diez de los más prominentes revolucionarios judíos redactasen una declaración contra la autonomía de los judíos. En realidad, los del Bund eran sionistas metidos en un barco pero sin tierra adonde llegar. Aceptaban los principios de los sionistas en los que los judíos y los gentiles tenían un conflicto de intereses, lo cual parece cierto a simple vista.

Cuando una mujer se levanta a las dos de la mañana para alimentar al bebé está claro que el hombre se beneficia de ello, ¿verdad? Parece todo tan obvio. Igual que los judíos y los alemanes. Pero cuando uno examina más detenidamente las suposiciones, se ven claramente los fallos que tienen.

Los trabajadores protestantes de Irlanda del Norte piensan que pegarles a los católicos les beneficia a ellos. De otro modo no lo harían. Es probable que el protestante consiga trabajo antes que el católico, y que tenga más dinero. Pero ese mismo trabajador gana menos que uno de Birmingham o de Glasgow.

Un trabajador blanco que da patadas a uno negro en el Sur de Estados Unidos, piensa que tiene ventaja porque gana más que los negros. Pero los trabajadores blancos ganan mucho más en el Norte (de hecho, los negros del Norte cobran más que los blancos del Sur). Cuanto más bajos sean los sueldos de los trabajadores negros, más bajos serán los de los trabajadores blancos. Los trabajadores negros y blancos se benefician, tanto en términos proporcionales como en términos absolutos, si el otro mejora su situación. Esto es igual de válido si se compara a los hombres y a las mujeres de la clase trabajadora.

El problema es que, a primera vista, las cosas no parecen ser así. Parece que haya un conflicto de intereses entre distintos grupos de trabajadores.

Con razón, Marx siempre odió la idea del llamado ‘sentido común’, porque en la realidad, el sentido común no es ni más ni menos que la materialización de las ideas dominantes en nuestra sociedad. Algunos trabajadores dicen: “El capitalista está obteniendo muchas ganancias, y eso es mucho mejor que si tuviera escasas ganancias”. Se supone que todo el mundo sabe que de ese modo el puesto de trabajo está más seguro. Es de sentido común. Siendo así, el trabajador debería unirse al capitalista para crear más ganancias. Eso es lo lógico.

En la obra de Bernard Shaw, Santa Juana, uno de los protagonistas dice que es obvio que el sol se mueve alrededor de la tierra. Basta con mirar. ¿Quién ha visto alguna vez a la Tierra moverse alrededor del Sol? Es de sentido común que el Sol se mueva alrededor de la Tierra. Lo cual es una perfecta demostración de la estupidez del ‘sentido común’. De la misma manera, parece obvio que los hombres se benefician de la opresión de la mujer.

Si sólo vemos las interrelaciones entre los individuos, nada tiene sentido. Ese es un concepto liberal de la sociedad; puesto que los liberales aceptan las ideas capitalistas, ven a la sociedad solamente como una colección de individuos.

Los marxistas dicen exactamente lo contrario: un individuo nace dentro de una clase, dentro de una sociedad. El análisis liberal es nefasto, porque las envidias surgen entre los individuos cuando están en contacto unos con otros.

¿Cómo crees que la clase dominante vende la política del control salarial? Ellos dicen que mientras tú ganas £120 a la semana, otro trabajador gana £500. ¿No sería más justo que le quitáramos dinero a él para aumentarte el salario a ti? Los revolucionarios dicen, el capitalista se lleva el 60% del pastel, luego reparte las sobras y nos incita a enfrentarnos los unos contra los otros.

Por lo tanto, la relación entre los hombres y las mujeres en el movimiento obrero es la siguiente: ambos sufren a manos del capitalismo, ambos viven en condiciones terribles. Las mujeres tienen peores condiciones que los hombres. El capitalismo agobia aún más a la mujer que al hombre. No es un proceso natural que la mujer sea la que atienda a los niños. Se ve obligada a hacerlo bajo el capitalismo. Los niños pueden ser criados de forma diferente, si hay guarderías, comedores, un sistema de lavanderías provisto por la comunidad, etc.

Hoy todo eso no existe. No porque vaya en contra de la naturaleza humana, sino por el gasto que supone al capitalista. Éste quiere sacar los mayores beneficios de la forma más barata posible. ¿Qué mejor modo que diciendo que el lugar de la mujer es la cocina y el del hombre la fábrica?

Esto hace que el hombre individual parezca el carcelero de la mujer. Pero el carcelero no es el hombre, sino el capitalismo.

Es como si por ejemplo yo viajara en un tren sucio, pero como soy una persona blanca, bajo el capitalismo, tendría un asiento al lado de la ventanilla. Una mujer o una persona negra tendría un asiento lejos de la ventanilla y en peores condiciones que las mías. Pero el problema más importante sería el tren. Todos tendríamos que aguantar el mismo tren y no tendríamos ningún control sobre el conductor que nos lleva al abismo.

¿Por qué la clase capitalista nos muestra constantemente estas diferencias? Porque quiere desviar nuestra atención del problema central: las relaciones de clase. Constantemente se nos dice que nos fijemos en las relaciones personales, las disputas entre un sector y otro. Por eso los socialistas deben rechazar conceptos tales como que el enemigo del trabajador no cualificado, es el trabajador cualificado; el del hombre, la mujer y viceversa.

No es sorprendente que el movimiento de los oprimidos esté en claro declive. El movimiento de las mujeres y el de los negros en EEUU, en los años 60, subió como un cohete pero cayó en picado. Sólo podremos explicar este hecho si comprendemos la conexión entre estos movimientos y el nivel de la lucha de clases.

En Gran Bretaña, a finales de los 60 y a principios de los 70, los trabajadores industriales ganaron importantes victorias. También se promulgó la ley del aborto en 1967, los anticonceptivos gratuitos en 1973 y los anticonceptivos para menores de 16 años en 1974.

Luego vino el comienzo de la reacción: en 1975 James White; en 1977 William Benyon; en 1979 John Corrie, todos procurando atacar el derecho al aborto.

La comisión que vigilaba el salario mínimo fue abolida, lo cual supuso principalmente un ataque a la mujer, ya que las mujeres componen la amplia mayoría de trabajadores con los salarios más bajos. También hubo fuertes recortes en sanidad y seguridad social, lo cual, una vez más, afectó sobre todo a la mujer.

Además, hubo intentos de mermar el suministro de anticonceptivos por parte de Gillick y Powell. En 1975 hubo una manifestación de grupos pro -aborto con 40.000 hombres y mujeres. En 1979 se movilizaron 80.000 personas. Pero en 1985 en una manifestación en contra de nuevas propuestas impulsadas por la señora Gillick para recortar el derecho al aborto, participaron sólo 3.000.

En el primer período, la lucha se desarrolló alrededor de reivindicaciones generales tales como el aborto y la igualdad de salario. En los últimos nueve años las luchas no se han dado alrededor de demandas colectivas, sino de reivindicaciones diferenciadas. Se ha prestado mucha mayor atención a las relaciones individuales, personales y a la concienciación de la persona como individuo. Se preguntan, ¿la gente es mala, sexistaŠ?, como si ese fuera el problema.

Los movimientos que se han volcado en posturas individuales han terminado desintegrándose.

La enemistad entre distintos grupos de mujeres alcanzó niveles terroríficos; lesbianas politizadas contra heterosexuales etc. Una feminista norteamericana resumió la situación así: “La hermandad de la mujer es poderosa. Mata a las hermanas.”

La crítica que hizo Marx, de la competitividad y del individualismo de los capitalistas, se puede aplicar también a lo que queda del movimiento feminista. Él describió a los capitalistas como “una banda de hermanos hostiles”. Están unidos contra los demás pero se odian entre si. El feminismo hoy es una banda de hermanas hostiles.

Cuando hablamos de la acción colectiva, lo importante es resaltar la idea de clase. Por eso, la clase trabajadora no puede permitirse el lujo de decir que el enemigo está dentro de sus propias filas.

La gente a menudo se pregunta por qué en la corriente Socialismo Internacional somos tan obsesivos con la siguiente pregunta: “¿Se benefician los trabajadores de la opresión de la mujer?” Yo creo que si el hombre se beneficia de la opresión de la mujer, jamás podrá haber unidad entre los hombres y las mujeres. Si los blancos se benefician de la explotación de los negros, jamás podrá haber unidad entre blancos y negros, a menos que se crea en la idea social demócrata, de que lo que necesitamos es la caridad. Los que tienen deben de cuidar de los desposeídos, por razones emocionales y morales.

Cuando Marx dijo: “Trabajadores de todos los países, uníos!” quería decir que es en el interés de los trabajadores ingleses, que triunfen los trabajadores indios. Y que es en el interés de los trabajadores indios, que los trabajadores ingleses venzan.

Si aceptamos el argumento de que “el hombre se beneficia” o de que “el blanco se beneficia” quebramos completamente la unidad de clase. La clase capitalista a la vez une y divide a los trabajadores. En realidad es así como sobrevive. Cualquier concesión al divisionismo o agnosticismo sobre esta cuestión, resulta catastrófica.

La persona a la que más detesto es la persona agnóstica. Yo entiendo al ateo ‹yo soy ateo‹ y también al religioso. Quien se reivindica agnóstico es un verdadero hipócrita. En cuanto a la cuestión de quién se beneficia de la opresión, tampoco debe haber ninguna indecisión. Prefiero a la gente que se equivoca que a la gente que dice que tal vez sí, tal vez no.

Es muy importante que los revolucionarios se identifiquen con los oprimidos. Pero ¿cómo hacerlo? Lenin lo expresó de una manera brillante en un pequeño panfleto llamado, “A los pobres del campo”.

Comienza diciendo, “Quizá hayas estado en una ciudad, o si no has estado tú, ha estado tu padre, o tu tío, o tu hermano ‹Lenin era muy paciente, y así llegó a toda la población‹ o un amigo tuyo ha estado en una ciudad. Y allí ¿qué encontró? Que los trabajadores estaban en huelga.”

En resumen, Lenin pone énfasis en la actividad colectiva. Cuando había pogromos en Rusia, ¿dónde concentraban sus esfuerzos los bolcheviques? Se dirigían a las grandes fábricas para usar el poder colectivo de los trabajadores y así aplastar a los pogromos.

Necesitamos el poder colectivo. Las conclusiones surgen de ahí. El partido revolucionario es como la síntesis de la clase trabajadora, porque creemos en la unidad de clase, y porque reconocemos que la clase trabajadora es desigual y está dividida.

En consecuencia, en el partido revolucionario si uno es gay, por supuesto defiende a los gays, y si no lo es, también defiende a los gays.

Cuando en 1977 el grupo fascista británico National Front redactó un folleto diciendo que el líder del SWP, Tony Cliff, era judío, no redactamos un contrafolleto diciendo que sí, pero que la mayoría del Comité Central no lo era. Dijimos: “Todos somos judíos.” Así mismo, si los negros son atacados, todos somos negros. Si lo son las mujeres, todos somos mujeres, si los gays, todos somos gays. Por nuestra forma de organización, nunca haremos concesiones al separatismo. Explicaré lo que quiere decir.

El partido bolchevique tenía un diario para las mujeres. Espero que algún día tengamos uno también nosotros. El consejo editorial del periódico de las mujeres estaba integrado por: Armand (una mujer), Krupskaya (una mujer) y Bujarin (un hombre). En la conferencia de mujeres de Berna, en 1916, Lenin fue el principal líder bolchevique.

Trotsky era el dirigente de los bolcheviques en el soviet de los trabajadores. El soviet estaba integrado por delegados de fábricas. Trotsky jamás había sido mecánico en su vida, sin embargo fue delegado. ¿Por qué? Porque representaba a una misma clase.

Comparemos esto con el horrible soviet de Berlín de 1918. Rosa Luxemburgo no fue admitida en el Soviet porque no era obrera. Karl Liebknecht tampoco fue admitido. Eran personas que habían sacrificado años de su vida en la cárcel. Habían luchado durante muchos años, y luego la gente se volvió y les dijo: “No sois obreros, no podéis entrar”.

Creemos en la unidad de clase, y no importa de qué persona se trate.

Sin lugar a dudas, un día tendremos en Gran Bretaña un periódico en punjabí, uno en urdu, otro en bengalí y otro de la mujer. Una vez que se desarrolla un movimiento de masas, es absolutamente necesario tener periódicos en diferentes idiomas para adaptarse a situaciones concretas. Eso no quiere decir que haya separación, eso viene a través de la división del trabajo. Hay una política, una dirección, una organización. La suma de todo esto es el centralismo democrático.

La idea principal del centralismo democrático es sobreponerse al separatismo, vencer la tendencia hacia la ruptura de la unidad. Y esa tendencia a desmembrarse es un fenómeno constante.

La única forma de liberar a los oprimidos es bajo la dirección de la clase trabajadora. Ni Marx, ni Lenin hablaron de la unidad de los oprimidos. Dijeron, “trabajadores de todos los países, uníos, sois la dirección de todos los oprimidos”.

 

Redactado: En 1994, el texto es una charla realizada por Tony Cliff en las jornadas “Marxismo”, organizadas en Londres por el Socialist Workers Party de Gran Bretaña.
Primera publicación: Socialismo Internacional Nº 1, primavera de 1994.
Edición digital: Izquierda Revolucionaria – En Lucha.
Esta edición: Marxists Internet Archive, 2001.

¿Qué es el anti neoliberalismo?

por Ibán de Rementería //

El neoliberalismo es una doctrina económica y política promovida por el capital financiero internacional, que surge y se hace relevante ante la crisis de reproducción ampliada del capital que  se manifiesta a inicios de la década de los años setenta del siglo pasado, esta crisis fue atribuida al alza vertiginosa de los precios del petróleo y al fin del patrón dólar-oro dictaminada por el Presidente Nixon. No obstante, las recurrentes crisis del capitalismo se hacen manifiestas por la imposibilidad del capital de reinvertir en la misma actividad que le permitió obtener sus ganancias y utilidades, esto se conoce como la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, por lo tanto el capital siempre deben de buscar nueva actividades económicas, sociales y culturales donde invertir para así asegurar su reproducción ampliada. Seguir leyendo ¿Qué es el anti neoliberalismo?

Emma Goldmann recuerda Kropotkin

por Emma Goldman //

Entre los que yo deseaba ver cuando llegué a Rusia en enero de 1920, estaba Piotr Alekséyevich Kropotkin. Inmediatamente averigüé la manera de encontrarlo. Me informaron que el único medio sería cuando fuese a Moscú, debido al hecho de que Kropotkin vivía en Dmítrov, una pequeña aldea a unas 60 verstas de distancia de la ciudad. Debido al país estar tan devastado por la guerra, no me quedó otro recurso que esperar a una oportunidad de ir a Moscú, pero afortunadamente pronto se me presentó la oportunidad.

A principios de marzo varios comunistas prominentes fueron a Moscú, entre ellos Radek y Gorki, y me permitieron ir en su mismo coche. Cuando llegué a Moscú, procuré buscar medios de llegar a Dmítrov pero volví a encontrar obstáculos. Me enteré de que era casi imposible viajar. El tifus estaba en su apogeo y las estaciones de ferrocarril estaban abarrotadas de gente que esperaban semanas enteras por trenes. Cuando aparecía un tren se trababa una lucha fiera por la posesión de una pulgada de espacio en los vagones. Quinientas personas se aglomeraban en un vagón que tenía capacidad tan solo para cincuenta. Hambrientos y cansados se subían hasta el techo de los vagones sin preocuparse del frío intenso, y del peligro de caerse, no había un viaje que no contase con varías víctimas que perecían heladas. Yo estaba desalentada pues había oído de que Kropotkin se encontraba enfermo y temía que no viviese hasta la primavera; no me atrevía a pedir un coche especial ni podía reunir la suficiente energía para ir en la forma ordinaria. Una circunstancia inesperada me vino a sacar del dilema. El editor del Daily Herald de Londres, acompañado de uno de sus corresponsales, me había precedido a Moscú. También los que querían visitar a Kropotkin, y se les había otorgado un coche especial. Junto con Alexander Berkman y Alexander Shapiro pude reunirme con el Sr. Lansbury y hacer el viaje a salvo.

emma

La casa de campo de Kropotkin estaba situada detrás de un jardín a poca distancia de la calle; en la oscuridad de la noche se notaba tan sólo la opaca luz de una lámpara de petróleo que alumbraba el camino hacia la casa. Luego me enteré de que el petróleo estaba escaso en casa de Kropotkin y que era necesario economizarlo. Después de que Piotr hacía su trabajo diario, la misma lámpara tenía que ser usada en la sala donde se reunía la familia en la noche. Fuimos muy bien recibidos por Sofía Kropotkin y su hija, quienes nos condujeron a la habitación donde estaba el gran hombre.
La última vez que le había visto fue en 1907 en París, después del Congreso Anarquista de Ámsterdam. Kropotkin, a quien durante muchos años se le había prohibido la entrada en Francia, acababa de recibir permiso para volver. En aquel tiempo tenía ya sesenta y cinco años, pero aparentaba tan lleno de vida y estaba aún tan alerta, que parecía mucho más joven. Fue de gran inspiración para todos los que tuvimos la fortuna de tener algún contacto con él. Nadie podía creer que Piotr Alekséyevich fuese viejo, pero no sucedió así en marzo de 1920. Me sorprendí de su transformación, estaba enflaquecido, extenuado. Nos recibió con su característica gracia. Desde un principio comprendimos que nuestra visita no podría ser satisfactoria; Piotr no podría hablar con franqueza en presencia de dos desconocidos y más siendo corresponsales. Después de una hora de conversación general, rogamos a la Sra. de Kropotkin y a Sasha que entretuvieran a los visitantes ingleses mientras nosotros hablábamos en idioma ruso con Kropotkin. Además de mi interés en su salud, estaba también muy deseosa de recibir de él alguna luz sobre asuntos de importancia que ya comenzaban a perturbar mi mente, la relación de los bolcheviques con la revolución; los métodos despóticos que, según me aseguraban habían sido impuestos a los gobernantes por la intervención y el bloqueo. ¿Qué pensaba Kropotkin de esto y cómo explicaría su largo silencio?

No he hecho nota alguna de nuestra conversación y daré tan solo la esencia de ella. Esta fue al efecto de que la Revolución rusa llevó al pueblo a una gran altura y había empavonado el camino hacia grandes cambios sociales. Si entonces se le permitiera utilizar al pueblo sus energías, Rusia no estaría ahora en situación tan arruinada.

Los bolcheviques que fueron empujados al frente por la ola revolucionaria, pusieron atención en un principio a los cantos revolucionarios del pueblo, y en esta forma ganaron la confianza de las masas y la ayuda de los militares revolucionarios.

A principios de octubre los bolcheviques empezaron a subordinar el interés de la revolución a la edificación de la dictadura, y esto paralizó toda actividad social. Kropotkin se refería a la cooperativa como el medio principal que, en su opinión, podría unir los intereses del campesino con los de los trabajadores. Pero estas cooperativas fueron las primeras que se destruyeron. Habló acaloradamente de la depresión, persecución y cruel acecho de cualquier sombra política u opinión, y citó numerosos ejemplos de la miseria y sufrimientos del pueblo. Sobre todo estaba más firme contra el Gobierno bolchevique por haber desacreditado así el socialismo y el comunismo ante el pueblo ruso.

Las razones de su silencio

¿Por qué entonces no había él levantado su voz contra estos males, contra la máquina que estaba absorbiendo la sangre y la vida de la revolución? Dos razones presentó Kropotkin. La primera por estar prohibido en Rusia la expresión de opiniones, la segunda por no obstaculizar la marcha del Gobierno bolchevique en momentos en que éste era atacado por las fuerzas combinadas imperialistas de Europa, y las mujeres y niños se estaban muriendo de hambre debido al criminal bloqueo, por lo tanto, él no podía tomar parte en los gritos de los ex-revolucionarios de “crucificad”. Él prefería guardar silencio al menos por el presente.

Y además, protestar en contra del Gobierno era completamente inútil. El Gobierno tenía que sostener su poder por encima de todo y, por lo tanto, no podía detenerse en consideraciones. Y luego añadió:

“Creo que siempre hemos tratado de hacer comprender a las masas lo que el marxismo es. ¿Por qué sorprendernos ahora?”

Piotr Kropotkin

Le pregunté si tomaba nota de sus impresiones y observaciones. Seguramente él debía de ver la importancia de tales informes a sus camaradas, a los trabajadores, en fin, a todo el mundo. Kropotkin me miró un momento y luego dijo:

“No, yo no escribo, es imposible escribir cuando uno se encuentra entre tanto sufrimiento, cuando cada hora que transcurre trae nuevas noticias de miseria que uno no puede aliviar. Además, todo secreto personal y seguridad ha desaparecido. A cada momento puede haber un asalto, la Checa viene durante la noche, registra todos los rincones de la casa, revuelve todo y se llevan consigo hasta el último pedazo de papel. En una tensión tan constante es imposible guardar informe alguno. Pero más aún que todas estas consideraciones, es mi libro de Ética, trabajo tan sólo algunas horas diarias, y aún me queda mucho que hacer”.

Habíamos ya monopolizado a nuestro camarada por mucho tiempo y a pesar de que aún había mucho de qué hablar tuvimos que conformarnos por aquella noche. La conversación volvió a hacerse general, pero ya era demasiado tarde y nuestro amigo estaba ya cansado, por lo que nos despedimos enseguida. Quedamos en volver en la primavera cuando tuviéramos más tiempo para conversar.

Después de un cariñoso abrazo, costumbre de Kropotkin a todos los que amaba, nos dirigimos a nuestro coche. Mi corazón se sentía pesado al pensar en la gran Rusia, mi espíritu estaba confuso por lo que había oído. También me alarmó la condición física en que encontré al camarada. Temí que no llegaría a la primavera. El invierno de 1920 había sido de lo más terrible, la gente se moría de hambre, de tifus y del frío, y el pensar que Kropotkin podría irse a la tumba, sin que el mundo supiera lo que él creía de la Revolución rusa sería aterrador. Me sentía impaciente. Kropotkin se había atrevido con todo el despotismo de los zares. ¿Por qué no podía escribir ahora? Pero más tarde vine a comprender el por qué Kropotkin no podía escribir sobre los hechos presentes de Rusia. En julio de 1920, volví a Moscú, estaba con la expedición del Museo de la Revolución de camino a Ucrania. Un día Sasha Kropotkin vino a verme. Había obtenido un automóvil de un oficial del Gobierno, y deseaba que Alexander Berkman y yo fuésemos a Dmítrov. Salimos al día siguiente y llegamos a Dmítrov en pocas horas. El jardín que rodeaba la casa de Kropotkin estaba florecido y el follaje cubría la casa. Kropotkin estaba durmiendo la siesta, pero se levantó tan pronto nos oyó y se juntó a nosotros. Había mejorado mucho, se encontraba lleno de energía y de vida.

Inmediatamente nos llevó al huerto de hortalizas, el que había sido trabajado casi exclusivamente por Sofía Kropotkin, orgullo de Piotr Kropotkin, y principal proveedora de la familia. Él se enorgullecía enseñándonos una nueva especie de lechuga desarrollada por Sofía. Kropotkin nos invitó jovialmente a comer. La primavera había hecho milagros en él. Era ya otro hombre.
Los primeros siete meses de mi estancia en Rusia me habían casi consumido. Había llegado con tanto entusiasmo, con tal deseo de dedicarme por completo al trabajo, a la santa defensa de la revolución, que lo que encontré me descorazonaba por completo. No podía hacer nada. La rueda del Estado socialista me había arrollado paralizando mis energías. Los sufrimientos y desgracias del pueblo, el olvido de sus necesidades, la persecución y represión desconcertó mi mente y la vida se me hizo insoportable.

¿Había sido la revolución la que transformó a los idealistas en puras bestias? Si fue así, entonces los bolcheviques no eran más que peones de ajedrez en manos de lo inevitable. ¿O sería el carácter frío del Estado que con malas mañas habían aparejado la revolución a su carro y ahora la azotaba para encaminarla al estrecho necesario al Estado? No podía yo contestar a estas preguntas, al menos en 1920. Quién sabe si Kropotkin hubiera podido.

Reconstrucción de un estandarte majnovista
(Muerte a todos los que obstaculizan la libertad del pueblo trabajador)

Último encuentro

Mi segunda visita a Kropotkin duró una hora. Durante ese tiempo Piotr habló en detalle acerca de la Revolución rusa, la parte llevada a cabo por los bolcheviques, la lección dada a los anarquistas en particular y al mundo en general. Él consideraba que la Revolución rusa era más grande en principios y finalidades que la Revolución francesa, pues a pesar de que el pueblo no estaba tan desarrollado, se adaptaba más a las concepciones de la nueva vida. El espíritu de las masas durante las revoluciones de febrero y octubre demostró que el pueblo entendía los grandes cambios que le esperaban y estaba dispuesto a poner todo de su parte.

El pueblo sabía que tenía ante sí algo tremendo que tenía que afrontar, organizar y dirigir. Aquel espíritu, enfrentado hoy por el hambre y la persecución, aún es evidente. La mejor prueba de ello es la resistencia que el pueblo ruso presenta ante el yugo bolchevique. Los bolcheviques en su marcha hacia el poder estaban muy lejos de ser la vanguardia de la revolución, como ellos alegan. Al contrario; fue la compuerta que detuvo la creciente marea de las energías del pueblo.

En su fija idea de que tan solo una dictadura puede dirigir y proteger la revolución, fue fortaleciendo su formidable Estado, el cual está destruyendo la revolución. Como marxistas, nunca se dieron ni se darán cuenta de que la única protección de la revolución depende de la habilidad del pueblo para organizar su vida económica. Por lo demás, Kropotkin añadió que él había presentado su punto de vista sobre la revolución rusa que creo ha sido publicado extensamente.

Kropotkin habló también de la parte que los anarquistas tomaron en la revolución; habló de la muerte de unos, del heroísmo de otros, de la lucha de muchos y de la irresponsabilidad de algunos. Sobre todo afirmó la necesidad de que todos los anarquistas estuviesen mejor equipados para la reconstrucción del trabajo durante la revolución.

Recuerdo claramente sus propias palabras:
“Nosotros, los anarquistas, hemos hablado mucho sobre la revolución social. Pero, ¿cuántos han sido los que se han molestado en prepararse para el trabajo durante y después de la revolución? La Revolución rusa ha demostrado la imperativa necesidad de dicha preparación para un trabajo práctico y constructivo”.

En una carta dirigida a uno de sus más íntimos amigos, Kropotkin dijo que había llegado a ver en el sindicalismo la base económica del anarquismo, o sea, el medio para la organización económica y expresión de las energías del pueblo durante el periodo revolucionario.

Fue un día memorable, el último que pasaría junto al gran hombre. Cuando fui llamada para cuidarle durante su última enfermedad, llegué a Dmítrov una hora después de su muerte. La acostumbrada confusión, ineficiencia y demora burocrática me ha robado la oportunidad de ofrecer a Kropotkin algún servicio como pago al mucho bien que me hizo. Dos cosas llamaron mi atención en Kropotkin durante ambas visitas: La falta de rencor hacia el bolchevique y el hecho de no haber mencionado sus propios sufrimientos y privaciones. Fue después de su muerte cuando me enteré de algunos detalles de su vida bajo el régimen bolchevique. A principios del año 1918 Kropotkin había agrupado junto a él algunos de los más hábiles especialistas en varios ramos de la economía política. Su propósito era hacer un estudio minucioso de los recursos económicos de Rusia, recopilar estos recursos en monografías, para que pudieran servir de auxilio práctico a la reconstrucción rusa.
Kropotkin era el director editorial de esta iniciativa. Se preparó un volumen, pero no fue publicado. Este grupo científico, que era conocido por el nombre de la Liga Federalista, fue destruido por el gobierno y todo el material confiscado. Las habitaciones de Kropotkin fueron requisadas por dos veces y su familia fue obligada a buscar otro albergue. Después de estos trastornos fue cuando Kropotkin se mudó a Dmítrov, donde permaneció en involuntario destierro. Aun en el verano se hacía muy difícil visitarle, puesto que se necesitaba un permiso especial para viajar y el obtenerlo requería mucho tiempo y esfuerzo, y en el invierno se hacía casi imposible. Así sucedió que aquél que había reunido en su casa a los mejores pensadores e ideas de todo el mundo, estaba ahora obligado a una vida de reclusión.

Sus únicos visitantes eran pobres campesinos, trabajadores de su aldea no muy inteligentes que llegaban a él con sus cotidianos infortunios. Recuerdo que en la noche de nuestra visita, Kropotkin había recibido una carta de un amigo en Moscú, un científico que vivía con su esposa y dos hijos en una habitación. Una lámpara solamente alumbraba la mesa sobre la que los niños estudiaban las lecciones: la esposa copiaba algunos manuscritos, mientras que él hacía uso de un rincón para llevar a cabo sus trabajos químicos. Estaba empleado en un lugar a doce verstas de su casa y tenía que caminar dicha distancia diariamente. Kropotkin, que por medio de numerosas publicaciones en todos los idiomas estaba en comunicación constante con el mundo entero, se encontraba ahora aislado por completo de aquel recurso de vida. Ni aun podía enterarse de lo que ocurría en Moscú y Petrogrado. Sus únicas fuentes de noticias eran los dos periódicos del gobierno: Pravda e Izvestia. Mientras vivió en Dmítrov su trabajo en la Ética se obstaculizaba. No podía conseguir los necesarios libros científicos. En fin, que Kropotkin sufría un hambre mental que le torturaba, sin duda, mucho más que la malnutrición física. Recibía mejor peyok o ración que la mayoría, pero ni siquiera esto era suficiente para mantener su vitalidad.

Afortunadamente, Kropotkin recibía auxilios, de vez en cuando, de sus camaradas del extranjero, así como también de los de Ucrania, que le enviaban con frecuencia comestibles. También recibía regalos similares de Majnó, entonces aclamando por los bolcheviques como el terror de las fuerzas contrarrevolucionarias en el sur de Rusia. Pero la falta más notable era la de combustibles y luz. Cuando visité a la familia Kropotkin en el año 1920, se consideraban muy afortunados con tener luz en más de una habitación. Durante una parte del 1918 y todo el año 1919, Kropotkin escribió su Ética a los mortecinos rayos de una lámpara de aceite, lo que estuvo a punto de dejarlo ciego permanente. Durante las cortas horas del día, transcribía sus signos a máquina, despacio y con doloroso golpe en cada letra. Sin embargo, no eran sus propios sufrimientos lo que aminoraba sus fuerzas. Era Rusia, los sufrimientos de los que le rodeaban, la supresión de todo pensamiento, la persecución y encarcelación de los que tenían una opinión, el sinfín de iniquidades cometidas con el pueblo, que hicieron de sus últimos años la más profunda tragedia.

Si hubiese podido hacer algo para aliviar los sufrimientos, para traer a los dictadores de Rusia hacia sus propios sentidos… pero no, él no podía. No podía de ningún modo igualarse a aquellos de la Guardia Revolucionaria que hicieron causa común con los enemigos de la revolución. Y aunque encontrase un medio de publicar su protesta en la prensa europea, los reaccionarios harían uso de ella contra Rusia. No; él no podía hacer eso, y sabía muy bien que era inútil protestar ante el Gobierno bolchevique.

Sin embargo, era tan grande su angustia, que en dos ocasiones Piotr Kropotkin se dirigió a oídos sordos. Una vez en protesta contra la terrible costumbre de represalias, la otra contra la completa supresión de publicaciones que no fueran del Estado.

Desde que la Checa comenzó su siniestra existencia, el gobierno bolchevique ha sancionado el sistema del terror. Madres, ancianas y jóvenes, padres, hermanas y hermanos, y hasta niños han sido víctima de represalias, muchas veces por causas u ofensas de uno de los suyos de las que ellos ni siquiera estaban enterados.

En el otoño de 1920 los mencheviques que emigraron a Europa amenazaron con la represalia si la represión contra sus camaradas continuaba. El Gobierno bolchevique anunció en la prensa oficial que por cada comunista que pereciese, perecerían diez mencheviques. Fue entonces cuando los famosos revolucionarios Vera N. Figner y Piotr Kropotkin enviaron su protesta a los poderes, diciendo que la costumbre de tomar represalias era un borrón sobre la Revolución rusa, un dragón que dejaba resultados terribles a su paso, que el futuro nunca perdonaría métodos tan bárbaros. La segunda protesta se hizo en contestación a la intención del Gobierno de “liquidar” todas las empresas editoras ya fueran políticas, cooperativas o particulares. Esta protesta fue dirigida al Congreso Panruso de todos los Soviets. Es interesante notar que el mismo Gorki, un oficial del Comisariado de Educación, había enviado casi al mismo tiempo desde Petrogrado una protesta similar.

Kropotkin, en sus manifestaciones, hizo mención del peligro de tal ataque hacia el progreso y más aún, a todo pensamiento. Tal monopolio del Estado sobre el pensamiento haría imposible todo trabajo creativo. La situación de Rusia durante los últimos cuatro meses deja prueba convincente de ello.

Una de las características sobresalientes de Kropotkin era su resistencia en lo que concernía a sí mismo. Durante mi estancia de treinta y seis horas en Dmítrov, ante el cadáver supe más de su vida personal que durante tantos años que le conocí. Incluso entre los amigos de su propio círculo, había muy pocos que supieran que Kropotkin además de ser un artista, era un músico de considerable talento. Entre sus efectos encontré una colección completa de sus dibujos de gran mérito. Amaba la música apasionadamente y era un músico de gran habilidad, en sus momentos de ocio se pasaba el tiempo sentado al piano, donde encontraba sin duda alguna sosiego y paz interpretando a los maestros con hondo sentimiento. Su cadáver colocado en el escritorio parecía estar durmiendo el sueño de la paz, y su semblante se conservaba tan afable como en vida. Allí descansaba el gran hijo de Rusia. El que durante luchas y privaciones permaneció siempre leal a la revolución y no quiso abandonarla. No llegó a ver erigido el monumento capitalista sobre la tumba de la revolución. Pero eso no le alejaría nunca de su ferviente fe en la resurrección del pueblo, en el triunfo final de una revolución libertaria.

Fuente: Tierra y Libertad

Industria petrolera: los balances de las multinacionales se derrumban

por Manuel Peinado Lorca //

Las multinacionales petroleras más grandes del mundo están en serios problemas porque sus balances económicos acusan los mayores costes de producción, la caída de los beneficios y el aumento vertiginoso de la deuda financiera acumulada tras años de pérdidas. Castigados por la cada vez más baja Tasa de Retorno Energético (EROI), los días de gloria de los gigantes petrolíferos altamente rentables han llegado a su fin. Todo lo que queda ahora es una sombra de la que una vez fuera una poderosa industria que, como comenté en un artículo anterior, se verá obligada a continuar canibalizándose para extraer la última gota de petróleo.

Desgraciadamente, los analistas energéticos, todos ellos economistas sin nociones de los principios elementales de la Termodinámica, no tienen ni idea del desastre financiero que está teniendo lugar en la industria petrolera mundial por el desplome de la EROI y continúan elucubrando con análisis economicistas y apuntes contables que, como prueba palpable de que el papel lo aguanta todo, ilusionan a los inversores y a un público que no está preparado para lo que viene. Para proporcionar una visión más realista de una industria en desintegración, veamos los datos de siete de las compañías petroleras más grandes del mundo.

Para evitar que el mundo cayera en un colapso total durante la crisis financiera de 2008, la Reserva Federal y los bancos centrales de todo el mundo, con el BCE a la cabeza, imprimieron más papel moneda que en toda la historia. Como efecto colateral de la impresión masiva de dinero (y de la compra de activos) por parte de los bancos centrales, el precio del petróleo alcanzó un récord de más de 100 dólares por barril (U$/b) durante más de tres años. Mientras que las grandes compañías petroleras presentaban resultados con elevadas ganancias debido al alto precio del crudo, invertían una gran cantidad de capital para producirlo.

Como puede verse en la Figura 1, la suma total de la deuda a largo plazo del grupo de las siete multinacionales petroleras más grandes del mundo aumentó de 227 000 millones en 2012 a 272 000 millones en 2013. Toda una paradoja: la deuda aumentó en 45.000 millones, casi la misma cantidad que los pagos totales por dividendos (44 000). No perdamos de vista los 17 000 millones de flujo negativo de caja ese mismo año, pero la diferencia entre dividendos y deuda refleja que las siete principales multinacionales petroleras pidieron dinero prestado en 2013, cuando el petróleo estaba a 109 U$/b, para mantener felices a sus inversores.

Desde la crisis mundial de 2008, las siete principales compañías petroleras han visto cómo su deuda total combinada se cuadriplicaba, pasando de 96.000 millones a los 379 000 millones de deuda actual. Parecería lógico pensar que, habiendo disfrutado durante más de tres años de un precio del petróleo a más de cien dólares el barril, estos gigantes energéticos habrían reducido su deuda o, al menos, la habrían contenido. Desgraciadamente para ellas, el coste de reemplazar reservas, producir petróleo y repartir “ganancias” con los accionistas superó los ingresos de un petróleo caro.

Figura 1. Cifras en miles de millones de dólares americanos ($). (SRSrocco Report).

Ahí radica el problema. Una de las desventajas de cargar con una deuda es la cantidad creciente de intereses que la compañía tiene que pagar para sufragarla. Si miramos la Figura 1, la brasileña Petrobras marcha a la cabeza del grupo deudor: la carga financiera de Petrobras casi se quintuplicó al pasar desde 21 000 millones en 2008 a 109 000 millones en 2016. Acumulando deuda, también tuvo que pagar más para amortizarla. En esos ocho años, los pagos por intereses crediticios de Petrobras aumentaron desde 793 millones en 2008 a 6000 millones en 2016. Para sus accionistas está siendo un desastre: el incremento de los intereses de la deuda impidió que la compañía pagara dividendos en los últimos dos años. En cambio, en el trienio 2009-2011, mientras que el mundo se apretaba el cinturón, Petrobras pagó dividendos por valor de 19 500 millones de dólares.

Petrobras, como el resto de sus colegas, es un ejemplo perfecto de cómo la caída de la EROI castiga a una petrolera desde sus entrañas hacia afuera. La penosa situación de la petrolera carioca es la siguiente: si usted es accionista, no cobra dividendos, y si invirtió fondos (en bonos de la compañía, o en fondos que tuvieran inversiones en ella) para recibir intereses más altos, despídase porque nunca obtendrá su inversión inicial. Así las cosas, inversores y accionistas se quedarán con dos palmos de narices. Este es lo que sucede durante la etapa final del anunciado colapso de la industria petrolera. Y eso explica que los grandes inversores como el fondo soberano de Noruega o la Fundación Rockefeller, cuyos patronos lograron su vasta fortuna con el petróleo, hayan retirado sus inversiones en la industria de los combustibles fósiles.

Figura 2. Cifras en miles de millones de dólares americanos ($). (RSRrocco Report).

Otra consecuencia negativa de la caída de la EROI en los balances financieros de las compañías petroleras es la disminución de las ganancias, ya que el coste de producir petróleo aumenta más lo que el mercado puede pagar por el crudo. Para poder entender la mala situación financiera de las multinacionales petroleras, hace falta mirar hacia atrás y comparar la rentabilidad de la industria con el precio del petróleo. Para encontrar un año en el que el precio del petróleo era similar al de 2016, tenemos que regresar a 2004, cuando el precio medio del crudo era de 38,26 U$/b frente a los 43,67 del año pasado (Figura 2). Sí, el precio del petróleo era más bajo en 2004 que en 2016, pero las compañías petroleras no se quejaban porque ese año el ingreso neto combinado de las siete petroleras fue de 99 200 millones. Todas ellas obtuvieron pingües beneficios en 2004 con un precio del petróleo de 38,26 U$/b. Sin embargo, el año pasado, las ganancias netas del grupo se desplomaron un 90% (10 500 millones), incluso cuando el precio del petróleo había aumentado en más de cinco dólares el barril. Solo cuatro obtuvieron ganancias en 2016, mientras que tres perdieron dinero (Tabla 1).

Tabla 1. Ingresos netos de las siete petroleras más grandes del mundo. (SRSrocco Report).

Además, la situación financiera está mucho peor debido a que el apunte contable “ingresos netos” no tiene en cuenta los gastos de capital o los pagos de dividendos de las empresas. En cualquier caso, está claro que la rentabilidad de las principales compañías petroleras se ha esfumado incluso con precios del petróleo más elevados.

Otro indicador que proporciona una muestra aún más inquietante del descenso de la EROI es el desplome del “Retorno del Capital Empleado” (ROCE por sus siglas en inglés), una ratio de contabilidad usada en finanzas, valoración y contabilidad. Es una medida útil para comparar la rentabilidad relativa de las empresas después de tener en cuenta la cantidad de capital usado. El ROCE es el cociente entre los beneficios antes de intereses e impuestos y el capital invertido. En 2004, las siete compañías anunciaron un ROCE de entre el 20 y el 40%. En la década siguiente el indicador se desplomó drásticamente y ahora se registran los dígitos más bajos (Figura 3).

Figura 3. Retorno del Capital Empleado. (SRSrocco Report).

En la Figura 3 se puede ver que BP tuvo el ROCE más bajo (19,68%) del grupo, mientras que Statoil tuvo el más alto (46,20%). Si promediamos las cifras más altas y más bajas, el promedio para el grupo fue del 29%. Ahora, compare ese porcentaje con el promedio de 2,4% en 2016, y eso sin incluir los rendimientos negativos de BP (-0,64%) y Chevron (-0,84%), respectivamente. Aunque no hayan sido negativos, obsérvese el desplome del ROCE de Statoil que ha experimentado una caída experimente un descenso desde el 46,2% en 2004 a menos del 1% en 2016, todo un síntoma de que algo huele muy mal en esa compañía. Debemos recordar que el alto Roce obtenido en 2004 por las compañías se sostuvo en un precio de petróleo de 38 U$/b, mientras que los ROCE de un solo dígito de 2016 se derivaron de un precio más alto (43 U$/b). Estas son malas noticias porque el mercado no puede permitirse un alto precio del petróleo a menos que la Reserva Federal y los bancos centrales vuelvan a darle a la manivela del dinero con programas de estímulo QE (Quantitative Easing).

Veamos ahora la Figura 4, que muestra como la caída de la EROI está destruyendo a las principales compañías petroleras del mundo. El gráfico presenta los flujos de caja, es decir, los flujos de entradas y salidas de caja o efectivo en un período dado y, por lo tanto, es un indicador importante de la liquidez de una empresa. En 2004, las siete compañías petroleras disfrutaron de un flujo de efectivo neto combinado menos dividendos de +34.000 millones; en 2016 el flujo era negativo: -39 100 millones. Eso quiere decir que, en 2004, después de que estas petroleras pagaran sus gastos de capital y abonaran los dividendos a sus accionistas, les quedaban 34 000 millones netos. Sin embargo, en 2016 las mismas compañías tenían un agujero de 39 100 millones después de pagar gastos de capital y dividendos. Por lo tanto, muchas de ellas tuvieron que pedir prestado para pagar dividendos.

En la Tabla 2 se puede ver cómo las siete principales compañías petroleras mundiales obtuvieron en 2004 más efectivo de las operaciones (139 600 millones) en comparación con 2016 (118 500 millones). Ese extra de 21 000 millones en efectivo operativo se obtuvo en 2004 en comparación con 2016 aunque el precio del petróleo era más bajo. Sin embargo, lo que realmente ha perjudicado el flujo de caja libre del grupo de petroleras es el mucho mayor gasto de capital (117 500 millones) en 2016 en comparación con los 67 700 millones en 2004.

Tabla 2. Flujo de caja de las siete petroleras más grandes del mundo. (SRSrocco Report).

Por tanto, el menor efectivo operacional y los mayores gastos de capital han tenido un gran impacto en los balances de estas compañías petroleras. Esa es precisamente la razón por la que la deuda a largo plazo se dispara, especialmente en los últimos tres años, cuando el precio del petróleo cayó por debajo de los cien dólares en 2014. Para seguir contentando a sus accionistas, muchas de las compañías están pidiendo dinero prestado para pagar dividendos. Lamentablemente, endeudarse para pagar a los accionistas no es un modelo de negocio prudente a largo plazo.

Figura 4. Flujo de caja menos dividendos para el total de las siete petroleras más grandes del mundo. (SRSrocco Report).

Las principales compañías petroleras del mundo seguirán operando con un precio del petróleo en torno a los cincuenta dólares. Aunque algunos analistas pronostican que está próxima una subida de los precios del crudo, la bonanza no durará mucho. Sí, es cierto que los precios del petróleo podrían subir más durante algún tiempo, pero la tendencia será menor a medida que las economías mundiales empiecen a contraerse. Conforme los precios del petróleo bajen a cuarenta dólares o menos, las compañías petroleras comenzarán a recortar los gastos de capital aún más. Por lo tanto, el ciclo de precios más bajos y el desmoronamiento continuo de la industria petrolera mundial se acelerarán.

Hay una alternativa que podría proporcionar a estas compañías petroleras un colchón: que la Reserva Federal y el Banco Central Europeo pongan de nuevo en marcha la imprenta monetaria a una escala aún más grande, pero eso traería como resultado una inflación severa y posiblemente una hiperinflación. Pero esa no sería una solución a largo plazo del mal, sino simplemente otro parche de una serie de parches que solo están retrasando lo inevitable.

La inminente quiebra de la una vez todopoderosa industria petrolera será la sentencia de muerte de la economía mundial. Sin petróleo, la economía mundial se detiene. Por supuesto, esto no ocurrirá de la noche a la mañana. Tomará tiempo. Sin embargo, la evidencia muestra que ya se ha producido una herida considerable en una industria que ha proporcionado al mundo el petróleo que tanto necesita desde hace más de un siglo.

Entrevista a Ervand Abrahamian: Irán, pasado y presente

por Eskandar Sadeghi-Boroujerdi //

En esta entrevista, Ervand Abrahamian, uno de los historiadores iraníes más destacados de su generación, conversa con Eskandar Sadeghi-Boroujerdi sobre sus 50 años de carrera profesional y las ideas que han determinado la comprensión tanto popular como académica de los acontecimientos, las organizaciones políticas y los movimientos que han influido en la evolución de Irán y su política en el siglo XX. Los escritos de Abrahamian sobre cuestiones tan diversas como el Partido Comunista Tudeh, el movimiento obrero iraní, el golpe de Estado de 1953 orquestado por la CIA y el MI6, el ayatolá Jomeini y el populismo, han marcado el tono de los debates tanto en Irán como en Occidente.

Igualmente importante es la contribución de Abrahamian a la historiografía del Irán moderno, en la que ha reinterpretado los métodos de historiadores marxistas como Christopher Hill, Eric Hobsbawm y E. P. Thompson, entre otros. La obra de Abrahamian explica el significado de clase, contestación y cambio social en un país cuya historia ha sido interpretada demasiado a menudo a la luz de fantasías orientalistas o nostalgias nativistas. Sus libros son éxitos de ventas en Irán, donde se leen y discuten ampliamente. Actualmente está escribiendo una monografía sobre la historia de la revolución iraní de 1979.

Pregunta: Para las personas que no están familiarizadas con su obra, ¿no le importaría hablar brevemente sobre dónde se crió usted y qué le llevó a estudiar la historia moderna de Irán?

Respuesta: Nací en Teherán, estudié los tres primeros cursos en la Mehr School próxima a mi casa y después me enviaron a un internado en el Reino Unido. Eran los años tumultuosos de la nacionalización del petróleo, de modo que mi familia, como la mayoría, mostraba un gran interés por la política y todas las noches escuchaba las noticias de la radio, como también yo mismo durante mis vacaciones de verano en Irán. En mi último año en el internado, nuestro profesor me animó a leer los escritos de R. H. Tawney y Christopher Hill. No tengo ni idea de cuál era la posición política del profesor, pero está claro que tenía un gusto impecable.

En la universidad estudié principalmente historia europea con Keith Thomas, quien había estudiado a su vez con Christopher Hill. A través de él conocí a historiadores vinculados a la revista Past and Present, como George Rude, Eric Hobsbawm, Lawrence Stone, E. P. Thompson, Victor Kiernan, Brian Manning y Rodney Hilton. Cuando me licencié ya sabía que quería estudiar el Irán moderno, pero en aquel entonces las universidades británicas no reconocían la historia contemporánea como una disciplina legítima. Por eso solicité un puesto en un departamento de ciencias políticas en EE UU, sin percatarme de que tales departamentos estaban interesados exclusivamente en examinar cómo modernizar las sociedades y cómo conseguir un mundo más seguro para los intereses estadounidenses. Puesto que ninguna de estas dos cuestiones me interesaba, me dediqué a explorar el Irán moderno por mi cuenta, a través de las lentes de Past and Present.

Pregunta: Mientras que marxistas iraníes como Ehsan Tabari y Bijan Jazani utilizaban el materialismo histórico para explicar la naturaleza y la dinámica del desarrollo económico y político de Irán, el libro tal vez más conocido que ha publicado usted, Iran Between Two Revolutions (1982), se basa, al menos en parte, en el método de E. P. Thompson y la opinión de que “una clase no es una cosa, sino un suceso”. ¿Qué cree usted que Thompson aportó al estudio de la historia de Irán que no aportaron los enfoques marxistas convencionales?

Respuesta: E. P. Thompson fue una figura singular por una serie de razones, y no solo para los historiadores de Irán, sino también para los historiadores marxistas de todo el mundo. En primer lugar, evitó aplicar una teoría amplia y de gran alcance a largos periodos históricos y estaba más interesdo en la historia empírica. En segundo lugar, reconocía la importancia de la cultura y la conciencia en la formación de la clase, sin dejar de atribuir el debido peso a otros factores, como el económico. Al reconocer esto, también era consciente de que la cultura, incluida la religión, no es en sí misma estática, sino que evoluciona constantemente en virtud de los cambios sociales. En tercer lugar, a diferencia de muchos historiadores sociales, se negaba a dejar la política fuera de la historia. En cuarto lugar, escribía para un público medianamente inteligente, evitando la jerga política, el galimatías académico y el oscurantismo intelectual.

En suma, era un historiador de historiadores, que se plantaba en un determinado tiempo y lugar, leía todo lo que era relevante del periodo y después venía con una obra rotunda, llena de datos empíricos. Intelectuales como Ehsan Tabari y Bijan Jazani eran principalmente activistas políticos, no historiadores que se habían plantado en un determinado periodo histórico. No tuvieron tiempo ni la oportunidad –ni, probablemente, la inclinación– para sumergirse en las profundidades mundanas de la historia.

Pregunta: Su investigación sobre las multitudes iraníes ha estado influida por George Rudé, miembro del grupo de historiadores del Partido Comunista del Reino Unido y su trabajo seminal sobre las multitudes durante algunas de las principales revueltas políticas que definen la Europa moderna. Al aplicar los planteamientos de Rudé a la revolución constitucional y después a la islámica en Irán, ¿cuáles fueron algunas de las ideas equivocadas que se propuso usted combatir?

Respuesta: Rudé hizo tres importantes conribuciones: en primer lugar, reconoció el importante papel de la multitud en la historia europea; en segundo lugar, refutó la noción de Gustav Le Bon de que la multitud es una turba “irracional” y “peligrosa”; en tercer lugar, pintó con rasgos vivos las diveras “caras” de la muchedumbre, es decir, su composición social. Al leer a Rudé y escuchar sus lecciones durante un verano en Nueva York, me di cuenta de lo pertinente que era su trabajo para el caso iraní. De hecho, la multitud había desempeñado un papel más importante en la historia iraní que en la europea: en la revolución constitucional de 1906-1909, en el movimiento obrero de 1941-1946, en la campaña de nacionalización del petróleo de 1951-1953 y, por supuesto, en la revolución iraní de 1977-1979.

Traté de verificar sus tres principales hallazgos sobre las multitudes en el caso de Irán: su papel, su racionalidad y su composición social. No cabe duda de que su teoría no ha tenido un gran impacto en Irán. Los intelectuales del régimen, especialmente los beneficiarios de la revolución de 1979, siguen ensalzando a Le Bon, aparentando olvidarse de Rudé. Prefieren ver a la multitud como una turba peligrosa, fácilmente manipulable y dirigida por “manos ocultas extranjeras”.

Pregunta: Su tesis doctoral, defendida en la Universidad de Columbia en 1969, se tituló “Bases sociales de la política iraní” y fue el primer estudio sociológico y político del Partido de las Masas Iraníes (Hesb-e Tudeh-ye Iran), probablemente la organización política socialista más importante de la historia iraní. ¿Qué le condujo a trabajar sobre el Tudeh y cuál piensa que ha sido su impacto político y cultural más amplio en la sociedad iraní?

Respuesta: El estudio de las bases sociales del Tudeh fue una buena manera –tal vez la única posible en aquel entonces– de analizar la política iraní desde abajo y no centrarse en la élite estatal, sino en la gente común que invariablemente recibe la “enorme condescendencia de la posteridad”: mecánicos, trabajadores del petróleo, peones, vendedores, maestros, sastres, amas de casa, enfermeras, camioneros y tenderos. Fue esta gente común la que, pese a sus diferencias de religión, etnia, educación y género, se unió al partido y a los sindicatos, interviniendo así de forma rudimentaria en la política estatal, históricamente considerada el feudo particular de la clase dominante. El partido Tudeh fue único por lo que hizo. Y sigue siéndolo.

Pregunta: Ha sido usted un cronista asiduo y crítico del papel destructivo del imperialismo británico y estadounidense en Irán durante los siglos XIX y XX. Es el caso, en particular, de su libro más reciente, The Coup: 1953, the CIA, and the Roots of Modern US-Iranian Relations. ¿Por qué pensó que había que escribir otro libro sobre el episodio crucial del golpe de 1953 y qué creía que faltaba en las crónicas anteriores de la nacionalización de la Anglo-Iranian Oil Company (AIOC) y el derrocamiento de Mohamad Mosadeq a raíz del golpe de Estado orquestado por el MI6 y la CIA?

Respuesta: Como ha dicho usted, se han publicado muchas cosas sobre la crisis de la nacionalización del petróleo que comenzó en 1951 y culminó en el golpe de 1953, algunas favorables a Mosadeq. Sin embargo, hasta las obras favorables suelen recurrir al orientalismo para explicar la catástrofe final. Repiten constantemente que el Reino Unido y EE UU ofrecieron a Irán un acuerdo razonable, que incluía la aceptación de la nacionalización, pero que Mosadeq fue incapaz de aceptarlo debido a sus carencias personales y culturales. Lo tacharon despiadadamente de “irracional”, “infantil”, “afeminado”, “obstinado”, “pelmazo”, “excéntrico”, “fanático”, “xenófobo”, “emocional”, “oriental”, “un Robespierre”, “un Frankenstein” y un demagogo obsesionado con un “complejo de martirio chií”.

Estas obras consagradas omitieron dos detalles importantes y, como sabemos, el demonio está en los detalles. En primer lugar, el Reino Unido y EE UU estaban dispuestos a aceptar el “principio de nacionalización”, siempre que dicho principio no se pusiera realmente en práctica y la industria petrolera permaneciera firmemente fuera del control de Irán y en manos de las compañías petroleras occidentales. De hecho, después del golpe estas compañías adquirieron el pleno control en la forma del Consorcio Petrolero. En segundo lugar, el Reino Unido se negó a contemplar alguna “compensación” basada en el valor real de las instalaciones petroleras en 1953. En su lugar, pensó en una suma “astronómica”, basada en los beneficios previstos hasta finales de siglo.

Técnicamente, Mosadeq nunca “rechazó” una oferta defintiva. Se limitó a pedir una aclaración sobre el cálculo de la compensación, según el valor actual o los beneficios futuros. El gobierno de Eisenhower se negó a aclarar nada. Todas las historias convencionales omitieron esta cuestión “menor”. EE UU estaba igual de interesado que el Reino Unido en impedir una nacionalización efectiva. Al fin y al cabo, esta última habría sido un mal ejemplo para otros países, en particular Iraq, Arabia Saudí, las monarquías del Golfo, Indonesia y Venezuela. Este hecho comprobado, que EE UU se jugaba lo mismo que el Reino Unido, fue omitido invariablemente en los relatos del golpe. En su lugar, los académifcos estadounidenses prefieren situar el golpe en el contexto de la Guerra Fría, no en el del conflicto entre el norte y el sur o entre el imperio y las colonias. La Guerra Fría era una buena excusa para casi cualquier abuso. Servía para justificar que uno empujara a su abuela bajo las ruedas de un autobús.

Pregunta: ¿Por qué piensa que en los últimos años ha habido un intento de recuperar un relato revisionista del golpe, tratando de minimizar el papel de los servicios secretos del Reino Unido y de EE UU, atribuyendo la parte del león de la culpa del derrocamiento de Mosadeq a personas del país, incluido el propio Mosadeq?

Respuesta: Los ataques a Mosadeq provienen de varias direcciones. Los monárquicos le atacan por razones obvias, pero sorprendentemente tratan de asociar el golpe, no con oficiales del ejército organizados por la CIA y el MI6, sino con clérigos como los ayatolás Behbehani y Kashani. Es como si quisieran atribuir a otros el “mérito” de lo que denominan la “revuelta popular y del sha”. Esto dice mucho de la impopularidad del golpe.

Los islamistas, a su vez, tienen sus propios motivos ideológicos para desacreditar a Mosadeq. Después de todo, este fue un nacionalista laico que se negó a explotar la religión con fines políticos y era un producto reconocido de la Ilustración, lo que repugna a la gente religiosa. Además, algunos intelectuales jóvenes criados bajo la República Islámica se han enamorado de los mercados libres y de la libre empresa que preconizan los neoconservadores y neoliberales occidentales. Para ellos, el petróleo no es un recurso natural precioso y soberano, sino una “maldición” que financia a un Estado despótico. Al parecer, toda la campaña por la nacionalización del petróleo fue un error y es una antigualla.

Pregunta: En su libro titulado Khomeinism (1993), usted afirma que la ideología del ayatolá Ruhollah Jomeini y del movimiento liderado por él debe entenderse como una forma de populismo tercermundista. Usted contrapone esta interpretación a la narrativa predominante en los medios occidentales, que a menudo califican la revolución iraní de reacción atávica, fanática y fundamentalista frente a la modernización. En el libro cita usted a Richard Hofstadter, cuyo famoso ensayo The Paranoid Style in American Politics ha conocido algo así como una resurrección en los últimos años. ¿Cómo ve usted, retrospectivamente, su contribución al debate en torno al jomeinismo y qué rasgos comparten las historias del populismo estadounidense y del iraní?

Respuesta: El movimiento liderado por Jomeini, en el apogeo de la revolución, contenía un amplio espectro de elementos políticos. El propio Jomeini y sus discípulos más cercanos, como el ayatolá Beheshti, eran conscienes de que para derribar al sha tenían que hablar en nombre de los mostazafan (desposeídos). Por ello emplearon el lenguaje del populismo radical. Sin embargo, el movimiento contra el sha también comprendía elementos que eran económicamente conservadores e incluso reaccionarios, elementos que representaban a la pequeña burguesía del bazar. En los últimos años de Jomeini, y todavía más después de su muerte, estos elementos conservadores fueron tomando poco a poco la delantera.

De este modo, ahora tenemos una república que sigue hablando con la retórica del populismo radical, pero aplica políticas socioeconómicas que en el fondo son conservadoras. Por ejemplo, el régimen ha estatuido que la reforma agraria no debe limitar la propiedad, pues tales restricciones violarían los sacrosantos derechos a la propiedad privada consagrados en la sharía. El populismo en Irán comparte muchas cosas con los populismos de otras partes del mundo. Desde fuera parece radical, pero en el fondo es conservador. La clara diferencia entre el populismo actual en EE UU y en Irán es que mientras el primero supone un amenaza para todo el planeta, el segundo es lesivo sobre todo para su propio pueblo.

Pregunta: Actualmente está usted investigando para un nuevo libro sobre la revolución iraní de 1979. ¿Cuál fue a su juicio la contribución de la extrema izquierda a la revolución? En gran parte de la historiografía existente, esta ha sido exagerada o completmente ignorada y sigue siendo una cuestión controvertida.

Respuesta: La nueva izquierda tuvo un papel indirecto, pero importante en la revolución. El movimiento guerrillero, especialmente el marxista Fada’i, mantuvo vivo, durante los primeros años de la década de 1970, el espíritu de resistencia y la convicción de que el régimen tenía los pies de barro a pesar de todos sus petrodólares y su potencia militar. Mientras tanto, la vieja izquierda había instilado en la cultura política, especialmente desde la década de 1940, la importante noción de que la ciudadanía goza de derechos socioeconómicos inalienables. El principal lema del Tudeh fue: “Pan para todos, vivienda para todos, educación para todos”.

Además, la izquierda islámica, sobre todo Alí Sharíati, estuvo muy influido por marxistas europeos en la década de 1960. No se puede analizar el nuevo islam radical sin una referencia directa al marxismo occidental. Después de todo, a Sharíati lo consideraban con razón el verdadero “ideólogo” de la revolución islámica.

Pregunta: ¿Qué opina usted de las críticas que se formulan tanto al Tudeh como a la guerrilla Fadai de la Organización del Pueblo Iraní (Fracción Mayoritaria), de haber sacrificado las “libertades burguesas” en el altar del antiimperialismo, allanando así el camino a la consolidación autoritaria de la República Islámica en la década de 1980?

Respuesta: En 1978-1979, casi todos los grupos políticos, con la lógica excepción de los monárquicos, apoyaban la revolución y la República Islámica. Varias organizaciones pasaron a la oposición en diferentes momentos y por distintas cuestiones. El Tudeh y la Fadai Mayoritaria pasaron a la oposición en 1982, cuando el régimen tomó la funesta y desastrosa decisión de llevar la guerra a Irak una vez desplazada de Irán. La guerra dejó de ser de defensa nacional.

Buena parte de las críticas a la izquierda por haber apoyado al régimen provienen de los “liberales” islámicos que no solo apoyaron al régimen, sino que fueron parte integrante del mismo. Al fin y al cabo, Bazargan fue primer ministro de Jomeini, votó a favor de la constitución y guardó silencio cuando el ejército cruzó la frontera hacia Irak. Se podría romper una lanza a favor de la izquierda que se mantuvo apartada de Jomeini y defendió causas progresistas laicas, o dicho de otro modo, que se alió con el Frente Nacional liberal. Esta fue la líea adoptada por algunos líderes del Tudeh, pero se vio frustrada por el mero hecho de que el propio Frente Nacional capituló pronto ante Jomeini.

Pregunta: En su artículo Why the Islamic Republic Has Survived (2009), usted expone los motivos de la duración y la estabilidad relativa del régimen de los clérigos desde 1979, a saber, el populismo económico y social y los sistemas de bienestar instituidos a continuación en beneficio de una parte significativa de la población. Puesto que hemos visto recortes de los subsidios y demandas de privatización (pese a que esto ha dado lugar a menudo a un amiguismo manifiesto y a prácticas rentistas), ¿cree usted que la cohesión social que ha descrito está cada vez más amenazada?

Respuesta: A los economistas que apoyan el consenso de Washington les gusta criticar al régimen por derrochar vastos recursos en bienestar y subsidios en alimentación, vivienda, educación, infraestructura, sanidad y veteranos. Tal vez estos subsidios no tengan sentido desde el punto de vista financiero, pero sí, y mucho, desde el punto de vista político, no en vano han creado un vínculo importante entre el Estado y la sociedad, en particular las clases más pobres. Hubo economistas que empezaron a predecir la caída inminente del régimen casi tan pronto como se estableció en febrero de 1979. El motivo principal por el que sus predicciones no se verificaron radica precisamente en que el régimen instituyó un sistema de bienestar bastante amplio. Claro que el desplazamiento gradual, pero constante, a la derecha en los últimos años erosiona este sistema de bienestar y por tanto socava la base social del régimen.

Pregunta: ¿Qué perspectivas hay de un Irán más democrático, inclusivo y económicamente justo en la era Trump? Teniendo en cuenta al presidente de EE UU y el ruido de sables de su gobierno, ¿cuál es nuestra responsabilidad democrática y política como estudiantes de la historia y la política de Irán?

Respuesta: Su pregunta plantea dos cuestiones separadas: Trump y la dinámica interna en Irán. Trump es en el fondo un estafador que lanza su verborrea para vender un determinado producto. Durante la campaña electoral solía vapulear a Irán y el acuerdo nuclear porque pensaba que con ello podía ganar votos y el apoyo de Netanyahu. Ahora ya no necesita su apoyo. Pero el peligro en estos momentos es que sus promesas económicas se queden en nada y considere oportuno buscar un enemigo extranjero. Irán podría desempeñar este papel. No es casualidad que los populistas de derechas de todo el mundo busquen adversarios extranjeros cuando sus promesas económicas se diluyen.

Si Irán no se convierte en esta diana, su trayectoria interna y natural lo llevará a un nuevo terreno. Desde la década de 1960, el discurso predominante en política ha versado sobre el islam, la autenticidad, el nativismo y el “retorno a las raíces”. Este discurso ha llevado al actual callejón sin salida, en que la reforma se ha estancado y la derecha ha tomado la delantera. La nueva generación, nacida después de la revolución, está menos interesada en volver a los orígenes y aspira a reformas significativas que protejan tanto los derechos individuales como los sociales y económicos. En esta vía están descubriendo que sus abuelos, que protagonizaron la revolución constitucional de 1905-1909, tendrían muchas cosas relevantes que decir en la situación actual, mucho más que la búsqueda sin sentido de raíces nebulosas.

Ervand Abrahamian es profesor emérito de Historia del Baruch College y del Centro de Licenciados de la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Eskandar Sadeghi-Boroujerdi es miembro posdoctoral de la Academia Británica en el Departamento de Historia de la Universidad de Manchester.

(Foto: A. Abbas Khuzestan Province. Ahwaz. Iran1979. Milicianos a cargo de la protección de campos petroleros, orando)

La potencia de la crisis (o cómo politizar de nuevo la locura tras el final de la antipsiquiatría).

por Alfredo Aracil //

¿Qué fue de la antipsiquiatría? ¿Qué sucedió con aquel popular fenómeno literario y mediático que, del mundo cerrado de los manicomios y de las discusiones técnicas entre profesionales, irrumpe en la opinión pública a finales de los años setenta? ¿Qué queda de la lucha por los derechos de los locos, que la oposición democrática incorpora a su agenda política, en parte, debido al boom de la filosofía posestructuralista, aunque sobre todo a causa de una cadena de reportajes sobre las miserables condiciones de vida de los manicomios españoles que aparecen tanto en la prensa underground como en los medios generalistas?

Tras las experiencias de psiquiatría democrática importadas de Trieste y de las comunas londinenses que arrancan Laing y Cooper, después de una serie de huelgas de trabajadores de la salud mental que se producen a partir de 1968 y de la toma de conciencia sobre la alianza entre la represión psiquiátrica y las otras formas de represión que adquiere una parte de la sociedad española, la llegada al poder del Partido Socialista marca el inicio de un ciclo regresivo que, al tiempo que normaliza un modo de vida neoliberal, lleva la Reforma de la asistencia psiquiátrica ideada por los tecnócratas del Opus a sus últimas consecuencias. Ten cuidado con lo que deseas: de igual forma que las luchas contra las instituciones del Mayo francés fueron asimiladas por el poder para producir un nuevo mapa de servidumbres voluntarias, el proceso de apertura iniciado durante la Reforma empieza con el vaciamiento y termina con la privatización, que no el cierre, de los hospitales psiquiátricos abiertos como forma de reactivar la industria de la construcción en los primeros años sesenta, aunque en ningún caso con la desaparición de la miseria, los estigmas y la supuesta peligrosidad que todavía rodea la percepción social de la locura.

De las camisas de fuerza al régimen fármaco-político, al sinfín de drogas legales que operan como camisas de fuerza química, miniaturizando la disciplina, mientras afianzan la gobernabilidad que persiguen nuestras sociedades de control. Del “Gran Encierro” que describe Michael Foucault en la Historia de la locura a la epidemia global de ansiedad, estrés y déficit de atención. Enfermedades epocales paliadas con antidepresivos, neurolépticos y antipsicóticos, una vez que el psicoanálisis junto con otras “terapias blandas” han sido desacreditadas por poco científicas. Y, al mismo tiempo, formas de resistencia frente a la euforia y la disponibilidad que demanda el sistema, en tanto que tecnologías que hacen digerible un horizonte de agotamiento y frustración, donde el tiempo de ocio y trabajo son ya indistinguibles. Como señala Paul B. Preciado, vivimos “la muerte de la clínica” y la emergencia de un paradigma médico-laboral que, amparado en libros de autoayuda, mágicas conexiones neuronales y gabinetes de recursos humanos que privilegian los afectos y las capacitaciones, pulsa sobre nuestros modos de existencia, es decir, sobre fenómenos como la desaparición del trabajo asalariado, la precariedad de las relaciones sociales o la apoteosis de un tipo de subjetividad ensimismada que es, en verdad, una forma de sumisión.

Nadie, a la muerte del Dictador, pensaba que los logros alcanzados por un grupo de jóvenes psiquiatras y trabajadores de la salud mental (integrados en una red de saberes y compromisos que recorría secretamente los hospitales y manicomios de todo el Estado) fuesen tan frágiles, tan fáciles de desbaratar. Y, sin embargo, cuando el enemigo está dentro, algunas derrotas tienen ese carácter de rendición inesperada o, directamente, de traición. “Dentro del PSOE todo; fuera, nada”, advirtió un responsable del área de salud mental tras el triunfo electoral. ¿Quién iba a sospechar, a fin de cuentas, que la reacción al impulso transformador de la antipsiquiatría se plantease desde dentro del mismo grupo que años antes paseaba a Franco Basaglia por España, entre aquellos conspiradores que, reunidos en la clandestina Coordinadora Psiquiátrica, aspiraban a tomar el control de la Asociación Española de Neuropsiquiatría? ¿Quién podía siquiera imaginar que la descentralización de los servicios, con la apertura de unidades de proximidad y centros de día, conllevaría la expansión de la medicalización más allá de los síntomas, más allá incluso de la enfermedad, como un circuito cerrado que a la vez sana y produce malestar?

El proceso que arranca con las primeras elecciones democráticas celebradas en 1978 supone el final de una serie de prácticas terapéuticas que, gracias al vacío de poder del final del franquismo, había experimentado con un modelo de asistencia humanista todavía dentro de la institución, entendida ésta como un espacio intermedio, mitad monasterio, con sus rutinas y ritmos, mitad comunidad de descanso o retiro. Son los años del impulso comunitario y de las primeras tentativas de sector que, derribando los muros de los hospitales mentales acondicionados durante el desarrollismo, buscaba hacer del cuidado un asunto público que implicase a toda la sociedad.  En verdad, el impulso transformador apenas duró un suspiro. Una década de esperanzadores cambios que, bajo el paraguas de un concepto posteriormente criticado por sus mismos “inventores”, agrupaba un conjunto de estilos y de ideas divergentes.  Psiquiatría democrática, psicoterapia institucional, práctica radical o reformista: un conjunto de procedimientos que afectaron, en primer lugar, a la dialéctica entre doctor y paciente, a la forma de escuchar y comunicarse, dibujando una nueva institucionalidad donde la etiología se orientaba hacia el análisis ideológico, y no sólo hacia lo biológico. Sin llegar a la radicalidad del SPK (Colectivo de Pacientes Socialistas) alemán, que negaba la existencia de la locura y pensaba la enfermedad como un arma contra el capitalismo, la transformación protagonizada por nombres como Enrique González Duro, Ramón García, Luis Torrent, Ana Seró o Fernando Colina evidenciaba el siniestro efecto que producía el encierro en el cuerpo de los “enfermos”, esto es, la performatividad de la enfermedad, que diríamos hoy, o su carácter de doble y profecía autocumplida. Así, junto con la modernización de unas instituciones ancladas entre la beneficencia y lo carcelario, pasamos a modernas instalaciones con pabellones mixtos, y también a una política de altas y bajas encaminada a la reducción de camas, dentro de una nueva lógica terapéutica que experimenta con teatro, fiestas, pintura o música, además de con distintas fórmulas de talleres e inclusión laboral.

Si bien el relato de la Transición narra un progreso en la asistencia que culmina en 1986, cuando finalmente se aprueba la Ley General de Sanidad tras una serie de debates a puerta cerrada que excluyen a aquellos que no se sitúan en la línea de pensamiento del PSOE, la realidad es bien distinta. En ese sentido, cabe señalar cómo las autoridades políticas que sobreviven a la hecatombe del movimiento nacional, atrincheradas en ayuntamientos y diputaciones, empiezan pronto, antes de 1975, a reprimir a profesionales e instituciones donde la nueva psiquiatría chocaba contra el decoro y las buenas costumbres de una sociedad temerosa del poder disruptivo de la locura. Es, primero, el caso de Oviedo, antes incluso de acabar los sesenta, y luego de las Clínicas Francisco Franco de Madrid, de Conxo, en Santiago de Compostela o del Hospital de la Santa Creu, en Barcelona. Una cadena de celebradas victorias y reincorporaciones de personal tras varios procesos de huelgas y encierros que, con el asentamiento de la Democracia, pronto se convierten en derrotas cuando las autoridades socialistas deciden volver al internamiento más duro, y los medios de comunicación,  instalados en el clientelismo, informan de cómo la segregación y la violencia pertenecen en realidad al orden natural de las cosas. Atrás quedaban  los reportajes publicados por Triunfo sobre la Reforma, así como los dos monográficos que El Viejo Topo y Ajoblanco dedicaron a la politización de la psiquiatría, entre mediados y finales de los años setenta.

Sobre todo, cuando algunos profesionales vinculados a la antipsiquiatría acceden a cargos de responsabilidad en las autonomías y deciden, tras liquidar su pasado comunista, entregarse a los brazos de la industria farmacéutica, al mismo tiempo que planean terminar con los hospitales psiquiátricos y, de paso, comprueban cómo la esquizofrenia también puede darse entre la población que nunca ha pisado un manicomio. De esta forma, los enfermos, en principio destinados a centros de día que pretendían descentralizar la asistencia, pero que apenas contaban con presupuesto y apoyo social, quedan al cuidado de unos familiares que no tienen ni los medios ni el conocimiento necesario. Un nuevo encierro, más invisible si cabe, que emerge donde menos se lo espera. Y que coincide, además, con el final de la sociedad del bienestar y el auge de las clínicas y hospitales privados, todavía vinculados a la Iglesia, que florecen ya antes de la llegada del Partido Popular al Gobierno, cuando se confirma que la salud mental iba a quedar marginada de la Seguridad Social, que se ocupará tan sólo de gestionar recetas y atender a agudos que son ingresados, temporalmente, en una planta cerrada del hospital general de turno.

En Cómo vivir juntos, Roland Barthes realiza una extraña apología del encierro. Se intuye en ella una añoranza de espacios de reclusión no sólo relacionados con la norma monástica, más voluntaria que forzosa. En este sentido, las referencias al sanatorio de La montaña mágica de Thomas Mann como un espacio para protegerse de las violencias del mundo, si bien no parecen suficiente para habilitar una reivindicación del asilo, en cierto sentido nos permite una relectura desmoralizante del potencial curativo de ciertos espacios comunitarios. Es ridículo reivindicar aquellas lúgubres cárceles con capacidad, a veces, para más de mil personas. Aunque queda en el aire la tarea de imaginar una nueva cultura (post)psiquiátrica que, más allá del profesionalismo, no sólo dependa de los químicos y de las terapias médicas. Es decir, la tarea de pensar cómo hacer de la diferencia un derecho y no un defecto a corregir: de qué manera podemos vivir-juntos desde una singularidad, desde una diferencia, que es en realidad principio común, cuando los problemas psicopatológicos no dejan de remitir a la vida social y la organización del trabajo. 

Una nueva cultura de la locura tras el final de la psiquiatría

Desde hace décadas, Guillermo Rendueles, superviviente de las guerras psiquiátricas de los setenta, participante en las experiencias de Salt y Oviedo, que a la postre le valieron una suspensión y una largo servicio militar en las Islas Canarias, viene alertando sobre cómo la psiquiatría está siendo engullida por la neurología positivista y lo que él llama el auge de las ciencias “psi”, disciplinas paracientíficas que trabajan con cualquier malestar que no puede ser incluido en la antigua clínica somática. Una corte de batas blancas y falsos profetas nos invita a perseguir la felicidad en todo momento, a no estar tristes, a disfrutar sobre todas las cosas, a no ser un adolescente con déficit de atención, así como a evitar todo tipo de vicios. “Usted no necesita un psicólogo, necesita un comité de empresas”, es una de las consignas más celebradas de Rendueles, quien todavía le da vueltas a cómo combatir los efectos coercitivos de una práctica que ha dejado de tratar sobre cómo podemos vivir bien. Otro es “no, gracias”, lema convertido en asociación que combate la afición de las farmacéuticas a pagar viajes y estancias a médicos en congresos. Un ejemplo de cómo, en sus propias palabras, “desmedicalizar no supone rechazar la cura médica, sino separarla del uso ideológico que supone convertir vidas en enfermedades”.

Los setenta quedaron atrás. Las formas del activismo, junto con los discursos y los modos de reunión, han cambiado. Y, sin embargo, estos últimos años se respira algo parecido a una nueva ola de cuidados, afectos y politización de la enfermedad mental. Abundan seminarios y encuentros de todo tipo que tratan de pensar la locura desde lo extrahospitalario y la despsiquiatrización. No paran de aparecer grupos en las redes sociales, como el celebrado Otra esquizofrenia es posible. Y algunas revistas, no sólo académicas, dedican espacio a autores que defienden la potencia de la anomalía, de lo intempestivo, en tanto que forma de poner en abismo las grietas del sistema. Incluso algunos partidos políticos se acercan al tema fundando círculos que se dedican a pensar qué significa estar enfermo en el actual contexto de precariedad sistemática. Sin desatender el sufrimiento, colectivos médicos, usuarios, familiares, artistas y trabajadores de la cultura están tramando las líneas maestras de un nuevo imaginario de la salud mental para una nueva cultura (post)psiquiátrica, que ya no rechaza la enfermedad, sino que la explora como acontecimiento, la cabalga, en su radical ambivalencia.

¿Curar de qué? ¿A quiénes? ¿Para qué? Parecen preguntarse un grupo de personas de distintas partes del Estado español que, en conjunto, están imaginando vínculos y alianzas posibles. Cabe señalar el nuevo papel de algunos museos, como el trabajo de clínica analítica llevado a cabo por Montserrat Rodríguez Garzo durante años en el MACBA. O del MUSAC, donde se llevan a cabo interesantes exposiciones y situados programas públicos de propuestas de terapia no-médica como el que propone La Rara Troupe, un espacio de encuentro y un grupo de investigación artística para diagnosticados y no diagnosticados. Otros ejemplos son la modesta asociación Hierbabuena de Gijón, con cientos de afiliados, y también La Revolución Delirante de Valladolid, un grupo de profesionales que ha colaborado con la artista Dora García en proyectos como el Café de los oidores de voces. Junto con el deseo construir una forma de asistencia popular y colectiva, todos coinciden en pensar la identidad como algo inestable, al margen de certezas cartesianas y fábulas de emprendeduría. Una postura que en ningún caso busca la inclusión, concepto victimizante como pocos que desarma un tipo de sensibilidad y de saber-hacer otro, resistente, donde lo raro, lo rechazado y lo reprimido son puestos en valor como estrategias de sociabilidad alternativa. “Nadie debería vivir en una sociedad que esconde y maltrata a parte de sus miembros con soluciones desesperadas. Esa es una sociedad no transitable, una sociedad que debe ser remplazada”, parafraseando a Frantz Fanon.

 

(Fotografía: Psquiátrico “El Peral”,1973, Santiago. Raymond Depardon// Artículo de Revista Ajoblanco, dic. 2017)

Texto íntegro de sentencia condenatoria por asesinato de Miguel Enríquez

El ministro en visita de la Corte de Apelaciones de Santiago, Mario Carroza, condenó a tres ex agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), por la responsabilidad en el delito de homicidio calificado del dirigente del MIR, Miguel Enríquez Espinosa, el pasado 5 de octubre de 1.974.

Se trata de Miguel Krassnoff Martchenko con la pena de 10 años y un día, en calidad de autor del delito; y a los agentes Teresa del Carmen Osorio Navarro y Rodolfo Valentino Concha Rodríguez a 3 años y un día de presidio, con el beneficio de la libertad vigilada, como cómplices.

Recordemos que José Antonio Kast ha sido fiel defensor de Miguel Krassnoff y ha dicho que lo conoce y que han compartido reuniones con bastante camaradería e incluso ha reconocido que el asesino le ha hecho regalos, en sus visitas a Punta Peuco. Kast también ha dicho que no cree en las acusaciones contra el torturador y asesino de la dictadura. “Conozco a Krassnoff y no creo las cosas que se dicen de él”

Esta sentencia, aún de primera instancia, debe ser saludada como un triunfo de la lucha por los DDHH y un paso adelante en el esclarecimiento de los crímenes de la Dictadura Militar. La defensa de este fallo, apelable ante la Corte de Apelaciones y susceptible de recursos ante la Corte Suprema, formará parte del itinerario de lucha a desplegar contra el Gobierno de Piñera.
Ponemos a disposición de nuestros lectores el fallo íntegro hecho público hace unas horas.

EP